Anochece, la luna se ve por la ventana. Su luz arrancando sombras chinescas a la joven higuera. Mosaico móvil, inquieto, de hojas en negativo. Las ve sin verlas, su pensamientos absortos en la habitación de al lado. Un grito hace más patente, si cabe, su angustia, su preocupación. Se da la vuelta, abandona en dos pasos el salón y entra sin llamar donde su mujer está dando a luz. Ha preferido hacerlo en casa, con una comadrona. Luis no estaba de acuerdo, quería el hospital, pero cedió. Y ahora aquí están, con un parto tremendamente difícil, largo y difícil. La mujer suda y llora de dolor. La comadrona se afana a su alrededor, la auxiliar le coge la mano. Luis la sustituye, se la aprieta él. Las contracciones se suceden rápidas y fuertes. Bienvenida hace un último esfuerzo, el que será el último para ella. La niña ve la luz, Luis la ve a ella. Desencajado, huye al salón. Ahora no contempla las sombras, sino que se fija en las ramas retorcidas que nunca alcanzarán el cielo. Llora.
La luz del amanecer amarillea la ventana. A través de ella, Luis ensombrece lo que contempla. Amanda, atravesada en su cuna, llora. El llanto es la música que la acompañará por siempre, la única que interpretará. Las cortas extremidades de la higuera se mueven impotentes. Bienvenida ha muerto, la comadrona, terminado su infructuoso trabajo se ha ido, solo quedan ellos dos en la casa. ¿Cómo va a vivir con tanta tristeza? Se da la vuelta, pero no tiene a donde ir. Se queda parado. Está atrapado. La escena en sí refleja la emboscada que la vida les ha hecho.
El tiempo avanza inexorable, sin compasión, sin dar una oportunidad a Luis y Amanda. De vez en cuando, el padre, consulta a la neuróloga. Esta se encoje de hombros. Se reitera en que siempre había desaconsejado el embarazo. El sol alto marca el mediodía. En la casa reina la tristeza, reina el silencio. Ni ruido de platos, ni olores a comida. Amanda consume unas horas que no la harán crecer, que no la harán reír, que no la harán jugar. Luis consume cigarro tras cigarro. Se consume. Las ramas de la higuera crecen hacia los lados por defecto. Ya comienzan a tapar la entrada de la vivienda que no se resiste a ser sitiada.
La tarde cae pero aún hay luz, Luis da la vuelta a la casa. Ha salido por la puerta trasera, con un cesto de mimbre en la mano. Nunca lo había usado, tiene moho, pero no se molesta en limpiarlo. Recoge los primeros higos que han salido. Estira el brazo, retuerce el fruto y lo arranca. Así uno tras otro. Están maduros, buenos para comer, los pone en el cesto lleno de moho. Mira a su izquierda y va a por una caña larga. Con su ayuda se propone alcanzar uno que ha crecido en la copa, que no está al alcance de la mano. Le da un toque con el palo y el higo cae aplastándose en el suelo con un golpe húmedo. La corrupción se hace patente a su vista, gusanos blancos se revuelven en su interior. Luis abre la mano, el cesto cae, ingresa en la casa.
El verano ha pasado, las hojas pavimentan la antigua entrada. Las ramas desnudas se encogen en torno al tronco vetusto. Amanda grita en la eterna silla de ruedas. Luis ya no llora, solo fuma. Anochece.
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