LOS CUERVOS DEL ESPACIO
El sepelio
Sonaban las campanadas una tras otra, tal vez
aumentado su timbre por efecto de la madera. Golpeaba
mis sentidos aquel sonido infernal. Yo acababa de
despertar de una especie de sueño del que no recordaba
nada pero sabía muy desagradable. La oscuridad era
total, ciega. De pronto intenté luchar contra aquella
impresión haciendo fuerza contra lo que me oprimía,
no me dejaba mover apenas unos cuantos centímetros a
mi alrededor. Voces. Gente. Silencio.
-Alabado sea el Señor.
-Por siempre sea bendito y alabado.
-Estamos aquí reunidos para dar cristiana sepultura a
nuestro amigo Julián. Todos sabemos que ha llevado
una vida abnegada, dedicada siempre al servicio de los
demás...
Me quedé inmóvil, preso, mucho más que asustado;
hablaban de mí, pensé en que todavía no me había
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despertado y me levanté dando un cabezazo contra el
techo; sí, el techo. Estaba como a un palmo de la
cabeza. Hice una gran fuerza con los brazos, no podía
gritar, no me salía la voz. Empujé con las piernas
mientras las palabras de aquel hombre seguían
describiendo mi vida con parsimonia, sin acusarme de
nada; me quedé escuchando y de pronto una enorme
sensación de paz se adueñó de mi alma.
-Ahora daremos cristiana sepultura a esta gran
persona y elevaremos nuestras oraciones al altísimo
suplicando que Él lo acoja en su seno y alcance la paz
eterna.
Entonces aparecieron los cánticos que me llevaron
hasta el panteón. Yo ya sabía que estaba pasando y volví a
forcejear, esta vez hasta el punto de quedarme casi sin
respiración.
El hombre volvió a hablar pero ya no entendía sus
palabras porque los llantos las cubrían. Deslizaban las
manos sobre mi cuerpo, pude sentirlas antes de que el
silencio total llegara para hacerme compañía después
de escuchar el alejarse de los murmullos.
Recordaba los instantes anteriores a la operación.
Había estado enfermo. Enfermeras, hospital,
habitación, mi madre a mi lado, todos, los veía a todos
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claramente¡estaba vivo y con todas las facultades
mentales despiertas!. Me hice consciente sin dejar al
pánico adueñarse de mi mente. Cerré los ojos para no
tener que ver aquella oscuridad ciega. Pensaba.
¿Qué hora será? ¿Habrá caído la noche? Mañana
tendré que ir al trabajo o me echarán...
Imágenes del interior de la fábrica inundaban mi
mente, accidentes, gritos, sangre.
-¡Venid, José ha quedado atrapado en uno de los
carros! ¡llamad a la ambulancia! ¡tiene los brazos
machacados!.
Estaba oscuro, el interior de la fábrica estaba lleno de
una oscuridad gris, casi negra. No quise ver. José
estaba muerto, yo estaba muerto, todo había acabado
para nosotros pero no podíamos reconocerlo.
Tengo que hacer algunas reparaciones en la casa.
Necesito salir de aquí.
Decidí ponerme a esperar intentando oír algún
sonido. Nada. Un pájaro lanzó un graznido aterrador
sin que pudiera situarlo en el espacio. Sentí un
escalofrío largo, distinto a cualquier sensación
experimentada anteriormente.
Es la muerte, me obsesioné sin poder evitarlo. Es la
muerte. Las palabras resonaban dentro de mí sin
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dejarme pensar. Estoy muerto, tengo que dejar de
luchar y dormirme ya en el sueño eterno.
Intentaba dormir, usar todos aquellos métodos
psicológicos que había aprendido cuando ocurrió el
accidente de mi hijo Juan. Con él se fueron cuatro de
sus amigos la noche del veintitrés.
-Hola Julián, ya estás con nosotros-.
Sentí un gran alivio.
Hijo, ¿dónde estás?. Ayúdame, no estoy muerto,
puedo respirar y siento, escucha como late mi corazón.
Sí latía llenando con su gutural sonido la espera.
Vómitos, me vinieron vómitos, arcadas, pero sólo un
sabor a medicinas me recordó que ya sería la hora de
tomar la pastilla. Veinte al día. El trabajo en la fábrica
me había conducido hasta allí, a tener que tomar veinte
pastillas cada día una y otra vez. Imaginaba la caja con
sus inscripciones en el exterior. No pude alcanzarla, no
estaba. Solo estaban la oscuridad ciega y las seis paredes, sin
permitirme mover el cuerpo apenas para mantener la
sangre en circulación. Extrañamente me invadió un
doloroso miedo a morir ¿a morir?. Tal vez había muerto
ya en la operación, muerto desde el punto de vista del
otro lado, del de los vivos.
Mi esposa. Mis hijos, mis familiares; estarán
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llorándome todavía a la hora en que escribo estas
letras....no hace mucho que robaron en la casa, tendrán
miedo. Salimos el día treinta a las siete y media, justo
cuando cae la noche. Hicimos unas compras y al cabo
de una hora regresamos. Ella entró primero en la
habitación de matrimonio.
-Julián, ¿dejaste tú esta ventana abierta?.
-No, yo no.
-¡Entraron a robar, no está el ordenador!.-Exclamé.
-Entraron a robar ¿pero por dónde?.
-No sé. Mira todas las ventanas están abiertas y las
contras cerradas...-. A través de las rendijas se veía la
franja negra de la oscuridad del jardín.
Ahora supongo que tendrán miedo de que alguien
aceche para volver a entrar cuando ellos salgan.
Vino la policía y descubrió una ventana que había
sido forzada por los ladrones.
-Se llevaron las joyas de la primera comunión de la
niña. Y las alianzas.
Lo raro es que todos esos cuerpos no desprendan
ningún hedor. Algunos llevarán meses ahí. Recuerdo el
día que se murió el tío Alejandro... hará unos seis
meses. Seguramente que fueron perfectamente
embalsamados, aunque al cabo de cierto tiempo desde
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el día de su inhumación. Los encontré bastante
descompuestos, algunos prácticamente irreconocibles.
Ahora dejaré de escribir por si acaso viene él.
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Capítulo 2
La profanación
Las campanadas volvieron a sonar muy lejanas,
como anunciando la existencia de otro mundo en el que
existe el sonido.
¡El claxon de un auto!. Apenas lo pude percibir, sin
embargo estuve seguro. Me volví a convencer de que
aún estaba vivo ejercitando los músculos de la cara, sin
atreverme a abrir los ojos para no tener que ver aquella
ciega oscuridad. Me sorprendía mi propia fortaleza, en
mi interior presentí el cercano rescate. Las campanas
seguían dejando caer sus notas llenas de tristeza; así
estuvieron tañendo toda una eternidad.
¡Gente!. Estaban muy cerca de mi nicho llorando, a
la vez que la voz del hombre recitaba oraciones.
Me hice consciente, mi cuerpo estaba bien, me daba
cuenta de que la enfermedad había desaparecido.
Forcejeé entregando toda la energía que me quedaba
para procurar el auxilio de aquella gente.
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Extasiado, notaba como el sudor iba resbalando por
toda mi piel. Hacía un calor insoportable. Las ropas
pesaban empapadas envolviéndome completamente.
Supe no abrir los ojos imaginando padecer una
pesadilla nocturna de la que despertaría enseguida.
Estaba en mi cama soñando. El momento del alivio
llegará en cualquier momento, es cuestión de tiempo.
Las voces se alejaban lentamente, cesaron los llantos,
regresó el silencio, sonó un trueno. Llovió y paró.
Sentí la verdadera angustia y me orinaba de pavor.
Recordándolo no comprendo cómo resistió mi
corazón. Preferiría que volviera a fallar, pero no, latía
con violencia pidiendo al cuerpo llevar a cabo todas las
emociones. La mente usaba todo su poder intentando
que se detuviera para cortar el sufrimiento de
escucharlo latir desesperado. Pasaba el inexistente
tiempo, de nuevo el pájaro graznó. Trajo consigo los
golpes. Cerca de la cabeza llamaban a la puerta.
¡La muerte. Por fin, está aquí!. Temblaba.
Sentí las garras tirando de la cabellera, discurrir entre
las axilas, arrastrar hacia fuera. Sentí el petricor. Abrí los ojos. Recuerdo
el cielo negro y delante miles de estrellas, nada más.
Cuando cae la noche una flor del jardín se mueve
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ligeramente provocando una sombra.
Un perro da dos suaves ladridos al fondo del bosque.
Estás fumando en la puerta cerrada y ésta se abre de
pronto. Es una mujer que también quiere respirar el
miedo. Un profundo alivio te llena al verla a los ojos.
Es tu mujer.
Sentí varias manos gélidas que me despojaban de
aquel ropaje putrefacto, maloliente. Quería mover
alguna parte de mi cuerpo pero ninguna respondió a las
órdenes del anestesiado cerebro. Se susurraban entre sí.
-(Vete, ya lo llevo yo. Tú encárgate del coche; te dije
que no vinieras hasta aquí, vamos, pronto empezará a
haber más tráfico, ya son las cuatro).
La voz masculina no obtenía respuesta, sin embargo
supe que allí se encontraba una mujer. La escuché
alejarse rápidamente sobre el rechinar de la gravilla del
suelo. De pronto se detuvo.
-(Lárgate para el coche, hija de puta)- repitió el
hombre. Pude percibir como agarró un puñado de
piedras y se las arrojaba. Volvió a irse.
Fue entonces cuando el cuervo se posó encima de las
cruces del panteón emitiendo un pavoroso sonido.
Una figura humana apresuraba el paso por entre las
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tumbas, transportando un cadáver cubierto solamente
por la fina manta con la que los profanadores de tumbas
cubrieron el cuerpo. Atravesó el portal del recinto que
daba a las escaleras de la iglesia. Las subió ligero a
pesar de la carga y superó la pared del templo
bordeándolo, con precaución para no ser visto desde
algunas casas cercanas, a pesar de la hora. Saltaron el
pequeño muro que separa el templo de la carretera
comarcal y una mujer salió algo encogida del
automóvil que estaba esperándolos.
-(Abre el maletero imbécil. No ves que no puedo
más. Este condenado cabrón amigo tuyo pesa una
barbaridad)-.
El automóvil arrancó despacio. Se fue alejando
lentamente con aquel moribundo dentro.
-¿Cuándo lo enterraron?. Todavía no tiene vara, El
Tuerto.
Ella conducía muy atenta al inexistente tráfico sin
emitir palabra. Una imagen romántica vista de frente, a
la altura del parabrisas. La noche estaba ahora
silenciosa y clara después del tormentoso día anterior.
El cuervo ya se dispone a descansar en el árbol más
alto del bosque. Pronto nacerá un nuevo sol que trae
esperanza para los que aún no han muerto.
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Me despertaba lentamente de aquel letargo en el
maletero y pude moverme un poco para apartar el trozo
de manta que me cubría la cara.
- ¿¡Preparaste el Introfiant!? ¿y el Metasyn?!. ¡Lo
harías antes de salir ¿no?!... ¿¡No!? Si es que eres
imbécil ¡písale que este cabrón ya va a empezar a oler!
¡písale!. ¡Sal de ahí, así nunca llegaremos a casa!.
Pararon el coche al borde de la carretera. Yo había
reconocido los gritos del hombre. Era Samuel, mi
amigo Samuel. Me embargó una inexplicable emoción
al escuchar su voz. Mi cuerpo y mi mente estarían
anestesiados por tanto dolor ya que no diferenciaban
las emociones, lo real de lo irreal, lo bueno de lo malo.
Tuve miedo, pero era otro miedo, no a la muerte sino a
que me mataran. Me di cuenta de que estaba vivo y
Samuel me desenterrara. La otra persona tendría que
ser su esposa. Estuve quieto, en la posición inicial.
Abrieron el maletero para comprobarme.
- Qué raro, llevas cinco días muerto y aún no tienes
vara. Siempre fuiste zorro ¿verdad?. -. Rompió a reír
como loco y cesó la risa de pronto. Bajo el portón de
un fuerte golpe para arrancar haciendo chirriar las
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ruedas en medio del mismo silencio que debe haber en
la nada.
En aquel momento comenzamos un viaje infernal.
Pude aferrarme a alguna parte del coche para no irme
contra los lados una y otra vez. La carretera estaba
llena de curvas pronunciadísimas y largas. Paró el
coche.
- Se me olvidó de atarlo. A ése se le partirá la cabeza.
Estropeados no los queremos, ¿verdad cariño?.
Intuí que la mujer estaba aterrorizada. No
pronunciaba ninguna palabra.
- Es igual, ahora pronto llegaremos. ¡Agárrate tuerto!
Salimos disparados. Me así al borde del asiento
trasero como pude para alzarme y llegar a verlos desde
atrás. Lo conseguí aún a riesgo de que me vieran por el
retrovisor. Era Samuel, pero ella iba demasiado
hundida en el asiento y sólo se veía la mano que utiliza
el asidero del techo. Agotado, me dejé caer a la vez que
él disminuía la velocidad a causa de la pendiente, que
aumentaba. Se cerró de sombras la noche. Figuras de
ramas bajas pasaban muy cerca de las ventanas.
Subíamos a una montaña.
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Capítulo 3
No vayáis con el viento del sur
El día nublado invitaba a salir a navegar en el bote
del miedo. Éramos seis, contando a Samuel que nos
invitó a desafiar a la mar.
- Hay una playa pequeña. Tiene un árbol enorme de
limones, un limonero. Vamos a buscar limones. Son
enormes y se pueden comer como si fueran una
naranja, sin hacerlo en zumo, en gajos.
El bote iba recargado, apenas quedaban dos palmos
de puntal fuera del agua. Él pilotaba el pequeño motor
fueraborda. Llegamos donde las olas te llaman para
presentarte a las sirenas.
- ¿No crees que será mejor volver?
Samuel no contestaba, al contrario abría gas al motor
hacia la playa de los limones. Se divisaba pequeñita al
otro lado del mar, en la lejanía. El agua entraba por los
costados y él achicaba con un cubo agarrando también
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el puño de la máquina. Permanecíamos inmóviles
sujetándonos a nosotros mismos. Esperábamos el
momento de la zozobra resignados. A bordo iba una
mujer y cuatro hombres. Samuel sabía nadar muy bien,
nosotros no, él lo sabe. Golpes de olas entrando,
miradas, la playa de los limones inexistente entre la
marejada.
- ¡No pasa nada joder, agarrarse!
Horas, minutos, segundos, una eternidad.
Confiábamos en Samuel ciegamente. El bote no se
podía hundir estando él al mando. El mar era blanco,
como nuestras caras. Una gran ola barrió los recuerdos,
nos despedimos, pero Samuel resucitó al bote y siguió
navegando hacia la playa de los limones que surgía ya
brillando entre los bosques de algas. Agua, espuma,
silencio roto por el sonido del fueraborda quejándose.
Las olas nos abofeteaban con esa mano gélida una y
otra vez, siempre desde babor, enterrando la amura de
estribor continuamente, haciéndonos dar por perdida la
esperanza entre los instantes de paz que el mar ofrecía.
Rugió una en la popa, aún a una cierta distancia y venía
bramando, echando espuma, anunciando la última hora
cuando Samuel exclamó después de mirarla a los ojos:
-¡Hostia! ¡Echarse en el plan del bote, rápido!.
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Nos encogimos aguardándola, pálidos, con el dolor
en la mejilla de los otros golpes de sus hermanas, y
llegó invadiendo los cuerpos de nuestros amigos.
Samuel y yo intercambiamos una mirada difícil de
conseguir entre la espesura del agua cuando el bote
viajaba veloz hacia el fondo del océano. Conseguimos
agarrar los cubos que brincaban entre nosotros
intentando ayudarnos. Acarreamos aquella espuma
negra de encima de nuestros compañeros hasta que el
bote resurgió de la muerte. Samuel y yo juntos, éramos
invencibles una vez más. Se retiró la ola. Resucitamos
todos enfrente de la playa de los limones. Los demás se
levantaron desde el fondo, agradecidos.
-Llegamos...-susurró la muchacha.
-Sí. Vamos a coger limones. Mirad el árbol, está
cargado, son enormes.
Samuel apuraba el paso saltando del bote, sin
preocuparse de él, como abandonándolo. Nos
quedamos viéndolo un momento mientras sentíamos la
paz interior de la llanura del mar, que era la ensenada
de la playa de los limones, trecho final después de dejar
atrás aquella terrible marejada. Se perdió al fondo,
entre la arboleda. Nosotros también nos olvidamos del
pasado y lo seguíamos, acompañados del rechinar de la
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arena. Cuando llegamos al pie del árbol, él ya tenía la
bolsa llena.
En esto, paró de nuevo el coche. Lo apagó. Silencio.
Negrura del monte sobre los cristales. Se abrió la
puerta de la mujer y se me apareció acercando la oscura
sombra de su cara por la ventanilla. Nos vimos a los
ojos sin color. Me creyó muerto, estaba muerto, si no su
cara no sería una oscura aparición sin esperanza de
recobrar la luz. Se retiró y fue entonces cuando atacó el
perro al cristal, dándome un enorme salto el corazón y
me di cuenta de que estaba vivo, alegre, sano.
-¡Agarra a Landelino que raya todo el coche,
subnormal! ¡para que lo dejas suelto, idiota, hija de
puta, te vas a largar para tu país de mierda, que no
haces más que estorbar!.
Sentí como salía del coche pegando un gran portazo
en medio de aquella noche silenciosa.
El perro comenzó a chillar desesperado ante los palos
que le daba el amo sin piedad. Los golpes sonaban a
vísceras reventadas en el interior del animal. La mujer
había vuelto a su asiento y esperaba conmigo a que
acabara aquello.
-¡Cabrón, así aprenderás a no subirte al coche!
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-Mataste a Landelino...
-Yo no lo maté, se mató él. Ya sabía que no se puede
arrimar al coche ¿no?.
No está muerto, qué va; mira ahí viene.
Yo no me atreví a moverme, pero me moví. La cara
del perro era enorme y sus ojos ardían asomando de
nuevo por mi cristal. Aguanté la respiración, iba a
delatarme.
Sin contar con él apareció por detrás otro perro que lo atacó
oyéndose una brutal pelea que azuzaba Samuel
gruñendo suave en los oídos de los pobres animales.
-Es el de Quitán, el de los coches de choque.
Landelino le trincó una oreja y no se sueltan. Venga
vamos, no podemos estar aquí toda la noche. Conduce
tú ahora; estoy hecho polvo y aún hay que quitar a ese
asqueroso saco de mierda que llevamos ahí.- Soltó
aquella risa.
A lo lejos, entre la marejada, surgía otro bote
resucitando del mar. Alcanzó la ensenada y era un
hombre solo. Ya más cerca, lo reconocimos.
-Marcos, es tu padre; viene a buscarnos.
Samuel alargaba el cuello atisbando la ensenada.
Dejó la bolsa en el suelo y se apresuró a enfrentarlo
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porque era el mayor de todos y se sabía responsable de
la arriesgada singladura.
El padre de Marcos bajó a tierra encontrándose con
la figura esbelta de Samuel en medio de la arena, en la
playa. Se acercaron despacio hasta que sólo quedaba un
palmo entre los dos.
-¡Como viñéstedes eiquí co vento do Sur!. ¡Ti estás
tolo ou que! ¡poidéchelos afogar!-. Gritaba a Samuel.
Éste aguantaba inmutable el enorme enfado del
hombre, que llamó al hijo para llevárselo a casa en su
bote. Partieron hacia la marejada, enfrentándola ahora
con la amura de estribor.
Nosotros también partimos cerca del anochecer,
arriesgando a encontrarnos con la noche marina.
A esa hora desapareció el balance para dejarnos
volver y él nos invitó a probar los limones.
-Vamos a comer uno, están buenísimos. No hace falta
quitarle la monda, se puede comer todo.
Intentamos morderlos y la chica chilló de lo agrios
que estaban. Yo puse cara de dolor al igual que
nuestros dos amigos. Escocía la boca y no teníamos
más agua que la de la mar.
Samuel devoraba los limones con placer inusitado,
haciendo saltar los gajos a mordiscos, salpicando la
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cubierta del bote con el ácido jugo que manaba de su
boca enrojecida. Los verdes ojos transparentaban con
la presencia del mar y el efecto del elixir. Tomó otro y
otro, hasta que se cernió la noche marina y atracamos
en la playa de nuestros hogares sanos y salvos.
Las palabras de Samuel me recordaron lo cansado y
hambriento que tenía que estar. Según él había estado
cinco días en el nicho. Sentí el suave arrancar del
automóvil iniciando este viaje a las montañas, mientras
me dormía tan profundamente como la muerte.
Capítulo 4
Escalamos una iglesia
Encima de la mesa descansaba un libro enorme que
había puesto Samuel para que, por turnos, cada uno de
nosotros eligiera una frase. Tenía todo preparado: el
spray rojo claro, la cuerda, un lienzo oscuro por si nos
manchábamos de pintura. Esa noche iríamos a pintar la
iglesia. Esperamos a la madrugada en silencio mientras
la oscuridad de las ventanas nos observaba impaciente.
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Al fin, ya bien entrada la noche la encontré, y se la
expuse a Samuel que dio su aprobación.
El templo de piedra temblaba ante las presencias. Él
estaba mirando fijamente al campanario desde hacía un
tiempo, tanteando cómo encumbrarlo. La cuerda era
corta para semejante altura y de pronto se agarró a las
paredes comenzando a subir. Nos quedamos abajo
inquietos, admirando a Samuel escalando la iglesia.
Aparecía en las alturas por detrás de los arcos,
resbalando en el tejado, abrazándose al campanario.
Sentíamos nosotros el vértigo de su caída cuando llegó
a deslizarse desde arriba hasta una ventana y comenzó
a pintar la sentencia. La piedra sufría dejando gotear la
pintura entre sus pliegues. Al fin descendió al suelo
para admirar aquella obra de arte, de la cual nos
sentíamos orgullosos.
Samuel se dirigió a la entrada principal. Me ordenó
que me pusiera para alcanzar las cadenas de las
campanas, que estaban recogidas. Subió encima de mis
hombros y las soltó. Otra vez en el piso, tiraba de ellas
con pasión de capellán, haciéndolas sonar
enloquecidas, trasnochadas; íbamos a despertar a todo
el pueblo y se lo advertimos, pero él no paraba.
Entonces corrimos por los caminos huyendo de aquel
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sonido martillador que aún después nos perseguía por
ellos. Alcanzamos la tranquilidad de la playa de noche
y descansamos en la oscuridad de las rocas.
Samuel jadeaba de felicidad y soltó aquella risa
tenebrosa. Quedamos serios, vigilando la cercana
carretera. Pasó un coche despacio, patrullando la
penumbra. Aguantamos la respiración hasta que
desapareció en el horizonte, contra la luna llena que
estaba naciendo al Este, por encima del puente que
lleva a los acantilados.
Fumábamos nuestros cigarros, con precaución de que
su luz no nos delatara. La resaca de las suaves olas
decía que el peligro seguía durmiendo. Aquel pueblo
estaba demasiado acostumbrado al repique de
campanas y no se extrañaron de que sonaran tan tarde,
entre su sueño. Hacía frío y nos encogimos para
aguantar un poco más, antes de volver a los caminos.
Los recorrimos como sonámbulos, ajenos al
sufrimiento del sacerdote, sintiéndonos dueños de la
oscuridad.
Una extraña luz amenazaba por donde desapareció la
patrulla. Era el amanecer cuando levanta un nuevo día.
Nos quedamos mirándolo fijamente y cada uno de
nosotros afrontó solo su sendero de vuelta a casa.
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Al domingo siguiente Samuel dijo que íbamos a
misa de once; quería escuchar la homilía.
Cada cierto tiempo, antes de los crímenes, o después
de los entierros de algún familiar, de madrugada
sonaban las campanas. Nadie se atrevía a levantarse e ir
a la iglesia para ver quién las tocaba. Nadie. Con el
tiempo fui atando cabos y cada vez estaba más seguro
de que era Samuel. Un largo escalofrío recorría mi alma,
pero mis sentimientos hacia él me impidieron hacer
nada en su contra. Las noticias de los periódicos se
apiadaban impotentes de aquellas muchachas muertas.
Capítulo 5
Los cuervos
Despertaba a cada instante durante la subida a la
montaña. El coche viajaba a una velocidad
exageradamente baja y mi cuerpo, contra el portón, era
como de paja. Tenía la sensación de que un enorme
insecto pegado a mi espalda me hubiera succionado
todos los líquidos del organismo. Estaba seco;
literalmente desecado por dentro.
Ellos hablaron entre sí y la mujer se expresaba en el
lenguaje de los cuervos.
-Yo lo amé, lo quise hasta la locura. No sé que me
pasaba Samuel, tienes que perdonarme, no puedes
tratarme así por que yo lo hubiera amado.
-Sigue rompiéndome la cabeza y te tiro por la Caída
del Ángel ¡me oyes hija de puta! ¡si lo quieres ahí lo
tienes!. Vamos, baja ahora mismo y díselo a él.
El automóvil se paró en medio de la cuesta. Sonó
rasgando la oscuridad el freno de mano. Abrió la
portezuela y arrancó a la mujer de su asiento para
después arrastrarla hasta la parte de atrás. La tiró
encima de mí y gritaba barbaridades contra nosotros,
sin saber que yo lo escuchaba. La golpeó con gran
fuerza. Yo pude ver al perro que trataba de abrirse
camino entre ellos para atacarme, mirándome fijamente
con sus ojos de fuego. Mientras, la mujer lloraba con
gritos desgarradores encogida sobre el suelo de la
oscura montaña.
Un imponente cuervo negro vigila el espacio desde
lo alto del gran árbol podrido, sin hojas, tomado por los
hongos, y que sobresale por encima del bosque dando
las órdenes a sus esbirros: los cuervos hijos de puta.
-Vámonos, aún falta para llegar y ya empieza a
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amanecer. Sube al coche-. Le ordenaba a la vez que le
ayudaba a embarcar en él.
Arrancó de nuevo iniciando aquella ascensión al
infierno con el perro siguiéndonos al paso, tan justo detrás
de mí, que podía escuchar su misterioso jadeo a través
del metal de la carrocería.
Me alcé ligeramente para intentar ver hacia el
exterior. Lo supe porque la luz del amanecer me
mostraba un profundo acantilado al borde mismo de la
carretera, ya que no pude sentir en absoluto las partes
de mi cuerpo. Picos montañosos en la lejanía y debajo
la blanquecina niebla difuminando el extenso valle.
Noté algo blando en una esquina. Supuse que tal vez
pudiera ser comida para el animal que nos acompañaba
y, con mucho esfuerzo y cuidado para no delatarme,
metí la mano en el recipiente. Restos. Alcancé a coger
parte de aquella masa viscosa y la acerqué a la boca
con sigilo, hambriento. Estaba delicioso. Lo engullí
despacio, saboreándolo, tragando, era mi salvación.
Dos bocados y no pude más, me sentí empalagado
por la masa grasienta y algo putrefacta. Delante
fumaban cigarrillos que embriagan el aire totalmente.
Aquel humo hizo que me quedara en un estado de
sueño irreal, una vigilia cercana a la purga de los
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pecados después de la muerte. Volé por encima de los
valles, acompañando a la bandada, siendo parte de ella.
Llegaba el nuevo día con toda su luz y desaparecí entre
las sombras del auditorio, en el viejo cine.
Durante la jornada nadie sabe dónde se ocultan los
cuervos hijos de puta. Difícil es verlos de noche,
imposible de día. Ellos se funden con la realidad, viven
en ella mimetizándose con el ambiente.
También existen cuervos que anuncian la lluvia,
buena para la cosecha. Alguien te besa en la mejilla
mientras revolotean los campos.
Capítulo 6
No se vuelve al lugar
Al atardecer, el viejo cine de barrio ofrece la última
función. Entramos a la oscura sala para acomodarnos
en sus roídas butacas. Asiste poca gente y el silencio
predomina antes de los anuncios. El volumen esta
excesivamente alto, sobresaltando a los espectadores de
Drácula. Él chupa sangre de sus víctimas mirándonos
fijo a las pupilas dilatadas por la penumbra.
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-Nos vamos, ya es de noche cerrada y con lo que
llueve nadie nos verá. Dame las cosas.
Abandonamos la sala en medio de la película,
cuando ninguno de los que estaban allí se atrevía a
volver la cabeza para seguirnos, hipnotizados por el
vampiro.
La alambrada se prolonga hasta el cielo, entonces
Samuel la recorrió alrededor buscando un agujero por
donde colarnos al recinto del colegio. Pronto nos llamó
con la mano y en un instante entrábamos por una
ventana fácil de forzar.
Los pupitres esperaban bien ordenados a los alumnos
del mañana, los trabajadores del mañana, los
estudiantes del mañana, los fracasados del mañana, o
los autodidactas del mañana; pero esta noche
estábamos en las clases siguiendo a Samuel en su
venganza contra ellos, nosotros no sabemos quiénes
son ellos, él sí lo sabe.
Dibujaba sus insultos al director, al centro, a la
sociedad, manchando las paredes blancas con su expray
rojo claro, un día y otro, una noche y otra noche más,
sin que nadie se explicara de dónde procedía aquel
delito contra el patrimonio. Él asistía a las mañanas del
director luchando contra las frases insultantes,
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desesperado, emborronando las acusaciones antes de
que los niños entraran a las nueve para leer.
Desde la calle nos entregaba las piedras para que las
lanzáramos contra los cristales por encima de la
alambrada, chocando contra ellos, deshaciéndolos en
añicos, desplomándose como granizo contra el suelo
del recinto. Cada vez que se acertaba en uno, Samuel
exclamaba un ¡sí! En bajo para no alterar al vecindario
que aún no descansaba por lo lejano a la madrugada.
Pasear los caminos disfrutando de los hechos, que no
se descubrirán hasta el día siguiente, imaginar la
desesperación del director blandiendo la brocha contra
las rojas palabras, intentando ocultarlas.
Una de aquellas noches volvieron sobre lo andado,
en un exceso de confianza, disfrutando de la oscuridad
estrellada, sintiéndose dueños de la justicia que
acababan de aplicar una vez más, sin consecuencias,
eludiendo el castigo, desafiando a la sociedad que aún
estaba alerta.
Un coche azul de policía los vio paseando ya bien
entrada la noche. Se detuvo a su lado y quisieron salir
corriendo por los senderos que van a la playa. Nadie
supo huir excepto Samuel, que los dejó allí,
abandonados ante la ley. Esperó en el interior de su
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casa escuchando hablar por teléfono a los padres.
-¿Con quién hablas? ¡No digas que estoy aquí, me
oyes!.
Su pobre madre intentaba eludir aquellos trompazos
que su propio hijo le propinó sin piedad en la base del
cráneo, mientras adelantaba unos pasos hacia el interior
de la estancia. Pude verlo, y él ni siquiera me miró a
mí.
-Esos dos imbéciles se quedaron rezagados, menuda
mierda. Como canten se van a enterar-. Me los
amenazaba tirándose de los pelos.
En comisaría ellos confesaban los crímenes que no
habían cometido. Pasaron allí la noche. No dijeron
quién era el ideólogo de todo aquello... de los
destrozos. Al día siguiente los dejaron irse a sus casas
en espera de la denuncia del director, si es que la ponía.
No la puso, increíble pero no la puso.
El pueblo señalaba a Samuel y a sus amigos, entre
los cuales estaba yo, ahora moribundo en su coche, de
camino nadie sabe adónde, viajando al borde de La
Caída del Ángel.
Las madres plañían su culpa entre las flores. Algunos
recuerdan fechorías de la juventud sin mayor
trascendencia. Otros señalan con sus largos dedos para
35
siempre y temo si vienen detrás con el perro salvaje
que jadea monte arriba, respirando el humo del escape
de este furgón funerario que busca una nueva noche
antes de arribar a su destino más allá de las montañas.
Anochece y vuelvo a comer esta carne fétida
destinada al animal.
El padre aconseja:
-Cuando se hace algo así, nunca se vuelve al lugar.
El sol que apunta desde el Este descubre a la ciudad
que habita en el otro lado de la montaña. Comienza un
suave descenso hacia la esperanza.
Capítulo 7
El laberinto
Me cegaba la luz del día a pesar de la neblina que
emanaba la lejana ciudad. El pronunciado desnivel
permitía que pudiera ver el pie de la montaña a través
del parabrisas delantero, entre los asientos del coche.
Delante, ellos permanecen en absoluto silencio y las
noticias de la radio, a escaso volumen, anuncian
sangre, crímenes y guerras. El enorme perro negro
olisquea las cunetas, adelantándose bastante, como si
vigilara el trayecto antes de que pasáramos por él.
Me dolió el estómago al principio, pero luego fue
más fuerte el dolor que la capacidad para soportarlo y
me sumí en un estado de sedación total, sin perder la
consciencia.
-La mujer apareció desnuda entre unos árboles, en
una zona cercana a la playa. No muestra signos de
haber sido forzada sexualmente. Según apuntan las
fuentes policiales, presenta señales en el cuello, y el
estrangulamiento parece que es el método usado por el
asesino para acabar con su vida. Es lo único que
tenemos por el momento. Las coincidencias con los
demás crímenes ocurridos en la ciudad, indican que
pueda tratarse de la misma persona.
- La guerra en Oriente medio ha causado ya este año
tres mil muertos, entre soldados y civiles. Los jefes de
estado se reúnen esta mañana para abordar la difícil
situación ante la amenaza terrorista que se cierne sobre
los países occidentales.
-El cambio climático puede llevar a la extinción a
una gran cantidad de especies que habitan nuestro
planeta. La subida del nivel del mar hará desaparecer
37
muchas zonas costeras, que serán engullidas por el mar,
a menos que busquemos una solución antes de que sea
demasiado tarde...
-Conduce un poco, estoy quedándome dormido. Tú
has estado durmiendo desde hace una hora, así que te
toca.
Pararon el coche en medio de la inclinadísima
pendiente, sin embargo la mujer no se movió para
relevar a Samuel al volante. Tenía que estar realmente
cansada para desobedecer su orden, ya que pensé en la
paliza que le esperaba como siguiera sin moverse.
Le dio unos empujones que agitaron todo el coche,
pero nada, permanecía inmóvil.
-Joder...
Arrancó de nuevo iniciando aquel descenso casi
vertical hacia una ciudad que no alcancé a reconocer
entre la bruma.
Aquella noticia que acababa de dar la radio me traía
las imágenes de Samuel haciendo su silenciosa ruta por
la carretera de la playa, conduciendo despacio,
preguntándome yo adónde podría dirigirse tantas veces
sobre las cinco de la tarde, con su misterioso aspecto
dentro del Ford corroído por la salitre. Dijeron que la
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chica estaba haciendo footing a esa misma hora por ella
y que se acercaba a la ciudad, donde vivía con sus
padres. Ella trabajaba en un bar de copas, precisamente
del tipo que solía frecuentar Samuel. Él tiene un don de
gentes envidiable; conoce a mucha gente y hace
amistades con facilidad. No quiero que pienses,
querido lector, que soy un mal amigo por pensar estas
cosas precisamente de mis mejores amigos, y no creas
que no tengo miedo, a pesar de las circunstancias que
me invaden, a que él llegue a leer este relato acusador y
pueda sentirse herido. El peligro que corro es evidente.
De todas formas estoy decidido a enviarlo en cuanto las
extrañas circunstancias en las que me hallo me lo
permitan.
Uno de aquellos días invernales, Samuel apareció en
mi casa también a media tarde.
-Mira lo que traigo aquí-. Sacaba un cuchillo de
monte que me pareció enorme de debajo del pantalón,
sujeto por el cinturón de cuero.
-¿Y eso?-. Le pregunté sobresaltado. Me di cuenta de
su disimulada embriaguez y deduje que tendría que
haber estado bebiendo desde quién sabe cuándo.
-Es para el “Yoly”. Voy a matarlo con esto y después
pienso fondearlo en el mar, que es lo que merece-. Me
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aseguraba agitando el arma delante de mis narices.
- Tranquilo Samuel- Yo sabía de los problemas con el
tal “Yoly”, pareciéndome excesiva la muerte como
castigo, o más que excesiva, una barbaridad; así que,
entretener a Samuel preguntándole que tal se le daba el
lanzamiento de cuchillo, no me pareció una mala idea
para salir del paso, no fuera a ser que los delirios
alcohólicos le hicieran cambiar de idea y sus ansias de
venganza se dirigieran ahora hacia mí.
-Se lanza así-. Le dije animándole a entregarme el
cuchillo para la demostración.
Gracias a Dios que aceptó encantado, y mientras lo
situaba en posición sobre la mano, él se quedaba
hipnotizado con la escena.
-Voy a buscar una tabla para practicar...
La coloqué contra una pared de tierra en el jardín.
Conseguí que estuviéramos varias horas ocupados en
esa extraña actividad, hasta que empezó a dar muestras
de ir tranquilizándose, al menos en apariencia. Se fue y
sentí un gran alivio al verlo desaparecer por el sendero
que da a mi casa.
Esa misma noche tocaron las campanas. Me
estremecí al despertar en medio de la madrugada, con
aquella música desordenada e irreal invadiendo los
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sueños de los habitantes. Así sonaban durante horas.
Nadie se atrevía a ir allí o moverse de la cama hasta
que cesaba la señal. Fue al cabo de un par de días
cuando anunciaron la desaparición de la chica. Con ella
hacían tres y tres eran las noches en que yo creía haber
escuchado el tañer de las campanas de madrugada, en
los últimos meses. No comenté nada, por si fueran
imaginaciones mías o sueños mal interpretados. Al
mismo tiempo la intuición me indicaba el que a todos
nos pasaría lo mismo, por eso nadie se levantaba a ver
qué estaba ocurriendo en la iglesia.
Al siguiente día de la macabra noticia me acerqué a
dar un paseo por la playa y allí estaba el coche de
Samuel, aparcado en un sendero que va a la orilla, con
aquel aspecto sucio, lleno de golpes, oxidado en varias
partes de la carrocería, aparentemente abandonado de
no ser porqué yo sabía que él lo dejara allí camuflado
por algo. Los asientos de atrás estaban recogidos. Una
manta beige cubría todo el espacio que ocuparían de
estar en su posición original. No quise acercarme más
por si se encontraba cerca o aparecía por los senderos a
recoger el coche, el mismo coche en el que me
transportó hasta aquí cuando yo ya había muerto para
él. No sé para qué me quiere a su lado. Ella tuvo la
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culpa; yo no quería iniciar la relación e insistí
sobremanera, pero me perseguía por los caminos del
pueblo, sin dejarme respirar; hasta que una noche lo
consiguió, aun sabiendo que Samuel se encontraba muy
lejos esperándola.
Me contó que la llamara por teléfono desde la casa.
Ellos hablaban en el lenguaje de los cuervos. Me contó
lo de las moscas, el problema que le causaban a Samuel
al considerarlas inteligentes.
-Las moscas son muy inteligentes y te adivinan el
pensamiento. Salen volando antes de que tú hayas
decidido matarlas.
Ella intuía lo mal que estaba solo entre aquellas
montañas, en la casa perdida bajo los enormes abetos.
-¿Qué tal está el señor Pierre?
Griselda me contaba después cosas sobre este
caballero.
-Habita en una pequeña casa que está muy cerca de
la nuestra, a veinte metros montaña abajo. Viene a
comer y a cenar con nosotros muchas veces por
semana. Al pobre se le murió la esposa hace bastantes
años. Está desesperado, abandonado de sí mismo,
viviendo por estar, sin ganas. De no tenernos cerca
seguramente ya habría muerto, no tiene a nadie más, y
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muchos años encima.
Los gatos son su única compañía diaria. Cuando
vayas ya verás que su vivienda es un hogar para ellos;
él no limpia nunca ni recoge la vajilla de la mesa en
todos esos años sin su mujer. Imagínate, restos de
comida invadidos por los mohos, alacenas abiertas con
telarañas cubriendo vasos, tazas y... Lo extraño es el
silencio sobrecogedor y el olor a limpieza, la ausencia
de perfume. Allí no huele a nada.
Samuel lo quiere de verás, como a un gran amigo.
-Hacemos mal, Griselda, esto nuestro no puede
continuar... Tenemos que dejarlo ahora, aunque yo te
quiero.
-No te preocupes; él tiene mujeres allá.
No me daba cuenta de que nuestra relación para ella no
significaba otra cosa más que una venganza contra
Samuel, por engañarla. Ahora sé que duerme ahí
delante feliz por haber conseguido volver a su lado. Lo
soportaría hiciese lo que fuera, incluso locuras, o
crímenes, o profanar cementerios. Samuel siempre tuvo
un enorme poder con las mujeres y hace alarde de él sin
inmutarse. No puedo explicarme cómo soportan sus
maltratos y vejaciones para seguir adorándolo como a
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un Dios.
Necesité beber algún líquido. Pensaba en ello
mientras no tenía cuerpo, no lo sentía en absoluto. Mis
ojos veían, nada más. Flotaba entre la oscuridad
plateada del habitáculo, iluminado por la luz del día. El
automóvil estaba adquiriendo velocidad bajando la
montaña, mucha velocidad, cada vez más velocidad.
Los árboles pasaban por mi ventana rozándola a
latigazos. Se estrellaban los pequeños cuervos contra el
cristal delantero sin alcanzar a esquivar la masa del
Ford desbocado. En el valle, la ciudad es un laberinto.
Capítulo 8
La diversión
Alrededor de la mesa permanecíamos callados
esperando el momento de la diversión. Aquel fuera un
día extraño, tal vez por eso estábamos en silencio,
rumiando las malas noticias que llegaran sobre el
embarazo de Griselda. Ella había adelantado
acontecimientos comprando toda clase de enseres para
el niño. El carro cuna era enorme y negro, como si
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presagiara malos augurios. Nos lo comunicaron la
noche anterior, a última hora. Samuel fue feliz durante
la gestación de su esposa, creyó todo arreglado entre
ellos, bebía alcohol sin que pareciera hacerle daño
como antes. Griselda le mintió porque el niño no era de
él. Era mío. Yo estaba serio, con un dolor constante en
la boca del estómago. Las muchachas permanecían a la
espera de que nos fuéramos para iniciar el excitante
viaje a la diversión. Supondría un alivio para las malas
noticias; aquel vuelo infernal a lomos del corroído Ford
descendiendo la larga y oscura calle, nos unía en la más
profunda amistad, esperando el momento del impacto,
que nunca llegaba. Samuel desconectaba las luces, el
motor, a aquella hora lejana, cuando ni la policía se
preocupa de las urbes y se apagaron ya, los últimos
candiles.
Adquiríamos velocidad dependiendo únicamente de
los frágiles frenos. Íbamos de pie detrás, agarrados a la
barra del techo. El aire corría en dirección contraria a
cientos de kilómetros por hora llevándose la mala
noticia de que el niño de Griselda estaba muerto en su
interior. Rompió aguas por la mañana y se fueron
andando despacio al hospital. Las enfermeras le daban
mil vueltas al aparato para, en un intento de remediar lo
45
irremediable, echarle la culpa de que el pulso del niño
no estaba.
-No tiene pulso- repetían a Griselda que sollozaba
aterrorizada. Se tuvo que acordar de mí, pero yo no
estaba. Samuel, en la salita de espera no sabía que el
niño no era suyo. Y lloró por primera vez en su vida.
Lloró por aquel cadáver minúsculo que ya salía de su
madre a un mundo negro, inalcanzable para él.
Ella quiso verlo. Él quiso verlo. Mi corazón sufrió y
tuve el primer aviso de infarto cuando me lo dijeron
por la noche.
Una presión continua sobre el pecho mientras
descendíamos la enorme y empinada cuesta hacia el
fin. Sin embargo desapareció antes de que Samuel diera
al contacto y prendiera las luces del viejo Ford, que ya
se iba deteniendo sobre la calle de la plaza. Una vez
más nos miramos a los ojos enrojecidos por la noche.
A Griselda ya le habían retirado al niño de su vista,
después de conocerlo, de despedirlo para siempre.
Algunas personas pasan horrores a nuestro alrededor
y nunca nadie está lo suficientemente cerca para
ayudarlas y comprenderlas.
Aquellos caballeros de férreas armaduras vinieron a
buscar al niño, que había nacido muerto.
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Samuel detenía el automóvil unos instantes para
disfrutar el que saliéramos vivos de la aventura
temeraria, su llegar al límite que marca la diferencia
entre la vida y la muerte. Nos veíamos unos a otros
riendo aliviados y adoramos a Samuel por mantener
firme el volante durante la bajada. Conducía despacio
patrullando la ciudad en la noche, con aquel grupo de
cadáveres divertidos por él. Después cerrábamos el
techo descapotable y nos repartía a casa, cuando
despunta el amanecer.
El brillante pelo rubio de Susy se deslizaba por la
espalda descansando del alocado viaje. A su lado una
dulce sensación de paz nos embargaba los sentidos.
Ella ya no pertenecía a este mundo y los ojos grandes y
azules reflejan el futuro.
El futuro iba a ser sin pelo, demacrada por las
medicinas que le dieron en el hospital destinados para
aquella extraña enfermedad que invadió los periódicos,
las noticias, la calle, a los muchachos. Quedó
irreconocible con el tratamiento. Estaba muy flaca y
asustada.
Nos llamaron para decirnos que se había tirado por la
ventana de la habitación, en el tercer piso. Le paró la
caída un auto estacionado en la calle y no pudo morir.
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Allí estaba, triste, con las piernas rotas, sin haberse
deshecho de la neumonía. La rodeaba su padre, y
nosotros, en silencio.
Ella se escapara de su casa cuando vivía. La buscaba
parte de la familia, desesperada por los caminos.
Samuel sabe dónde está pero no lo dice y el padre,
cuando por fin la encuentra en una tienda de campaña
con otros prófugos de la sociedad, lo ataca con una
barra de hierro macizo. Él se enfrenta con un palo
enorme ahuyentándolo.
Susy se murió al cabo de unos días desde la caída,
desde el intento de suicidio. Samuel jamás fue a verla
al hospital. Parecía frío e insensible. Una vez lo
sorprendí, al pasar por delante de la ventana del cuarto
de baño, tomando una pastilla. Sonrió mostrándomela
orgulloso, pero yo le puse cara seria. Él me odiaba,
comenzó a odiarme aquel día por descubrir su secreto y
no compartir su ofrecimiento. Preferí beber alcohol
hasta morirme. Él no soporta a los borrachos, aunque
después acabara siendo uno de ellos.
-¡Para el coche! ¡quieres matarnos o qué!- Ordenaba
cuando yo conducía por la izquierda en medio de la
madrugada. Era cobarde por no confiar en mí. Yo sí lo
hacía con él cuando nos lanzaba calle abajo con las
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luces y el motor apagado, durante la diversión.
Capítulo 9
La clave está en el cuervo
Caía una noche tan cerrada como el terciopelo negro
cuando decidieron meter al perro detrás, conmigo. El
animal estaba tan cansado de la caminata y las peleas
que se quedó dormido al momento resoplando con
furia. Samuel hablaba en su lenguaje con un enorme
cuervo gris antes de penetrar en la ciudad. La mujer
dormitaba en el asiento del copiloto.
-Necesitamos cadáveres para que nuestra sociedad
funcione de la manera adecuada que necesitamos. ¿Has
conseguido muchos últimamente? dime. Sin ellos las
cosas no irían al rumbo correcto, imagínate. ¿Quién
llenará de dinero nuestros bancos, hombres y mujeres
vivos? no, están demasiado ocupados en trabajar para
nosotros. Le damos la mano, y cogen el brazo entero.
Quieren ser iguales a nosotros. ¿Ves a mis pequeños
Cuervos Hijos de Puta revoloteando a mi alrededor?.
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No habría suficiente para todos si no siguieran las
órdenes que hay que cumplir. Las leyes, son las leyes.
Tú no necesitas trabajar. Eres uno de los nuestros. Un
creador de cadáveres. Cumples tu parte al inyectar
dosis de terror en las comunidades humanas. Te
dejamos matar a esas chicas para que ellos sientan
miedo. Veo todo lo que haces, sé que robaste un muerto
al cementerio y lo llevas ahí-.
El cuervo se acercó a mi ventana para golpearla dos
veces, y con fuerza, con la punta de su negro pico
acerado.
-Ahí lo llevas, míralo. ¿Estás seguro de que está
muerto?-. Graznó.
-¿Crees que puede estar vivo?. No me jodas-.
Contestó Samuel.
Los pequeños cuervos no son grises, son negros, y
revoloteaban inquietos entre los árboles. Yo deseaba
con todas mis fuerzas que se deshiciera aquella reunión
en la montaña y continuáramos viaje antes de que me
descubrieran vivo. Comenzaron a discutir en el
lenguaje de los cuervos.
-¡Mi vida se ha convertido en una mierda por culpa
vuestra!. ¡Mira a esa puta que llevo conmigo! ¡es falsa!
¡lo nuestro es falso! ¡lo que me prometió era falso!. ¡Me
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llevó a su país con la promesa de librarme de vosotros,
los cuervos, y lo que hizo fue engañarme con mi mejor
amigo!.
-Te libraste del consejo de guerra. Tuviste mucha
suerte. Sabes que eso significaría tu final. Los
contactos de su padre te libraron de una muerte más
que segura; deberías de estarle agradecido-. Mientras
graznaba continuaba observando el interior del
automóvil.
- ¿Por qué crees que deserté? ¿eh? fue culpa suya.
Me prometió otra vida lejos de la guerra. Dijo que yo
no tenía que estar con esos chacales, que acabarían con
mis ilusiones de libertad. Me fui con ella muy lejos y
después me abandonó con la única compañía de las
moscas, y de ese loco... Pierre.
-Pierre no está loco muchacho, está abandonado de sí
mismo lo cual es diferente. Tú estás loco, matas a
gente, desentierras cadáveres, maltratas a tu mujer.
Nosotros no queremos que hagas ninguna barbaridad,
pero tú piensas que es nuestra culpa. Estoy aquí para
avisarte y no te excedas. De otra manera tendremos que
encerrarte. No hay pruebas en contra de ti, así que no
nos fuerces a encontrarlas.
- ¡Eres un cabrón cuervo!. ¡Me usas para llevar a
51
cabo tus ambiciones sin tener en cuenta el gran
sufrimiento que tengo que pasar para complacerte!.
¡Mira lo que le hiciste a Susy! ¿qué culpa tendría ella
de ser un estorbo para tus fines? - Samuel soltó una de
sus tenebrosas risotadas- una sociedad limpia de
cadáveres; ya lo has conseguido. Se pudre en una
tumba gracias a ti.
-Traté de salvar a Susy, puse los medios....no hay
remedio para esa terrible enfermedad, no me culpes ¡no
me culpes!-.
Enseguida acudieron los pequeños Cuervos Hijos de
Puta atacando a Samuel con sus picos afilados como
agujas. Él gritó gritos de dolor y desesperación en
aquella montaña. Despertaron al perro Landelino que
comenzó a ladrar dentro del coche, en mi oreja,
llenándome la mente de los golpes enfurecidos por el
sonido atronador que salía de su garganta.
Griselda salió afuera para mediar entre Samuel y el
cuervo.
-Ese hombre que llevas en el maletero aún está vivo,
puedo escuchar el latido de su corazón.
-¿Qué dices cuervo?- preguntó Griselda atónita,
mientras Samuel se retorcía en el suelo.
-¡Está vivo! ¡todos mis cadáveres están vivos! ¡eso
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ya lo sabía cuervo! ¡fuiste tú quién los mataste!.
-Lo que te dieron mis esbirros no es suficiente. Voy a
matarte a ti también como sigas hablándome así. Ese
que llevas en el coche ¿cómo se llama?.
-Se llama Julián, que más te da su nombre.
-Debo de reconocerlos, es importante para mí.
Entonces se acercó un pequeño cuervo provisto de
un aparato metálico y brillante. Escribe, le ordenó el
Cuervo Gris sonriéndole con sorna y en un tono
delicado.
El pequeño cuervo tecleaba el aparato convencido.
Acto seguido mostró lo escrito a su amo, que asintió
satisfecho.
-Todos estáis aquí dentro-. Balbuceó.
Griselda descendió del automóvil.
-Samuel ¿con quién hablas? ¿qué gritos son esos?.
-¡Maldito perro! ¡cállate!.
Abrió el maletero y con un grueso palo clavó a
Landelino en el estómago un golpe que produjo un
sonido sordo y hueco. Lo agarró por la piel del cuello
para echarlo fuera de un fuerte tirón. El animal se
tumbó en el suelo destrozado por dentro. El maletero
53
seguía abierto; fue entonces cuando se me fue el
vientre a causa de aquella comida enlatada destinada al
can.
El ruido que produjeron mis intestinos, debido al aire
que iba en medio del bolo, resonó rotundo rompiendo
el silencio de la montaña. Fueron quince segundos
inacabables. Incluso el perro atendía levantando las
puntiagudas orejas hacia mí. Sentí un profundo alivio,
a la vez que me daba por descubierto, naturalmente.
-¡Hostias!- Exclamó Samuel sorprendido.
Lo peor vino cuando Landelino se incorporó atraído
por la mierda humana. Todos sabemos que los perros
son locos por ella. Ahora, recordándolo, puede que
hasta tenga que parar de escribir porque me rompo con
la risa, querido lector (a pesar de mis circunstancias),
pero ten en cuenta que el tamaño de la cabeza de
aquella fiera, doblaba con creces a la mía. Olfateaba a
mi alrededor ansioso, muy inquieto. Pensé que podía
comerme toda la zona baja de un solo bocado, entonces
recuperé la voz, perdida hacía tanto tiempo, desde antes
de la operación. Sonaba como a ultratumba, aunque
clara y pausada:
-Samuel, por favor, sácamelo -. Supliqué mientras
Griselda caía de rodillas al suelo, no sé si desmayada o
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a causa del fuerte olor que ya inundaba la zona. Samuel
veía a los alrededores, tal vez buscando consejo a los
cuervos que vivían en su imaginación, ya que parece
que nadie más los ve, excepto ahora, yo mismo.
-Griselda... este tío habla, y huele que apesta...¿Ves
lo mismo que yo?. Ven aquí Landelino.
-Nos estamos volviendo locos Samuel. Has estado
gritando ahí afuera durante mucho tiempo. No hay
nadie que pueda escucharte ¿No te das cuenta?.
-No sabes lo que dices; son los cuervos. Bah, tú eres
tonta, no lo entenderías, déjalo.
Mi cuerpo permanecía recostado con la cabeza
apoyada contra el asiento trasero, observando muy
atentamente las escenas entre ellos para estar preparado
en caso de que quisieran matarme. Mis ojos exageraban
la mirada para que pudieran darse cuenta de mi
completa consciencia y preparación ante un posible
ataque. El perro se alejo distraído por unos ruidos que
procedían del bosque. La cercana ciudad brillaba en la
noche de forma que su luz penetraba entre los árboles,
permitiendo cierta visión a pesar de la maleza
circundante a la carretera.
-Saco de mierda, háblame vamos, venga.
Me quedé paralizado mirando a Samuel fijamente a
55
los ojos. Él no tenía miedo. Griselda, que ahora estaba
justo detrás, permanecía expectante por encima de su
hombro.
-¿Es normal que se cague así un muerto de seis días?.
Tú estudiaste algo de tanatología ¿no?. Acércate a ver
qué te parece esto-. La invitaba a observarme más de
cerca agarrándola por los hombros y empujándola hacia
mí con suavidad.
Intenté volver a decir algo, pero la voz no me salía
con el terror que me embargaba sin piedad. Así dejaron
pasar un buen rato.
-Nada, no quedan más cojones que quitarle la ropa y
limpiarlo para seguir viajando. Vamos Cris, labores de
chica...
De pronto se vino contra mi cuerpo:
-¡ Reventaste saco de mierda!.
Me soltó un fuerte mamporro en la cara con la mano
abierta, para asegurarse de que aún estaba muerto. Y
estaba literalmente tieso, lo cual los convenció de lo
peor: había muerto con los ojos abiertos.
-Es igual, así va viendo el paisaje- bromeó a la vez
que arrancaba con aquella risa siniestra.
Ella me fue quitando la ropa con mucho cuidado, al
mismo tiempo que soportaba con la misma pasión que
56
una madre cuando cambia el pañal a su pequeño, el
olor a mierda.
Conseguí apretarle la mano con suavidad en un
instante. Me miró a los ojos sobresaltada a la vez que
su garganta ahogaba un suspiro. Samuel se había
alejado unos metros del coche y rezaba de pie, apoyado
sobre un árbol.
-Hijos de puta, hijos de puta.
Entonces Griselda me susurró al oído:
-Julián, estás vivo.
-Sí, necesito beber- Le pedí mientras ella vigilaba
que él no pudiera escucharnos. Después siguió
limpiándome como pudo y tiró entre los arbustos
la manta que me cubría
. Me tapó con la manta vieja que
siempre llevaba Samuel en el coche, en el asiento
trasero.
-¡Samuel, ya está, vámonos!-. Gritó en medio de la
noche.
Me acercó una Coca-Cola de litro empezada desde
delante, antes de que él entrara. Durante el viaje bebí
sorbos y aquel líquido negruzco hizo que empezara a
sentirme mucho mejor.
Ahora quien conducía era ella, mientras Samuel
resoplaba un sueño en el asiento delantero. Me atreví a
57
incorporarme poniéndome apoyado sobre el respaldo
de atrás para ver llegar a la ciudad iluminada. Volvía a
la vida, al mundo de los vivos: sin embargo algo
extraño revoloteaba su cielo. Cuervos Hijos de Puta.
Capítulo 10
El tema elegido
Era aficionado a ver películas de miedo; me gustaba
sentir como otros intentaban aterrorizarme a través de
sus relatos y me hacía cierta gracia imaginármelos
estrujándose el cerebro para conseguir una buena
historia, algo con lo que los demás se obsesionaran
hasta el punto de idolatrarlos como escritores.
Esta vez aposté demasiado. Me arrepiento de entrar
en el experimento, en la prueba.
Entrábamos en la ciudad cuando la noche se extiende
por las calles. Pararon el coche cerca de un parque con
árboles frondosos y oscurecidos en lo alto, adonde no
llega la luz artificial.
Samuel descendió del automóvil para irse despacio al
encuentro de una figura que caminaba al borde de la
calle próxima al parque. Pude ver como se daban besos
58
de recibimiento en la lejanía. Griselda permanecía al
volante en silencio mientras Landelino, sentado
delante, en la calle, vigilaba la escena.
Las figuras pasaron cerca de nosotros y se
introdujeron en la zona destinada a los árboles
ornamentales, muy abundantes.
Samuel había estado usando el teléfono antes de que
penetráramos en la ciudad, entre los resoplidos de sus
sueños macabros.
Me decidí a preguntar a Griselda qué estaba
ocurriendo. Mi voz seguía siendo irreconocible para mí
y muy baja.
-¿A dónde van?.
-Va a matarla-. Me respondió ella en el lenguaje de
los cuervos, lo cual me resultó extraño pero legible.
-Lo dices como si no te importara... Es un asesino
¿no vas a hacer nada? tenemos que llamar a la
policía....
-No vamos a llamar a nadie. En esta ciudad mandan
Los Cuervos y ellos quieren que Samuel lo haga. Mira
¿ves en lo alto de aquel Ficus Religiosa?. El cuervo
gris acecha para asegurarse de que la deja muerta.
No podía salir aunque me lo propusiera. El maletero
estaba cerrado por fuera y Landelino me atacaría en la
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calle. Era un perro negro, enorme, con una cabeza
descomunal.
-Necesito comer-. Dije casi para mí mismo.
Ella no me respondió. Se hizo un silencio
incomprensible en aquella ciudad. Ningún atisbo de
actividad humana en la zona. Mientras Samuel
estrangulaba a la víctima pareció haberse parado el
tiempo. No existía nadie para socorrerla en su último
trance. Los semáforos marcaban un ritmo a veces rojo,
a veces verde, para nadie. Era como si estuvieran
esperando a que él acabara, sin dejar de trabajar a pesar
de que la gente permanecía oculta.
Entonces se removieron las ramas del viejo árbol
para dejar salir al cuervo graznando enloquecido. El
cielo negro no tenía ni nubes ni estrellas, sólo Cuervos
Hijos de Puta en sus alturas.
Me desesperé y quise terminar con aquella pesadilla
al recordar las indicaciones. Busqué a un lado y otro
del maletero la luz azul que me llevaría de nuevo a la
realidad. Me di cuenta de que era demasiado pronto, la
voz aún no había dado la señal.
Samuel regresaba con su caminar elegante surgiendo
entre las sombras del parque.
-Ya ha terminado-. Me dijo Griselda mientras
60
admiraba su esbelta figura y feliz de poder tenerlo a su
lado una vez más.
Lo primero que hizo fue acariciar largo rato a
Landelino, agachado en la calle para ponerse a su
altura. El animal le agradeció su amor lamiéndole la
mano. Mis dedos palpaban todo a su alrededor
intentando topar con el panel de mandos y acabar con
aquella pesadilla, pero no era posible abandonar una
realidad cruel que yo mismo eligiera.
-Venga vámonos de aquí-. Indicó él al tiempo que
tiraba del brazo de Griselda para que le cediera el
asiento del conductor.
Abandonamos despacio el oscuro parque para irnos
introduciendo en el núcleo de la ciudad. Samuel
accionó el aparato de música. El volumen excesivo me
golpeaba los tímpanos en la parte de atrás. Más que
música eran golpes poseídos por un cierto ritmo trivial.
Pronto encontramos a un numeroso grupo de
muchachos invadiendo las anchas avenidas. Bebían
alcohol a grandes tragos, levantando unas estilizadas
botellas y brindando a nuestro paso. Uno de ellos se
derrumbó contra la ventana de Samuel para decirnos
algo.
-Los cuervos nos han congregado hoy para que
61
celebremos la fiesta total, la fiesta de la amistad. El
alcohol es más barato en los grandes supermercados de
la ciudad. El alcohol nos une, ellos dicen que debemos
reivindicar la calle. Nos facilitan las comunicaciones
por un pequeño precio. Han venido miles de hermanos
a brindar.
Samuel ni siquiera le dirigió una mirada compasiva y
seguimos atravesando la calle mientras el muchacho
golpeaba el portón trasero con la mano a modo de
despedida forzada.
-Hijo de puta...- Balbuceó Samuel a la vez que
aceleraba ligeramente el Ford blanco. Mientras, yo
buscaba entre las miradas de los que se apartaban para
dejarnos pasar, un cómplice que pudiera abrirme la
puerta del maletero, al darme cuenta de la ausencia del
perro Landelino en los alrededores. Los participantes
estaban demasiado idos y no podían captar mi S.O.S.
Superamos a la muchedumbre para introducirnos en
una callejuela estrecha y solitaria. Uno de los
muchachos nos había seguido y me miraba extrañado
por el cristal del portón. Logré extender la mano para
solicitarle ayuda, pero en esto irrumpió el perro de
Samuel doblando la calle a toda velocidad para atacar
al chico. Su boca abarcó la cintura. Lo reventó por
62
dentro al apretar su pequeño cuerpo y se despedía de la
vida mirándome sin entender, mientras yo ya suplicaba
que apareciera la voz que me indicara cómo salir de
aquella pesadilla, pero no, lo que ocurría realmente era
que Samuel abandonaba el coche y comenzaba a
deambular por las calles hablando solo, mientras
nosotros lo seguíamos a distancia.
Capítulo 11
El delirio
-Me encontraba algo aburrido, ¿sabéis? hace mucho
que no encuentro a nadie con quien salir a dar paseos, y
bueno, me dije “vamos a tomar una copita de vino
mientras vemos la televisión”. La tomé despacio,
saboreando aquel líquido negro de cierta calidad. La
botella se vistió de rosada compañía. La etiqueta me
habla de las uvas en su dulce idioma. La observaba
absorto cuando mis caricias subían hasta su cuello para
poner un poco más en la copa. No. Afuera de la casa
sabrán mucho mejor tus tragos. Tal vez en las rocas del
Cabo encuentre algo de diversión. Me la llevo para no
estar tan solo y dejar que su veneno me evada otro
63
poco más.
La oculté en una bolsa de plástico para que los
vecinos no me la pudieran ver salir de la casa. Era una
compañía prohibida a la luz de las cuatro en una tarde
de verano, cuando todos dormitan en los jardines,
acechando cualquier movimiento extraño.
Al fin arranqué el coche saliendo despacio y con
precaución por las carreteras que dan al cabo.
. Entonces la extraje y chupé su morro
con cuidado, agachándome un poco, aprovechando una
curva entre las calles que van al Cabo. Hice malabares
para volver a ponerle el corcho a la vez que conducía.
No se puede derramar nada, es un elixir sagrado,
meditaba convencido. Además, precisamente ese día
me quedé sin dinero en la cuenta corriente y con
aquella botella tenía suficiente material para un buen
rato.
Ya en el Cabo recibí la bendición de la brisa marina y
me deleité con el cortejo de unos homosexuales que se
perseguían por las rocas incitándose. No era una miss
desnuda bailando para mí, pero las gaviotas no
resultaban excitantes a mi compañera. Nos besamos y
la consumí por completo, escurriéndola contra la
64
garganta. Enseguida salí del paraje con ganas de
diversión. Ella estaba actuando en mis órganos
escociendo como un acto entre humanos enamorados.
Estábamos juntos, pasándolo muy bien. El camino que
lleva al lugar se convirtió en la senda de la libertad. Un
gran placer atravesarlo sabiendo que más allá, el
mundo nos recibiría con los brazos abiertos. Ya viene
feliz a nuestro encuentro. Mi compañera estaba
desnuda actuando en mi cerebro, su traje de cristal era
mecido por la brisa en las rocas del cabo.
Aparco despacio, con precaución de no tocar a los
otros autos. Después de una sabrosa comida y una gran
botella de vino ¿Qué mejor ?. Una copa brillante de
dorado coñac y un negro café espumoso harían de mí la
persona más feliz del mundo.
Entro en la cafetería de lujo, al lado de la concurrida
playa. Un enorme escaparate embotellado se desplegó
ante mis emocionados ojos.
-¿Qué va tomar?.
- Un café y una copa de Magno.
Pensaba a la vez en el poco efectivo del que disponía
para el viaje. -Ya veremos... con esto tengo suficiente,
de momento.
La soledad me invadió en aquel oscuro café, donde
65
un solitario camarero me vigilaba inconsciente.
El coñac y el vino se entendían muy bien,
provocándome una inmensa emoción. Unas furtivas
lágrimas se deslizaron por mi cara. El camarero me vio.
Me levanté como volando para alcanzar la salida.
Había tenido la precaución de pagar antes, así me pude
ir sin dar explicaciones-.
Samuel hablaba entre los callejones alzando cada vez
más la voz, pero siempre con la mirada hacia delante,
como si sus interlocutores estuvieran escapando de él.
Algunos transeúntes nocturnos miraban de soslayo,
tomándolo por loco.
-Las siete de la tarde, en pleno otoño, es una hora
especial para los alcohólicos. Aún no ha caído la noche
y ya estamos en ella.
Entro al pub con el sol rojo en mis espaldas. Cerveza
en caña. Una, otra más, hasta alcanzar el delirio. La
combinación de bebidas sube por la sangre para regar
el cerebro llenándolo de felicidad. Más que libertad era
un éxtasis de delirio. Hablo solo a los camareros que
luego me traicionaron llamando a la policía. Me retuvo
cuando ya circulaba a placer por el paseo marítimo,
divagando con algunos paseantes que atendieron a mis
razones sobre ecología y filosofía, entre apretones de
66
manos o incluso abrazos.
-Estabas armando escándalo en el pub. Sabemos que
viajas en coche. No puedes conducir en ese estado.
-¿Llamaron a la policía?. Joder, con la de dinero que
he gastado en ese antro. Vaya cabrones, molestaros por
esa tontería. No rompí nada, solamente busco un poco
de evasión...
¡Anda! vaya bicicletas tienen ustedes. He estado
pintando la mía durante todos estos días. Negro, el
color es negro. La desmonté entera para llegar a sus
más ocultos tornillos. Los guardabarros son plateados.
Su trabajo tampoco será fácil... No se preocupen, iré
andando, dejo allí el coche. Vendré a buscarlo cuando
esté normal, mañana.
-Así está mejor- aceptaban los agentes- ni se te
ocurra cogerlo. Anda, puedes irte, que lo pases bien, y
no te metas en problemas.
Bajé al arenal cuando el ocaso se convierte en luz
negra. Canto a gritos intentando que me escuche todo
el mundo-.
Ahora gritaba aquellos cantos de loco que resonaban
en los callejones como truenos, mientras los cuervos lo
vigilaban posados en los balcones. Algunas personas
salían de sus casas para ver que estaba ocurriendo
67
abajo, y éstos alzaban el vuelo para ponerse a salvo.
Griselda conducía despacio a una cierta distancia,
conmigo dentro del maletero, que deseaba despertar de
una vez del sueño maldito. Era consciente que todo
pasaría cuando la voz diera las instrucciones, pero yo
ya perdiera totalmente la noción del tiempo (ahora sé
que desde el principio nunca la tuve) y volver a mi vida
cotidiana; cuidar el almacén de la fábrica casi me
pareció idílico al lado de lo que todos pensamos iba a
ser una experiencia reconfortante. Cavilaba en los
temas que tal vez eligieran los demás, cómo les estaría
yendo, si el sufrimiento también los invadiera en su
viaje. Busqué en los alrededores a alguno de los que
estaban a mi lado en la sala, cuando partimos. Ninguna
de las caras que pasaban por las calles o asomaban a
los balcones me resultaba familiar, excepto los cuervos;
me daba la sensación de que siempre habían estado allí,
en mi vida, en medio de mi existencia... quizás porque
aquí, o ahí, en realidad no puedo saber a quién me
dirijo, todos los pájaros son negros.
Lo cierto es que Samuel vociferaba las letras de sus
canciones hasta que volvió a la charla en un tono alto,
dentro de la normalidad.
-Subí por el caminito que da a la carretera comarcal,
68
siguiendo la costa hacia la urbe. Ya no tenía apenas
dinero para seguir alcoholizándome y pensé que al
primer antro decente que encontrara, allí mismo lo
emplearía. Pasé por un ama de casa barriendo las
escaleras de la calle. Le conté mi desgracia. Tengo que
volver a casa señora. No puedo, he bebido y ahora no
me permite regresar. El demonio está actuando dentro
de mí. Tengo familia señora. “Hágalo por ella, regrese“.
Me imploraba desde su posición de dueña de sí misma,
convencida de que tal vez conseguiría salvarme de una
ruina segura. -Es imposible señora, debo seguir mi
camino hasta la ciudad. Allí encontrare por donde echar
fuera a este mal que me mueve. Habrá más gente en mi
estado para rescatarnos los unos a los otros. No se
preocupe. Acabaré bien, siempre acabo bien. Adiós, y
gracias por atenderme-.
Pensarán que Samuel es un hombre fuerte y joven.
No, es una persona entrada en años, lleno de profundas
arrugas, delgaducho, con un mal pelo, aunque nada
calvo. De cualquier manera se parece a un muchacho
en todo. Él es un muchacho que nunca ha salido de la
juventud. Lo veía así, entre las sombras de la noche,
como cuando éramos jóvenes. Hablaba contando sus
pesadillas sin que nadie pareciera hacerle caso.
69
Algunas veces me había ocurrido antes, ver a un
hombre parlotear cosas sin aparente sentido cuando me
dirigía a la fábrica. Nunca supe qué disciernen esta
clase de personas, y aquel día, escuchando a Samuel,
supe algo más. Cuentan inquietudes, sus asuntos,
problemas... sin que realmente ninguno de nosotros
alcance a entenderlos. En apariencia, él no había
bebido, al menos desde que profanó mi tumba. Me
atreví a preguntarle en silencio a Griselda. Me dijo que
sí. Llevaban ya varios días sin dormir. Sacó una dosis
de droga y la esnifó como si yo le recordara que debía
hacerlo a esa misma hora. ¡Samuel!. Gritó a la figura
parlante. Descendió del automóvil para alcanzarlo.
Juntos tomaron de aquello pegados a las paredes de los
edificios. Pronto volvió sola, para que él siguiera
divagando.
-Encuentro en el camino una discoteca llena de
ancianos. Bailan y no parecen percatarse de mi
presencia. Están idos, felices de ser ancianos
bailadores. Se miran unos a otros ensimismados en sus
aspectos. Me contagian su éxtasis y suelto todo el
dinero encima de la barra. El camarero me proporciona
una botella amarilla llena de líquido amarillo. Bebo,
observando hasta que la visión deja de excitarme por
70
completo. Nos vamos, me digo. Al salir por la puerta
del local tengo una gran desgracia; se me cae al suelo
deshaciéndose en un charco amarillo. Sigo andando, en
realidad no la necesito. Pasé por las prostitutas en la
Calle Grande, donde están los astilleros. Creen que se
venden bien ahí, pero nadie las quiere. Hablé con ellas
un larguísimo rato hasta que se dieron cuenta de mi
falta de efectivo. Entonces me despreciaron y seguí el
camino hacia la zona de copas nocturnas.
¡Hay algo que hice y que nunca podré contar!.
Encontré un amigo demacrado por el vicio, solitario,
rodeado de otros ángeles aterciopelados. Esperábamos
en las puertas de donde surge la música, acompañando
a los del interior en su extraño placer.
Habrá un concierto a las doce en la Sala Y. Vamos a
ver los preparativos, charlaremos con los del grupo,
fumaremos setas envenenadas. Volvimos al principio
para brincar la música de las puertas, dentro, en la
pequeña pista de baile, en un descuido del dueño.
Recuerda a los ancianos. Cuando estoy nunca me
canso. El grupo fue puntual y entonces una
muchedumbre olvidaba sus copas para nosotros.
Bebimos colores verdes, azules, rojos, negros. Cuando
salíamos un cuervo nos rozó con su ala gris,
71
felicitándonos la noche.
La madrugada cayó encima del silencio para
separarnos eternamente. Travestidos, prostitutas,
carrozas negras rondando los callejones. Desanduve el
camino al cabo de tantas horas, agotado, cubierto por
una lluvia ocasional. Me recibió el viento marino de
nuevo a la orilla, en el aparcamiento. Me metí en el
coche. Estaba igual de triste que por la tarde.
Entre los árboles había gente antes del amanecer. Los
observé sin llegar a saber a qué se dedicaban en la
oscuridad y en medio de la lluvia. Tuve los ojos muy
abiertos. Nunca supe a ciencia cierta el por qué se
vigilaban los unos a los otros soportando el frío y el
agua.
Cuando se deslizaba el primer autobús urbano sobre
la carretera comarcal decidí que era el momento de
regresar a la casa, despacio, con cuidado de no
estropear el viaje que aún no terminara, rompiendo el
Ford.
Traspasé la puerta cuando los pájaros cantaban a la
mañana de los felices. Caí en la dulce cama de sábanas
recién planchadas. Subí al cielo una y mil veces.
Pensaba en volver a la orilla para ver si aún estaban.
Me dormía, iba y venía, moría, soñaba durante varios
72
días-.
Samuel se sentó al borde de la calle esperando. Lo
recogimos sin que apartara la mirada del suelo.
- Cris... eres una pesadilla. ¡Para qué me persigues
pudiendo adelantarte e ir preparando el material!
¡Cuándo vamos a embalsamar a ese cabrón! ¡Cuándo!.
-No quería dejarte solo; además tendrías que llegar
andando y aún falta.
- ¿Qué falta! ¡¿No ves que estamos en la puerta del
edificio idiota?!. Landelino ya nos está esperando
aburrido. No me dejas hablar con nadie, no puedo vivir
mi vida contigo siempre presente.
-Hablabas solo Samuel. Tú no tienes amigos desde
hace mucho-.
Entonces él se giró de su posición en el asiento para
observarme detenidamente. Me escrutaba con su
mirada verdosa envuelta por la penumbra y el cansancio.
Nos analizábamos con detenimiento sosteniendo la
incertidumbre de si era cierto que estábamos tan cerca
o tan lejos. Pensé en dirigirme a él para que supiera la
verdad. No pude hacerlo porque intuí su reacción. No
me perdonó nunca y no se alegraría de que estuviera
vivo. Había decidido hundirme en la mar, aunque
nunca lo consiguió. El mecánico de los motores me
73
dijo que mi fueraborda estaba trucado, pudiendo fallar
en medio de la marejada. Samuel manipulaba la
máquina antes de que yo me levantara en las frías
mañanas de invierno. Esperaba a verme zozobrar desde
la costa. Al volver siempre lo encontraba allí,
esperándome, odiándome al comprobar que había
vuelto con vida de la singladura.
Descubrí lanas de su jersey verde en el costado de mi
embarcación fondeada en la bahía. Subía por las
noches para aflojar los tornillos, antes de que partiera a
hacer mi jornada; por eso busqué trabajo en la fábrica
sin darme cuenta, por la pérdida.
-¿No pensarás que fui yo, no?- me acusó el día que
descubrí la causa de los fallos en la máquina.
- Le están manipulando el motor. Estos tornillos los
dejé ayer muy bien apretados, tenga cuidado-. Me
advertía el mecánico preocupado.
Pronto comenzaron a desaparecer las chicas en la
carretera de la costa. Detuvieron a alguien pero todos
sabíamos que no era el asesino. La policía desesperada
mostró a un culpable. No era él.
Me hizo sospechar que Samuel pasara largos días sin
salir de la casa justo después de los hallazgos. Veía el
corroído Ford aparcado cerca de la playa, aunque ya no
74
nos hablábamos. La manta beige cubría el asiento
trasero algo ladeada, como si hubiera estado destinada
a algún trabajo reciente.
En uno, dos o tres meses sonaban las campanas de
madrugada, anunciando un nuevo crimen.
De pronto, entre Samuel y yo aparecieron las señales desde el
otro lado. Permanecían suspendidas en el aire
sostenidas al fondo de un cubo geométrico y
transparente. Leía perfectamente el mensaje a la vez
que sentí un gran alivio al considerar que la función
estaba a punto de llegar a su fin.
ELIJA EL FIN DE SU PESADILLA EN LA LISTA DE
POSIBILIDADES QUE SE LE MUESTRA A CONTINUACIÓN.
LE RECORDAMOS QUE ES IMPRESCINDIBLE QUE SE
DECANTE CUANTO ANTES POR UNA DE LAS OPCIONES.
NADIE PUEDE QUEDARSE AL OTRO LADO. REPITO: NADIE
PUEDE QUEDARSE AL OTRO LADO.
La anunciada salida comenzó a aparecer haciendo
que se desplazara la advertencia final perdiéndose por
arriba. Las opciones avanzaban con lentitud
discurriendo por el fondo de aquella forma cúbica.
OPCIONES CUELLO
CORTARSE LA VENA YUGULAR
AHORCARSE
OPCIONES CEREBRO
DISPARO CON ARMA DE FUEGO
OPCIONES APLASTAMIENTO
75
SALTAR POR UNA VENTANA
MÁQUINA PESADA
SUMÉRJASE EN UN LÍQUIDO
NO INGIERA ALIMENTOS
La escritura se fue diluyendo como si se perdiera
traspasando la dimensión en la que nos encontrábamos.
La cara de Samuel iba a la vez desfigurándose para
desarrollar un horroroso pico curvo y negro que me
acercó llegando a tocarme la cara, aunque yo no pude
sentir su frialdad. Me dijo algo en el lenguaje de los
cuervos que no pude entender. Después se retiró a su
posición de copiloto mientras yo ya pensaba en cuál de
los métodos elegir para volver a casa.
No entendía los términos. En nuestro mundo no hay
muerte. Esperaba recibir nuevas instrucciones para salir
de aquel estado. Tendría paciencia. En medio del
silencio analicé mi cuerpo.
Enseguida aparecieron las imágenes reflejadas en la
ventanilla de atrás. Un ser se cortaba el cuello y la
sangre salía a borbotones. Un objeto pequeño
reventaba las sienes de otro mientras me miraba
fijamente. En cuanto tuviera la oportunidad practicaría
para acabar con aquello. Ellos se preparaban para
trasladarme y esperaba que terminara mi viaje.
Nosotros no somos compactos, sino haces de hondas.
76
No puedo entender cortar un estado físico para alcanzar
otro. Esperando a entrar en aquel edificio comenzó mi
calvario. Veía mi cuerpo frágil, organizado para
actividades que jamás había tenido necesidad de llevar
a cabo. Ellos andaban sobre unas piernas. Nos
desplazamos en el espacio a través de los negros
agujeros pero nunca perdiéramos contacto excepto
ahora, superando la dimensión cero.
Capítulo 12
La fábrica
Entré a la fábrica por una puerta abandonada, llena
de maleza alrededor. Recuerdo bien que cerca del cierre
yacía bastante derruido un pequeño garaje con su
puerta metálica y plateada aún intacta. Era mi primer
día de trabajo en este mundo. Una de las tareas
encomendadas consistió en cortar la hierba a los
jardines circundantes. Éstos rodeaban los depósitos
giratorios. El agua sucia gira y gira, la hacen girar y
girar, así todos los vecinos creen que se depura.
La fábrica recibe todos los ríos canalizados. Llegan
espesos de deshechos y aquí se separan del caudal.
77
Olía a podredumbre. Pasados cientos de años olía a
podredumbre. Allí se pueden ver las imágenes de
cuando no estaba la fábrica, reflejadas en el líquido
pestilente. Se ven ranas, lagartijas, lagartas verdes
gigantes, culebras gordas, arañas horrorosas, víboras,
cabritos inocentes, machos cabríos, perros, campos
arados, sombreros de paja, la merienda a la sombra de
los robles...
En la fábrica nadie chillaba pero querían que me
fuera. Yo siempre me estaba quejando del olor
nauseabundo, entonces los silenciosos jefes se reunían
para tratar mi tema. A veces uno de ellos me apuntaba
con la mano, como si fuera una pistola. Sentí algo más
que miedo, desprecio. Trabajaba para ellos cortando
muy bien el césped.
El día que vinieron los chicos a pintar los muros con
sus sprays comprendí su arte. Expresaban lo que
sentían en aquellas sucias paredes que rodean la
fábrica. La sociedad se enfadaba ignorándolos y yo
cavilaba en quién tendría la verdadera culpa, si ellos o
los jefes. Los chicos después huían corriendo para
perderse por los senderos que dan a la autovía. Los
sprays eran muy caros, así que tendrán que volver a sus
trabajos, también en la ciudad. Abrirán los grifos hacia
78
los desagües, como los demás.
-¡Julián! ¡no has cerrado la Turbina 8. Está averiada
y los residuos se mezclan en los depósitos!.
Como dije antes, no era mi trabajo. Todos los
recuerdos se agolpan en mi mente, pero nunca los viví
en la realidad, sólo desde que empezó este sueño
infernal. Cuando íbamos a escuchar la misa de once,
después de pintar la iglesia, los sacerdotes hablaban de
un más allá, con zonas llenas de fuego y otras llenas de
paz. De donde vengo no es, ya que no podemos ser
juzgados por nuestros actos ni ser enviados a una u otra
parte; al menos hasta el día del experimento. Lo cierto
es que aquí me hallo, sin valor para cumplir las órdenes
de la pantalla.
Creo que el viaje había comenzado antes de entrar en
la sala y ya estábamos en esta dimensión cuando
pulsamos los botones. Nos habían engañado, pero
¿quiénes?. Lo siento ser humano que lees este mensaje,
no recuerdo nada más que fuimos haces de luz, o lo
estoy imaginando, no puedo estar seguro.
Se afianzan en mí recuerdos, imágenes, situaciones
imposibles siendo materia errante del universo.
Griselda me dirigía una mirada compasiva
declinándose hacia atrás desde su asiento. Mientras,
79
Samuel acariciaba en la calle al perro Landelino, que al
parecer regresaba de luchar con otro animal, a juzgar
por los jadeos que retumbaban entre los edificios y la
luz difusa de las farolas.
El enorme cuervo gris aterrizó silencioso al lado de
él. Pronto acercó su pico acerado a la ventanilla trasera
de nuestro Ford. Su ojo brillaba exigente. Lo
comprendí sin que me hablara, ni en su lenguaje, ni en
ningún otro idioma conocido. Ella me acariciaba la
nuca comprensivamente, segura de estar protegida por
la presencia de Samuel.
-Tengo que regresar a mi mundo. Ya vienen a
buscarme- le susurré a ella sin mover apenas los labios.
El Cuervo Hijo de Puta arrancó a volar dejándome la
advertencia. Cavilaba fuera de mí en reunir el valor
suficiente para cumplir las órdenes del más allá. Supe
en aquel mismo momento que tenía que morir, hacerlo
por mis propios medios o ellos intentarían arrancarme
de la experiencia desde el otro lado, la Dimensión
Cero.
El día de la muerte de mi hijo Juan, estaba trabajando
en la fábrica. Me lo dijeron en la puerta del hospital,
adonde llegue corriendo. Morir es algo horrible si
ocurre cuando menos lo esperas. El recuerdo perdura
80
en la mente aunque nunca lo hayamos sufrido. Jamás
tuve un hijo, jamás me había enfrentado a la muerte.
No recuerdo lo que fui antes de la experiencia. ¿Y esos
pájaros? ¿a qué mundo pertenecen?. Estoy seguro de
que son ellos y vienen a buscarme. Las órdenes son
volver en cuanto recibamos las indicaciones; dijeron:
“es obligatorio, no se puede quedar uno encerrado en
esta realidad”.
- Vamos Cris, pronto amanecerá. Tenemos que subir
el paquete ¡despierta joder!.
Entré a verlo. Estaba pálido como la nieve de verano.
Como estos cadáveres que me rodean maquillados con
esmero.
Cuando me subieron al edificio intentaba conectar la
alarma del ascensor aprovechando la posición
favorable de Samuel, pero Griselda agarró mi mano
suavemente para darme una sensación parecida al “no
te ocurrirá nada porque yo te ayudaré”. Entonces me
dejé arrastrar por los pasillos sintiendo las fuertes
manos de él apretando las inertes axilas, de manera que
creí escuchar como rompían los huesos de los hombros
debido al peso de mi cuerpo. Las pulidas baldosas de
granito reflejaron el majestuoso vuelo del cuervo que
me perseguía hacia el encierro. Intuyeron mi falta de
81
valor y ya venían a buscarme. Mis pies desnudos
arrastrando fue la última parte de nuestros cuerpos en
atravesar la puerta de la estancia.
La habitación tiene una mesa de pin pon en medio,
tres bicicletas oxidadas se apoyan en la pared
descansando su abandono centenario, las telarañas de
las esquinas son enormes y da la impresión de que sus
dueñas son tan propietarias de la casa como ellos.
Me arrastraron hasta el interior. Fue cuando reparé en
un espejo apoyado en el suelo. La capa de polvo que lo
cubre, y digo cubre porque sigue en la estancia... no
pudo ocultar la imagen que apareció reflejada: una cara
amarillenta sin consistencia física, sino formada por
reflejos incompletos de luz, cuyos ojos no son más que
dos túneles negros donde habita la oscuridad más
tenebrosa, pero que me miraban fijamente cuando volví
la cabeza hacia ella. En un instante surgía la palabra
“REGRESA” que gritaba desde su mundo. La sangre
discurría por el cristal desdibujándola. Me sobresalté a
pesar de mi estado.
-¡Cris! ¡Se ha movido! ¡Este cabrón se mueve!-
chilló Samuel incrédulo a la vez que me soltaba los
hombros para dejarme ir de espaldas al suelo.
-Según tú todos están vivos. No Samuel, no tienen
82
vida, por mucho que te empeñes- lo tranquilizaba
Griselda mientras me agarró la cara, tapándome la
expresión aterrorizada. Samuel era un asesino. Tenía
una navaja larguísima en la mano cuando apareció al
otro lado dispuesto a rematarme.
-No Samuel, no lo estropees- le suplicó ella llorando.
Me acordé de mi amigo José. Él había visto como lo
atrapaba la muerte en la fábrica; lo agarraba por los
brazos para arrastrarlo al otro lado. Todas las cosas de
este mundo son como el humo, que en un instante
desaparecen con la muerte.
Cerró el arma.
-Puede que tengas razón. Hazte cargo de Julián;
estoy muy cansado-. Ella acompañó sus pasos para
asegurarse de que se iba al cuarto. Volvió conmigo
cuando yo observaba a una terrorífica araña negra del
tamaño de una mano bajando por la pared, hacia el
espejo. Me ayudó a incorporarme hasta quedar sentado
de milagro.
- Te traeré algo para comer. Él dormirá como un niño
durante un par de días, no te preocupes.
-Antes mata a ese bicho, no lo soporto, las arañas me
dan mucho asco.
83
-No quiere que las mate. Si se entera me destroza a
palos. Le da de comer insectos que caza en los parques,
así que ya me dirás.
-¿Qué contiene el frasco?- le pregunté extrañado de
una botella alargada con un líquido anaranjado dentro
que sujetaba en una mano.
-Es un producto que te daré después para ponerte
guapo.
-¿Guapo cómo quién? ¿cómo ese?.
En realidad nunca sentí nada desde que comenzó la
experiencia. Solamente un terrible malestar interior. La
estancia contigua a la sala es una cocina. Está separada
de esta por una estrecha puerta. Sentado en una silla,
inmóvil, pude ver al padre de Marcos, nuestro amigo en
la playa de los limones. El hombre parecía haber
quedado petrificado comiendo a la mesa, de la cual yo
no alcanzaba a ver más que una pequeña parte. Supuse
una imagen dantesca, con otros comensales detrás de la
pared.
-Bueno... no exactamente. Te cuidaré y Samuel no se
dará cuenta de nada. Os quiero a los dos, pero no como
a ellos.
-Entonces la directora de las profanaciones eres tú y
él sólo es un asesino en serie, como otro cualquiera
84
¿no?-. La luz del día asomaba por los enmohecidos
ventanales de la estancia, entonces pude ver al padre de
Marcos con claridad. Tiene los brazos apoyados a la
mesa, pero lo veía de perfil. De no haber conocido la
fecha de su muerte, creería que lo habían matado ellos.
Estaba perfecto, con su pelo amarillo tabaco
aplastado sobre la cabeza como siempre.
Capítulo 13
La advertencia
Han pasado varios años desde que vivo con ellos.
Griselda me proporciona alimentos de vez en cuando.
He descubierto una cualidad en mí, y es que
prácticamente no necesito comer.
Esos cuervos me vigilan día y noche a través de los
ventanales. Ahora sé que vivimos en un piso cincuenta
y la ciudad debe ser muy grande, ya que los alrededores
están cubiertos de construcciones aún más altas.
A lo largo de todo este tiempo ha fallecido casi toda
la gente que llegué a recordar durante la experiencia.
85
Ellos los traen a casa y dedican muchas horas a
maquillarlos para que no se estropeen. Cada uno realiza
la eterna tarea encomendada. Cuando Samuel está en la
casa debo permanecer inmóvil en el butacón, leyendo
un libro muy antiguo, una Biblia de extraños símbolos.
Cris me da producto a veces para que él no llegue a
darse cuenta de que mi corazón late. Lo hace los
mismos días en que le toca a los demás, aunque esto no
tiene mayor importancia comparado con que no esté
cumpliendo las órdenes de volver a mi mundo.
Dentro del libro aparecen las imágenes, y lo peor es
que no puedo separarlo de mí, a menos si decido que
sea Samuel quien me devuelva a la realidad; pero no
tengo el valor suficiente. Yo no puedo hacerlo a pesar
de las continuas advertencias. La Biblia no es de
ninguna religión humana, al menos lo que yo descubro
en sus páginas. Son mensajes que entiendo, pero no
recuerdo nada de lo que me aseguran los seres que
habitan dentro. Hace apenas un rato que Samuel y
Griselda se fueron. Escribo este cuaderno de bitácora
cuando no están; entonces, antes, en la página dos mil
quinientos apareció la mano de la luz: vagarás por la
nada en un lugar sin tiempo, entendí bajo los símbolos.
86
Nota del autor
A las seis de la mañana del veinte de Diciembre del
año dos mil diez, ha sido hallado sin vida un hombre en
avanzado estado de putrefacción. Al parecer, el cuerpo
pudo haber sido arrojado desde algún edificio cercano
a donde se encontró el cadáver, a juzgar por el
desmembramiento de algunas partes de su cuerpo, que
aparecen a varios metros del tronco. Lo escalofriante
del caso es que llevaba en el bolsillo de la única prenda
que viste, una chaqueta de traje negro, la nota anterior.
La experiencia ha resultado real para mí, aunque la
próxima vez elegiré otro tema...
Fin de la primera parte
87
Índice de la primera parte
Capítulo 1. El sepelio...............................7
Capítulo 2. La profanación.........................13
Capítulo 3. No vayáis con viento del sur.........19
Capítulo 4. Escalamos una iglesia.................25
Capítulo 5. Los cuervos.............................28
Capítulo 6. No se vuelve al lugar..................31
Capítulo 7. El laberinto..............................35
Capítulo 8. La diversión..............................43
Capítulo 9. La clave está en el cuervo..............48
Capítulo 10. El tema elegido.........................57
Capítulo 11. El delirio.................................62
Capítulo 12. La fábrica................................76
Capítulo 13. La advertencia...........................84
88
89
Segunda parte
Capítulo 1
El postoperatorio
Julián se dirigió a la salida, convencido de que la
decisión había sido la correcta. Volver al mundo real le
llenaba de satisfacción; allí estarían sus padres, sus
hijos y los hijos de los hijos. Pero esto no era así; había
incumplido las normas y será juzgado, y digo será
porque la historia aún no acabó. Julián era uno de los
grandes desarrolladores de aquel tiempo, el mejor. Él
había viajado a un mundo precario, obsoleto,
abandonado en la nada y ahora incumpliera las
normas. Sí, las había incumplido, irá a la cárcel y
bueno, que le vamos a hacer. Nada; la norma ahí arriba
es precisa, no yerra como la vuestra ¿ lo ves?, estoy
escribiendo para ti ¡ha! ¡ha!.
No sé de que me río; es inútil explicarlo; no puede
entenderse.
A lo que íbamos, ¿Qué cómo hago eso? Bueno, es
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muy fácil desde aquí. Imagínate que incluso pude...
bueno, la nota, no lleva pliegues, o a lo mejor es que no
estoy tan lejos, que todos somos uno, un Dios . Lo
cierto es que ya me condenaron. Sólo existe una
condena en esta zona; la eternidad en el ¿túnel?. Sí, en
el túnel. Viajas muy rápido; mucho. No puedo expresar
tu numeración para que llegara a multiplicarse por la
velocidad de la luz V X I = V. Exacto: no existe un
número para I. Entonces lo dejamos.
Julián estaba preso. Encerrado en una cápsula
espacial. Pero no era un artilugio sencillo; era un
agujero negro. La más vasta expresión de “todo” mira
por dónde. TODO. Ningún ser lo recorrerá nunca, es
infinito.
Ellos me condenaron. Los Cuervos hijos de puta.
Son quienes mandan en esta zona. Primero se rieron, y
en esos momentos creí en mi libertad. Ya estaba
condenado con antelación por transgredir las normas.
Quise quedarme, fue muy duro y al final lo
consiguieron en el momento de saber que ya estaba
condenado allá. Nunca saldría de aquella habitación
donde estaban todos los muertos. Aquí al menos
permanezco en la nada, no sufro, me siento vagar
91
sencillamente y no ocurre nada, eso es: nada. Y estoy
casi seguro de que no hay tiempo en mi vida para
recorrer este trecho. Lo dijeron una vez, pero tan alto
que todos lo escuchamos. Tienen poder para decirlo.
Vagarás por la nada en un mundo sin tiempo. Elegí la
mejor entre las dos; la mejor cárcel. Aquello se
prolongaba demasiado tiempo. Ellos pronto morirían ¿y
yo?. No, yo no. Mi vida y la de ellos es limitada. Los
otros “ellos”, los cuervos. Sin embargo la de Samuel y
Griselda están en otro plano espacial. Todo empezó
después de la operación. Por ahí entré a vuestro mundo.
Tal vez el paciente haya muerto ya... Conmigo estuvo
durante mucho tiempo. No, se mataría en la caída. Era
yo, yo mismo. Julián era yo, Sí era yo sí. Julián... esa
historia pertenece a mi pasado. Una prueba, sí, una
prueba. A las pruebas le ponen normas y hay que
cumplirlas, de lo contrario te condenan; sí, te
condenan.
Espera. Veo algo que se acerca, lo presiento. Quiera
Dios que no sean ellos, ya ves, los cuervos hijos de
puta ¿quién si no me encontraría aquí? Piénsalo. Es
muy difícil y complicado que se encuentren dos o más
civilizaciones, a menos que sean del mismo rango; que
digo rango, estirpe. Sabemos donde estamos en cada
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momento, por eso sé que son ellos. Han llegado pronto
desde el infinito. Esta cultura nuestra es increíble.
Nadie sabe cual fue el principio pero somos
conocedores de nuestros límites. Lo mejor hecho por
Dios; es lo que predicaron siempre, el Cuervo Gris lo
repite con frecuencia. Samuel sigue vivo, tú sigues
vivo, yo sigo vivo. Hay vida en el universo, mucha
vida. Vidas pequeñas, unas más grandes otras más
pequeñas. Enormes... y medianas. Todas conforman la
vida en el universo. Es una parte. De otra forma se
perdería el equilibrio universal, y el universo se
desplomaría. Sí, no te rías, se desplomaría al vacío. Allí
no hay nada, sólo basura.
Ya están cerca, tanto como media eternidad. Bueno,
al menos estoy seguro de que son ellos. Ha, que placer
se siente cuando se acercan varios familiares, aunque
estén tan lejos. Intentaré dormir. Dicen que cuando
duermes vives otras vidas. Nosotros creemos que el
sueño es la unión de todas las vivencias. Que lo tienen
todos los seres vivos del universo. Dormir, todos lo
hacemos.
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Capítulo 2
La esperanza
- Ha pasado mucho tiempo; pueden ser años o ¿cómo
lo llamáis vosotros...? tiempo, ha pasado mucho
“tiempo”.
- Nosotros no usamos ese lenguaje que traes de la
experiencia. Por eso estás aquí y aquí permanecerás por
siempre.
-Nada es eterno - el cuervo miraba fijamente a Julián
sin llegar a permitirle desasirse de la mano que le
extendió al llegar -.
- No puedo contaros nada porque nada sé. ¡Vosotros
estabais allí conmigo! ¡traté de ser servil, dócil;
adaptarme al experimento, traer información! Pero
vosotros ya lo sabíais todo, como el eco del espacio.
Ése lo sabe todo y más. ¿Sabéis lo que es, no?. No
hablé gran cosa con Samuel en vida de estos temas,
pero creo que alguna vuelta sí le habríamos dado
durante nuestra sesión de footing, mientras corríamos
por encima de las rocas de la playa o esperábamos que
picaran los calamares. En el caso éramos buenos
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pescadores y los peces solían interrumpir a menudo; sí,
vosotros, los cuervos hijos de puta, no hagáis que no
me escucháis.
En el agujero negro se pierde muchas veces el hilo de
las cosas y se recupera con igual facilidad.
-¿Traéis la manera de sacarme de ésto?
-Es una buena cárcel, no te quejes, por favor.
-Vaya, un cuervo amable ¿Qué quieres de mí, una
información que no tengo? Iros en paz.
- El mundo que encontraste ¿cómo era, existía la luz?
-Quieres volverme loco. Vosotros también estabais
allí. Omnipresentes.
-¡Mientes!. Sería en tus recuerdos, en tus
alucinaciones... ¿Tus amigos, no dices que eran
consumidores? Y tú ¿llegaste a consumir? ¡ Dilo!.
-Pasamos muchos años juntos... tiempo; no sé si lo
entiendes.
-Conozco muy bien esa palabra. Nosotros no
tenemos tiempo ¿Ves como tienes muchas cosas que
contarnos?.
- Si ya sabes lo que significa para que me interrogas.
- Sé lo que es, pero no lo entiendo. Tienes una
esperanza de salir de aquí; una oportunidad.
Necesitamos manejar el tiempo para poder ir a esos
95
otros mundos. Tú has existido dentro de uno de ellos,
de él, el único que conocemos. Así que vamos,
comienza.
-Os equivocasteis al encerrarme en esta zona.
Pensaba que ya vivierais conmigo la experiencia.
Está bien, comenzaré mi relato con la esperanza.
Lo que nunca se pierde. Allí hablan mucho de ello.
La materia está fuertemente compactada, por lo que se
cumple la primera ley: La de la Gravedad - Julián
observó cómo Los Cuervos se posicionaban a lo alto
prestando gran atención, mientras el Hijo de Puta Gris
exhalaba aliento cósmico sobre él, de tan cerca que
estaba - es uno de los pilares que sostiene aquella
ciencia.
- Bien, ya tenemos algo; has dado un primer paso
hacia tu libertad - replicó el pájaro.
- Hay documentos, pruebas de que existe; no es una
teoría. Además se puede sentir su fuerza tirando de uno
hacia el centro del universo. Y una estrella importante:
La de Norte. Estaba delante de mí cuando me
desenterraron. Yo traté de asirme a ella para huir, pero
la fuerza me lo impedía. Las estrellas poseen luz propia
e iluminan a los oscuros planetas. En ellos domina la
oscuridad y sin ellas no es posible la vida.
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-Háblanos de tu vida.
- Ten paciencia Cuervo. Disponemos de mucho
tiempo-.
Julián discernió entonces que la presencia de los
cuervos durante la experiencia no era del todo real.
Acertaba a cavilar en el hecho de que ellos no tenían
dificultades para tratar individualidades, sin embargo
muchas se escapan entre sus garras. Se dedicaban a
Samuel. Ahora estuvo seguro de que ni siquiera le
habían llegado a reconocer cuando se asomaron a la
ventanilla del Ford blanco aquella noche. No es mi
forma habitual aunque la energía que nos mantiene
unidos tal vez los condujo hasta la zona. Pensaba.
-Planetas, formaciones rocosas, poco más. Seres
vivos como nosotros se desplazaban, o no, sobre ellos.
-No hables en pasado. Seguro que aún ocurre.
Continúa.
- Aunque siga ocurriendo es imposible que nosotros
volvamos allí. Las experiencias ocurren al azar, todo el
mundo lo sabe- le aseguré al enorme cuervo gris que
todavía me agarraba la mano.
- Son motas de polvo en medio del orden. Nace en la
nada y es perfecto. Una de sus leyes es la de la
gravitación; no, me confundo. La gravedad.
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- Eso ya lo he oído. Te he dicho que continúes.
- Giran sobre sí mismos. Lo llaman rotación. Rotan
una vez al día y otra en la noche, como si quisieran
ocultarse de los Cuervos Hijos de Puta.
La bestia alada se separó de la mano de Julián
produciendo en él un terrible sobresalto. Desaparecieron al
fondo de su espacio. (No debí atreverme) pensaba Julián al
saber que ofendiera al cuervo. Lo hizo a propósito. Creía
que ellos ya estaban sabiendo todo de aquel mundo porque
estaban allí y tenían mucho poder, aunque ahora
aparentaran lo contrario.
Capítulo 3
Siempre escuchan
Da igual donde tú estés o dónde yo me encuentre.
Comence a soltar aquella charla que ellos mismos me
enseñaron. Mi vida, sencillamente me pedían que les
contara mi existencia durante el experimento. ¡Que iba
a explicarle ahora!. Estaban lejos pero esperándome a
mí y a mi discurso Jajajá. Es algo que tienen allí- Julián
hablaba a los cuervos- la risa.
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-Tal vez eso no lo conozcas, Cuervo Gris. Es como el
tiempo, pasa muy rápido. Apenas estuve unos
Infromatones. Qué digo, uno, menos de un
Infromatrón, nada, no estuve nada-.
Una voz humana resonó al fondo del espacio:
-ESTUVISTE SIEMPRE-
-SIEMPRE ESCUCHAN-
Aquello acabó por decidirme a contar mi vida.
-Galaxias. Conjunto de seres estelares que vagan
unidos por el enter, ese punto que os une a mí...-
Acabé de condenarme....seguro (pensaba Julián)-; Es
el eje central, como el Ford blanco de Samuel, que
también tiene ejes. Si uno de ellos se rompiera, no sería
una experiencia sino un desastre. Estas cosas ocurren
en el tiempo.
-EL TIEMPO-
La voz del espacio me hacía daño por mi carencia de
oídos; me desplazaba debido a la velocidad Dosequis.
Es incomprensible, aunque todos creemos que sí.
Entendemos Equis pero no Dosequis. Es demasiado
incluso para los Cuervos-.
Mi vida no tuvo sentido hasta el nacimiento del
primer hijo. Tuvo un sentido anterior y era el mismo.
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Me di cuenta cuando nació. Había estado esperando ese
momento desde el instante en que apreté el botón de la
butaca o incluso antes.
Nunca supe estar así, como ahora, con la única
compañía de los cuervos hijos de puta.
Existe un cuerpo celeste que gira alrededor de la
tierra, en él hay pirámides antiguas. No conviene que
se sepa, nunca rebelé ningún secreto, sin embargo me
condenasteis igualmente. En la experiencia no era nada
importante, estudié el postgrado en una universidad
para acabar cortando el cesped en la depuradora; una
factoría de cinco pisos, con jardines en cada planta.
Desde allí arriba se veía la marisma, eterna y podrida
ya para siempre, a pesar de que el río bajaba limpio
desde hacía muchos años.
En las noches de luna observaba las pirámides. Sabía
que era la única conexión con nuestro mundo. En la
tierra también las hay, pero nunca pude verlas. La tierra
es mucho más grande que la luna y al lado del sol es un
punto ínfimo. La galaxia sí que es enorme, comparada
con ella. Vivíamos en medio de los tres estados de los
elementos: sólido, líquido y gaseoso. Nosotros
podíamos habitar en el gas; no en el agua ni en la tierra.
Ése era nuestro medio. Usábamos a los animales del
100
agua y de la tierra como alimento. Establecieron
propiedades privadas donde algunos abarcaban grandes
extensiones de terreno, entonces otros muchos
empezaron a tener dificultades. Las guerras llegaron
pronto.En una única experiencia allí, las probabilidades
de que tengan que pasar por una son bastante altas, al
menos para los dominados. Nosotros también lo
éramos. Digo Griselda, y Samuel, y yo. Cada cual
cumple su función, y creo que aún están viviendo. Los
tríos pueden ser de amor o también de odio- (ahora los
cuervos escuchaban a millones mis palabras, encajados
en sus celdas).
Te lo estoy contando a ti, hoy, pero aquellos días
fueron horribles. No entendí nunca lo que quisieron
que les contara. Me limité a hablar de la experiencia sin
ningún interés, ya que ellos estaban en ella conmigo,
así que ya conocían ese mundo.
Pero insistían, llamándole dictadores las gentes de
sus pueblos.
- Con quién hablaste - afirmó el cuervo, reinando en
el fondo del espacio.
- Ninguna duda, ya lo sabes.
-¿Te refieres a Samuel?...- dijo él, riendo.
-Sí. Era uno de tus bastiones.
101
-¿Así pretendes salir de aquí? - replicó el cuervo
ofendido - no; sabes que no quiero que hables de
nosotros, sino de la sociedad que encontraste.
-¿Qué pretendes, mejorarla?
- Estudiamos los mundos, ya lo sabes. Te enviamos
nosotros ¿recuerdas? ¿la experiencia?.
- Trabajé para que eso fuese posible; como los
demás. Fabriqué e inventé la silla, desde donde
alcanzamos ese mundo remoto, el mundo del tiempo.
Sí, el tiempo. También denominan “Tiempo” a los
cambios naturales atmosféricos. Las atmósferas cobijan
a los seres vivos que las habitan. Existen infinidad de
diferentes características...adopté una cuando entré.
Sentía, tenía un cuerpo, me desplazaba sobre tierra, con
lo que eso significaba al llover ¡ha! ¡ha!, y sin llover,
con la sequía.
Algunos mundos fueron abandonados.
-Háblanos de esos mundos.
-Estaban literalmente secos, sin atmósfera.
-Bien -, replicaron los cuervos mientras Julián se
quedaba extrañado de su intervención.
Reinó el silencio durante muchos lustros.
- Te lo digo como humano. Yo siempre supe la
verdad, no era cierto.
102
-Mejor - aceptaron ellos.
- Ten en cuenta que allí utilizan la escritura. Es su
máquina del tiempo. Viajan en ella a través de los
libros, donde perpetúan las escenas.
Al decirles esto sentí miedo a que se dieran cuenta de
que disponía de una solución para salir del infinito
encierro.
Había un pergamino en vuestro mundo. Lo dejé en la
casa de Samuel dentro de un cajón. El segundo lo
escribíamos ahora ellos y yo, entre la nada.
- Nadie sabe quién es Samuel -. Me corrigieron.
- Nunca leerán nada que lo delate, no existe para los
demás.
Capítulo 4
Donde se fragua la mentira
- Vivir allí es desesperante para nosotros.
Desaparecen, no hay eternidad. Se despiden para
siempre.
La sociedad humana está jerarquizada, tú lo sabes
103
muy bien.
- Continúa...
- La planta llevaba allí varios años, y eso significaba
una buena razón para poder reformarla; modernizarla.
Vertía millones de litros de agua contaminada a la ría.
Ésta no abarcaba mucho espacio entre las pequeñas
montañas. Prestando atención mientras pescábamos en
los ratos libres, aprendimos la conformación de todo el
fondo. Un plano mental inolvidable.
Recuerdo muy bien el día en que llegaron los del
Estado. Nada de trajes; vestían uniformes de calle, con
camisa y pantalón, sin corbata ni uniforme.
-Muy bien. Construiremos la nueva planta de cinco
pisos. Cuando se expropien las viviendas colindantes
nos pondremos manos a la obra. Ya saben que todo
seguirá igual que hasta ahora, con la vieja planta
funcionando.
Dirigí la mirada hacia los edificios que rodeaban la
depuradora pensando en sus propietarios y en que
pronto tendrían que marcharse. La ley fuera redactada
unos cincuenta años atrás, sin que nadie tuviera aún el
valor de revisarla. Escribí sobre ello al Director
General, que tampoco quiso comprometer su
tranquilidad política. Al contrario, sus pretensiones
104
eran usarla en literalidad, ya que siempre diera unos
excelentes resultados, consiguiendo las propiedades
con rapidez.
Aquella ley se había convertido en una encerrona
para los propietarios. La compensación económica
nunca los devolvía a la anterior vida, que aunque antes
tal vez odiaban, ahora pensaban en ser la mejor posible
para ellos.
A mí ya me avisaran de que habría césped en los
cinco pisos, entonces, a pesar de las crisis que
padecíamos, mi trabajo estaba más que asegurado para
siempre.
La señora Brígida me abordaba a veces al salir del
trabajo para interrogarme sobre cuándo comenzaban las
obras, ya que la echarían de su casa en ese momento.
Un año, tal vez dos... Nunca supe que contestarle.
Cada vez me esperaba con mayor inquietud, mientras
su anciano cuerpo enseñaba el paso del tiempo.
Temblaba. El hilillo de su voz se perdía entre el ir y
venir de los coches de la carretera general. Ni siquiera
cruzaba la autovía para encontrarse conmigo en el
portal de la planta. Otra vez la misma pregunta que
nunca dejé de responderle.
-Señora Brígida... sabrá cuando se tiene que ir el día
105
que vayan los de los sondeos a su casa; entonces
comenzarán las obras. Sondearán primero para saber
dónde ubicar los tanques.
Me imaginaba a aquella señora esperando a las
máquinas, un día y otro, y las noches.
Supuse que la muerte rondaba la casa, así que rezaba
para evitarlo.
-Qué es rezar-. Me interrumpieron los cuervos en
sentido afirmativo.
- Algunas veces lo hacía para evadirme del extremo
sufrimiento. Me daba resultado creer que un Dios
lejano pudiera ayudarme, entonces meditaba mis
oraciones. Pensaba que acordarse de Él ya era rezar. Sí,
no me sentía del todo ateo, eso tiene que ser muy duro,
mejor evitarlo. El sostén de que algo grande y poderoso
nos soporta allí, infringe cierta sensación de seguridad;
la palabra padre no nos la enseñan en vano, y si influye
es por necesidad. Padre.
-¡HA!-. Rió el cuervo satisfecho.
-Aunque todo lo que encuentras en el universo crees
que es inferior a ti, tú no eres Todopoderoso como
piensas-. Me arrepentí instantáneamente de haberle
importunado. Desaparecieron en el espacio y yo debía
seguir hablándole de mi vida en la experiencia. Sin su
106
molesta presencia todavía me encontré peor, pero
continué-.
-Padre. Para aquella señora el estado tendría que ser
su padre durante el trámite expropiatorio.-Me
ingresarán un dinero para que me busque la vida
entretanto finaliza-. Me explicó sin que se lo pidiera.
Su Dios, el que todo lo abarca y modifica a su antojo.
El río recibe todos aquellos peces sagrados que
aparecen brillando con el último sol, bajo las aguas de
la marea. Será luna llena. No hay nadie en la marisma.
O tío Benito acecha entre la maleza. Solamente estando
muy avanzada, la calma habita en la oscuridad.
Espera acurrucado y con su escopeta de caza bien
cargada. La marea llega a su justo momento de
plenitud, aumentando aún más la paz.
Tío Benito sabe que es el mejor momento para cazar
a la nutria. Ella se deslizará hacia la orilla provocando
un maremoto, un disparo ensangrentará el mar, él la
recoge para despellejarla. Todos los habitantes sabían
en el pueblo que tío Benito acechaba a su presa en las
noches de luna.
Por la mañana le preguntaron si había tenido la
suerte. Su respuesta siempre era afirmativa.
Yo nunca supe el nombre de esa zona de la marisma.
107
La voz se fue haciendo cada vez más inteligible
proviniendo del fondo espacial, como si intentara
aclarar mis dudas:
- La existencia de Dios puede llegar a conocerse y
demostrarse por la razón. Por su claridad expositiva y
rotunda convicción exponemos argumentaciones.
Estamos convencidos de que existen seres en el mundo,
pero si negamos su presencia y afirmamos que son
ilusorios, por lo menos estamos persuadidos de que
existimos nosotros mismos. Esta existencia de seres o
de nosotros es preciso que haya existido siempre,
porque si alguna vez no ha habido nada absolutamente
en el mundo, lo que existe, nosotros mismos, no hemos
podido salir de la nada. De la nada no sale nada.
Preciso es, pues, admitir la existencia de un ser que ha
existido siempre y que tendría que ser necesario o
contingente. Si fuera necesario, eso es lo que queremos
demostrar, y terminaría aquí nuestra argumentación. Si
decimos que es contingente, pudo existir o no existir y,
por ello, no tuvo en sí la razón de ser. La tendría en
otro ser, y éste en otro por la misma razón... y así
indefinidamente iríamos pasando de un ser a otro hasta
el infinito, de un modo inconcebible. No hay más
108
remedio que admitir la existencia de un ser que no
tenga la razón de su existencia en otro, sino en sí
mismo y que sea necesario. Hay, por consiguiente, un
ser necesario que no es el mundo ni nosotros que
somos contingentes, un ser cuya no existencia implica
contradicción y que tiene en su esencia la razón de su
existir. Este ser necesario distinto del mundo corpóreo
y del alma humana, del hombre, es causa del mundo, es
Dios. Luego Dios es imposible que no exista.
Es un hecho reconocido por todos que existen
verdades que son aceptadas por la totalidad de las
inteligencias: los axiomas de las matemáticas, los
principios metafísicos y morales, son verdades
inconcusas que todos reconocemos. Pues bien ¿cuál es
el origen de ese conjunto de verdades comunes?
¿Proceden de algún ser en particular? No; porque es
evidente que ninguno es necesario para que la verdad
sea verdad. Que el todo es mayor que la parte será
siempre verdad aunque no haya hombres sobre la tierra.
Por lo tanto, tenemos que admitir que la unanimidad de
la razón no depende de un ser contingente, sino de otro
ser superior que es su fuente, su origen causal.
Podrá objetarse que la aceptación de esas verdades la
realiza el hombre porque se acomodan a su razón. Pero
109
si fuera así, las verdades de orden puramente ideal,
como los axiomas, serían verdades existentes fuera de
nosotros con existencia real y sustantiva, que estarían
esperando en el mundo exterior que las captara el
entendimiento. Esto no es así. Las verdades de este tipo
evidente son puramente ideales y sólo existen en el
entendimiento. Son verdades necesarias cuya necesidad
nace, no de nuestra razón, porque la verdad es
precisamente lo contrario: la conformidad de nuestra
razón con las cosas, ni dimana de las cosas, porque la
necesidad de que un diámetro sea doble que el radio es
independiente de la existencia del círculo. Siempre será
verdad aunque el círculo no existiera. Tenemos que
aceptar estas verdades de un modo absoluto, porque en
el orden de las ideas hay una clase de verdades cuya
necesidad se funda en una verdad que sirve de base a
todas, so pena de sostener que toda verdad es una
ilusión. Y esta verdad ha de ser real, porque la nada no
sirve a nada de base y menos a la verdad y a la
necesidad, y subsistente en sí misma, puesto que las
ideas no tienen existencia real y deben existir en algún
entendimiento. Hay, pues, una inteligencia que es el
fundamento y origen de todas las verdades: Dios.
La contemplación de las maravillas del universo, la
110
comprobación de las inflexibles leyes que presiden su
arquitectura regular y sistemática, el estudio de las
ciencias naturales y fisicoquímicas, el afanoso laborar
de los sabios, que día a día, en labor incesante de
siglos, van descubriendo en todos los aspectos de las
ciencias secretos que dejan en suspenso el ánimo mejor
preparado ante la inconcebible sabiduría del Ser que
supo decretar las leyes de su propia ordenación, todo
revela que existe una infinita inteligencia que lo ha
pensado todo de un modo definitivo e inapelable.
Si existen hombres tan ciegos que niegan a Dios,
deberían también suponer sostener que el orden del
Universo no ha tenido ordenador y que la admirable
coincidencia de los medios con la finalidad de los seres
y de las cosas es un simple efecto de la casualidad y
que las leyes matemáticas que presiden la mecánica del
mundo han sido dictadas sin un entendimiento supremo
que las haya impuesto en su admirable funcionamiento
y previsión.
La historia de la humanidad demuestra que todos los
pueblos de la tierra han reconocido la existencia de
Dios. Este unánime consenso demuestra que la idea de
Dios acompaña al hombre desde el momento mismo en
que entró en posesión del mundo, corroborad en las
111
primitivas tradiciones de las razas, en la conservación
de los mitos, fábulas y religiones que guardan como un
eco de la revelación divina. Jamás en asunto alguno el
carácter de generalidad o creencia universal se muestra
tan definitivo como en este punto de la existencia de
Dios. Por ello presenta unos caracteres de infalibilidad
que resiste todas las críticas de la razón y se relaciona
con los fines de la naturaleza y de la moral -.
Los cuervos se posicionaban en sus celdas apoyando
el discurso. A la vez murmuraban entre ellos creando
un peculiar sonido espacial.
-No puede achacarse pues, como han dicho los ateos,
la creencia universal de los pueblos en Dios a una
consecuencia de la pequeñez e indefensión del hombre
ante las fuerzas colosales de la naturaleza, porque
precisamente los pueblos más fuertes y guerreros han
sido los más religiosos. Tampoco es propia la creencia
en Dios de los ignorantes, pusilánimes y tímidos. Al
contrario, los más grandes sabios, los filósofos más
ilustres, los grandes conductores de pueblos han
reconocido siempre su existencia invocándolo en los
momentos supremos de sus conflictos y contiendas. El
112
salvaje y el sabio, el fuerte y el tímido, todos los
pueblos han reconocido la existencia de Dios; idea tan
íntimamente unida a la naturaleza humana, como la de
filiación y dependencia de una paternidad en el orden
de la generación natural, no puede menos de ser
verdad.
Poco importa que argumenten en contra de ella los
ateos. Sus objeciones son, al fin y al cabo, argumentos
en favor de la existencia de Dios, como cuando
sostienen que la idea de Dios es una invención de los
legisladores primeros, quienes la introdujeron para
sojuzgar a los pueblos (la religión es el opio del pueblo,
han dicho los modernos herejes) y para frenar las
pasiones humanas. Aun cuando así fuera, ellos mismos
reconocen la virtualidad de la idea de Dios, puesto que
hacen de ella, como así es en efecto, el fundamento del
orden social. Y en cuanto pretenden borrarla de sus
leyes y códigos tienen que recurrir a la fuerza para
mantener en una obediencia de esclavos a las masas
embrutecidas.
No. Todos los legisladores no iban a ponerse de
acuerdo, ni todos los filósofos, ni todos los sabios para
hacer de la existencia de Dios el objeto de sus
disposiciones y elucubraciones. La verdad es que Dios
113
existe y que se han puesto de acuerdo unos pocos para
decir lo contrario con miras interesadas.
El ateísmo niega la existencia de Dios. Bien.
Aceptemos por un instante tan absurda afirmación y
saquemos de ella las necesarias consecuencias. ¿Qué
pasaría sin Dios en la sociedad? Nada ni nadie puede
obligar sin Él. Una ley es dictada por un legislador,
pero otro puede hacer otra distinta mañana mismo.
Moralmente no hay poder que pueda establecer una
obligación, porque nada hay superior al hombre,
faltando Dios; se romperían todos los vínculos sociales
y hasta en las familias, entre los esposos, los hijos, los
amigos, convirtiéndose en hechos naturales sin
significación moral buscaríamos el egoísmo y el placer,
huyendo de toda idea de sacrificios y desaparecerían
todos los deberes. ¡Qué espectáculo el de una sociedad
sin Dios! La codicia en todas sus formas, la lujuria en
todas sus manifestaciones, los siete pecados capitales
serían los ídolos de la sociedad. El mundo entero, no
ésta ni la otra sociedad, perecería si el ateísmo lograra
por un poco tiempo imponer sus atroces normas -.
Ahora podía verlos. Eran millones y el enorme
cuervo gris sentenciaba desde el cercano infinito su
114
implacable discurso. Su plumaje de plata refulgía
contra la negrura del espacio sideral. Hablaba de un
Dios, que más bien pareciera ser él mismo.
-La esencia de Dios es incognoscible para nosotros
en este mundo. Podemos concebirla con la ayuda de
nuestra razón, como la de un ser simplicísimo dotado
de una perfección tan simple y tan infinita que no
admita ninguna imperfección; pero como esta visión
total y esencial es inasequible en la vida
extradimensional, tenemos que formarnos idea de Dios
de un modo factible para nuestra débil razón, esto es,
buscando los atributos que lo distingan, bien entendido
que esos atributos no se refieren a partes o cosas
distintas entre sí, sino que son aspectos parciales, en
nuestra mente, de una totalidad in descomponible en la
realidad.
Los ateos no quieren conocer a Dios y han elevado el
acaso a la jerarquía divina. Por pura casualidad, el caos,
en un momento dado de su “caótica” existencia
adquirió la sabia estructura necesaria para construir la
maravillosa arquitectura sideral que vemos.
El acaso es una palabra sin sentido. El acaso no es un
ser, ni es una substancia, ni un accidente, el acaso es la
115
nada, no existe. Si decimos que hay sucesos fortuitos es
porque ignoramos sus causas. No podemos
comprenderlo todo al mismo tiempo. Si lo pudiéramos
hacer no existiría para nosotros nada de lo que suele
llamarse casual. Para Dios que lo ve todo no hay nada
casual. Las cosas suceden en el mundo según sus
antecedentes necesarios, aunque muchos sean
desconocidos e imponderables. El acaso es sólo una
idea relativa que suple el desconocimiento de las
causas.
Si aplicamos nuestra observación a los seres
orgánicos, al hombre, a las plantas, a los minerales y a
los astros, meditemos un instante los detalles más
corrientes de su organización -.
Entonces estuve seguro de que su presencia en la
experiencia no fueran imaginaciones mías.
-De su fisiología y de sus leyes, podremos decir si su
constitución obedece al acaso. Nada más absurdo sería
afirmarlo.
El mundo ha sido producido por las fuerzas de la
naturaleza. Siendo desatinada la hipótesis de la
casualidad, se ha acudido a otra para explicar la
116
existencia del mundo, y argüís que el universo ha sido
engendrado por las fuerzas de la naturaleza.
Si las fuerzas naturales no son algo distinto del
mundo, éste resulta que, en tal suposición, se ha
engendrado a sí mismo. Si esas fuerzas misteriosas o
secretas son un ser dotado de vida e inteligencia, este
será Dios. Y si son fuerzas mecánicas, ciegas, fatales,
¿quién les ha dado la admirable organización y
previsión convergentes a conseguir tan múltiples y
precisos fines?.
No. Todo orden supone un ordenador y la relación
entre los medios y los fines precisa una inteligencia que
la haya establecido.
Queda aún la hipótesis de la evolución: según ella,
las fuerzas naturales por sí solas han causado los
nuevos seres por transformación en una gradación
ascendente. Esto no es cierto, pues el transformismo y
el evolucionismo son teorías que no han tenido
confirmación científica. Las especies son inmutables y
el medio, el género de vida, etcétera, producen en los
seres cambios accidentales y no substanciales. Pero en
el supuesto de que fuera verdad, ¿quién ha creado las
fuerzas naturales? ¿Quién habría ordenado las fuerzas
de la evolución? Estaríamos siempre en el punto de
117
partida.
El mundo no es obra de la nada por sí sola; tampoco
es una substancia única que presente distintos
fenómenos de la conciencia y del mundo externo; los
seres que nos rodean y nosotros mismos somos
contingentes. Sabemos que hay un ser necesario origen
de todo. Por todo ello, no hay más remedio que
reconocer que lo necesario ha engendrado lo
contingente, que Dios ha producido el mundo por
creación, es decir, por la acción de un ser que hace que
exista substancia que antes no existía -.
-Tus palabras pertenecen a un libro antiguo del que
aprehendían materia los maestros -volví a interrumpirle
sin dudar ya de que mi condena era irreversible.
-Te explicaré las razones de que te castigáramos a la
nada del universo:
El transgresor no es castigado en razón de la cuantía
y circunstancias del hecho doloso, sino del peligro que
el sujeto representa para el resto del corpus social. Lo
fundamental no es el individuo capaz de mejorar, sino
la sociedad, que tiene el derecho de defenderse. En vez
de intervenir directamente sobre aquel, manipularemos
el medio circundante-la sociedad- como se separa una
mala planta para que el resto subsista perfecto. Estamos
118
dentro de la tesis biológica. Al concepto de coacción,
nosotros oponemos el de regeneración.
El castigo consiste en la producción de una pena que
nace de la consideración misma del hecho culposo.
Todo hecho de esta índole representa en el culpable una
deformación, y en ocasiones un daño externo. Deben
repararse ambas cosas; la deformidad interior y el daño
exterior. Lo intrínseco del castigo no es la producción
artificiosa de una aflicción, sino la misma
espontáneamente sentida o provocada en el culpable.
No somos nosotros quien castiga, sino que lo haces tú a
ti mismo. La suscitación del arrepentimiento es en
ocasiones suficiente castigo y el mejor.
Que aparecemos como el factor del castigo...
Exacto; porque alguien tiene que imponerlo, graduarlo
y aplicarlo. Alguien tiene que ejercer funciones de
autoridad. No nos llamemos a la parte -se dirigió a sus
súbitos- la responsabilidad recae sobre el sujeto de la
transgresión. No somos más que los intermediarios
entre la falta y el castigo; esta no ha nacido de
nosotros, sino de la falta; es el culpable quien ha
fabricado su propia aflicción.
Lo más importante del castigo es que el culpable se
percate de tales consideraciones.
119
Sentimos y sufrimos con el castigo que ejecutamos,
que no por eso entibiaremos nuestra amistad -movía el
cuervo las alas, agitando la nada- y que luego de
reparada la falta, estamos dispuestos al ósculo de paz.
Capítulo 5
La sentencia
Dicho todo aquello, el cuervo se giró hacia su corte
compuesta por millones de los de su especie.
Comenzaron a graznar desde sus pequeñas celdas.
Pedían algo al unísono, coreando juntos la palabra
SENTENCIA.
Entonces el dirigente tomó de nuevo la palabra:
-Julián fue enviado a otro mundo en busca de
conocimientos e información para nuestra sociedad.
Una vez dentro desobedeció las órdenes, quedándose
en la zona participando de los acontecimientos y
cambiando el transcurrir de los hechos que allí se
sucedían, aun a sabiendas de que está prohibido
interferir en los mundos adonde llegamos para
investigar.
120
Usó la tecnología para alterar el orden establecido,
participando en la subversión.
Las tardes, cuando llegaba del trabajo, se mostraban
placenteras, ajenas al por qué me encontraba allí. A
veces me lo preguntaba, ya cuando era un niño todavía.
¿Cuándo, cuándo, cuándo?, rezaba la canción en
aquellos tiempos. La vida de los niños está invadida de
preguntas, y aquella música hacía que durante cinco
minutos me perdiera totalmente.
Ocurrieron muchas cosas, como ya sabéis, sin
embargo aún puedo contarlas.
Lo del cementerio no es real. Enseguida me di cuenta
de que los cuervos hijos de puta no sabían a ciencia
cierta por lo que me condenaban exactamente. Intuí su
visión borrosa, entonces me inventé una vida para
poder contársela ...la única que recuerdo es esta que
estoy relatando. No, Samuel no existe. Ni Griselda. El
perro Landelino tampoco, al menos tal y cómo lo
recuerdo. Como digo, nunca supe cuál fue la sentencia
que me adjudicaron porque usaba la tecnología mucho
mejor que ningún cuervo hijo de puta; así que, me
fugué en aquel mismo instante a través de un objeto
sideral compuesto de coltan, regresé a la sala para
sentarme en la silla que yo mismo había inventado y
121
aquí me veis, escribiendo una historia irreal. Había
descubierto un mundo; el único conocido aparte del
nuestro, tan enorme. En la escuela aprendí algo sobre
algunas cosas importantes, como por ejemplo las frases
hechas. Cualquier novela puede ser también una frase
hecha, un referente en la vida. Me equivoqué al elegir
la puerta de entrada. El terror no es agradable y menos
inventar una historia de miedo, pero la silla presentaba
un error de configuración, y este era el no poder
reprogramarse para buscar nuevos mundos, ni dentro
del que penetras, ya que siempre ocurrirán los mismos
acontecimientos.
Entonces, allí me encontraba, en una las puertas
principales del hospital. Me atendían impacientes
varios doctores, acababan de desembarcarme de una
ambulancia de la que apenas ya sonaban sus ecos entre
los edificios. Samuel acechaba entre los coches del
aparcamiento el momento para entrar conmigo, como
deduje más tarde, cuando me visitó sonriente.
- Me muero- Le dije sabiendo la gran satisfacción
que le produciría.
Se marchó de pronto, contrariado.
La cosa no tendría mayor importancia debido a que
ya sospechaba de dónde provenía su odio, por más que
122
intentara disculparme con la mirada. Era entonces
cuando me insultaba.
-¡Saco de mierda!
Lo extraño de la situación fue la presencia imposible
del perro Landelino, acechándome desde la ventana de
la habitación 666. Curioso, el número que me habían
asignado de casualidad. Se muriera un paciente el día
anterior; me soplaron unos niños que convalecían en la
planta. Lo malo estaba siendo que aquella cabeza negra
de ojos encendidos, no dejaba de mirarme amenazante
hasta que emitió un chillido lastimero como respuesta a
la hostia que le proporcionó Samuel en el lomo.
Creí que deliraba cuando una guapa enfermera vino a
secarme el sudor de la frente.
-Tranquilícese, todo va a irle muy bien-.
Era Griselda iniciando aquel monólogo acompañado
de onomatopeyas córvidas que me conducían a la
tumba:
- Llamamos lecturas energéticas aquellas que caldean
el entusiasmo del muchacho, le suscitan sentimientos
nobles y le impelen a las acciones levantadas. Debe
tener uno o varios libros con biografías de hombres
sabios, esforzados, mártires de la fe o de la ciencia, que
hayan sacrificado su vida en pos de un ideal. Nosotros,
123
celosos de nuestra escuela, recomendamos las historias
de nuestros navegantes y colonizadores, de nuestros
sabios e investigadores, de nuestros santos, de nuestros
misioneros. Y junto a ellos habrá que destacar, siempre
que sea posible, a otros héroes anónimos
contemporáneos que con frecuencia descubre la prensa
diaria y que no menos que los otros merecen su
recuerdo emotivo. Les diremos que revisen la prensa, y
aquella buena acción que encuentren la comenten entre
ellos dilucidando cuál de todas las acciones leídas es la
más noble y generosa. Entonces les invitaremos a que
extraigan un principio de moral o de buena conducta,
que, concretado en dos o tres líneas, pasará a sus
mentes.
Pronto se decidirán a hablar, entonces ordenaremos y
canalizaremos la expresión tumultuosa de los
muchachos. Dichas conversaciones pueden suscitar el
recuerdo de un cuadro, de un grabado, un monumento,
un paisaje o una ciudad, y nosotros haremos la
correspondiente descripción con toda la posible
plasticidad, para que la imagen quede grabada en su
imaginación.
Leerán y les presentaremos trozos escogidos de obras
literarias para que sientan su belleza y se recreen con
124
ellas. Serán libros selectos, antologías o colecciones,
entre las que se elegirá la composición en verso o prosa
que haya de leerse. Comenzamos preparándolos acerca
de lo que es la belleza en literatura, cosa que, por ser
bastante ignorada por los medios populares, exige que
se la dignifique autorizadamente.
Los textos mejor considerados tendrán que
memorizarlos. Después les enseñaremos el arte de
recitar con pulcritud de dicción y emoción sincera. En
las recitaciones debe atenderse a la entonación
adecuada y al gesto. Al fin crearán sus propias
composiciones que someteremos a nuestro juicio y al
de los demás muchachos. Una vez estudiadas pasarán,
con las ilustraciones del caso, a los archivos generales.
La hora de los cuentos no ha de faltar. Una colección
de buenos cuentos será parte de nuestra biblioteca y de
ellos se extraerá alguna conclusión de índole moral o
social que reducida a unas cuantas líneas se
almacenarán en los archivos.
Oración. Cinco minutos -.
Griselda continuaba recitándome al oído aquella
liturgia sedante en mi lecho de muerte.
- La esencia es lo que cada cosa es, y la existencia el
acto de ser o existir. La existencia puede ser real, como
125
la de un hombre, o mental; el ser que sólo existe en
nuestra mente se llama “ente de razón”, como las ideas
de predicado, condición o premisa.
Distinguimos el ser en dos elementos (la cosa) que
representa lo que el ser es, o sea, la esencia. (El ente),
que significa la perfección de que el ser es capaz, es
decir, la existencia.
Todo ser, excepto Dios, es compuesto de esencia y
existencia. El ser que es Dios es increado, lo que
significa que no debe su existencia a nadie, sino que
existe por sí mismo y el ser de las criaturas es AB alio,
lo que denota que les ha sido otorgado por el creador.
La existencia de Dios puede llegar a conocerse y
demostrarse por la razón.
Estamos convencidos de que existen seres en el
mundo; pero si negamos su existencia y afirmamos que
son ilusorios, por lo menos estamos persuadidos de que
existimos nosotros mismos. Esta existencia de seres o
de nosotros mismos es preciso que haya existido
siempre, porque si alguna vez no ha habido nada
absolutamente en el mundo, lo que existe, nosotros
mismos, no hemos podido salir de la nada, ya que de la
nada no sale nada. Preciso es admitir la existencia de
un ser que ha existido siempre y que tendría que ser
126
contingente. Si decimos que es contingente, pudo
existir o no existir - cada minuto que pasaba las
palabras de Griselda se me iban diluyendo con la vida
en el tiempo-.
La sentencia estaba a punto de ejecutarse de nuevo,
una vez, y otra más.
El osciloscopio ya no emitía su pitido característico.
El sacerdote entró en la habitación dando la paz.
-La paz sea con vosotros-.
Se acercó a Julián para darle a besar el crucifijo y
derramó agua bendita en la habitación con el hisopo en
forma de cruz. No lo confesó, después de comprobar su
estado.
Comenzó a administrarle la extrema unción pidiendo
a Dios con fervor salud y bendición para él diciendo:
-Bendecid, Señor, nuestra entrada para que venga a
esta casa eterna felicidad, divina prosperidad, serena
alegría, caridad fructuosa, salud sempiterna; huya de
este lugar el acceso a los demonios, estén presentes los
ángeles de paz, y abandone a esta casa toda maligna
discordia. Glorificad, Señor, sobre nosotros vuestro
santo nombre y bendecid nuestro proceder.
Después invitó a Griselda a que rezara por Julián los
siete Salmos Penitenciales.
127
Luego extendió la mano derecha sobre él e hizo tres
veces la señal de la cruz diciendo:
-En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo, extíngase en ti toda virtud del diablo por la
imposición de nuestras manos y por la invocación de
todos los Santos, ángeles, arcángeles, Patriarcas,
Profetas, Apóstoles, mártires, confesores, vírgenes, y de
todos los santos. Amén.
Al fin rezó unas oraciones por Julián y le dio
consuelo.
Capítulo 6
La justicia
Claro que no estaba muerto, como comprobaste al
empezar a leer novela. Rememoraba aquellos tiempos
felices viendo jugar a mi hija con su amiga Clara.
Todo empezó un perfecto día de verano en el que las
llevamos a la playa. Griselda y yo observábamos desde
nuestras toallas en la arena el tranquilo zambullirse de
los bañistas. Luego nos dirigimos a nuestra casa como
tantas otras veces.
Clara había traído su pequeño ordenador y se
128
metieron en la habitación. La niña insistió toda la tarde
en que quería quedarse a dormir. Al final nuestra hija
nos convenció y aceptamos. Yo, como de costumbre,
encendí mi aparato de la sala para seguir escribiendo,
cuando, de pronto comenzó a parpadear la pestaña del
messenger. Lo abrí y me apareció abierta la cuenta de
mi hija. Hablaba con un hombre a través del sistema
asegurándole que tenía dieciocho años, ante las
preguntas de él, que, sabiéndose mayor, pretendía no
comprometerse mezclándose con menores. Yo me
enfadé muchísimo y cuando se fue la otra, la regañé.
Ella me explicó que quien hacía eso era Clara y que
ella sólo observaba. Evidentemente, se habían dejado
abierto el sistema por la mañana, antes de irnos a la
playa.
Les dije que lo mejor era no seguir relacionándose
con aquella niña; si usaba las cuentas de otros para
contactar con personas mayores, no podía ser de fiar,
entonces ignorarla fue mi opción. Sin embargo ellas no
me hicieron caso y volvió a la casa en numerosas
ocasiones.
Llegó el cumpleaños de Griselda (mi hija se llamaba
igual a su madre, como habrás podido deducir) e invitó
a tres amigas más, aparte de Clara.
129
Tuvimos que salir a comprar pizza y tardamos una
hora en regresar. Se lo pasaron muy bien, yéndose a sus
casas a última hora del día.
A la semana siguiente, durante un viaje para cumplir
unos recados, Griselda me confesó unos hechos que me
inquietaron:
-Clara llamó a un hombre por nuestro teléfono,
mientras salisteis el día de mi cumple. Lo conoció en la
red, se llama Leo, tiene veintiséis años; ella dice que es
de Colombia-.
-Gracias por decírmelo. Creo que es mejor que dejes
de invitar a Clara o acabará por meternos en problemas.
Si ese hombre es un delincuente te localizará a ti y no a
ella, ya que tiene nuestro número y creerá que es su
casa. Además tú no debiste dejarla hacer eso sin que
estuvieran tus padres. No vuelvas a hacerlo ¿vale?.
-Está bien papá.
Por la noche, durante la cena, volvimos a tratar el
tema. Después ellas se pusieron juntas en el ordenador
usando la cuenta de Griselda hija en la red social tuenti.
Griselda madre no pudo resistirse a dar el sermón a
Clara, que también estaba conectada desde su casa,
reprochándole en público sus acciones durante nuestra
ausencia. El mensaje fue visto por todos los amigos que
130
tenía agregados y, aunque no lo respondió, Griselda
hija pronto empezaría a sufrir las consecuencias del
enojo que sintió Clara en aquel momento.
En poco tiempo la bola de nieve que rueda con la
venganza iba haciéndose más grande. Clara negaba que
fuera ella quien llamaba a Leo, sino Griselda.
Aleccionó a un grupo de compañeros del instituto para
que la acorralaran sicológicamente. Primero surgió el
sobrenombre “Chivi” de chivata, delatándose a sí
misma en que sí era cierto que usara nuestro teléfono.
Pero en el código de los jóvenes eso carece de
importancia, y Clara era una líder que no se podía
traicionar sin pagar las consecuencias. Todos los malos
estudiantes la querían y apoyaban.
A primera hora de la mañana Griselda hija cogía el
autobús de la escuela. El sobrenombre sonaba entre
risitas surgiendo de las butacas, consiguiendo en unos
días que ella no quisiera hacerlo más. Probamos a que
fuera en el otro que viene desde la ciudad, pero
también en él Clara había apostado algunos agentes de
la maldad para importunar a la victima cuando aún no
había despertado del todo de los sueños de la niñez.
Aunque Griselda madre la acompañara hasta la
parada, el viaje se convertía en una pesadilla, y al fin
131
tomó la determinación de irse andando el kilómetro que
nos separaba de la escuela. En invierno es de noche
todavía a esas horas, llueve y hace mucho frío, además
del peso que soporta la espalda con la cartera llena de
tantos libros.
Ocurrió que Samuel había aparecido por la casa.
Aunque no venía muy a menudo, sé dejaba caer de vez
en cuando, lo cual nos proporcionaba un buen
sobresalto, y cada vez que sonaba el timbre del portal
sabíamos que era él por la manera de llamar, imitando
el tañer de una campana.
La ahora mi mujer no le tenía ningún miedo, pero yo,
desde el episodio del cuchillo, actuaba siempre con
extrema precaución ante su presencia. El asunto es que,
mientras tomábamos el café después de cenar, la niña
nos llamó para que comprobáramos en su tuenti los
mensajes que le estaba poniendo Clara. Samuel
también se acercó a la sala y se inclinó para leerlos.
-Zorra hija de puta. Mañana en el instituto te vas a
enterar, chivata de mierda- había escrito desde el otro
lado a nuestra hija-.
Aquello puso muy nervioso a Samuel, que comenzó
a aconsejarle que hiciera lo mismo, que le enviara a ella
mensajes con un contenido parecido.
132
-Está bien, voy acabar con esto que te sucede de una
puta vez-.
Se sentó y escribió rápidamente un mensaje para
Clara del que creo nunca se podrá olvidar:
- ¡Vamos a ver, gorda subnormal de mierda, vuelve a
meterte con mi hija y te reviento esa cabeza de mono
idiota que tienes ¿has entendido?! ¡Quedas avisada!-.
Desde luego los demás no estuvimos de acuerdo con
su proceder, y menos porque me comprometía a mí al
decir que era su padre quien enviaba la amenaza, pero
cualquiera se atrevía a increpar a Samuel... Ninguno de
los tres dijo nada. El caso es que se despidió
alegremente mientras recogía a Landelino, que se
entretuviera olisqueando por el jardín. Aquel animal de
noche era como una aparición; se mimetizaba con la
oscuridad, y no se le veía más que una especie de luz
azul brillando en cada uno de sus grandes ojos.
A partir de aquel momento comenzó para mí la
pesadilla.
Recibí una notificación de los juzgados en la que se
me instaba a comparecer para un juicio de faltas por
amenazas. La denuncia la había puesto Clara,
seguramente ofendida por las palabras de Samuel,
creyendo que provenían de mí. Griselda hija también
133
era requerida como testigo en los autos, y juntos
intentamos defendernos; pero no contábamos con los
testimonios de la madre y los hermanos de Clara. Éstos
habían llamado para increpar a la niña pensando en un
primer momento que fuera ella quien escribiera el
texto, entonces me puse yo al teléfono e imitando a
Samuel, con intención de apoyarlo (como él siempre
conseguía de los demás, aunque lo hiciéramos sin
darnos cuenta) los reté a una lucha fingida,
asegurándoles que les rompería las piernas y que
mataría a la hija si no dejaba de atacar a la nuestra, cosa
que no sólo siguió haciendo, sino que incrementaba
cada día más el acoso contra ella.
Me declararon culpable en la sentencia, a pesar de
llevar impresos los mensajes contra Clara para que los
viera el juez.
Lo cierto es que yo nunca tuve intención de matar a
nadie, y si bien es real que le dije aquellas duras
palabras, fue con la única intención de que dejaran en
paz a nuestra hija.
Samuel dejó de venir por la casa. Intuí que lo hacía
para no meterse en más problemas. Nosotros, la verdad,
es que preferíamos que no lo hiciera, ya que
conociéndolo aquello podría acabar extremadamente
134
mal.
El verano siguiente se caracterizó por lo lluvioso y
frío. Algunos hablaban de que se cernería un terrible
cambio climático sobre el planeta, con grandes
tormentas y sequías interminables. No era extraño ver
en el cielo grupos de Cuervos Hijos de Puta
anunciándolo, a pesar de la época del año.
La experiencia se estaba convirtiendo en una
pesadilla sin fin.
Cinco meses más tarde...
Julián entró por la puerta exhausto. El trabajo en la
depuradora de aguas residuales era cada vez más
extenuante. Cortar el césped y ayudar al mantenimiento
de la planta estaba acabando con su salud. Informar al
sindicato de las malas condiciones de seguridad e
higiene en las que los trabajadores desarrollaban su
labor, había conseguido que los dueños de la planta le
hicieran sentir su profunda antipatía, que demostraban
cargándole todas las tareas sucias que nadie quería
realizar. Las humillaciones y amenazas de despido eran
habituales durante la jornada. Llegó a la conclusión de
que alguien del propio sindicato lo delatara ante ellos.
Allí también trabajaba un familiar del dirigente con el
135
que él hablara, y que por fin consiguió promover una
huelga del sector.
Embebido en aquellos pensamientos se decidió a
coger el teléfono del pasillo, que sonaba impenitente.
- Buenas tardes. ¿Julián Diext, por favor? - la voz se
cortaba, como cuando a alguien le encargan dar una
mala noticia.
- Sí, soy yo, diga.
- Le llamamos de la policía. Acaban de poner una
denuncia contra usted y debe presentarse lo antes
posible en compañía de un abogado. Si no lo tiene,
nosotros le proporcionaremos uno de oficio para que
pueda declarar con todos sus derechos.
-¿Una denuncia? ¿De qué se trata?
- No puedo decírselo por teléfono. Es un asunto
grave. Será mejor que venga por aquí ahora mismo.
-Bueno, creo que ya sé quién me denuncia... Es una
gente con la que ya hemos tenido problemas hace
tiempo; una chiquilla y sus padres ¿no es así?.
-Le digo que es un asunto grave.
-No se preocupe, no hice nada malo y estoy
preparado para lo que sea, así que adelante.
- Está bien, se trata de que le acusan de
exhibicionismo ante una menor.
136
-¿Cómo dice? ¡Menuda gentuza!-.
Julián se quedo entre estupefacto y enfadado ante
aquella terrible acusación falsa. En un primer momento
no sopesaba el alcance de tal mentira, pero iba a ser
puesto ante un tribunal en un proceso que, aunque él
aún no lo sabía iba a ser largo y tortuoso.
Cogió el auto para ir a la comisaría indicada, después
de comunicarle a su familia lo que le estaba ocurriendo.
El funcionario encargado de recibirlo se mostró
serio, aunque comprensivo con Julián. Le leyó en voz
alta la declaración de Clara. En ella relataba lo que le
había ocurrido durante la noche en que decidió
quedarse a dormir en casa de Griselda hija.
-Estábamos viendo una película en la sala de estar,
Griselda, su madre, su padre y yo, entonces decidí ir a
la habitación para ponerme cómoda, pues me quedaría
a dormir esa noche. El hombre apareció de pronto
cerrando la puerta tras de sí, a la vez que se bajaba los
pantalones y calzoncillos para masturbarse ante mí. Le
dije que si no se iba gritaba, a lo que me respondió que
si lo hacía iba a tener serios problemas. Yo estaba en
bragas y sujetador y, asustada, esperé a que se fuera.
Cuando terminó abrió la puerta y en un instante volvió
con una fregona para limpiar el semen que manchara el
137
suelo.
Me ocurrió esto hace un año, cuando empecé a ir a
casa de mi amiga Griselda.
Volví pronto a la sala, e hice como si nada hubiera
ocurrido. Nunca, en todo este tiempo se lo había
contado a nadie-.
Julián tuvo que esperar más de una hora a que llegara
su abogado de oficio. Mientras, relataba al policía todo
el proceso que relacionaba a su hija y esta muchacha, y
el porqué de la denuncia.
-Se trata de una venganza. Ya tuvimos un juicio de
faltas y amenazas del que no sacaron ningún beneficio,
ya que sólo tuve que pagar las costas del mismo. Creo
que todo es preparado por la madre, por eso insistía
tanto en quedarse a dormir. Recuerdo que esta nunca
llamaba al día siguiente para preguntar qué tal estaba
su hija. En una ocasión se quedó dos seguidos, y fue mi
mujer quien se extrañó de la falta de interés de los
padres. Ahora voy atando cabos, y de no ser porque
nos metimos a defender a Griselda, creo que hoy
estaría envuelto en un lío mucho más gordo, sin poder
demostrar de ninguna manera la falsedad de Clara en su
declaración-.
El agente atendía a las explicaciones de Julián con
138
indiferencia, dándose cuenta de que él aún no asumiera
toda la gravedad de lo que se le venía encima.
Al fin llegó la abogada que le asignaron. El policía
leyó los derechos a Julián, que decidió declarar,
obviando su derecho a no hacerlo.
(Perdona querido lector. Ya escucho a Griselda
preparar los potingues para mí en la cocina. Espero
poder terminar pronto con esta situación de pesadilla.
Una hora larga recibiendo estos ungüentos para
conservar cadáveres, y todo para que Samuel no se de
cuenta que aún estoy vivo. Te sigo contando cuando
acabe con los demás y se vaya, ya que no quiero que
descubra lo que estoy escribiendo).
Así, Julián comenzaba a relatar su declaración
mientras el policía tecleaba la máquina prestando gran
atención para no perder el hilo. De vez en cuando le
mandaba parar para poder poner en orden el relato. A
continuación preguntaba al sospechoso si estaba de
acuerdo sobre alguna palabra o frase que iba a usar.
Julián creía haber establecido cierta relación de
complicidad con él, sabiéndose inocente.
La abogada de oficio parecía convencida de que todo
era una venganza planeada contra él, aunque nunca se
está seguro de este tipo de cosas, incluso después de
139
haberse celebrado un juicio.
-Es su palabra contra la de ella... La ley dice que
prevalece la del menor. Todo parece bastante claro.
Intentaremos que archiven el caso-. Animó a Julián
recién acabada su declaración.
Me levanté de la silla para salir de la estancia en
compañía de la letrada, con una sensación parecida a
cuando se acaba de tener un accidente de tráfico sin
víctimas. Ni me imaginaba que aquella situación
significaba el comienzo de una nueva vida.
Samuel volvió a venir por la casa a menudo. Yo cada
vez me apartaba más de él, sin embargo Griselda estaba
cayendo en sus redes. Se quedaban en la sala hablando
de política hasta muy tarde, después de que me fuera a
dormir. Aún no descubriera el rencor que me profesaba
por habérsela arrebatado.
La niña que me acusó de exhibicionista no dejaba de
molestar a Griselda hija en la escuela, pero nosotros
habíamos decidido enfrentar los acontecimientos
educando a la nuestra en ese sentido, en no huir de los
problemas, sino afrontarlos y resolverlos, por muy
complicados que parecieran.
Una tarde llamó a casa el director del centro. Clara
denunciara a Griselda hija por insultarla durante los
140
recreos. Le explicamos que las cosas estaban
sucediendo exactamente al contrario e incluso me
habían metido a mí en los juzgados con declaraciones
falsas, a lo cual él, clavándome una mirada juzgadora,
respondió estar ya enterado. Reaccioné incrédulo y
quitándole importancia, pensando en que nadie creería
aquella barbaridad. Él director interrogó a la nuestra,
que nos acompañara. Al fin se fue convenciendo de la
verdad, y más teniendo en cuenta nuestras quejas
anteriores, cuando al principio de la venganza,
hablamos con una profesora, pero esta ya no impartía
clases en el centro. En realidad, ya pasaran muchos
meses desde que yo cogiera a Clara charlando por el
messenger con personas mayores, usando el correo de
nuestra hija.
Ya en la casa, Griselda madre comenzó a acusar los
efectos de los acontecimientos e, irritada, nos echaba la
culpa de que se estuvieran sucediendo de manera tan
extraña. Sus miradas delataban cierta desconfianza
hacia mí, a pesar de saber que era imposible que le
pudiera hacer aquello a la niña. Ellas estaban siempre
apartadas; jamás viéramos una película todos juntos en
la sala porque las niñas permanecían distraídas de
nosotros en su habitación todo el tiempo. Me
141
imaginaba a Griselda pensando en qué momento yo me
despistara para atacar. Las imágenes de la escena del
crimen habían herido mi sensibilidad y ya se hacían
sitio en mi inconsciente, atropellando los pensamientos.
A Julián le dio un salto el corazón cuando, dos meses
más tarde, recibía la carta con los autos del juzgado de
lo penal, donde se fijaba un día y una hora para que
compareciera a declarar. De no hacerlo pesaría sobre él
una orden de detención.
Tendría que cambiar el turno de trabajo, para lo cual
observó durante unos días al encargado de la planta
para elegir el momento adecuado y pedírselo. Puso la
disculpa de que tendría que asistir a un juicio porque el
padre de un niño lo había denunciado al defender a su
hija de él.
-¡Cómo sigas así, te mato! Le dije, sin intención,
lógicamente... -Aclaró al responsable de la planta, que
le permitió salir, gustoso de hacerle aquel favor.
En realidad iría a declarar ante el juez de instrucción
como imputado en exhibicionismo, un delito por el
cual se exponía a una pena de hasta un año de cárcel.
La juez era una señora entrada en años con expresión
somnolienta, seguramente debido a la temprana hora
142
del día. El tener que declarar ante una persona con
experiencia me produjo cierta tranquilidad, entonces
comenzó a leerme los hechos que se me imputaban. Mi
abogada y yo nos sentamos frente a ella, mientras el
secretario ya tecleaba su máquina de escribir en una
mesa cercana.
Las semanas anteriores tuve que dedicarlas a
descubrir todas las pruebas posibles para presentar en
mi favor, ya que de momento la palabra de aquella niña
tenía mucho más peso específico que la mía, y
desmentir los hechos no era en absoluto suficiente para
que me declararan inocente. Pasaran tres meses desde
la llamada de la policía, durante los cuales la única
prueba que pude conseguir fueron unas fotos que
Griselda hija y Clara se hicieran con la cámara que
nuestro ordenador lleva incorporada y desde la cual se
almacenan directamente en un programa propio.
Encontré unas treinta fotografías hechas por ellas
mismas, en las que aparecían sus caras alegres en
fechas posteriores a la del supuesto ataque sexual,
realizado un año antes.
Me entrené para, si me aceptaban las pruebas y tenía
que abrir el ordenador ante la juez, todo saliera bien al
buscar las fotos en el archivo sin que me traicionaran
143
los nervios. Insistí a la magistrada, pero no quiso verlas
si no era impresas en papel, para lo cual me daría fecha
y hora; entonces tendría que llevarlas a cotejar por el
secretario, junto con las digitales del aparato. Después
se las enviarían a ella y al fiscal, junto con los demás
autos del caso. Me leyeron mi declaración para
comprobar si estaba de acuerdo en cómo había sido
redactada. Mi respuesta fue, sí.
Me despedí de mi abogada en la puerta de los
juzgados mientras ella intentaba animarme, a la vez que
fumaba un cigarro tranquilamente. Yo era un fumador
empedernido, sin embargo ni siquiera me acordé de
hacerlo hasta que recogí el auto, aparcado en una calle
aledaña.
-Ahora- me dijo- tenemos algo a nuestro favor, y es
que la niña declaró que nunca había vuelto a poner el
pie en vuestra casa, y las fotos que tienes son una
prueba de que sí lo hizo. Imprímelas lo antes posible y
ya te llamaré para traerlas a cotejar cuando ellos me
avisen para darme la cita. Eso te lo harán en cualquier
tienda de fotografía digital.
Me dirigí a una de ellas, pero el aparato no disponía
de tarjeta extraíble, entonces me dijeron que con una
impresora conectada a él, lo podría hacer yo mismo. No
144
sabía hacer eso ni estaba dispuesto a pedírselo a nadie
conocido, para no divulgar aún más mi desgracia,
entonces fuimos a un centro comercial y compramos
una. Aprendí rápidamente. Las tuve en mis manos el
mismo día, las numeré según estaban en los archivos y
las puse a buen recaudo esperando a que me llamara la
abogada para ir al juzgado a cotejarlas con las digitales.
Julián y los demás empleados estaban teniendo una
dura jornada de trabajo en la planta depuradora. Se
habían atascado dos importantes tuberías por culpa de
un fallo eléctrico en una de las bombas. Él se
enjabonaba las manos en la pileta común de los
vestuarios. Estaba solo y el único sonido que escuchaba
era el del agua corriente golpear contra el acero
inoxidable del lavabo. A sus espaldas alguien
inesperado hablaba con otra persona, pero Julián no se
atrevió a darse la vuelta y comprobar quién era.
-¿Ya sabes lo que hizo?- Preguntó uno con voz
admirada.
-Es increíble... pero él como haría semejante
barbaridad...- Respondió la otra voz con tono alto y
claro.
Julián acabó de aclararse las manos, y cuando se dio
145
la vuelta para reincorporarse a la faena, ya no estaba
nadie en los baños. No pudo dejar de pensar en que
aquellas palabras se referían a él, empezando a creer
que en la fábrica ya sabían de su delito.
-(Si piensan que soy un pederasta despreciable me lo
van a hacer pagar)- cavilaba desconfiado.
Los días pasaban para él lentos y pesados, esperando
la resolución del tribunal y siempre atento ante la
actitud de los compañeros de trabajo, tal vez intentando
descubrir si ya sabían algo. Buscaba indicios, pruebas
en la actitud o en que alguna otra mirada de desprecio
extremo le clavara los ojos, como la del director.
El encargado se cruzó con él en las puertas de los
lavabos. Últimamente se apostaba a menudo por la
zona, vigilante.
-¿Qué te pasa Julián? vas mucho al baño ¿te
encuentras mal del estómago a qué?...
A la mañana siguiente le comunicó que, por orden de
la empresa, debería ir a trabajar siempre en el turno de
tarde, sin discusión. Aceptó algo molesto. Además, el
hombre no dejaba de observarlo a todas horas, y esto
comenzaba a ponerlo nervioso.
El nuevo gobierno del Estado aplicara una reforma
laboral unas semanas atrás, reduciendo los derechos a
146
los trabajadores, entonces Julián no sabía si atribuir
aquella actitud autoritaria hacia él, a una consecuencia
derivada de esta política.
A la hora del descanso casi todos los funcionarios se
dirigían a tomar su café en la máquina de bebidas.
Había llegado un poco antes que los demás, por eso
creyó que estaba solo cuando, al darse la vuelta, se
sorprendió al ver detrás de él a Juan y a Sergio
hablando entre ellos sin mirarle.
-No comprendo cómo pudo hacer eso...
-Pues ahora no sé qué pensará de su vida...
Conversaban sin mirarlo siquiera, aunque los retó
con su presencia dirigiéndole una mirada a la cara para
comprobar si se referían a sus circunstancias. No se
atrevió a preguntárselo, a pesar de pensar en ello por un
instante.
Recogió su café con parsimonia, incrédulo. Se sentó
en el banco de piedra dispuesto para los trabajadores al
lado de la máquina mientras llegaban todos a descansar
los quince minutos estipulados.
Julián permaneció callado todo el tiempo viendo
como los demás se enfrascaban en una estúpida
conversación sobre qué equipo de fútbol iba a ganar la
liga este año.
147
Poco a poco se fueron levantando para continuar la
discusión de pie, dejándolo solo y cavilando en lo
suyo. “Ni siquiera me miran; ya deben saberlo”.
Entonces se abstrajo tanto de la realidad, que tuvo que
avisarlo uno de ellos dedicándole una sonrisa.
-Julián, vamos, que ya pasan cinco minutos...
Se imaginaba en los juzgados, delante del secretario,
con las relucientes fotos que le convertirían en
inocente. Deseaba con todas sus fuerzas que ese fuera
el momento definitivo, el final de la pesadilla, sin saber
que pasaría más de un largo mes antes de que recibiera
la llamada de su abogada confirmando la fecha y la
hora exacta. Había aprendido que si te citan tienes que
presentarte allí con puntualidad, de lo contrario pierdes
gran parte de tus derechos. Tendrás que justificar la
tardanza, o incluso puede que te declaren culpable del
delito que no has cometido.
Sonó la musiquilla del teléfono móvil y en la
minipantalla aparecía el nombre de mi abogada. Por
fin, al cabo de tres meses desde la denuncia, podría
cotejar las pruebas que de mi inocencia.
El hombre encargado del cotejo me hizo muchas
preguntas, comprobando el nivel de mis conocimientos
148
informáticos y así asegurarse de que no había
manipulado las fotografías ni la fecha en que fueron
creadas. Deduje que sabía bastante más que yo,
entonces las aceptó a regañadientes y firmamos la
comparecencia. Añadidas al sumario, solamente
quedaba esperar a que las revisara el fiscal y, después
de dirigirse al juzgado, archivaran el procedimiento.
-Bueno Julián, tenemos bastantes pruebas; queda
esperar y nada más. Con lo que resuelvan ya
decidiremos cómo continuar, no te preocupes- me
animaba mi abogada a la salida de los juzgados.
-¿Mónica... de cuánto tiempo estamos hablando?
-Otros dos meses por lo menos... la justicia es lenta
Julián.
La nueva depuradora de aguas residuales estaba a
punto de ser sustituida por una moderna planta de
tratamiento, la mayor construida nunca por el ser
humano. Los trámites para llevar a cabo las
expropiaciones hacía años que se iniciaran. Aquella
señora que se dirigía a Julián en busca de comprensión
mientras él trabajaba en la planta era su madre.
-No sé dónde ir, lo que me pagan no es suficiente
para comprar una casa como la mía y... a mis años,
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comenzar una nueva vida puede conducirme a la
tumba.
-Te vendrás conmigo y con Griselda mamá.
-Sabes que esa mujer y yo nunca podríamos vivir
juntas, no me iré a vivir contigo jamás.
Aquella determinación enfermaba a Julián. La otra
opción suponía separarse aún más de su madre y
cuidarla estando lejos, le preocupaba en demasía.
Griselda estaba dispuesta a llevársela con ellos, aunque
su extraña relación con Samuel iba camino de
consolidarse, y Julián sospechaba que era cuestión de
tiempo que se fuera con él.
Como ya sabes, así ocurrió más adelante. Pero lo que
me importaba en aquel momento era resolver
definitivamente el asunto de la niña acusadora. Sabía
que la noticia estaba en boca de todo el pueblo donde
vivíamos y acudir a las tiendas para cubrir las
necesidades de la compra diaria empezó a convertirse
en una paranoia. Cualquiera podría señalarme con el
dedo o incluso insultarme creyendo que lo que se
comentaba era cierto. Ningún niño tan joven puede
inventarse semejante delirio contra sí mismo, ya que se
supone que la falta de experiencia vital no le permite
150
imaginar hechos de los que desconoce siquiera su
existencia, sin embargo mi mente comenzó a buscar
explicaciones. Tal vez los padres fuesen unos
delincuentes chantajistas y provocaran a la gente para
llegar a circunstancias de las que creían sacar alguna
ventaja, dinero fácil. Se creaba ante mí un muro
inexpugnable que no podía atravesar, entonces
conducía hasta otros pueblos cercanos incluso para
comprar el pan. Estar encerrado en la seguridad del
hogar me proporcionaba tranquilidad, y así fue como
dejé de salir cada vez menos e, incluso pasear por el
jardín, me proporcionaba cierta inquietud .
Para Julián, cada jornada de trabajo se convirtiera en
una especie de juicio penal del que nunca salía
absuelto. Observaba con desconfianza y temor a los
compañeros para descubrir en sus miradas el desprecio.
A veces pensaba en que tal vez sólo eran imaginaciones
suyas y otras se abstraía, tanto rememorando los
acontecimientos pasados como planeando estrategias
para resolver una muy posible apertura de un juicio
oral contra él. Tanto fue así, que una tarde empotró la
grúa de la máquina elevadora contra un tejado,
aplastando parte de la estructura. Ni siquiera se había
dado cuenta, de no ser porque la parte tractora del
151
vehículo dejó de avanzar. Por unos instantes dudó si
comunicárselo a nadie, pero mientras comprobaba el
estropicio, pudo ver que en la zona habían instalado
cámaras de vigilancia y era posible que lo estuvieran
viendo ya. Corrió a comunicárselo al encargado de la
planta. No tuvo compasión, así que le abrieron un
expediente a Julián. Un par de errores más y lo
pondrían en la calle sin indemnización.
El resto de la tarde la pasó poniendo a punto la
cortacésped, sin saber que nunca volvería a pisar
aquellas instalaciones.
A la mañana siguiente recurrió a Griselda para que
avisara por él de que se encontraba mal y no iría a
trabajar.
Dos días más tarde esperaba su turno en la consulta
del médico, rodeado por todos los aquejados del
pueblo. La tensión se palpaba en el ambiente, aunque
solamente en la imaginación de Julián, que durante la
espera pudo conversar con dos vecinos habladores.
-Su situación puede degenerar en una psicosis. Lo
remitiré al psiquiatra para que él valore su estado.
Mientras, no le prescribo ningún medicamento. Procure
estar tranquilo descansando en su casa mientras llega el
día de la cita, que pedirá en recepción con este volante.
152
Traspasé la puerta de la casa y rompí a reír de
felicidad. Por una buena temporada no tendría que
soportar la presión en la fábrica, a la vez que me
vengaba por la apertura del expediente no apareciendo
a trabajar.
La primera cita con el especialista se remontaba a un
mes más adelante, debido al colapso en el sistema
sanitario; además, la semana anterior tuviera una grata
sorpresa: el fiscal propuso al juzgado el archivo de la
causa alegando carecer de suficientes indicios
incriminatorias contra mí. Sin embargo Mónica pudiera
saber que la otra parte se disponía a recurrir los autos.
Las semanas fueron pasando. Mi cabeza obsesionada
eligiendo las palabras para decirle al psiquiatra y
emitiera un informe favorable para poder seguir de baja
laboral, sin tener que sufrir la presencia de aquellos
compañeros de trabajo que imaginaba murmurando a
mis espaldas. La expropiación inminente de la casa de
mi madre, el acoso laboral y la denuncia sin resolver
por exhibicionismo ante una menor me envolvieron en
un remolino de circunstancias tan difíciles que creí que
debería de tener valor, escuchando la premisa de los
Cuervos Hijos de Puta, para abandonar enseguida la
153
experiencia. Pensaba en cuál de las opciones elegir y el
panel de mandos se desplegó por segunda vez ante mis
ojos. Lo que me extrañaba era la prontitud con la que
me invitaban a salir, todavía no cumpliera los cincuenta
años, en un mundo con una esperanza de vida de cien o
incluso más. Tal vez el contenido de los libros que
había escrito a través del tiempo desagradara a los
cuervos, por el papel que le asignaba en ellos. Luego,
pude comprobar que era cierto, cuando me condenaron
por desobedecer las órdenes.
Así, llegué a la consulta de los psiquiatras que
escuchaban atónitos mis justificaciones, relatándome
otras, incluso peores, que conducían a la locura. Me
pasaba los días acudiendo a citas médicas, paseando las
calles con los papeles enrollados en la mano.
Cuando regresaba a la casa, Griselda nunca estaba.
Un día desapareció con Samuel para siempre y sufrí el
primer ataque al corazón. Durante varias noches se me
aparecieron los Cuervos Hijos de Puta en el hospital,
reprochándome una recuperación que no dependía de
mí, sino de los doctores. Me alegré de que no tuvieran
poder para desconectarme de los aparatos que me
mantenían con vida, ya que ellos no entienden la física
de este mundo al que me condenaron eternamente.
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-Los restos de Julián esta vez fueron incinerados. El
fuego cambia el estado de la materia en aquel mundo
de tal manera, que no podrá recuperar la vida y seguir
importunando con sus escritos a la comunidad, Señor:
Samuel se ha encargado de todo allá. Los hemos
enviado a otra zona donde trabajarán tranquilamente
sin ser descubiertos. Los cadáveres que él y Griselda
mantuvieron momificados nos revelarán los secretos de
otra dimensión, un enorme avance para nuestra
ciencia.
Julián se retiró del espacio meditabundo, cabizbajo,
acariciándose el brillante y negro plumaje de luz.
FIN
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