El error
-Hemos llegado a la conclusión de que su hijo tiene
algunos rasgos autistas. No puede centrar la atención
en clase, no aprende a hablar, todavía no coge el
bolígrafo...
Begoña se quedaba helada ante lo que le estaba
diciendo la profesora de primer curso de su hijo. Había
pasado los niveles de preescolar sin que nadie le dijera
nada de esto, ni los profesores ni los médicos. Para ella
su hijo era de lo más normal, incluso le parecía bastante
espabilado, pero ahí estaba, escuchando atónita la peor
noticia de su vida.
Salió del recinto nerviosa, con el niño en brazos, casi
corriendo, buscando rápidamente una solución para su
hijo; ella no podía aceptar que aquella información
fuera cierta, una madre sabe mucho mejor que nadie
cómo son sus hijos. Llegó a su casa y cogió el teléfono
comenzando a llamar a todas las personas que conocía
intentando escuchar algo así como: no te preocupes, se
tratará de un error.
Durante los siguientes días Begoña buscó un
psicólogo infantil para su pequeño; encontró uno que le
atendió diciéndole que haría unas pruebas al niño, que
de momento de autista aparentemente no tenía nada.
-Cámbialo de colegio. Aquí hay algo que no encaja-.
Le dijo.
Salió de allí con una tonelada menos de
incertidumbre encima. Podría tratarse de un error de
15
apreciación de las profesoras y orientadoras de
Adrián... Una luz de esperanza se abrió en la mente de
aquella mujer.
En el nuevo centro no comentó nada al director,
quería comprobar si llegarían a la misma conclusión
pasado el tiempo.
Los días transcurrían llenos de incertidumbre para
Begoña. Tenía miedo de que llegara otra vez ese
momento en el que la llamaran para comunicarle la
noticia; la sensación debía de ser parecida a la de un
enfermo al que le han hecho unas pruebas y no sabe si
su enfermedad será muy grave o incluso terminal.
Nada, todo seguía su curso correcto. Adrián se
comportaba normalmente e iba aprendiendo su tarea
con la madre, en el colegio y una chica de secundaria
que hacía de clases particulares. Era una situación
extraña.
Begoña pensaba ¿cómo dirían que el niño tiene
rasgos autistas si nadie más parece notarlo?. Un error,
tuvieron un error, se autoconvencía.
Al cabo de un par de años casi nadie se acordaba de
aquella anécdota, entonces Begoña decidió contárselo a
su amiga Ana.
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-Me dijeron que tenía rasgos autistas. Necesitaba un
apoyo específico. Tal vez al fin tendrían que mandarlo
a un centro especial...menos mal que todo era un error
de la profesora, un error de apreciación.
Ana se quedó extrañada por lo que estaba
escuchando; la verdad es que no dio demasiado crédito
a su amiga, quizá estuviera demasiado pendiente del
niño, entendiera mal el mensaje o las circunstancias de
la vida consiguieran ponerla en una alerta excesiva. De
todas formas le seguía la corriente.
-Caray, ocurre cada cosa increible. Vaya error, te
pudieron dejar al niño afectado de por vida. Menos mal
que lo cambiaste de colegio, si no, a ver...
Begoña pasó página sin problemas. Adrián se formó
normalmente e incluso es espabilado para su edad.
17
Capítulo 3
Firma de documentos
El colegio de Julia no estaba mal; tenía algunos
árboles, muchas flores, un gimnasio grande, un
pequeño campo de fútbol, una pista con arena para
salto de longitud, un espacio con cubierta para poder
jugar cuando llueve y un campo de baloncesto; también
un pequeño parque infantil con columpios, toboganes y
caballitos para subirse los niños. Pegadas al gimnasio
están las aulas de preescolar. En el otro extremo del
recinto, separado por unos cuarenta metros, tenemos el
colegio en sí, donde dan las clases de todos los demás
cursos. De momento la presencia del centro era buena,
sin ser excelente. Los recibió una profesora de infantil
bastante amable, aunque a él le dio la impresión de que
esa amabilidad sólo era apariencia y se lo dijo a Ana.
-No me gustó gran cosa la profesora ¿ a ti qué te
parece?. Le noté algo raro, como si pretendiera
aparentar una personalidad que en realidad no es -. Le
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comentó esperando una respuesta tal vez algo irritada
consigo.
-A mí me cayó muy bien; parece una profesora de lo
mejor, y es muy agradable.
Respondió Ana como suponía él, algo molesta por su
comentario.
Lo cierto es que Julia comenzó en Septiembre sus
clases de preescolar. Hacía un otoño lluvioso no muy
frío. El parque infantil se inundaba porque estaba mal
acabado. El padre comentó a la profesora que le pidiera
al director si podían arreglárselo pero no le puso buena
cara, como diciendo: "métete en tus asuntos".
Logicamente, al cabo de una semana Julia estaba ya
de baja con un resfriado de aquí te espero. Quince días
sin pode ir al cole. Lo peor es que así fue durante todo
el curso, más o menos. Cuando iba no traía nada hecho
ni para hacer en casa. Al segundo año lo mismo. Ese
verano la mandaron a una pedagoga para que fuera
aprendiendo a leer y escribir. ya que en el colegio no
avanzaba nada. Mónica decía que la niña tenía buenas
cualidades, que había de trabajarlas y alcanzaría buenos
resultados. Así era; ya en el segundo ciclo arrancaba a
leer las primeras palabras. Enseguida hacía frases y
19
después algunos textos enteros, comprendiéndolos
perfectamente de acuerdo con su edad, cinco años y
medio. Hablaba muy bien expresándose correctamente.
Evolucionaba, para ellos, sin ningún problema.
Antes de terminar el curso los llamó la profesora.
-Julia tiene algunas dificultades en el aprendizaje,
nada importante, pero hemos pensado en que tal vez un
apoyo personalizado dentro de la clase le vendría muy
bien; por lo menos daño no le hará, y si ustedes están
de acuerdo lo llevaríamos a cabo a partir del curso que
viene...
-Ah bueno, si es así no creo que haya ningún
problema. Todo lo que sea positivo para ella mucho
mejor; por nuestra parte estamos de acuerdo.
Ana hablaba convencida de los argumentos de la
profesora. Él por su parte tenía ciertas dudas pero
tampoco quería perjudicar en nada y la profesional era
ella; además Ana también tenía estudios universitarios,
era diplomada en E.G.B. especialidad infantil, por lo que
Juan se preocupaba todavía menos.
-Julia progresa bastante bien, sin embargo le cuesta
centrar la atención dentro del grupo y su expresión
gráfica, dibujos, escritura, etc, necesitarían de una
20
ayuda en forma de apoyo dentro de la clase. Una
profesora de refuerzo le haría un seguimiento
personalizado. Todo es por el bien de la niña, para que
no se quede atrás. Progresa normalmente, pero ya que
tenemos los medios para ayudarla en su esfuerzo ¿por
qué no usarlos?. Mal no le va a hacer, eso seguro-.
La profesora aparentaba tranquila y convencida de lo
que decía; en principio solamente pretendía echar mano
de la alumna. Ésa fue la sensación que transmitió a los
padres de Julia.
-Bueno, pues si es así adelante; nunca estará de más
aceptar todo lo que sea bueno para ella-. Concluyó
Ana.
Sacó varios papeles de una cartera.
-Tienen que firmar aquí y comenzaremos cuanto
antes con la niña.
CUANDO LAS COSAS SE TUERCEN.
Los hechos que se relatan en esta novela pertenecen
a la realidad. Los nombres y lugares son ficticios para
preservar la intimidad de los protagonistas.
Bibliografía consultada:
“Pedagogía del oprimido” de Paulo Freire.
Temario “Oposiciones al cuerpo de maestros” de
Magister.
“Libretos informativos sobre discapacidad
intelectual” de comunidades autónomas.
Capítulo 4
El juego de Julia
Un buen día Ana llegó a casa, desarmada, inapetente.
Le contó a Juan lo de que la profesora de primero
había querido hablar con ella, después de dejar a la
niña en clase, por la mañana. Se sentó en una silla, en
la cocina y Juan apareció por la puerta.
-¿Cómo tardaste tanto?- le preguntó.
La profesora de primero comenzó a decir eso de que
la niña tenía pocas capacidades, asegurando la
22
necesidad de un apoyo específico para ella. Tuvieron
una discusión; Ana no le aceptaba lo de Julia y la otra
acabó llorando. Él se puso al lado de su mujer y entre
los dos decidieron defender a su hija. Nadie había
considerado antes esa postura. Los maestros no son
sagrados, pueden equivocarse. Llegaban a estas
conclusiones, sin embargo, a la vez, un hondo pesar
anidaba en su alma. Aparecía la duda. -¿Por qué lo
dirán? ¿qué interés pueden tener en decirlo?-. Nada, no
encontraban nada. El no tener justificación todavía le
causaba más incertidumbre. Juan se acercó a la ventana
para preguntarle a los árboles del jardín, pero claro,
éstos no tenían la respuesta. No obstante la decisión
estaba tomada. La trayectoria intelectual de Julia nunca
había sido puesta en duda; no lo sería tampoco de ahora
en adelante, nadie tiene derecho, sin pruebas, a querer
imponer su criterio sin discutirlo con los demás.
Ana alegaba que la profesora no presentaba las
carencias de Julia en los hechos, en el papel. En
realidad solamente decía lo de que la pequeña
necesitaba un apoyo, fuese como fuese, sin esgrimir
demasiados argumentos. Hablaron de que en realidad
no los tenía ¿cuáles eran?.
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-Cuando yo me alteré rebatiendo a la profesora, ella
se hundió, no se lo esperaba, no estaba dentro de sus
previsiones sobre posibles reacciones de los padres. Se
sentó en uno de los pupitres intentando disimular las
lágrimas que querían bajar por las mejillas. Enseguida
abandonó la discusión creando en mí otra
incertidumbre aún más dura: la de si lloraría por tener
que darme tan malas noticias acerca de mi hija ¿tú qué
crees, será verdad?.
Lo miraba sin querer aceptarlo; buscaba un apoyo en
él implorandole defensa.
-Qué va, no lo dudes, Julia es lista, inteligente, no lo
dudes. Pero nosotros también lo somos y vamos a
ayudarla.
Se habían tomado el desayuno, un vaso de leche con
galletas tan despacio, que parte del contenido estaba ya
frío, abandonado sobre la mesa.
Al día siguiente Juan llevaría a la niña al colegio.
Las tres filas de niños estaban algo desordenadas
esperando para entrar. Una pequeña Síndrome de
Dowm se movía inquieta entre ellas. Nadie la
asesoraba; veía para todo el mundo intentando situarse,
a la vez parecía feliz. Los niños querían sonreírle sin
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demasiado interés, ni para bien, ni para mal. Unos
cuatro o cinco niños de raza gitana esperaban serios y
todos arreglados a que mandaran entrar. Algunos
padres de los otros jóvenes hacían guardia hasta que
sonaba el timbre, después se iban.
Juan observaba preguntándose porqué no asignarían
un cuidador para aquellos niños, ya que aparentaban
algo desorientados. Será parte del sistema de
integración, concluyó para sus adentros. Al fin fueron
entrando dirigidos por una profesora desde la puerta
principal. La Sindrome de Dowm tuvo que ser
asesorada por un señor acompañante de su nieto.
Produjo bastante escándalo durante la operación
poniendo en evidencia a la niña, de unos diez años, que
sonreía al verse protegida.
Juan llegó a casa; comentó con Ana criticando esas
carencias del colegio y decidieron vigilar la evolución
de Julia con mucha atención. Los dos trabajaban fuera
de casa, así que se hacía muy difícil estar en todo. La
niña se quedaba con la abuela, muchas veces también a
dormir, y la llevaba ella misma al cole por la mañana si
ellos tenían turnos cambiados. Julia estaba integrada
dentro de un apoyo dentro de la clase, o eso creían sus
25
padres, sin que de momento pareciera haber mayores
problemas; a la vez Mónica le impartía clases
particulares seis horas por semana y decía que estaba
aprendiendo bastante bien, que tendría ya adelanto
sobre los otros niños de su clase de primero. Después
de cada sesión le enseñaba lo que habían hecho durante
la clase, explicándoselo pormenorizadamente, ya que
percibía un buen dinero por ellas.
Un día Juan llegó a casa a la hora de comer,
terminado el turno de mañana. Se encontró con Ana y
Julia muy peleadas porque esta se había portado mal de
camino a casa, al salir del colegio. La madre, cansada,
le contó que se le tiraba en el camino sin querer andar,
que la trajera prácticamente arrastro durante parte del
trayecto, si no no había manera de llegar a tiempo para
hacer la comida. Él, disgustado, intentaba poner calma
pero la niña se acurrucaba en un rincón sin querer
hablar.
-¿Te pasó algo en el cole? ¿te riñó la profesora?-.
Nada, no encontraba la manera de sacarle una
palabra. Por fin todo se fue normalizando poniéndose a
almorzar y quitándole importancia al asunto entre los
dos. Por la tarde Julia se entretenía con sus juegos, de
26
los cuales uno llamaba un poco la atención por lo raro
que era:
Ponía a todos sus muñecos en fila encima de una
mesa. Le asignaba tareas propias de una clase, escribir
algo, sumas, dictados...Acto seguido a un tal Abel le
propinaba unas broncas impresionantes, haría todo mal,
ya que se ensañaba con el pobre muñeco hasta el punto
de acosarlo gritándole y apartándolo de los demás,
seguramente castigado.
-¿Por qué le riñes tanto a ese?
-¡Hace todo mal, es un burro!
Pero esto seguía haciéndolo sistemáticamente cada
día después de comer al llegar del cole. Ana y Juan
comenzaron a preocuparse.
-¿Cómo hará siempre lo mismo?-. Se preguntaban.
-Estoy jugando a las profesoras-. Contestaba Julia
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Capítulo 5
Se cambian de escuela
Se levantaron casi al mismo tiempo. A Julia no hacía
falta despertarla casi nunca, excepto alguna vez si
había tenido un día muy pesado con alguna amiga, un
cumpleaños, o cuando bautizaron a los primos. Esa
mañana Juan se despertó especialmente claro; le tocaba
llevarla al colegio y quería fijarse en el ambiente del
centro donde dejaba a su hija todos los días. La
pequeña emitía unos sonidos parecidos a quejidos
mientras se vestía. Al padre le parecieron extraños y
prestó toda su atención en comprobar si se encontraba
bien. Le resultaron tan raros que todavía no
reaccionaba.
-Julia ¿ por qué haces así?
No contestó nada, pero ella se acercó hasta la puerta
de la habitación de sus padres como respuesta.
Seguía reproduciendo los sonidos dándole a Juan la
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impresión de que no podía evitarlo. El padre decidió
ayudarla con un acto desesperado, intentando aparentar
normalidad.
-Venga Julia, ya está bien, déjate de hacer tonterías
que se hace tarde; aún tenemos que tomar el desayuno,
acabar de vestirnos y te tienes que peinar.
La madre ya se había tenido que ir para el trabajo a
primera hora. De pronto todo volvió a la normalidad
como si nada de aquello hubiera pasado.
-Vale papá, ya voy.
A la entrada del colegio las cosas seguían
prácticamente igual, únicamente se notaba una
diferencia, y es que los niños gitanos no habían ido, al
menos de momento. Quizás llegaran un poco más tarde.
Esa mañana Juan se presentó en el centro para hablar
con la profesora de Julia, presentía que algo no iba
bien, así se decidió a entrar y llamar a la puerta de la
clase.
La profesora abrió la puerta, entonces él pudo ver
hacia el interior del aula. Buscó a su hija recorriendo
toda la estancia con la vista. Ella preguntó:
-¿Puedo ayudarle en algo?
-¿Dónde está mi hija, no la veo aquí?
29
-Es la hora de apoyo, está con la profesora de
refuerzo...
En ese mismo momento Juan decidió que quería
quitar a la niña de esa situación.
-Pero a nosotros nos dijeron que el apoyo íba a
llevarse a cabo dentro de la clase, sin salir de ella. Creo
que aquí está pasando algo raro. Saque a la niña
inmediatamente de allí y devuélvala a su clase.
-Yo no puedo hacer eso, vaya a hablar con la
profesora de apoyo y ella le dirá. Es por ahí, girando a
la derecha en aquel pasillo. No se altere, la niña está
perfectamente atendida.
Juan se encaminó apurando el paso por los pasillos
bastante irritado, ya que aquello no fuera lo convenido
cuando firmaron los papeles; le habían dicho sobre el
refuerzo que era dentro de la clase, una pequeña cosa
para ayudar a la niña, nada más. No estarían de acuerdo
en absoluto si le hubieran explicado que pasaría
diariamente a recibir dichas clases apartándola de los
demás niños. No creía necesario aplicar un sistema tan
importante para Julia, ella aprendía normalmente sin
presentar ninguna dificultad en ningún sentido. Los
pedriatras que la atendían siempre para las revisiones
30
periódicas solamente decían cosas positivas en cuanto a
la evolución de la pequeña, tanto física como
intelectual; también preguntaban a los padres si estaba
aprendiendo a hablar y escribir normalmente, si no, la
mandarían al logopeda o incluso al psicólogo infantil.
Con todos estos pensamientos llegó a la puerta del
aula. Llamó girando la manilla y al mismo tiempo
abriéndola fácilmente. Lo que vio lo dejó perplejo.
Julia estaba allí, en medio de una clase de apoyo
significativo con la Síndrome de Dowm y varios niños
gitanos con discapacidad intelectual.
La pequeña lo miró desde el fondo de la estancia con
los ojos muy abiertos. El padre no se creía aquello que
estaba viendo.
-Yo no estoy de acuerdo con que mi hija esté en esta
clase, llévela inmediatamente para el aula normal, pero
ahora mismo, además.
-Lo siento, si no quiere que la niña venga a refuerzo
tiene que hablar con la directora, ahora no podemos
cambiarla de clase.
Juan estaba indignado. Se dirigía al despacho del
director sin estar ya seguro de si iba finalmente a
conseguir sacar a su hija de aquella extraña situación.
31
Entró por el segundo edificio. En el vestíbulo
esperaba una mujer grande, corpulenta, en actitud entre
militar y policial.
-Dígame ¿qué desea?
- Devuelvan a mi hija a su aula normal de inmediato.
No tiene porqué estar con esos niños; a mí me dijeron
sobre el apoyo que necesita de hacerlo dentro de la
clase, pero vengo a ver y me la encuentro en una clase
para niños de educación especial e integración. Mi hija
no pertenece a ninguno de esos supuestos, así que
sáquela para su aula normal ahora mismo.
Juan alteraba bastante la voz lo que incomodó a la
directora.
-Usted no va a venir aquí a decirnos cómo tenemos
que hacer nuestro trabajo, ni puede mover a ningún
niño de un sitio para otro a su antojo; los profesionales
somos nosotros.
Permanecía firme delante de Juan, lo que hacía que
éste te pusiera todavía más tenso. Ella esperaba
inmutable la renuncia.
-¿Tiene hijos? ¿le gustaría encontrárselos en el
colegio apartados con Sindromes de Dowm y niños
gitanos en integración sin que los suyos necesiten
32
educación especial?. Julia evoluciona normalmente
para su edad; entonces ¿qué hace en ese aula?.
-Sí tengo hijos, y en su colegio están donde tienen
que estar. Ya le dije, los profesionales somos nosotros
¿usted de qué trabaja?.
La directora se encaraba con él sin darle opción a
discutir sobre la educación de Julia.
-Soy marinero-. Respondió algo más moderado
dándose cuenta de su carencia en estudios educativos
acerca de estos temas; no obstante seguía sin tener
dudas del error que cometían con su hija.
-Entonces sabrá de mar ¿le gustaría que viniera yo a
enseñarle cómo ha de navegar? Seguro que no
¿verdad? Pues eso es lo que está haciendo usted
conmigo, decirme de que manera he de hacer mi
trabajo, y además de muy malas maneras. ¿Sabe lo qué
pienso? que es usted un racista y el motivo de no
querer ayudar a su hija es en el fondo ése; en realidad
sabe que necesita el apoyo pero no está de acuerdo con
los métodos de integración en nuestro centro y de ahí
viene su enfado...
Juan no pudo soportarlo más y se fue del edificio sin
decir nada. Parecía imposible poder ayudar a Julia a
33
salir de aquella difícil situación. Habló con su esposa
Ana. Decidieron acudir a la inspección educativa para
lo cual ella usó el teléfono durante gran parte de la
mañana. Le resultaba complicado contactar con el
inspector a pesar de incidir en la urgencia del caso. Al
fin lo consiguió. Él al principio no entendía nada de lo
que Ana le contaba, pero ella había cursado carrera
educativa y logró al fin que la entendiera. Después de
una larguísima conversación en algunos momentos
subida de tono, ya que el inspector defendía el sistema
lógicamente, concluyeron en cambiar a Julia de centro
escolar de inmediato. Al día siguiente estaría ya arriba,
en el otro público del pueblo; existían dos, además de
otro concertado.
Juan fue a buscar a la niña a la hora de salir, al
mediodía. Se la encontró jugando con Berta, la
Síndrome de Dowm, lo cual no tendría nada de malo a
no ser porque daba la impresión de ser Julia su
cuidadora, bastante menor que ella, y estar apartadas de
todos los demás, aparentemente ordenado por la
profesora. Aún no sabrían que se iba del colegio al día
siguiente; ni se imaginaban que sus padres
consiguieran sacarla. Confiaban en su poder absoluto
34
sobre los niños y en el centro.
Se iban con pena de aquella niña mal atendida. De
haber hecho las cosas bien en la escuela todos
podríamos disfrutar con Berta; ella aprendería de los
demás, los otros niños también con ella; mas esa
manera de apartar a unos y a otros parecía fomentar la
diferencia o mismo la marginalidad incluso intentando
lo contrario.
Evidentemente no aceptaban ninguna crítica ni
comentario sobre su manera de hacer las cosas.
Posteriormente Juan se enteró de que esto no se podía
pretender. Los padres no solamente tienen opinión, sino
que están totalmente autorizados para tomar decisiones
en cuanto a sus hijos, al contrario de lo sufrido ante
aquella directora. A la vez sentían alivio de alejarse del
centro para siempre. Julia comentaba tranquila acerca
del nuevo colegio a estrenar al día siguiente, cómo
sería, si habría muchos niños, o lo cercano a la casa. En
realidad tuviera que ir para éste porque la abuela no
andaba demasiado bien de una rodilla y le caía mucho
más cerca que el otro, un par de kilómetros hacia la
montaña. Incluso después de comer no jugó a las
profesoras, si no que se pasó un largo rato en el
35
columpio hecho por su padre para ella en el garaje;
tenía unas suaves cuerdas de cáñamo y el asiento era de
color azul brillante. A Julia le encantaba columpiarse
durante horas mientras escuchaba la música de la radio,
incluso aunque no hiciera muy buen tiempo. Un nogal
enorme protegía el lugar con sus flexibles ramas y las
hojas estaban entre Abril y Noviembre. Al llegar el
invierno quedaban desnudas para permitir que pasara el
tibio sol, tímido, entre ellas.
Capítulo 6
El apoyo
Así llegaron a la nueva escuela aliviados de dejar
atrás los malos augurios pronosticados para Julia.
El centro estaba bien equipado al igual que el
anterior y las cosas parecían ir mucho mejor, sin
embargo al cabo de un par de meses todo comenzó a
torcerse. Las libretas de la niña venían corregidas a
golpe de marcas y tachones con bolígrafo rojo.
También traía algunas notas como “no trabaja en clase”
o “no presta atención”.
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Ana y Juan conocieran a la nueva profesora al llegar
al colegio; les pareciera encantadora y trabajadora
además de atenta. Hablaran de los apoyos escolares
asegurándole que en este centro los realizaban, pero ni
pensarlo de mezclar a los niños en programas de
integración con los otros durante las clases de refuerzo.
Ellos se quedaran muy tranquilos sabiendo que Julia
aquí estaba libre de caer en errores de este tipo; así
empezaron a culpar a la niña de la falta de interés que
resaltaba la maestra sobre sus actividades. Julia cada
vez estaba más desanimada. Las correcciones también
aumentaban, tanto en tamaño como en cantidad. Al
menor fallo en las operaciones, una insignificante falta
de ortografía o una parte de los deberes sin hacer, venía
escandalosamente resaltado en las libretas. Por fin se
decidieron a solicitar una cita con la tutora.
Los padres llegaron al centro para la cita y los
estaban esperando, la profesora, la orientadora, la
directora y otra señora que daba clases en infantil,
permaneciendo todo el tiempo al margen de la
conversación pero asintiendo con la mirada a todo lo
que decían Ana y Juan.
-Julia se está quedando atrás con respecto a los
37
demás niños del curso. Es una pena porque podría estar
a su nivel o incluso adelantada...pero sin saber cómo,
no responde a las espectativas marcadas para este año.
Nosotros proponemos un refuerzo personalizado para
ella.
La orientadora ponía un claro interés en que
aceptaran mientras Jua esgrimía el argumento de que
no todos los niños son iguales y no tiene ninguna
importancia el hecho de que fuera ahora un poco
detrás, eso no justificaba un apoyo personalizado al
nivel del que le realizaran en el anterior colegio. La
profesora mayor veía para él asintiendo; también llegó
a decir:
-Bueno, toda la vida fue así. Algunos se quedan atrás
y luego se ponen al día, mientras otros adelantan
mucho para después volver a rezagarse.
-Nosotros lo que no queremos es que pase lo que ya
saben. Si la niña va a salir de la clase, no estamos de
acuerdo.
-No se preocupen; en este centro no ocurren esas
cosas-. Aseguraba la directora que había permanecido
indiferente todo el rato.
Ana y Juan volvieron a firmar varios folios sin ver
38
siquiera lo que estaba escrito, tal vez medio
convencidos de que los equivocados eran ellos; si
tantos profesionales coincidían en lo mismo era por
algo. Debían de ir aceptando el que su hija sí
necesitaba ayuda. No serían ellos los que pusieran
impedimentos para mejorar la trayectoria académica de
Julia. Unos y otros quedaron serios y se levantaron para
despedirse, convencidos todos de que habían hecho
bien las cosas a favor de la pequeña.
Los dos se fueron de allí disgustados; tenían la
sensación de que la pesadilla volvía a instalarse en sus
vidas y así era.
Las libretas cada vez venían peor. La niña ahora casi
no era capaz de hacer nada correctamente en clase,
mientras en casa, haciendo los deberes, se defendía
como nadie. Aquello se hacía insoportable. Hablaron
con la chica de clases particulares (tenía el título
universitario en pedagogía) y decía lo mismo, que Julia
adelantaba sin ningún problema.
Llegaron las notas de la evaluación. Eran una
desgracia. Todo eran emes de mal, incluso en inglés, a
pesar de que había aprobado los exámenes. Juan y Ana
no sabían que hacer, aquello era rarísimo, no podía
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estar pasándole a ellos.
Le preguntaron a Julia qué tal en las clases de apoyo.
Le contó lo siguiente:
-Me viene a buscar a veces para ir a la clase de
refuerzo.
-¿Y qué hacéis en esas clases?.
-Nada, la profe se pone a ver en el ordenador y yo
espero allí a que me lleve de nuevo al otro aula, donde
están todos.
Se quedaron literalmente de piedra. Estaban
cansados. Trabajaban a turnos para poder mantener el
nivel de comodidad como hasta ahora, era mucho que
le pasaran estas cosas; en el fondo ya no creían a la
niña, sería una disculpa para no estudiar...quién sabe.
La confusión se instalaba en sus vidas. La relación
entre ellos se deterioraba, a veces discutían. Juan
defendía a Julia, Ana dudaba; no asimilaba ciertos
argumentos. Su madre y sus tías habían sido maestras
de pueblo, sus esquemas se derrumbaban haciendo caso
a Juan esgrimiendo la teoría de la corrupción. -No
puede ser, a él tiene que estar yéndosele la olla-
pensaba.
La profesora de clases particulares también había
40
tomado la decisión de relajarse, no entendía nada.
Juan tomó la decisión de retirar a la niña de ellas,
contrariando nuevamente a Ana.
Julia permanecía en un impás de espera; no sabía que
pasaba, pero a Julia los conocimientos adquiridos ya
nadie podría quitárselos, así que cuando se enfrentaba a
una suma o a cualquier otro problema, se defendía
como el que más. Esto daba ánimos a Juan; había
decidido ayudarla y lo llevaba a cabo a pesar de todo.
Capítulo 7
La mala noticia
-La profe me mandó esta nota.
Julia presentaba un papel en la mano entregándoselo
a su padre:
-Necesito hablar urgentemente con ustedes. Mañana
a las cinco los atenderé en el colegio.
La profesora le dio a la niña aquella apremiante
misiva sin preocuparse de que ella no la leyera,
dándosela doblada por la mitad y la traía en la cartera,
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aparte de los libros. Evidentemente sí sabía lo que
ponía, ya que la entregó abierta en la mano del padre.
-Vaya profesora te tocó este año; es muy pesada. Que
mala suerte tienes con los que te tocan, Julia. No te
preocupes, en la vida aparecen obstáculos y debemos
superarlos. Tú vas bien. Ya verás como todo va a ir
bien. Mañana voy a ir a hablar con ella y se va a
enterar.
Juan hablaba así para que el haber leído la nota a la
niña no le afectar tanto; que se sintiera protegida y
pudiera sentir como no todo el mundo pensaba que no
quería estudiar o era nula.
Al día siguiente apareció frente a la mujer. Ella
empezó a soltar su discurso preparado de antemano, o
al menos eso pensó él:
-Tenemos muchos problemas con su hija. No aprende
normalmente. Durante las clases no puede centrar la
atención. Tiene dificultades con el lenguaje escrito,
incluso habla con dificultad. Es incapaz de memorizar
más de un verso seguido de los que le mando para casa.
Al día siguiente cuando los pregunto ella se queda
callada porque no puede recordarlos. No alcanzará ni
de lejos los objetivos para este nivel. Pronto
42
empezaremos a hacer sumas y restas y ahí sí lo tenemos
complicado. Necesita un apoyo específico. No queda
otro remedio, lo siento.
Juan no se lo creía. Todo aquello era mentira; Julia ya
sumaba hacía tiempo, memorizaba leyendo solamente
un par de veces las poesías de los deberes, hablaba
mejor que bien y leía de carrerilla.
-En comprensión de la lectura nada. Le cuesta
descifrar el contenido incluso de una sola frase, ya ve.
Desviaba la mirada de la de Juan que permanecía
callado hilvanando las escenas de los últimos
momentos. Llegó a la entrevista cruzando el portal y
bajando los cuatro escalones antes de encontrarse casi
de frente con la figura de la directora del centro donde
estaba Julia el año anterior, de donde la sacara el
inspector. ¿Qué haría allí justo ese día?. Se quedó
mirando para él firme, desafiante, con aquella actitud
entre militar y policial. Juan le echó una mirada de
soslayo pero decidió ignorarla pensando en que estaría
a otros asuntos, sin embargo ahora le invadía la
sospecha de si pudiera ir a parlamentar con ésta sobre
Julia. A pactar qué decir sobre ella. No sería tan
extraño. Debían de ponerse de acuerdo para evitar
43
posibles sanciones por irregularidades en los planes de
integración, había dinero de las subvenciones por
medio, debían de tener cuidado.
Juan cavilaba en todo esto mientras escuchaba los
argumentos de la profesora intentando convencerlo de
la nulidad de su hija para los estudios normales. El
silencio se adueñó de la sala. Pareció haberse parado el
tiempo de pronto. La mujer lo rompió:
-Fíjese en estas notas. Todos los demás niños de mi
clase tienen un alto nivel, sobresaliente, notable, todos,
todos...¿lo ve?.
Se agachaba sobre la mesa del profesor para coger
unos folios grapados entre sí, pasándoselos a Juan
girando las hojas rápidamente sin que él pudiera ver las
susodichas notas. Estaban en un colegio público rural;
ese nivel era inaudito. No podía ser; Julia nula, los
demás superdotados.
Daban ya las dieciocho treinta de la tarde. Juan
tendría que ir a su trabajo al día siguiente por la
mañana; Ana tendría el turno a la misma hora. Julia se
quedaría a dormir con su abuela como tantos otros días.
Se les hacía difícil cumplir con las empresas haciendo a
la vez el seguimiento de la educación de su hija. Llamó
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al compañero para que le cambiara el turno.
A la mañana siguiente se presentaría en el colegio
para hablar con la directora. Lo recibió muy
amablemente pasándolo a un despacho pequeño con
unos enormes ventanales desde donde se divisaba toda
la bahía. Juan sacó de la carpeta el último boletín de
notas que le habían dado a la niña. Comenzó
argumentando el por qué le pusieran un mal en inglés,
cuando durante lo recorrido del curso no suspendiera
ningún examen. También hizo fijar toda la atención de
la directora en las demás calificaciones. Exceptuando
gimnasia y religión nada era bueno, al contrario,
pésimo. Aquellas calificaciones parecían pertenecer
más bien a un niño con serios problemas intelectuales.
La directora conocía a Julia, en alguna ocasión le
impartiera clase debido a las continuas bajas laborales
protagonizadas por su tutora; ésta cada dos por tres
dejaba de asistir a su trabajo. La orientadora y la de
refuerzo, además de la directora, la sustituían a
menudo. Julia comentaba sobre ello demasiadas veces
al llegar de la escuela.
Puso cara de que él podría llevar algo de razón y a la
vez de incredulidad. Visiblemente contrariada llamó a
45
la de ingles a través de otra que pasaba por el pasillo.
-Rosa, dile a la de idiomas que se pase por aquí,
hazme el favor.
La de inglés apareció ipso facto. A Juan le dio la
impresión de que se temía algo, como si ya estuviera al
acecho ante su presencia en la escuela.
-¿Y esto?.
La directora abrió el boletín de notas en todas las
narices de la otra que intentó explicarse burdamente;
los nervios la traicionaban.
-Bueno, es que...si no aprueba expresión oral en
castellano ¿cómo le voy a aprobar el inglés?.
Aquella respuesta fue de lo más inconsecuente. La
directora veía para ella con la expresión de un asesino.
Juan se dio cuenta de que también había caído en el
engaño, sin ser informada de la manera cómo se
orientaban las clases de apoyo, o tal vez recriminándole
el que los padres aparecieran por allí con sus quejas por
culpa del mal hacer del gabinete orientador. En un
momento apareció la tutora en una actitud bastante
parecida, nada más que ésta no decía absolutamente
nada. Pronto las dejó marchar; fue entonces cuando
Juan decidió decir a la directora todo lo que pensaba de
46
aquella extraña situación. Ella intentaba rebatir los
argumentos sin demasiada convicción, manteniendo la
calma en todo momento, aunque estuviera escuchando
graves acusaciones de la boca del padre de una alumna
de su colegio. Trataba de llevar las cosas por el camino
de la tranquilidad; las maneras le gustaron a Juan
procurando no alterarse en demasía y sin perder la
buena educación. La mujer se defendía a duras penas
sin eludir su responsabilidad en el caso.
-Lo que me dice es muy grave. Convocaré una
reunión con ustedes y el gabinete orientador. Le avisaré
enviándole una nota a través de la niña- concluyó la
directora.
Capítulo 8
La reunión
La situación se había complicado todavía más. Lejos
de encontrar tranquilidad, el cambio de escuela le traía
a Julia y a sus padres un estatus complejo, difícil de
resolver. Juan tenía la sensación de que su hija, incluso
ellos mismos, habían sido captados por una especie de
secta oficial; sin embargo estaba totalmente decidido a
resolver las circunstancias. La pequeña no padecía
ningún déficit intelectual. No tenía porqué pasar el mal
trago de que la apartaran de sus compañeros de curso
diariamente, durante una hora entre las clases. Esperaba
impaciente el momento de la reunión; sabía que era un
momento crucial para poder recuperar la normalidad
perdida y que parecía imposible alcanzar desde aquel
instante de la firma. Pensaba a todas horas en cómo
librar a Julia de la pesadilla. De momento las
tachaduras en rojo y notas en la libreta de la niña
48
seguían protagonizando su quehacer diario en el
colegio. Cada vez que las veían tenían la sensación de
que la tutora estaba apurando los últimos instantes para
demostrar las limitaciones intelectuales de aquella
alumna; no podía consentir al padre que demostrara la
normalidad de ésta; sus capacidades ya estaban
bastante mermadas; un empujón más y nadie pondría
en entredicho su puesto de trabajo. Realizó un par de
exámenes urgentes. Julia los trajo en blanco.
-La profe estuvo todo el tiempo pegada a mí.
Decía a sus progenitores desilusionada, muy triste.
-No te preocupes Julia. Tú eres muy inteligente.
Sacarás el curso sin problemas, ya lo verás.
Se miraban afianzándose en la firme convicción de
librar a la niña de aquella pesadilla en que ellos mismos
la habían involucrado. El examen permanecía posado
encima de la mesa intentando demostrar la nulidad de
Julia, y Juan, viéndolo, aún recibía más fuerzas para
ayudarla. La madre se daría por vencida de no ser por
él. La estrategia fuera muy bien tramada para que nadie
pudiera dar al traste con los intereses hacia la alumna.
Se acercaba el día de la reunión. Tendrían que ir bien
preparados psicológicamente para enfrentarse, no
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solamente a uno, sino a varios profesionales preparados
para defender sus argumentos.
-Estoy prácticamente seguro de que la profesora
esgrimirá el examen como prueba-. Meditaba Juan.
Llegó el día y se encontraron con la Directora en el
primer piso para recibirlos. Tuvieron la impresión de
que para ella nunca un acontecimiento de esta clase
tuviera tanta importancia. Se le notaba inquieta,
excesivamente amable, mas su expresión no denotaba
culpabilidad sino alegría, seguramente de que los
padres consiguieran al fin salvar a Julia. La
responsabilidad sobre el colegio hacía de la Directora
uno de los culpables en caso de ocurrir alguna
irregularidad; tendría que actuar con gran consecuencia
para que la sangre no llegara al río si veía que ellos se
acababan saliendo con la suya, si tuvieran razón, cosa
sospechada por ella desde el día de la conversación con
el padre y la de inglés.
Entraron en la pequeña sala sin ventanas. De frente,
la Orientadora División intercambiaba papeles con la
Tutora Manipulación. La Directora Unión indicó a los
padres la posición que debían tomar en las sillas. Ellos
tuvieron que sentarse delante de la de Refuezo
50
Conquista y la Tutora Manipulación respectivamente.
Todos tenían expresión grave excepto la Directora
Unión, en una de las cabeceras de la mesa; más alegre y
animada se acomodaba como quien se dispone a ver
una película a priori interesante. Las otras esperaban
sus ordenes para poder dar comiezo a la reunión. Los
padres observaban impacientes todas las actitudes;
tenían que estar muy atentos a los detalles para
conseguir convencer a la Directora Unión del error y
ponerla de su lado para ayudar a su hija, apartándola de
la fisura que presentaba el sistema. Ésta y la
Orientadora División se miraron dando comienzo a la
reunión.
-Y bien; les hemos convocado para proponer una
serie de puntos en relación con la trayectoria académica
de su hija Julia.
Primero, creemos que la alumna no alcanza los
objetivos propuestos para el curso actual, por lo que
hemos resuelto su integración en el programa de
apoyos específicos dentro del sistema educativo de este
centro.
-¡Pero no dijimos ya que no queremos a nuestra hija
dentro de ningún programa de apoyo específico!-
51
interrumpió el padre un tanto acalorado. La de
Refuerzo Conquista levantó la cabeza observándolo
sorprendida. Mientras, la Tutora Manipulación revolvía
papeles dentro de una cartera azul puesta en la mesa,
entre sus brazos.
-Eso tendremos...lo diremos nosotros. Ustedes no
están capacitados para valorar...
-Por favor, tratemos el tema de la manera más
correcta posible, no se alteren. Estamos aquí para
ayudar a la niña y discutir no conduce a nada...así que
vamos a intentar hablar sobre el asunto con calma, uno
a uno-. Moderaba la Directora Unión.
-Déjeme exponer lo que queremos decirle, todo con
el único objetivo de ayudar a su hija. Los que parecen
no estar por la labor son ustedes- seguía hablando la
Orientadora División poniendo en duda la manera de
actuar de los padres en cuanto a la educación de su hija.
-La alumna necesita una ayuda en forma de refuerzo
específico e individualizado; nosotros estamos aquí
para ayudarla ¿no se dan cuenta?. La tutora del curso
ha detectado algunas carencias en el aprendizaje
normal de Julia. Todo lo hacemos por su bien. Con un
refuerzo personalizado pensamos que en algún tiempo
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podría, si no ponerse al nivel de los demás, sí acercarse
bastante. Nosotros creemos que lo mejor para ella es
esto, y ustedes no deberían de entorpecer nuestra labor;
esa desconfianza lo que hace es perjudicar a la niña.
Entonces...tengo preparados los documentos para
que los firmen y así poder continuar con las clases.
A los padres aquello le parecía superar la realidad,
convirtiéndose en un sueño del que no se puede
despertar. ¡La Orientadora División esgrimía más folios
para firmar incluso después de saber el enfado que ya
tenían los padres!.
-¡Pero bueno! ¿no les dije lo qué queremos? ¡saquen
a la niña de las dichosas clases! ¿está claro? ¿es qué no
lo entienden? ¡ya sabe leer, hablar, escribir, sumar,
restar! ¡y está aprendiendo a multiplicar!.
El padre veía ahora fijamente a la Tutora
Manipulación; ella permanecía al acecho sin desviarle
la mirada.
De pronto sacó de la cartera las pruebas. Tal y como
Juan pronosticara Juan para sus adentros, presentó el
examen diciendo:
-Mire, éste es el último examen resuelto por su hija
hace unos días. Como puede comprobar no ha
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contestado ni tan siquiera a una de las preguntas.
-¡Estaba esperando exactamente lo que acaba de
hacer!. ¡Saca la prueba conseguida por usted misma
impidiéndole a la niña responder a ninguna de las
cuestiones!.
-¿Cómo dice?-. Preguntó ella muy sorprendida
dirigiendo su mirada hacia la Directora Unión.
-A ver, a ver, explique eso-. Moderaba con gran
interés.
-Le digo que ella misma le impidió a Julia sacar las
respuestas. Sabe sumar, restar, incluso se defiende con
la tabla de multiplicar; de eso es de lo que trataba el
examen ¿por qué no pudo responder estando en la clase
y sí lo hace en casa?. Usted es la profesora,
respóndame...
-¡Eso de qué sabe lo dirá usted! ¡si supiera haría la
prueba para aprobar!- insistía sin mirar a Juan, sino a la
Directora Unión.
-La niña está ahora mismo en el patio, abajo.
Solamente tenemos que llamarla para que demuestre
aquí mismo si sabe o no sabe. ¿Qué le parece?.
Juan retaba ahora a la Orientadora División.
Permanecía callada, al margen todo el tiempo, cuando
54
debería ser ella la que más supiera sobre la capacidad
de Julia para las pruebas. Ana y la de Refuerzo
Conquista estaban frente a frente sin intervenir en el
conflicto de momento.
-No, no, no; eso afectaría a la niña. No es necesario;
estas cosas hay que resolverlas sin perjudicar a los
niños o involucrándolos sólo lo estrictamente
necesario-. Aconsejaba la Directora Unión.
Juan llevaba en la mano un folleto encontrado en la
cartera de Julia misteriosamente. No estaba seguro de si
lo trajera desde el colegio, pero era bien cierto que lo
manipulara, pues la portada estaba pintada de garabatos
hechos por ella. El librillo versaba precisamente sobre
temas de discapacidades intelectuales, así el creyó ver
el momento oportuno para esgrimirlo. Se dirigió a la de
Refuerzo Conquista preguntándole:
-¿El apoyo recibido por mi hija es un refuerzo
significativo, no es cierto?.
-No, está usted equivocado. Es una ayuda
personalizada sin mayor trascendencia académica.
Nosotros no sacamos ningún beneficio con esto, más
bien al contrario; es un trabajo extra que realizamos
además de las tareas normales del curso. Para nosotros
55
ya le digo: significa trabajo extra y no nos proporciona
ningún beneficio.
-Mire esto, este folletín estaba en la cartera de Julia
¿cómo llegó hasta ahí?-.
Hablaba viendo para la Directora Unión. A la vez
decidiera, no mentir, pero sí asegurar que la niña lo
había traído de la escuela; si ellas no decían la verdad,
él tampoco sería menos.
-Usted acudió a la administración a pedir los
permisos pertinentes para crear en este centro un aula
dedicada a los apoyos significativos ¿no es así?.
La de Refuerzo Conquista se removió en la silla al
ver el folletín. Se daba cuenta de que Juan tenía más
información acerca del tema de la pensada en un
principio. Era una carta sobre la mesa con gran peso
específico y no tuvo más remedio que reconocer ante
su superior la evidencia. Se pedían permisos especiales
solamente para configurar un aula de apoyos
personalizados y significativos. El profesorado tenía
que tener la especialidad; cobraba otro sueldo por todo
ello. Habían sido descubiertas. La Directora Unión
recogió el folleto poniéndose a ojearlo, mientras sus
compañeras permanecían inmóviles. Juan se daba
56
cuenta de su ignorancia en este tema precisamente, ya
que estuvo un buen rato estudiando el librillo. Allí el
autor recalcaba la necesidad de contrastar en
profundidad los aspectos consecutores en que un
alumno sea propuesto para recibir las clases de apoyos
específicos. Psicólogos, pedagogos, maestros,
inspección educativa, médicos y padres deben llegar a
un acuerdo para poder realizarlos. El ubicar mal a un
niño, equivocarse, podría acarrear consecuencias
demoledoras. Había que tener mucho cuidado. Los
padres tendrían que estar de acuerdo, sino se denegaría
el permiso. Juan y Ana caían en la cuenta de que habían
sido engañados. La Directora Unión también. Todos se
quedaron callados unos instantes; entonces Ana estalló,
arremetió contra aquellas personas corruptas, perdió los
nervios diciéndole las verdades en sus caras. Su
superior no las defendía ni disculpaba. Se levantó de la
mesa con expresión grave, intentando a la vez calmar a
Ana animándola a tranquilizarse, que todo se arreglaría,
que la niña estaba bien situada, pero todo eso ya lo
escuchara de su boca cuando llegaron del otro colegio;
ya no creía nada.
La Orientadora División todavía amenazó con acudir
57
a un tal Gonzalo para obligarlos, diciéndole a la Tutora
Manipulación que deberían de ir a hablar con él, y eso
delante de los padres y delante de la Directora Unión,
que no se atrevía a increparles. Juan permanecía en una
esquina de la habitación comprobando el poder contra
el que se enfrentaba. No sentía miedo. Su hija era lo
más importante y la sacaría de aquella pesadilla como
fuese.
Ana salía de la sala acompañada por la directora,
discutiendo con ella; había conseguido centrar su
atención dentro del estado nervioso provocado por la
tentativa de las otras para que firmara más papeles, para
condenar a su hija a la discapacidad intelectual.
El manual se quedaba encima de la mesa guardando
la verdad. La Orientadora División, la Tutora
Manipulación, la de Refuerzo Conquista y Juan veían
hacia el interior de la sala vacía.
Se fueron con la sensación de que Gonzalo iba a ser
el ejecutor mental de su hija Julia. Juan preparaba ya la
estrategia para defenderla. Gonzalo tendría que ser el
Inspector Organización, de otra manera lo tendría muy
difícil.
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59
Capítulo 9
La vecina
Al día siguiente pidieron cita urgente para tener una
charla con el Inspector Organización, sin embargo las
cosas no son tan fáciles como aparentan a primera
vista. Le dijeron que no podía ser hasta dentro de una
semana, su madre había muerto y estaba en el duelo.
Julia se hiciera amiga de unas niñas del vecindario.
La madre parecía un tanto extraña, estaba muy delgada
y demacrada, tal vez por culpa del alcoholismo que
padecía, aunque aparentemente llevaba una vida de lo
más normal. La niña iba a jugar a su casa de vez en
cuando; ellas también se acercaban a la de Julia muchas
veces.
María observaba todos los movimientos de sus
vecinos, su enfermedad la hacía hablar en demasía,
parando a todo aquel que pasaba por delante de su
portal para darle la brasa, como se dice coloquialmente.
A veces decía incongruencias, sin embargo la gente no
60
se lo tomaba muy en serio, pensando en que tal vez
hubiera bebido. En una ocasión le aseguró a Juan el
que Julia no vivía con ellos.
-Esta niña vive con su abuela.
-¿Qué dices María?, Julia está con nosotros, ¿no la
ves salir todos los días para el colegio o qué?.
-No, vive con su abuela porque precisamente la veo
salir de su casa todos los días por la mañana...-
aseguraba a Juan convencida. Él no la tomaba en serio
por lo de su enfermedad.
-Esto te parece porque la ves salir de su casa cuando
tiene que dormir allí por culpa de nuestros horarios de
trabajo, pero vive con nosotros, mujer.
Ella volvía la cara incrédula como diciendo: algo de
razón llevo.
-La niña pasa demasiado tiempo en la de la abuela; la
gente ya piensa que vive allí- pensaba Juan a la vez
para sí.
La sorpresa la tuvieron un buen día mientras asistían
al cumpleaños de una de las hijas de María. Todo
estaba transcurriendo con normalidad hasta que
apareció, avanzada la fiesta, la Directora Invasión
Cultural. Sí, la misma que había llamado racista a Juan
61
en el primer colegio de Julia. Ellos se quedaron entre
sorprendidos de verla y molestos por su presencia. No
iban a estropearle el cumpleaños a la hija de María, así
que decidieron actuar como si tal cosa, siguiendo con
quien estaban y haciendo que no la veían o le daba
igual.
María se dedicaba a ella con mimo, casi se puede
decir, despreocupándose de los demás para dedicarse a
atenderla en exclusiva. Teniendo a sus hijas en la
escuela regentada por la directora Invasión Cultural, no
resultaba raro la exagerada intención puesta para que se
sintiera cómoda, contando también con que sus hijas
eran tres.
La Directora Invasión Cultural, no obstante, no
quitaba el ojo de encima a Juan ni a su esposa; parecía
estar estudiándolos a fondo, cada movimiento, cada
gesto, casi sin dedicar ni una mirada a los niños de la
fiesta y sin despegarse de su fiel María.
Juan la veía sin verla; la sentía respirándole en la
nuca, presintiendo la preocupación de aquella persona
en que nadie le descubriera provocando semejantes
daños en su centro escolar. La anfitriona vigilaba todo
entre nosotros sin perder de vista el trajín de los niños
62
divirtiéndose. Menos mal que había llegado con la
fiesta bien avanzada, de lo contrario se la habría
estropeado irremediablemente.
Julia también la conocía, ya que se quedaba en el
comedor del colegio. Contaba muchas veces cómo ella
la acosaba para que no dejara nada en el plato aunque
no fuera de su gusto. Al principio sus padres no le
daban demasiada importancia, sin embargo visto el
transcurrir de los hechos y recordando las maneras de
la niña al contarlo se daban cuenta de que, sin duda,
aquel exagerado interés en Julia no era más que parte
del juego para tenerla de su mano psicológica.
La pequeña se quejaba demasiado a menudo de las
malas maneras de la Directora Invasión Cultural.
-Me chilla: ¡No se puede dejar nada en el plato! ¡no
sabes comer o qué!.
Otras veces la madre llegaba a buscarla bastante más
tarde de la hora del almuerzo. La encontraba sola en el
comedor. La niña decía que no la dejaba salir de allí
mientras no se terminara todas las raciones. Un día
incluso vomitara la comida entre los gritos de las
cuidadoras, aleccionadas por la Directora Invasión
Cultural, pero claro, se trataba de una niña y Ana
63
confiaba en las instituciones. Decía a Juan que su
madre y sus tías también maestras, se comportaban
duramente con los alumnos poco estudiosos, incluso
soltando algún mamporro. Juan defendía que la vieja
escuela de “la letra con sangre entra”, a estas alturas
estaba ya más que superada, y no se puede permitir
ningún abuso de poder en contra de los niños en la
escuela.
Cuando se decidió a investigar yendo el mismo a
buscarla, observando todas las situaciones en la que
estaba su hija según los diferentes horarios, iba
cayendo en la cuenta de que algo no encajaba.
Esperaba a ver como salía de última del comedor, la
actitud de las camareras irritadas con ella y sin dirigirse
a Juan, el encontrarla cuidando a Berta durante los
recreos...todo conducía a pensar en lo peor:
Julia estaba siendo alienada para conseguir en ella un
elemento más para las clases de Alumnado con
Necesidad Específica de Apoyo Educativo.
El folleto hablaba bien claro sobre el tema:
Son aquellos alumnos que requieran, por un periodo
de su escolarización o a lo largo de toda ella,
determinados apoyos y atenciones educativas
64
específicas derivadas de discapacidad o trastornos
graves de conducta. La identificación y valoración de
las necesidades educativas de este alumnado se
realizará, lo más tempranamente posible, por personal
con la debida cualificación y en los términos que
determinen las administraciones educativas.
Las adaptaciones significativas suponen una
adecuación en elementos curriculares que se consideran
mínimos o nucleares (contenidos y objetivos) en las
áreas, materias o módulos. Las adaptaciones
significativas en los elementos básicos del currículo
pueden serlo por inclusión, modificación significativa,
temporalización fuera de ciclo, curso (según la unidad
organizativa) y, en casos extremos, eliminación.
Desgraciadamente, Juan ya llegara a esa conclusión:
Lo que deparaban para Julia era la eliminación total
de los contenidos previstos para el ciclo. Preparaban las
pruebas concienzudamente para presentar a los padres
y a las administraciones educativas, sin escrúpulos.
Julia sería lo que se dice “un cliente fijo”.
Salieron de la fiesta de cumpleaños felices de saber
que su hija pronto estaría libre de caer definitivamente
65
en las fauces de los fallos de organización estatal. Juan
los había detectado; por muy enmarañada que estuviese
la tela, al final no atraparían a su hija.
“Un error puede acarrear consecuencias demoledoras
para el niño”. Juan había detectado el “error” del que
estaba siendo víctima su hija Julia. Un simple libro de
veinticinco páginas les estaba ayudando a demostrar lo
imposible.
Capítulo 10
La recuperación
El Inspector Organización ya estaba de nuevo en su
puesto. Era un hombre de unos cincuenta años, bajito y
con unas gafas de bastantes aumentos. Juan había
hablado con él por teléfono explicándole sin miedo,
claramente, lo que pensaba. El hombre pareció no
haberse extrañado en absoluto de saber que pudieran
estar ocurriendo estas cosas, a pesar de la gravedad
puesta en las explicaciones por parte del padre de Julia.
-En los colegios donde hay pocos candidatos para
llenar las clases de alumnado con necesidades
educativas especiales, se preparan algunos de ellos para
66
cubrir las plazas. Son centros que están en zonas
rurales, con pocos niños. Varios de estos edificios han
sido propuestos para su cierre, por eso mismo, la falta
de niños. Al estado le sale caro su mantenimiento y
prefiere concentrar la demanda de matrículas en menor
cantidad de escuelas para abaratar los costes. Mi hija
está siendo víctima de la ambición de ciertas personas
para aprovecharse de las subvenciones que reciben.
Algunos profesores involucrados ofrecen favores a los
“limpios” como: cógete el día libre que yo te hago la
clase, o una semana si lo necesitas. Nadie se va a
enterar...
Juan hablaba por teléfono en esos términos con el
Inspector Organización; él no se alteraba lo más
mínimo, sino que muy amablemente le ofreció cita para
el día siguiente, lo cual confirmaba más a Juan en sus
teorías.
-No se preocupen; ahora su hija está libre de
malentendidos-. Tranquilizaba a los padres durante la
entrevista en su despacho; a la vez revisaba todas las
libretas que le llevaban de lo que hacía Julia realmente
desde los cuatro años, dibujos, escrituras, las
anotaciones exageradamente marcadas de la Tutora
67
Manipulación...
El hombre afirmaba:
-Esta niña no es un candidato para las aulas de
apoyos específicos. No se preocupen, se trata de un
error. Lo solucionaremos y ya está.
Ana lo miraba fijamente desconfiando de sus
palabras; no era la primera vez que las escuchaba,
además sabía que ese mismo Inspector Organización
firmara con anterioridad las solicitudes que le
mandaban desde los colegios, seguramente sin
comprobar como es debido ni contrastar opiniones para
enviar a un alumno a dichas aulas, entre ellos el
permiso para Julia.
-Nosotros no queremos que esto vuelva a ocurrir.
Estamos hartos del tema. Mandamos a nuestra hija a
aprender, no a que le den para atrás intencionadamente
por el ánimo de ciertas personas en lucrarse gracias a la
falta de control sobre las ayudas estatales en forma de
subvenciones- insistía Juan sin tratar de acusarlo
también a él, con miedo a que les denegara la ayuda
prometida.
-Váyanse tranquilos; seguro que no volverá a ocurrir.
Afuera llovía de forma persistente. El Inspector
68
Organización cogió un paraguas de un paragüero al
salir de su despacho. Abandonó el edificio acompañado
por Ana y Juan. Comentaban sobre el día tan gris sin
hablar nada de lo anterior. Ellos supusieron que
probablemente se dirigiera al colegio de Julia, pero no
se atrevieron a preguntárselo, por educación.
Bajo la lluvia tenían la sensación de que el problema
estaba solucionado, sin embargo más adelante surgirían
secuelas que nadie podría suponer.
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Capítulo 11
La Orientadora Colaboración
Desde aquella última conversación con el Inspector
Organización las cosas tomaron un cariz mucho mejor
para Julia y también para sus padres. Comenzó la
recuperación en las tareas de clase. Ellos la apoyaban
psicológicamente resaltando todas las virtudes que eran
normales para una niña de su edad, al contrario de lo
que hacían, hasta el momento, la Tutora Manipulación
o la Orientadora División. Esta última insistía en
realizar pruebas a los niños sin avisar. Algunos días la
niña llegaba de la escuela un poco apenada porque,
según explicaba a los padres, la de apoyo había puesto
un examen raro y a ella no le saliera demasiado bien, o
eso creía. Pasado un tiempo recibía la calificación:
todos lo superaban excepto Julia y otro niño llamado
Samuel. Ana y Juan procuraban animarla diciéndole
que esas pruebas no calificaban al final de curso, que
no se preocupara. La niña era muy inteligente, cogía los
70
mensajes al vuelo y acababa haciendo chistes sobre la
del apoyo, actitud que lógicamente animaban entre
todos.
La Orientadora División jamás los requiriera para
tener una reunión privada ni avisar de que su hija no
superaba las pruebas de actitud. Lo cierto era que
ahora Julia no pisaba el aula especial, aunque no le
quedaba otro remedio que ver como la de Refuerzo
Conquista se llevaba a Samuel todos los días,
invariablemente, una hora entre las clases. Ella tenía
conocimiento de lo que le estaba ocurriendo a su
compañero, también pasara por ese sufrimiento no
hacía más de un año. La dejaban en una sala sin hacer
absolutamente nada, mientras la de Refuerzo Conquista
se dedicaba a otros quehaceres o manipular el
ordenador.
Los padres de Julia veían ahora como su hija
adelantaba con normalidad; aquella pesadilla
comenzaba a pasar al recuerdo, al menos para Juan, sin
embargo la psicología de Ana comenzaba a dar
muestras de secuelas. Siempre estaba pendiente de si su
hija reaccionaba bien a los interrogantes, si aprendía las
tareas al nivel de un niño normal, si descubría alguna
71
tara en su carácter...
Un buen día encontró de casualidad, mientras
realizaba algunas compras en un comercio de moda, a
una persona que le ayudaría a superar aquellas dudas.
Ana había realizado estudios de filología hispánica
en la universidad, sin llegar a terminarlos. Al fin pudo
convalidar algunas asignaturas que le ayudarían a
conseguir el título de Diplomada en E.G.B., para lo cual
debiera realizar prácticas en un colegio público cercano
a su localidad, de ahí que conocía a esa persona. Era la
orientadora del centro, pero Ana tenía dudas. Decidió
apostar por contarle su problema y acertó. Estuvieron
hablando largo rato y la Orientadora Colaboración
decidió ayudarla, entonces invitó a Julia a su casa. Le
dijo a Ana que ella la reconocería, que le dijera que se
quedaba en casa de una amiga porque los papás habían
de resolver unos asuntos y pasadas un par de horas
pasarían a recogerla de nuevo. Julia era muy inteligente
y abierta, así aceptó encantada.
-Tiene muchos cuentos; seguro que te regala uno, y
películas de video. También tiene un gato, ya verás que
bonito.
Durante esas dos horas Ana y Juan pasearon por la
72
ciudad con la sensación de quien espera los resultados
sobre una importante enfermedad. Ana no hablaba
nada; Juan más tranquilo le decía que pensara en contar
con una actitud que se llama “corporativismo”. Para él,
dijera lo que dijera la Orientadora Colaboración daba
igual, Julia era Julia.
Llegó la hora de recogerla. Venía con un cuento en la
mano.
-¿Lo pasaste bien?.
-Estuve leyendo, tiene un gato blanco muy bonito.
También armamos un puzzle y escribí un cuento que
me inventé yo....Le expliqué a tu amiga otro cuentito
que no entendía....tomamos una Coca-Cola...¿podré
volver otro día?.
Julia salió contenta y feliz después de la corta
estancia en el piso de la Orientadora Colaboración.
Julia salió contenta y feliz de la corta estancia en el
piso de la Orientadora Colaboración. Se veía que tenía
buena mano para los niños, al contrario de la
Orientadora División, la Tutora Manipulación o la de
Refuerzo Conquista que se mostraban mucho más
distantes, tanto de los padres como de los alumnos.
Ana acordara quedar con su amiga en una cafetería
73
céntrica al día siguiente, después de la visita, para
hablar de qué le pareciera Julia como candidata para
realizarle un apoyo significativo para niños con
necesidades específicas. La confusión se había
adueñado de su mente. Juan intentaba eliminar esas
dudas que la martirizaban, mas todo lo que conseguía
era verse el mismo involucrado en ellas.
Regresó del encuentro muy contenta. La Orientadora
Colaboración encontrara en Julia a una niña inteligente,
con buena agilidad mental, que leía muy bien. Según
ella todo parecía normal para su edad, ni pensar en
hacerle una Adaptación Curricular Individualizada.
Por otra parte también le recalcó:
-Te pediría, si puedes, no comentaras nada de que yo
reconocí a la niña. No quiero tener problemas con ellas,
a veces vienen por el centro y....ya sabes.
-No te preocupes, no se enterarán -la tranquilizaba
Ana.
A todo esto, la niña cada vez sacaba mejores notas;
aunque no era de sobresaliente, se defendía como el
que más estando libre, desarrollándose sin las trabas
que le imponían desde el gabinete orientador.
La Tutora Manipulación desapareciera del centro
74
misteriosamente, justo después de la visita de los
padres de Julia al Inspector Organización. Notaban en
la niña el alivio que sentía de no sufrir su presión a
diario. Cuando la recordaba expresando su rechazo
hacia ella siempre era por cosas malas y mejorando a la
que llegó para sustituirla.
Pasó un año sin problemas. Llegaron las notas de fin
de curso. Aprobó todas. El camino estaba libre para
Julia, aparentemente.
75
Capítulo 12
El verano
El verano se presentaba feliz para ellos. Julia pasara
el curso entero sin que nadie se acordara de que
necesitaba apoyo escolar. Le tocara un Tutor Síntesis
Cultural excelente. Sabía de su problema y no
queriendo nada más que ayudarla, la proponía para salir
al encerado a menudo, leer en alto para toda la clase,
participar activamente en los grupos, valorarla en
positivo cuando proponía usar la imaginación,
puntuarle con justicia los exámenes que ahora
contestaba con normalidad...
Julia cambiara de manera más que evidente.
Con ayuda de su padre aprendió a andar en bicicleta
tan rápido que él mismo se quedaba sorprendido.
Todavía les vino a la mente cuando la Tutora
Manipulación sentenció las pocas capacidades
psicomotrices de la niña.
76
-La profesora de gimnasia también está quejándose
de que Julia no puede coordinar los ejercicios físicos
durante los ensayos.
Toda esta pesadilla estaba quedándose atrás, muy
lentamente, pero atrás.
Paseaban a la orilla de la playa disfrutando de la
normalidad tan luchada, iban al cine, quedaba con sus
amigas para pasar la tarde o practicando con los nuevos
patines que le había regalado su tía Begoña.
Juan no podía estar aún del todo tranquilo. Pensaba
en el pobre Samuel, el de los juegos de Julia hacía ya
tres años atrás, al que estuvieran sacando todo el año
pasado y los anteriores sistemáticamente durante el
transcurso de las clases, una hora al día para darle
quién sabe que clase de apoyo. ¿Sabían los padres de
ese niño si lo que firmaran fuera debidamente
estudiado? ¿qué personas valoraran a Samuel?. Lo
cierto era, según la misma Julia observaba , que el niño
en el aula no sabía hacer nada, los otros se burlaban de
él y el tutor Síntesis Cultural aceptaba su actitud sin
cuestionarse el transcurrir de la vida académica de
aquel alumno.
Julia también lo recordaba; a veces sacaba a Samuel
77
como tema de conversación. Ana le decía que no se
preocupara, que ya sus padres verían por él.
-Samuel está apartado cuando hacemos grupos en
clase. El profesor le pone otras actividades sólo para él.
¿Por qué hacen eso, mamá? ¿no será normal como los
demás?.
-Julia, si no fuese normal lo mandarían a un colegio
especial. Si está en el tuyo es que lo es, normal quiero
decir....anda no pienses en eso ahora, disfruta de las
vacaciones, que aprobaste todas las asignaturas.
La niña seguía intentando mantenerse encima de los
patines sin irse al suelo mientras los días de calor se
adueñaban del paisaje.
En la playa buceaba a placer y a la vez movía los
brazos con ganas, intuyéndose una buena nadadora en
ella. Se pasaba todo el tiempo en el agua.
-Esta niña es como un pato-. Se decían los padres
satisfechos mientras la vigilaban, tomando el sol.
La diversión preferida de Julia cuando estaba en la
casa seguía siendo el columpio azul que le preparara su
padre en el borde del garaje. Ponía la radio y se pasaba
horas columpiándose a placer. Él, desde la ventana de
la cocina o realizando las tareas en el amplio jardín, no
78
paraba de darle vueltas a porqué decidieran introducir a
la niña en un programa de integración para niños con
problemas e incluso discapacitados, como aquellos de
raza gitana o Berta, Síndrome de Dowm.
En un instante una luz pasó por su mente:
-¡María! ¡tuvo que ser María!. Probablemente habló
de nosotros en alguna ocasión con la Directora
Invasión Cultural. ¿Qué pudo haberle dicho de cómo
era nuestra vida cotidiana?. Seguro, de entrada, lo
mismo que a mí: esta niña vive con su abuela; y quién
sabe todo lo demás inventado por ella, producto de sus
divagaciones alcohólicas.
Juan no encontraba otra explicación lógica a los
hechos. El centro escolar estaba lleno de niños que
vivían en parecidas condiciones a Julia ¿entonces por
qué la eligieron a ella?. La equivocación a estas alturas
estaba más que demostrada. Si no fuera por la versión
de María....A lo peor también los eligen si ven que los
padres trabajan demasiadas horas y aprovechan la falta
de atención hacia sus hijos para captarlos....De
cualquier manera, la falta de escrúpulos de estas
personas con los alumnos es punible. Juan llegaba a la
conclusión de que se estaba cometiendo un delito, un
79
delito grave.
Consideraba ahora la posibilidad de plantear una
denuncia ante los juzgados de la ciudad. El Inspector
Organización tenía conocimiento de todo, sin embargo
solamente actuó para el caso de Julia, los demás
seguían en curso, ya que, excepto la Tutora
Manipulación, todos los docentes implicados
continuaban en sus puestos, subiendo y bajando las
escaleras de los centros, ignorando a Julia y a sus
padres al cruzárselos en el camino.
Juan rehusó en la idea de poner una denuncia,
temiendo una posible venganza sobre la niña por parte
de los implicados, viendo que seguían campando a sus
anchas sin verse afectada en ningún modo su
invulnerabilidad. Estarían disfrutando de las vacaciones
de verano mientras los niños afectados, en vez de jugar,
presentirán el comienzo del nuevo curso, durante el
cual alguien los presionará para que no puedan seguir a
los demás en las clases.
-Estoy seguro de que hay más casos. Esos padres
están siendo engañados de manera cruel. Intentaré
ayudarlos como sea. Muchos todavía tendrán solución,
otros quedarán marcados para siempre.
Capítulo 13
En el hospital
Ana aceptó un turno de fin de semana durante el cual
se pasaría el Sábado y el Domingo fuera de casa. Era
bueno en el sentido de que podría atender mejor a Julia
durante los días lectivos. Lo peor fue tener que
empezar ese mismo verano, de lo contrario perdería la
oportunidad.
Juan y Julia alternaban las estancias entre su casa y la
de la abuela. Se aburrían bastante y la niña quiso ir a
patinar a una pista cerca de la playa donde practicaban
muchos niños ése y otros deportes. El padre la vigilaba
a la vez que se daba unos paseos por el lugar o leía un
libro o el periódico.
Julia lo hacía de maravilla cogiendo confianza
paulatinamente; tanto que una tarde realizó una de
aquellas figuras artísticas apoyándose encima de una
pierna. Cayó mal y se la rompió. Tuvo que venir la
82
ambulancia para llevarla al hospital. El verano estaba
chafado, pero el deporte es así; tenían que tener
paciencia. Ana salió del trabajo con el consiguiente
disgusto. Los médicos lo confirmaron: la tibia y el
peroné estaban rotos y menos mal que no tuvieron que
operarla, los huesos no se habían desplazado por el
momento. Allí estaban bien atendidos, lo peor era tener
que quedarse a dormir en un pequeño sofá. Ana quería
hacerlo siempre durante los primeros quince días que
estuvieron en el hospital. Al fin los dejaron irse a casa
en espera de la evolución de la fractura. Todas las
semanas revisión. Las dificultades para entrar en el
coche eran grandes; se le hacía complicado pero no
quedaba otro remedio.
Pasaron dos meses. Fueron a hacer una última
radiografía para sacar la escayola ese mismo día si todo
estaba bien y....sorpresa, el peroné desplazado de la
posición de donde debería estar.
Vuelta a ingresar; esta vez tendrían que operar para
ponerlo en su sitio. Las cosas ahora volvían a torcerse
para Julia, le pronosticaban otros dos meses como
mínimo de reposo ya que, según el traumatólogo, el
peroné había de sujetarlo con placas de platinum, un
83
metal especial usado para estas operaciones. De
momento, y con suerte, perdería ya el primer mes del
próximo curso. Suponía un gran tropiezo dadas las
circunstancias anteriores y era casi seguro de que la
cambiaran de tutor. Temían a si el que le tocara fuera
parte de la trama y por demostrar el buen hacer de los
anteriores, pudiera perjudicar a Julia de alguna manera.
Los efectos psicológicos de lo pasado comenzaban a
mostrarse en los padres. Intuían problemas por todas
partes. Ya no se fiaban del sistema educativo.
Estas dudas se estaban instalando en sus mentes.
-¿No se equivocarían los médicos e intercambiaron
las radiografías con las de otro accidente?.
-¿Retendrán a la niña para practicarle una operación
falsa y así cobrar el dinero correspondiente?.
Las preguntas iban tomando forma durante su
estancia en el hospital. Los días pasaban sin que nadie
les informara de cuándo llevarían a cabo la
intervención. Por la habitación pasaban los pacientes
con diferentes afecciones: infección de garganta,
operación de apendicitis, un brazo roto en el parque,
anemia, otra operación de apendicitis, esguince
agravado, dedo roto, operación para corregir defecto en
84
los pies...
Se superaron las tres semanas y nada, no encontraban
la manera de salir de aquella habitación.
Los doctores aseguraban que el retraso era debido al
desarrollo del hueso afectado, el peroné, y observando
su crecimiento sabrían la posición correcta para las
placas de platinium. Sonaba extraño, pero era así. Ellos
no entendían de medicina y menos en esa especialidad.
Ana descubrió que tenía un familiar doctor
trabajando en el hospital; consiguió localizarlo. Le
prometía hablar con el traumatólogo encargado de
operar a Julia. Al día siguiente estuvo en la habitación
diciendo que todo iba bien, que tenían previsto operarla
pronto, cuando hubiese espacio en el quirófano. La
espera se hacía eterna. El verano avanzaba dejándolos
atrás sin poder disfrutar de él. El accidente ocurriera a
principios del mes de Julio; Septiembre estaba
acercándose demasiado, trayendo consigo el comienzo
de las clases.
Por fin, un buen día de mañana entró el jefe de
traumatología en la habitación de Julia en el hospital.
-Bueno, las placas llegarán el próximo Jueves y
entonces tendremos todo preparado para ponerte esa
85
pierna en condiciones de volver a patinar. Hoy es
Lunes; una semanita más y te podrás ir a tu casa.
Recibirían la noticia con entusiasmo de no ser porque
llevaban ya un mes en el sanatorio. Desconfiaban de si
sería cierto. Tres meses con una pierna rota y todavía
esperando una operación, desesperaban a todos. Ana
tuvo que pedir ayuda a su familia para que le echaran
una mano y quedarse con Julia alguna noche. Juan
volvió al trabajo; sus días libres se habían terminado.
Llegó el esperado y a la vez temido Miércoles,
víspera de la operación, ya que la niña no pudo comer
en todo el día, además de soportar el suero que le
pusieron en vena para prepararla.
Julia de portaba de manera ejemplar aceptando todo
sin protestas. Sus padres descubrieron lo fuerte que era;
incluso veía directamente a la aguja cuando se la
clavaron en el brazo y aquella escena no parecía
impresionarla en absoluto.
-Cuando seas mayor valdrás para enfermera, médico,
o cualquier profesión relacionada con ayudar a los
demás...- Julia sonreía satisfecha de sí misma ante los
halagos a su valentía. A las nueve de la mañana del día
siguiente, Jueves, estaba previsto que vinieran a
86
buscarla para llevársela a quirófano.
El jefe de traumatología y el traumatólogo encargado
de operar a Julia entraron en la habitación a las diez de
la mañana. El primero se dirigió a Ana y a Juan que
esperaban impacientes por la tardanza.
-É que temos un problema. Non nos chegaron as
placas de platinium. Chamamos a empresa encargada
de fabricalas pero dis cá culpa está sendo da empresa
de transportes. Non saben o que puido
pasar....Sentímolo moito, pero temos que pospoñer a
operación namentras non cheguen. Xa lles avisaremos.
-¿Pero cómo dice qué...?.
El traumatólogo permanecía serio sin decir
absolutamente nada; sólo hizo un gesto de comprensión
hacia Julia, moviendo la cabeza. Después salieron de la
habitación.
Ana y Juan veían como se marchaban dejando allí a
su hija con los sueros colgados y sin dar más
explicaciones. Al cabo de quince minutos apareció una
enfermera que se los retiró y le trajo algo para comer.
Los padres tardaron un buen rato en reaccionar,
aquello los superaba por el momento, estaban cansados.
Por la tarde apareció la abuela a visitar a su nieta. Ya
87
estaba informada de los hechos a través del teléfono,
así que entró preparada para ayudarlos a salir de
aquella situación tan desagradable.
-He estado preguntando adónde hay que dirigirse
para hablar con el director del hospital. Es en la planta
baja. Dirigiros a él o ella, quién sea, y contarle lo
sucedido para que haga algo y operen de una vez a
Julia.
-Está bien, gracias mamá. Ahora mismo bajo y lo
pongo a andar, ya verás.
Juan sacaba fuerzas de flaqueza bajando las
escaleras. Había decidido no coger el ascensor
pensando en tener tiempo para decidir lo que iba a
decirle y cómo plantearle el problema.
-¡Juan, espérame, voy contigo!- Ana corría tras él
para acompañarlo.
Al fondo de un largo pasillo al que llegaron gracias a
la información de un celador, proporcionándoles un
atajo, estaban los despachos de dirección. Tres mujeres
jóvenes trabajaban en una sala, sentadas cada una en su
mesa con computador.
-Buenas tardes. Queremos hablar con el director del
hospital.
88
-Yo soy la subdirectora. ¿En qué puedo ayudarles?.
-Nuestra hija hace más de un mes que está en su
hospital, esperando por una intervención de peroné.
Ayer la prepararon para ir a quirófano pero hoy
aparecieron diciendo que no podían realizarla; no
tienen los aparatos necesarios en el hospital. La niña
estuvo todo el día y toda la noche sin comer, con
sueros...-Juan intentaba mantener la calma esperando
una respuesta favorable.
-Lo siento, de estos temas se encarga la directora.
Hoy no vendrá; vuelvan mañana a primera hora, por
favor. Pregunten por Azucena Álvarez-. Ana, que
permanecía cerca de la puerta se adelantó diciendo:
-Le diré que esto me parece insoportable. Es una niña
de diez años y por culpa de su mala organización
perderá muchos días de colegio. Ya no soporto más el
estar tantísimo tiempo durmiendo en el hospital, mi
marido tiene que ir a su trabajo. Tienen que darnos una
solución hoy mismo....por favor....
-Si yo los comprendo, pero entiéndanme ustedes a
mí. La responsable en temas de este tipo es la directora,
no yo. Lo que si puedo hacer por ustedes es llamarla
para que sepa hoy mismo del caso. No se preocupen;
89
haré todo lo que esté en mi mano. Mañana a primera
hora vuelvan por aquí y seguro que les atenderá. Tal
vez tenga ya una solución.
-Lo que pienso es que no se puede tratar así a los
niños en un hospital. Dejarlos sin comer para una
operación que después no se realizará, hacerles tomar
los sueros sin necesidad....esto es denigrante, vamos-.
La subdirectora escuchaba las últimas palabras de Juan
con una expresión entre el susto y el incordio.
Volvieron para la habitación. Julia ya no tenía
colocados los molestos sueros que le habían puesto por
equivocación. La abuela la acompañaba sin expresar su
profunda preocupación e intentando animar a su nieta,
que esperaba ilusionada la operación; tenía muchas
ganas de salir de aquella pesadilla cuanto antes. Julia
era muy valiente, no se quejaba de nada, sin embargo le
había afectado bastante la negligencia.
-Es que no llegaron las placas Julia, no te preocupes,
estas cosas es normal que pasen, a lo peor el camión
que las traía se averió por el camino y no pudo llegar a
tiempo ...- Ana intentaba animar a su hija que
permanecía seria mirando al fondo de la habitación.
Los vecinos de la cama contigua también trataban de
90
entretenerla, pero el haber estado tantas horas con los
sueros puestos para nada, y la larga estancia en el
hospital, comenzaban a hacer mella en su carácter
alegre y valiente.
A Juan se le planteaba otra situación límite. En un
ataque de inspiración decidió que todo aquello tenía
trazas de poder acabar en un desastre para el peroné de
Julia. Se fue escaleras abajo en busca del doctor
encargado de la intervención.
Preguntó en información dónde podría encontrarlo y
exigiendo hablar con él inmediatamente, cosa que le
negaban con rotundidad.
-Me quedo aquí esperando a que venga. Ya pueden
pasar días, incluso semanas, que no me moverán-.
Amenazaba con su presencia constante, decidido.
-El doctor está ocupado, no lo puede atender ahora.
Pida su cita como hace todo el mundo-. Se disculpaba
la de información metiéndose adentro del despacho,
esperando a que se fuera Juan, ignorándolo.
-¡Mi hija lleva más de un mes en este hospital con
una pierna rota! ¡nadie la atiende! ¡necesito ayuda!.
Las personas pasaban por el pasillo y en las
habitaciones varios enfermos se erguían de sus camas
91
para atender a lo que decía aquel hombre. Nadie
increpó a Juan. Pensó que lo comprendían.
La de información salió de su escondite visiblemente
contrariada, abandonando la animada conversación que
mantenía con un compañero en el interior; éste ni se
asomaba.
-Me está obligando a llamar a seguridad.
-¡Llámelos, a lo mejor ellos me resuelven el
problema! ¡está claro que usted no está capacitada para
ayudarme!.
-No es una urgencia, si lo fuera le ayudaría, pero no
lo es. Su hija ya está atendida en el hospital.
-¡Es una urgencia! ¡le digo que mi hija está
abandonada en este hospital con una pierna rota y nadie
la atiende!.
De pronto alguien se paró al lado de Juan.
-¿Qué ocurre, puedo ayudarle en algo?.
-Sí, por favor, necesito ver urgentemente al médico
que lleva el caso de mi hija Julia.
-No se preocupe, yo soy médico, espere aquí que
ahora mismo se lo digo. ¿Quién es?.
El hombre de la bata azul claro apuraba el paso
desapareciendo por los pasillos del hospital. Había
92
comprendido la situación de Juan, y aunque lo de su
hija no fuera exactamente cierto, sí lo era que
necesitaba un médico dado el estado nervioso en que lo
encontró.
En unos minutos se presentó acompañado del
traumatólogo que operaría a Julia.
-Tranquilícese. Vamos a ese despacho. Hablaremos
de su caso, pero debe tranquilizarse o no nos
entenderemos.
Los dos doctores se sentaron con Juan en una mesa
con computador. El primero seguía intentando
convencerlo de que se tranquilizara. Él ya lo estaba
porque había conseguido su objetivo de tener al
traumatólogo frente a frente. Este manejaba el
computador al tiempo de intentar conversar
amigablemente con Juan.
-¿Cómo es posible que mi hija pase mes y medio en
un hospital esperando la operación de un simple
hueso?.
El doctor giró la computadora donde se mostraba una
radiografía de una tibia y un peroné rotos. La primera
se presentaba sana, el otro realmente partido en dos.
-¿-Lo ve?. El peroné se ha desplazado al
93
desarrollarse durante la convalecencia de su hija. Tal
vez la niña tuviera otra caída o algo que lo forzara a esa
nueva posición...
-No, Julia ha estado quieta en todo este tiempo.
Además el golpe tendría que ser muy fuerte para que el
hueso se desplazara de esa forma, ya que llevó escayola
en la zona de la rotura.
Juan había visto todas las radiografías hechas hasta
ahora y aquella pierna no parecía pertenecer al mismo
accidente. Se veían los huesos amarillentos, como si
sucediera un derrame después del golpe. En las de Julia
se presentaban de un blanco inmaculado y la fractura
solamente era una línea imperceptible en medio de la
longitud de ambos.
-Tendremos que poner unas placas de platinium para
unirlos y esperar un par de meses a la recuperación
total; para eso he tenido que encargarlas a una empresa
especializada. En cuanto tenga todo el material
preparado en el quirófano, se hará. No debe
preocuparse; de todas formas tiene que pensar una
cosa....a este hospital llegan todos los días casos
mucho más graves que el de su hija, con huesos
realmente deshechos. Tengo que darles prioridad, como
94
comprenderá.
-Al lado de la habitación de Julia un paciente esperó
un día para que le corrigieran un defecto en los pies.
¿También era más importante que lo de mi hija?.
-Es que ese paciente venía con cita previa y eso no se
puede cambiar-. Se disculpaba el doctor.
-Muy bien, quiero que operen a mi hija y déjenla
perfectamente; es lo único que me importa, estoy un
poco harto-. Juan volvía a ponerse nervioso.
-No se preocupe, he hecho cientos de operaciones
como esta y nunca tuve problemas, todo saldrá bien.
Salieron juntos de la estancia. La envergadura física
de ambos hacía volver la cabeza a los enfermos al pasar
por las habitaciones del hospital. Al final del largo pasillo se separaron sin despedirse.
95
Capítulo 14
La operación
Juan subía ahora por el oscuro callejón lleno de
escaleras y descansillos que era el atajo, hacia la
habitación. Se paraba en ellos para escuchar los
pensamientos que invadían su mente.
Berta, la Síndrome de Dowm, lo llamaba implorando,
produciendo los sonidos típicos de estas personas.
A la vez su hija Julia le suplicaba:
-¡Ayúdala papá!. ¡Ayúdala papá!.
Escuchaba los gritos de los enfermos bajando por los
escalones. Se sentía culpable de haberla sacado de
aquel colegio, tal vez perjudicando a Berta.
-¡Lo qué es usted, es un racista. No quiere que su hija
esté con los gitanos o los Síndrome de Dowm!.
Las palabras acusadoras de la Directora Invasión
Cultural resonaban mientras subía los escalones aprisa,
pero Juan, conscientemente, estaba decidido a ayudar a
Julia. Se sobreponía a sus pensamientos decidiendo ir
96
directamente a entrevistarse con el jefe de
traumatología en su despacho. Estaba consultando, sin
embargo ordenó que Juan pasara de inmediato.
-Ya le dije que su hija será operada tan pronto
recibamos las placas de platinium.
-La niña está muy mal, le afectó mucho el
aplazamiento de la operación. Estaba todo el tiempo
contenta; ahora no habla y parece entristecida. Tiene
que enviarme un psicólogo infantil para ella, y cuanto
antes-. El jefe de traumatología se giró avanzando un
poco, sin darle la espalda y cambiando la expresión a
sumamente preocupado.
-Está bien; puede que tenga razón....pero créame que
no ha sido culpa nuestra. La empresa encargada de traer
las placas no cumplió bien su trabajo. Le mandaré al
psicólogo infantil, no se preocupe.
Juan volvió a la habitación mucho más tranquilo.
Cuando llegó, Ana estaba sentada con Julia que
permanecía seria e inmóvil en medio de la cama. Su
camisón blanco inmaculado y la pierna con la escayola
saliendo de entre las sábanas, hicieron que él le diera
un beso en la mejilla a la pequeña.
La madre lo miró con los ojos muy abiertos y ojeras
97
negras. Se sentía muy cansada por tener que dormir
todos los días en aquel incómodo sofá.
La escuela hacía tiempo que comenzara el curso.
Julia iba una hora a clase en el hospital, pero no era en
absoluto suficiente.
-Estuve hablando con una doctora en la cafetería y va
a venir a verte. Te trae unos cuentos y charlará contigo.
Ana y Juan salieron a tomar algo para poder hablar
de cómo evolucionaban los acontecimientos.
-Todo esto es muy raro. Que prepararan a la niña para
la operación y después aparecieran así, con las manos
vacías....¿qué estará ocurriendo?.
Las palabras salidas de boca de la profesora de Julia
en el primer centro, habitaban en el subconsciente de
Ana acompañándola en todo momento.
-Su hija no alcanza el nivel de los demás. Tiene
serias dificultades en el aprendizaje.
-No sé, tranquilízate. Todo se solucionará. O le
arreglan la pierna a la niña, o se la rompo yo a ellos- se
envalentonaba Juan para darle seguridad.
Varios doctores y enfermeras acudían a tomar un
café. Ellos los veían desconfiando si tramarían algo en
su contra, sabiendo que sus compañeros estaban
98
teniendo dificultades en este caso. Creían que los
observaban, tal vez intentando aprovecharse de sus
circunstancias.
Apuraron las consumiciones y salieron de la cafetería
con la sensación de que vigilaban sus espaldas. Querían
llegar a la habitación para comprobar como Julia
hablaba normalmente.
-Tiene dificultades incluso con el lenguaje hablado-.
La niña le contara de que en algunas de las clases de
apoyo le enseñaba a hablar una señora.
-Es aquella mamá-. Le señaló a su madre un día
cuando fue a buscarla al colegio. Ana preguntó a las
otras madres qué daba esa profesora.
-Es la logopeda del centro; enseña a hablar a los
niños que pronuncian mal.
-Julia ha estado recibiendo clases para aprender a
hablar correctamente sin que nosotros llegáramos a
saberlo, Juan.
Subían ahora en el ascensor intentando mentalmente
que este fuera más rápido. Hacía una hora que salieran
y Julia se quedara con la compañera de habitación y sus
acompañantes, dos jóvenes encantadoras.
-Estuvo aquí el doctor. Me operan el próximo
99
Martes. Ya vinieron las placas para la pierna. Esta vez
dijo que era seguro...- Juan observaba a su hija
tratando de encontrar alguna justificación para que la
hubieran mandado al logopeda; pero nada, pronunciaba
bien todas las palabras.
-(Tal vez la s....pero si sólo se le escapa un poco de
aire entre los colmillos...)- pensaba.
Llegó el Lunes. La dejaron sin comer y a la tarde
volvieron a última hora para ponerle los sueros con el
alimento y las medicinas. No tuvo que hacer las
pruebas de la anestesia; antes del error la sometieran a
unas exhaustivas.
El Martes por la mañana temprano aparecieron.
Allí estaban Ana y Juan para acompañar a Julia con
los camilleros.
Llegaron abajo nerviosos ya que la operación tenía
su importancia; por entre los huesos meterían una placa
metálica para sujetarlos y no volvieran a desviarse.
Julia tendría que permanecer con ellos varios meses;
incluso no aseguraban el que pudieran retirarse algún
día.
Julia viajaba en la camilla con expresión firme,
serena, dando una lección a sus padres de cómo
100
afrontar una situación delicada. Ellos la conocían,
sabiendo que lo único anhelado por ella era salir de
aquella incómoda situación lo antes posible.
-¡Esta niña es muy valiente!. ¡No te preocupes, por
aquí pasan patinadores a diario y salen con las piernas
como nuevas!-. La animaban los camilleros.
Después de esperar un tiempo que se hacía eterno,
apareció el anestesista. Inyectó a los otros tres
pacientes de la antesala de operaciones. Llegó a Julia,
que se fue quedando dormida ante la mirada atónita de
sus padres. Se la llevaron rápidamente. Ellos tenían la
sensación de que su hija había traspasado el umbral de
la realidad, introduciéndose en otra dimensión, de
donde no sabían si, tal vez, nunca regresara.
Juan estaba seguro de que todo saldría bien. Cruzara
una mirada con el traumatólogo antes de entrar en la
antesala, se dirigía a su trabajo. Lo recordó,
insuflándole tranquilidad.
-Esperen en el pasillo número uno. Cuando termine
la operación les avisaremos y podrán ver a su hija
mientras se despierta-. Explicaba la enfermera con
expresión preocupada. Quizás en ocasiones hubiera
tenido que entregar malas noticias y nunca se había
101
recuperado del todo.
Ya en el corredor, pudieron entretenerse con una
gente que iba llegando poco a poco a la puerta de una
consulta relacionada con el esqueleto humano. Alguien
diera mal las citas enviándolos allí. Sus afecciones no
tenían nada que ver con lo que anunciaba el cartel. La
ayudante del médico los despedía, a unos
disculpándose, a otros riéndoles las gracias que hacían
sobre el equívoco; además ocurrió que a los verdaderos
los enviaran a quién sabe qué otra parte del hospital.
Los que no aceptaban la confusión salían refunfuñando
con la cara roja de ira.
De pronto se abrió una puerta. Juan pudo ver el
interior de una estancia. Tres cuerpos enormes y
aparentemente hinchados yacían encima de unas camas
puestas en posición casi vertical, a bastante altura del
suelo. De momento no pudo distinguir si vivían;
estaban conectados a unas máquinas con luces
parpadeantes. En seguida dedujo que pudiera ser un
lugar destinado a postoperatorio. Pensó en Julia. ¿Qué
estaría ocurriendo dentro?. Aún pasara muy poco
tiempo; miró a Ana, que desafiaba a un punto fijo en la
pared para distraerse.
102
-¿Por qué puerta saldrá?.
-No lo sé, hay que esperar. Todo irá bien, no te
preocupes.
Justo al lado de donde estaban se abrió otra puerta.
Una enfermera salía marcha atrás.
-¿Los padres de Julia?- preguntó.
-¡Nosotros, somos nosotros!- respondieron ellos.
-La profesora de gimnasia también me ha dicho que
tiene dificultades para coordinar movimientos. El
trabajar con ella dentro de un grupo se hace
complicado...- Las palabras de la Tutora Manipulación
resonaban con fuerza dentro de aquel pasillo para ellos.
A la vez salía ya el principio de la camilla en la que
transportaban a Julia, que aparecía detrás de una barra
con unos sueros colgando.
La enfermera los recibió con cara de satisfacción.
-Ha salido todo bien, está perfectamente.
-¿Sí? ¡menos mal!. Qué momentos más
angustiosos...
Las voces de los pasillos desaparecieron para dar
paso a una enorme paz interior. Julia aparecía
despertándose; no habían pasado ni cuarenta y cinco
minutos desde el comienzo de la operación.
103
Dirigió una mirada a sus padres como diciendo:
-Estoy perfectamente.
El traumatólogo surgió desde la otra dimensión de la
puerta.
-No he tenido que ponerle las placas. Eso ya está
unido. Mañana se pueden ir del hospital. Enviaré al
pediatra para que les firme el alta.
-¿No necesitó los hierros?. ¡Qué bien, entonces
pronto podrá andar!- le agradecía Juan.
-No,no,no, eso ya está curado. Se va sin escayola. Le
he puesto una venda que debe cambiar una vez a la
semana.
Ana no lo miraba a él; escuchaba a la Orientadora
Colaboración cuando le decía:
-Le he hecho varias pruebas y te diré que tu niña no
es una candidata para hacerle un refuerzo
personalizado, ni mucho menos.
Una inmensa alegría interior la llenaba en aquellos
momentos. Se le vinieron las lágrimas a los ojos y
abrazó a su hija.
La pesadilla parecía haber acabado.
Juan no cumpliera aún con la cita de la directora del
hospital. Más tarde bajó a pedir una nueva. Se la dieron
104
enseguida y ella anotó en unos folios todo aquello que
Juan le relataba.
Pasaron varias horas y al fin se despidieron dándose
la mano.
Al día siguiente por la mañana, el pediatra acudió a
entregarle el parte de alta y aconsejarlos.
Julia estaba feliz de nuevo agarrando un cuento que
le había regalado la psicóloga infantil, sin embargo,
Ana permanecía pensativa. La confusión luchaba
contra la cordura dentro de su mente.
Se acercó a la ventana de la habitación para ver
enfrente a seres humanos en otras partes del hospital.
Cuidaban de los enfermos. Gente que todavía no
pudiera arreglar sus problemas. Le gustaría ayudarles,
pero eso no era posible.
Mientras recogía la ropa de Julia recordaba lo
ordenado por la Orientadora División delante de la
Directora Unión.
-Si no le gusta como trabajamos en este centro,
váyanse a otro; es lo mejor que pueden hacer.
El sanatorio era también público, del estado, y temía
que antes de salir por la puerta principal, alguien le
cerrara el paso indicándole que las cosas aún podían
105
torcerse.
El alguien que le avisaba no iba desacertado.
Juan permanecía alerta, con los cinco sentidos
puestos en la defensa de su hija.
-Para llevar a cabo una Adaptación Curricular
Significativa con un alumno, todos los interesados
deberán ponerse de acuerdo: padres, tutores,
orientadores y personal médico; de lo contrario no debe
aprobarse.
Una equivocación en este sentido puede tener efectos
demoledores, tanto para el menor, como para sus
progenitores.
Juan luchaba en su interior para que no les ocurriera
a ellos. Había sido sometido a una dura prueba. Él
podía controlar sus sentimientos, Ana dudaba. Los
esquemas aprehendidos durante su juventud, aún en
vida de las tías maestras, enalteciendo la figura de la
madre muerta, también docente, no le permitía aceptar
plenamente las conclusiones de Juan; a pesar de estar
comprobando la mejoría de Julia.
De pronto lo atacaba, llegando a insultarlo.
-Lo que tú dices no puede ser cierto. Es una locura
porque tú estás loco.
106
-Pero Ana....lo importante es que Julia está bien.
¿Ves? Ahora aprueba todo, la pierna le quedó bien.
Piensa eso, no me culpes a mí.
Sin darse cuenta la discusión se le iba de las manos y
la pobre Julia tenía que soportarlos sin saber ni de qué
hablaban. La relación se deterioraba paulatinamente.
Algunas veces Juan, cuando estaba solo tratando de
encontrar soluciones, pensaba:
-¡Malditos!... Encontraré la manera de vengar el
daño que habéis hecho.
Ana, por otro lado, también tenía que aceptar la
evidencia, entonces juntos tramaban hacer daño. No era
raro encontrarse con la Directora Invasión Cultural o la
de Refuerzo Conquista, además de con la Orientadora
División, ya que transitaban por el mismo pueblo. En
horas lectivas las podían ver entrar en una cafetería o
comprando el periódico mientras Julia estaba
convaleciente. Pronto volvería al colegio; allí la
esperaban nuevas sorpresas.
Llegado el día habían decidido ya olvidarse de todo
lo pasado. No convenía dar a entender que estaban
dolidos. Julia seguía en sus manos, aunque el cambio
de curso y profesores los invitaba a relajarse.
107
Capítulo 15
La vuelta al colegio
Juan subía las escaleras del interior del centro escolar
donde Julia había obtenido tan buenos resultados el año
anterior, prescindiendo del refuerzo educativo.
La niña se ayudaba de dos muletas para hacerlo y él
la sujetaba por las axilas por si se resbalaba.
Se produjeran algunos cambios. Un nuevo director
ocupara el puesto de la Directora Unión aunque aún no
se celebraran las elecciones para el cargo. Era el tutor
de Julia del año anterior, que tanto la había animado.
Las cosas se presentaban bien para ellos. La anterior
dirección, aunque representara un papel moderador en
ese caso, tendría que asumir responsabilidades si se le
pidieran. Además sabía que el sistema para captar niños
para Adaptaciones Curriculares Significativas seguía
funcionando. Arriba de la escalera, en el segundo
descansillo, apareció plantada la nueva tutora. Era una
108
mujer de una cierta edad, muy bien arreglada.
Ana y Juan habían hablado ya con el nuevo director
para tratar el tema del estado de la niña. Él les
asegurara que si no podía subir las escaleras le
habilitarían una clase en la planta baja. El día que
llegaron pasaran tres meses desde el comienzo del
curso. Lo cierto fue que nadie salió a recibirlos, a pesar
de saber que llegarían un poco después de los demás,
para poder subir tranquilamente.
Se quedaron algo desilusionados porque pensaban
encontrar algún ayudante de entre los profesores, o el
mismo director. Éste había sido su tutor el año anterior
y avanzara muy bien con él, sin embargo hoy notaban
su ausencia. La nueva tutora se dirigió a ellos desde la
parte alta, en el descansillo.
-Buenos días. ¿No puede subir por sí sola?.
Ayudándola nunca conseguirá venir por su propio pie
hasta arriba.
Aquel recibimiento no pareció correcto a Juan.
Consultando las leyes se informara:
Cuando un alumno presenta dificultades de
movilidad, es el centro quien debe poner los medios
para que éste pueda recibir las clases normalmente.
109
-El médico dijo que tuviéramos mucho cuidado
durante el primer mes después de la operación. El
hueso continúa uniéndose y una fractura sería muy
complicada de reparar; así que seguiré ayudándola a
subir hasta que esté bien curada.
-Ah bueno, si es así de acuerdo.
Se dirigía arriba esperándolos para indicarle donde
estaba la clase de Julia. Una vez dentro mostró a la
alumna su sitio sin ni siquiera cogerle la cartera.
Juan aparcó las muletas al fondo de la clase e indicó
a Julia que esperara arriba a que él llegara para
recogerla, no se le fuera a ocurrir bajar las escaleras sin
ayuda.
Entonces intervino la nueva tutora:
-No se preocupe, váyase tranquilo, nosotros
estaremos pendientes.
Ana delegara en Juan la tarea de llevarla a la escuela,
ya que tenía fuerza suficiente para sujetar a Julia en
caso de caerse al ir subiendo. Su clase estaba en el
tercer piso; una caída resultaría fatal a esas alturas del
curso, sin contar con el sufrimiento posterior.
Poco a poco se fueron adaptando a la nueva
situación. Julia se movía con dos muletas además de
110
necesitar la ayuda de sus padres al caminar. No sentía
dolor y se veía contenta de estar superando los
problemas.
Cuando pasaron la última revisión al mes siguiente,
el traumatólogo la mandó salir andando sin muletas
desde su consulta. Le decía que se esforzara porque si
no podría quedársele la pierna presa en aquella
posición. La gente que esperaba fuera le aconsejó a
Juan y a Ana el que le dejaran apoyarse durante más
tiempo, al menos en una muleta, que los médicos
hablan mucho....lo cierto era que Julia sin ellas no
podía dar apenas un paso por los pasillos del hospital
mientras se iban.
Aquel avance fue positivo para su convalecencia y
pronto se defendía con una, incluso dando paseos por
la playa.
El traumatólogo los atendía con amabilidad y
atención cada vez que tenían que visitarlo. Pensaban en
la directora del hospital; les daba la impresión como si
hubiera impuesto su autoridad sobre él.
Julia, centrada ya en las tareas propias de los niños
de su edad, estaba ahora bastante preocupada por
alcanzar a sus compañeros de estudios. Le llevaban tres
111
meses de adelanto, por lo que sus padres decidieron
contratar a una chica para ayudarle con los deberes en
casa, a pesar del desembolso económico.
Traía exceso de deberes desde las materias que
estaba impartiendo la tutora. Ésta continuaba con la
técnica de esperar todas las mañanas en el descansillo
del segundo piso. Julia y su padre aún subían de
últimos para evitar el tropel de niños escaleras arriba.
Durante unos días les estuvo exigiendo el informe
del hospital conforme era cierto que no pudiera asistir
al colegio por tener una pierna rota, asunto más que
evidente...
La profesora de gimnasia era la misma de hacía dos
años, y también insistió en necesitar dicho documento
para hacerla exenta de la asignatura.
Ana y Juan lo pidieron en el hospital. Allí parecían
tomárselo con calma. La tutora dejó de incordiar al
cabo de dos semanas.
Cuando al fin los llamaron por teléfono para que
fueran a recogerlo, las fechas estaban cambiadas en
cuanto a la realidad, pero ellos estaban hartos y
decidieron entregarlo tal cual.
112
Capítulo 16
En el conservatorio de música
Ana llamó a su amiga Begoña para disfrutar de esos
grandes momentos que ofrece la vida; es tomar un café
con alguien a quien quieres desde siempre, al que no
tienes la posibilidad de ver todos los días, y solamente
unos pocos pueden decir.
-Quedé para tomar algo con Begoña y hacer unas
compras. Pronto vuelvo.
Ana trabajaba un sinfín de horas en un centro
dedicado a cuidar niños con autismo. Le contaba a Juan
lo inteligentes que pueden llegar a ser algunos, como el
que si le dabas el mes y el número, te decía el día de la
semana correspondiente, y eso entre todo el año...
Lo malo era que mientras lo calculaba se le movían
los brazos de un lado a otro, y sacarlo de la cabeza sería
para él como desprenderse de parte de sí mismo, a
juzgar por el gesto de su cara.
La confusión se instalaba en la mente de Ana. Tal vez
Julia padeciera algo y ella no lo quería aceptar. No era
113
la primera vez que escuchaba decir a su alrededor:
-Es que algunos padres no ayudan a sus hijos con
problemas, porque no asumen que los tenga.
Mientras charlaba con Begoña recordaba lo que le
había contado sobre su hijo Adrián. Le hablaban de su
niño como alguien especial; el mismo del que hoy
contaba sus travesuras de muchacho normal; y que
decir de sus calificaciones escolares....no daba más que
alegrías. Pero Ana no le contó su caso, tal vez para no
hacer daño a Begoña sabiendo lo que ya sufriera.
Tampoco estaba segura de Julia, de que no fuera cierto.
Se lo diría en cuanto todo hubiera pasado.
Cuando llegó a casa al anochecer, Juan intentaba que
su hija llevar todos los deberes hechos. Hacía ya varios
días que se pasaban horas trabajando después del cole.
Julia al terminar estaba agotada y lo peor era que la
tutora no los corregía, sólo comprobaba si los llevaban
acabados.
-Esta profesora manda muchos deberes, Ana. Julia no
puede sola con todo. Mira los de ayer y anteayer, no
corrige, pero la niña dice que da unas reprimendas
enormes a quien no los lleva hechos.
Ana, aunque luchaba contra ello, culpaba a su hija, le
114
reñía para que trabajara más. No aceptaba que tal vez el
error no fuera de ella. Se irritaba visiblemente llegando
a vociferar.
Juan atendía a todo comenzando a hilvanar los
hechos. ¿Cómo era posible que las cosas tendieran a
torcerse para ellos de aquella manera?.
Cuando pensaba que había enderezado el barco, este
volvía a hacer agua amenazando con hundirse. No se
rindió. Cavilaba día y noche tratando de disculpar la
vida de algunas personas y lo bajo que pueden llegar a
caer defendiendo sus intereses.
Ana le exigía a Julia la demostración de sus
capacidades sin decírselo a nadie.
La matriculó en el conservatorio de música, en la
ciudad. Las pruebas eran duras y difíciles de pasar.
Solamente un niño con capacidades normales o altas lo
conseguiría y no tenía ningún contacto para amañar la
admisión; pensaba que si Julia las superaba nunca más
se plantearía la duda.
Julia no fue admitida. En la lista que expusieron era
la número cincuenta y cuatro de cien; no estaba
descartada para la posterior selección de instrumentos.
Ana se encontraba muy contenta y animada. Juan
115
seguía atento a los acontecimientos.
Pasaron varios días. Llamaron desde el conservatorio
para decirle que encontraran una plaza para ella en
saxofón, que era el que Julia eligiera. La alegría fue
inmensa, todo aquello la situaba definitivamente en la
categoría de los capacitados intelectuales.
Ana y su hija acudieron a formalizar la matrícula. La
gente que esperaba hacía cola ante los despachos para
rellenar el papeleo oficial. Ante una de las puertas
abiertas, esperando su turno, pudieron adivinar la
corpulenta figura de alguien conocido para ellas. Esa
persona también acompañaba a una niña de la edad de
Julia que había sido admitida en la escuela de música.
-Mamá, está allí la directora con su hija.
Ana volvió la cabeza pensando que se trataba de la
Directora Unión, pero no; la Directora Invasión
Cultural lucía orgullosa ante los despachos las altas
capacidades de su niña rubia, como Julia y también
como Adrián, como Samuel y quién sabe como cuantos
otros niños acosados por maestros de su escuela. La
escuela de los malditos aprovechados usando a sus
alumnos de carnaza para poder vivir mejor. Los que por
aumentar su bienestar social y económico no tienen
116
escrúpulos de ver hundirse a una familia entera, siendo
capaces de apartar a un ser indefenso de sus
compañeros para internarlo ante su fría presencia
durante una hora al día, sin tener más objetivos para
con él, que los de anularlo mentalmente, sumirlo en el
pozo de la desesperación de verse diferente el resto de
su vida.
Vaya adonde vaya arrastrará consigo la
documentación que acredita la incapacidad que
padece, con la que vino a este mundo. Será
indiscutible; sus propios padres la firmaron, pusieron el
sello, siendo otras víctimas de semejante despropósito.
Ana y Juan hablaban en estos términos de
madrugada, en el salón de su casa. Julia dormía.
Al día siguiente tenía cole. Allí estarán la
Orientadora División y la de Refuerzo Conquista
esperándola, o tal vez ignorándola a sabiendas de que
ya no le sirve de nada, fijando su interés en otros
inocentes que puedan llenar sus clases de Adaptaciones
Curriculares Individualizadas: ACIS.
117
Capítulo 17
La directora del hospital
Azucena Álvarez ejercía de directora en un hospital
municipal de la ciudad. El centro era enorme,
trabajando en él cientos de personas. Ella no podía
estar en todo; se le escapaban muchas reclamaciones y
temas pendientes de su aprobación. Sabía de casos
negligentes por descuidos o falta de profesionalidad;
sin embargo, lo que le contó Juan sobre su hija la hizo
meditar profundamente. Ella tenía nietos. Julia podría
ser uno de ellos.
-Me paso demasiado tiempo en el trabajo, yo
tampoco estoy pendiente todo lo necesario. El mundo
está lleno de casos increíbles y eso por culpa de que
nos descuidamos, y la confianza excesiva puede traer
sorpresas-. Meditaba analizando el caso de Juan.
Requirió al traumatólogo y a su jefe para hablar con
ellos. Los dos ostentaban poder en el hospital, uno
118
porque era muy bueno en su especialidad, el otro había
sido puesto en el cargo gracias a un político importante;
su currículum por si solo, no hubiera conseguido
llevarlo tan lejos.
-No quiero que vuelva a ocurrir. De ahora en
adelante tráiganme los informes de todos los niños que
traten, sin excepción. Yo soy la directora. Sobre mí
recaerá toda la responsabilidad de su ineptitud.
Perdonen, estoy bastante enfadada.
Azucena quería más que nada en este mundo a sus
nietos. Era una persona muy familiar y cariñosa.
Cuando llegaba a casa exhausta del intenso trabajo, no
podía pensar sino en Juan; en como el creer ciegamente
en su hija, le estaba librando de los problemas. Eso, a
su criterio y valores, lo hizo importante. En un segundo
decidió ayudarlo.
-No tengo conocimientos sobre el tema. Necesitaré
consultar algunos libros....no sé lo que podría hacer yo.
Es necesario, intentaré crear una novela, después
hablaré con Josema para que me la publique. Varios
favores le tengo hecho yo a él en el hospital; no se
puede negar.
119
Basándose en las anotaciones acerca de lo que le
había contado Juan, elaboró un relato como
buenamente pudo. Nunca fuera escritora, aunque
admiraba a los que sí podían contar historias a través de
una pluma. Encargaría a un amigo la corrección y
nuevos datos para el manuscrito.
Repasando la novela, sólo le quedaba una cosa para
terminarla: dirigirse al colegio de Julia y pedir los
informes al director o al inspector de su zona. Le diría
que si no se los dejaba ver volvería con los padres, que
se lo habían contado y no era nada más que por
curiosidad, por saber si pudiera ser cierto. Se acercaba
el mes de Septiembre y de ser así, muchos niños
volverían a sufrir. Sintió algo parecido al vértigo por
ellos.
De momento tenía que continuar adelante.
Capítulo 18
El examen
Una de las reacciones más típicas del delincuente es
la de afianzarse bajo una culpabilidad necesaria,
justificada, cuyo fin disculpa al medio como algo
120
estudiado a conciencia, no para hacer daño, más bien
evitándolo en lo posible.
El afectado ve en la acción un ataque, el otro la cree
necesaria a ese nivel; de diferente forma te produciría
un daño mucho mayor.
Julia llegó a la escuela al cabo de tres meses de
comenzado el curso. El sistema ideado para proteger su
aprendizaje se puso en marcha automáticamente.
Tras varios días enviando marcas rojas en las libretas
de la alumna, resaltando sus déficits, la nueva tutora,
componente también de la trama integradora y
encargada de corregir discapacidades intelectuales,
detuvo a uno de los padres cuando encontró su
momento ideal, a solas, en el interior del aula.
Un año de tranquilidad era poco tiempo. Ana seguía
afectada por todo lo anterior. Aunque Julia se
comportaba normalmente las garras de un poder oculto
amenazaban con capturar su intelecto.
Juan había ganado una batalla, pero no la guerra.
Llegaron a su casa justo después de la charla. En ella,
delante de su madre, la componente azuzó a la alumna
exigiéndole la resolución inmediata de una simple
operación expuesta en la pizarra. Previamente se
121
encargó de reducir a la pequeña al nivel más bajo de
rendimiento mental, acusándola de falta de interés,
apatía, lentitud...
La pequeña necesitó un pequeño lapsus temporal
para conseguir superarlo. Se dirigió a la pizarra bajo la
inquisidora presencia. Se equivocó, se equivocó en un
número. La maestra reaccionó revolviéndose contra la
madre. Estaban atrapadas; sin embargo ella contestó,
increpó a la tutora acusándola de no enseñar a su hija lo
suficiente, de hacerla fallar sobre lo aprehendido. Julia
no entendía nada. Mirando incrédula a la pizarra no
encontraba el error, calculaba la operación una y otra
vez mientras su madre chillaba a la tutora.
Ana nunca pudiera entender a Juan cuando él trataba
de explicarle, pensaba que la niña no ponía todo lo
necesario de su parte; pero en el subconsciente un
instinto maternal surgía en los momentos clave, era lo
que alertaba al padre para poder atajar los ataques.
Le riño de nuevo a su hija de camino a casa. Ella no
quería volver. Había dejado sobre la pizarra una
sencilla operación sin resolver. Pensaba en que mañana,
cuando vuelvan sus compañeros, todavía estará ahí,
acusándola de discapacidad intelectual.
122
Juan consiguió tranquilizarlas. A Julia le explicó
como a todos nos pueden traicionar los nervios durante
este tipo de situaciones, que era normal lo que le había
sucedido. A su esposa asegurándole que se interpondría
entre la niña y el sistema para que dejaran de
molestarla.
Lo hizo. Le dijo a la nueva tutora lo de que se saliera
de la secta, del daño que estaban causando, si no sabía
en el lío donde se estaba metiendo. Supuso el que no
estaban al corriente acerca del caso con Julia hacía años
atrás, en los primeros cursos, de lo contrario no
aplicarían el método.
Ella, con los ojos muy abiertos detrás de las
pequeñas gafas y la atención puesta al máximo nivel,
nada más alegó una frase a su favor:
-¿Me está acusando de falta de profesionalidad?.
Él pudo sentir la frialdad con que tratan a los niños
elegidos. Por un momento fue uno de ellos.
Le dio la espalda y salió del colegio pensando en
cómo librarlos a todos de la pesadilla.
A primera hora del día siguiente atravesaban Julia y
su padre aún de últimos, la puerta principal del centro.
123
La de Refuerzo Conquista guardaba la entrada.
Pasaron ante ella sin dirigirse la mirada. Cuando Juan
volvió a bajar las escaleras ya no estaba; tal vez se
fuera para preparar la sala y atender a uno de sus
pequeños.
Pasados unos días Julia llegó triste a mediodía. Traía
en la cartera un examen de Conocimiento del Medio,
tema en el que era de sobresaliente el año anterior.
Entre ella y su padre estudiaban las lecciones antes de
las pruebas; a Juan le apasionaba y su hija,
sorprendentemente, respondía a cuestiones en verdad
complicadas de razonar para un niño de su edad, pero
lo hacía y el Tutor Unión se lo valoraba.
Sacó el examen de la cartera. No le daba para
aprobar, por eso venía tan preocupada. Se lo entrgó a
ellos, que al verlo tuvieron que sentarse. La profesora
de Conocimiento del Medio había rectificado todas las
puntuaciones de las preguntas, emborronando los
números de abajo para que se vieran otros nuevos por
encima. En algunos aún se adivinaba la puntuación más
alta de detrás, la correcta. Una de las contestaciones la
tachó en rojo, aunque también la contestación de Julia
aparecía correctamente redactada y acertada. La nota
124
final, arriba, relucía como un amasijo de tinta roja,
donde lo tachado con una equis, asfixiaba al verdadero
resultado, soportando encima el peso del definitivo, un
cuatro con veinticinco.
Juan investigaba el examen incrédulo. Ana quería
llorar. Julia permanecía firme en medio, seguramente
esperando la reprimenda de su madre, que no llegaría.
A ella en ese momento se le fueron de la mente las
últimas dudas, Juan tenía razón. Existía una trama para
captar niños e introducirlos en las ACIS y así
asegurarse que las clases no serían clausuradas. Odió a
los elementos de la secta. Los encerraría si pudiera, o
algo peor. Estuvieran a punto de anular a su hija para
los estudios, y quién sabe para cuántas cosas más, ya
que la adaptación se prolongaría por todo el segundo
ciclo de enseñanza.
Juan seguía descifrando el examen.
-Julia, la profesora te corrigió algunas preguntas bien
contestadas como ésta, tachándote en rojo la palabra
correcta y poniendo en su lugar otra que no lo es-. Dos
de las cuestiones presentaban el defecto.
-Y fíjate: he sumado el resultado, aun después de
rectificarlo ella, y te da un seis. Te suspendió adrede. A
125
veces pasa, incluso en las universidades. Hay que ir a
reclamar al director. Mañana lo haré, no te preocupes,
tú lo has hecho muy bien. Lo tienes aprobado,
enhorabuena.
Juan dedujo que los implicados no se comunicaban
demasiado entre ellos. La de Conocimiento del Medio
había visto la manera de actuar de las orientadoras y
trataba de apuntarse al carro de los favores, enviándole
una nueva captura, aprovechando su tardanza en
retomar el curso. La debilidad física que presentaba la
víctima la hacía más vulnerable.
La palabra “hiena” se retorcía en la mente de Ana. Él
la convenció de que había de llevarlo por el camino de
la razón sin perder la compostura, de lo contrario
perderían también gran parte de la credibilidad.
El nuevo Director Unión, tutor de Julia el año
pasado, recibió a Juan con evidente desinterés. La
actual Tutora Manipulación, estaba claro que no fuera a
quejársele de las acusaciones proferidas contra ella por
el padre de la alumna Julia.
-Yo a Julia nunca la tuve como candidata para
hacerle ninguna clase de apoyo escolar. Estuvo en mi
126
aula el curso anterior y fue bien, incluso era de entre
los destacados...
-Tenga en cuenta el que yo descubrí el error, de lo
contrario tal vez usted la tratara de discapacitada
intelectual....ellas le dirían que la distinguiera como
tal, modificándole los contenidos. Fue su superior, el
inspector de educación quien la retiró de las clases
especiales. El otro niño que tuvo....Samuel ¿qué me
dice? ¿y si tiene un problema parecido y nadie puede
ayudarle?; usted podría hacerlo, ahora es el director.
Investigue las actividades en el aula de adaptación,
pídale los avances, qué trabajan con los alumnos, el
material realizado...
El examen yacía encima de la mesa siendo el único
testigo mudo de la conversación.
-No voy a hacer eso. Es el trabajo de los
orientadores, ellos sabrán cómo realizarlo, yo no soy
especialista en el tema. Julia está fuera de ahí ¿no?
¿entonces, qué problema tiene usted?. Si ahora va bien,
no se preocupe...
-Pero mire el examen; el sistema sigue en
funcionamiento. Hay más niños afectados ¿no piensa
hacer nada por ellos? ¿puede vivir así, viéndolo todos
127
los días?.
-Ya le dije que mi trabajo es otro, y tengo mucho.
Mañana mismo he de organizar una reunión con el
claustro de profesores y la asociación de padres. Confío
en los profesionales; si usted no lo hace, allá usted.
Déjeme el examen, lo veré. Si está mal corregido lo
llamaré por teléfono.
-Tengo que agradecerle el trabajo que realizó con mi
hija el año pasado....pero le diré que si no hace
nada....eso lo convierte en cómplice-. Sentenció Juan.
El Director Unión se levantó de su silla desde detrás
de la mesa con computador alargando el brazo hacia la
puerta para echar a Juan del centro, alterándose
visiblemente.
-¡Fuera de este colegio! ¡váyase de aquí
inmediatamente! ¡yo no soy cómplice de nada y lo verá
usted!.
Aquel hombre parecía extremadamente tranquilo y
amable. Juan se daba cuenta de que la acusación le
había roto su escala de valores. Sabía de las acciones de
sus compañeros, sin embargo, por corporativismo,
128
nunca haría nada en su contra, hicieran lo que hicieran.
-Defenderé siempre a la compañera, siempre-.
Afirmara la Orientadora División durante la reunión.
-¿Y si su compañero es un asesino, también lo
defendería?-. Le preguntara Ana.
-He dicho que defenderé siempre a la compañera-.
Repetía.
Juan disponía de un enorme control mental y
reaccionó en el acto al desplante del director.
-Disculpe, no he querido decir eso. Usted ayudó
mucho a mi hija; no puedo acusarle así. Por favor,
disculpe.
La nueva tutora apareció dando la impresión de
haber estado escuchando detrás de la puerta, que no
estaba totalmente cerrada.
-Le necesitamos para preparar la reunión, cuando
pueda...- se dirigió a su jefe aparentando normalidad.
Los dos se sentaron de nuevo quedándose fijos en el
examen. El director lo cogió diciéndole a Juan:
-Veré el examen, váyase tranquilo.
129
Pasaron varios días y sonó el teléfono.
-Quiero pedirle disculpas. El examen estaba mal
puntuado. Tenía usted razón, venga a recogerlo mañana
por la tarde.
Apareció en el colegio preguntando por la tutora.
Pensó en hablar con ella antes de recoger el examen.
Había decidido perseguir a aquellos componentes hasta
el mismísimo infierno. Les aplicaría su método
consiguiendo hundirlos en el pozo de la desesperación,
vivirían temiendo a la justicia, se encargaría de que
sufrieran su presencia acusadora mientras estuvieran
vivos.; tal era el odio que crecía en su interior.
La tutora de Julia, después de soportar estoicamente
las verdades, con una frialdad imponente, propuso a
Juan:
-¿Usted qué quiere? ¿qué la niña apruebe?. Por mí no
hay problema.
Sabiéndose descubierta y que aquel hombre conocía
todos los entresijos de la trama, ofreció el trato, el trozo
de pastel de la corrupción que le tocaba a él a cambio
de su silencio.
Juan en un momento sintió los pies al límite de la
línea. Un pequeño paso y Julia tendría un curso feliz.
130
Ella esperaba vigilante la respuesta, pareciéndole de
mármol.
Se quedó tranquilo, sosegado, desapareció el odio; en
el fondo eso era lo que quería:
-Sí.
Salieron juntos del aula para encontrarse al nuevo
Director Invasión Cultural preparado para increpar a
Juan por haber molestado a la tutora, sin saber el final
de la conversación.
-¡Usted no puede venir aquí diciendo esas
barbaridades y acusándonos!.
-¿Lo acusé yo a usted de algo?. Sólo vengo a buscar
el examen-. Respondió Juan sorprendido.
-¡El examen no lo tengo! ¡denúncieme!-. Repetía
mirando a la sala de profesores, desde donde miraban
atónitos la escena algunos de ellos.
Juan se dio cuenta de que en el interior de aquella
persona había surgido un conflicto profundo; por un
lado tenía que ser justo con sus alumnos, librarlos de la
pesadilla; por otro sabía que si actuaba en contra de
algún compañero, lo marcarían definitivamente.
131
Capítulo 19
El Mar de la Sabiduría
Érase una vez un mar, llamado el Mar de la
Sabiduría. A él acudía diariamente un hombre. En el
fondo, entre las rocas, intentaba arrancar un lingote de
oro. Estaba tan empotrado que sus manos sangraban al
luchar para sacarlo, cortándose con las aristas de la
pieza. Antes del amanecer una campanada le daba la
señal para que se retirara y nadie pudiera verlo. Unos
niños se bañaban cada mañana para tomar sus baños de
Saber. Recibían inocentes el bautismo del Poder.
Durante una de las madrugadas otro hombre lo vio.
Habló con él, que sorprendido, intentó convencerlo de
que sólo intentaba pescar para comer mañana. Sonó la
campanada y se fueron.
A la mañana siguiente el segundo hombre intentaba
retirar a su hijo que tomaba su baño diario de Saber,
pero una fuerza procedente del Mar de la Sabiduría no
132
lo permitía. Entre las rocas del fondo el lingote tintaba
las aguas con su color dorado, volviéndola de oro. Las
rocas eran de un negro mate intenso. Nadie sospechaba
del primer hombre, porque nadie lo viera intentar
arrancarlo, excepto el segundo hombre.
Para que no lo delatara le ofreció, que si conseguía
arrancar el tesoro, compartiría con él un poco.
Cuando logró retirar a su hijo del agua y apartarlo de
la orilla, se lo dio, pero era muy poco, apenas unas
arenas de la playa. El primer hombre intentaba comprar
el silencio del segundo hombre y a éste le pareció un
engaño. Aunque había sacado a su hijo del agua tintada
con la negra sangre de la corrupción, aquellas míseras
arenas no eran suficiente pago para tan grande daño.
De no haberlo visto salir la otra noche de las aguas del
Mar de la Sabiduría, el niño seguiría la senda de los
demás. Intentar extraer el lingote activaba la maldición.
Los que se bañaran en sus aguas estaban condenados a
la ignorancia para siempre. El segundo hombre
intentaría que ninguno de los demás niños fuera nunca
más a bañarse en el mar maldito todos los días; para eso
debería revelar el secreto del primer hombre.
Juan soñaba pesadillas todas las noches. Se
133
despertaba desvelado con la obsesión de ver a otros
niños afectados por la situación sufrida por Julia.
Capítulo 20
Los documentos
Azucena Álvarez no acababa de creerse que algunas
personas pudieran hacer cosas como las que le contaba
Juan para asegurarse un puesto de trabajo. ¿No tendrían
hijos, o sobrinos, o hijos de sus amigos?. Usaba uno de
sus contactos producto de su trabajo en el hospital (la
gente necesita protección cuando está enferma y da lo
que sea por conseguirla) para comprobar sobre el papel
que la historia relatada por aquel hombre era del todo
cierta. Sentía curiosidad a la vez de querer intentar
corregir en lo que pudiera aquel despropósito
educativo. No dejaba de pensar en que sus nietos
tendrían hijos, y si la secta seguía extendiéndose, en
algún tiempo podría llegar a tocarlos con sus
tentáculos. Trató de hablar del tema con gente
relacionada. Al fin alguien entendió lo que quería
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contarle y se lo confesó. Él también estaba viendo estas
actuaciones en su escuela.
-Soy maestra y por desgracia casos así ocurren. Te
podría decir de profesionales que no lo son....yo desde
luego procuro atender a mis alumnos en igualdad de
condiciones. Comparto contigo la preocupación que
sientes pues, por desgracia, ya te he dicho que eso
ocurre...
Azucena se quedó helada; la confesión de aquella
maestra confirmaba lo que Juan le había contado sobre
su hija. Repasando la novela que estaba escribiendo,
sentía escalofríos de pensar que algunos niños seguirán
pasando por el trance sin que nadie pueda saberlo ni
ayudarlos. El trato diferenciador continuará al llegar a
sus casas, ya que los padres están convencidos de que
la Adaptación es un bien para ellos. Están atrapados.
No hay escapatoria posible y algún día verán en sus
curriculums escolares las firmas, confirmando la
discapacidad. La confusión podrá adueñarse de sus
vidas, pudiendo llegar a perder la cordura.
-Tengo que conseguir sacar a esos infelices del
atolladero como sea- pensaba Azucena Álvarez
decidida.
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Llamó a un amigo suyo director de una escuela.
-Hola Luis. Necesito ver unos informes de una niña a
la que realizaron un ACI hace un par de años ¿podrás
hacerlo?.
-No puedo negarme, bastantes favores me has hecho
tú a mí. Envíame los datos por correo y veré lo que
puedo hacer. Yo creo que sí, conozco gente en
educación. Pero sólo verlos eh? No se pueden sacar los
documentos sin permiso de los padres ¿OK?. Te llamo
para que vayas donde sea.
-Gracias Luis, ya sabes donde me tienes para lo que
necesites.
Mientras esperaba a que la llamara para ver los
documentos, momento que se retrasaba de manera
sospechosa, Azucena Álvarez hacía investigaciones
entre los orientadores y profesores de apoyo,
consiguiendo confesiones como ésta:
-Yo di logopedia a un niño de cuatro años a
escondidas de los padres, que se empeñaban en que era
un niño sin problemas, pero en realidad era incapaz de
decir frases de más de tres palabras-. Recordaba lo
explicado por Juan; a su hija le habían hecho lo mismo
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cuando hablaba correctamente.
-En mi localidad (pequeña) hay una niña con un X
frágil evidente a la que nadie atiende; según la madre
es una niña normal-. ¿Quién mejor que una madre sabrá
cómo son sus hijos? Se preguntaba Azucena Álvarez.
-Hay otro chico que por ataques epilépticos sigue
teniendo una edad de tres años (tiene dieciséis) y su
abuela sigue diciendo que es muy listo-. ¿Los ataques
epilépticos retrasan la edad mental? ¿por qué dirá la
abuela que es listo si se comporta como un niño de tres
años?.
-Seguro que otros orientadores te contarán más casos
por el estilo, la mayoría en centros de menos de
seiscientos alumnos-. Aseguraba el entrevistado lleno
de razón, convencido de la efectividad de sus métodos
tal que alguien absorbido por una secta.
Azucena Álvarez esperaba la llamada para ir a
comprobar sobre el papel de qué manera habían
catalogado a Julia desde los Gabinetes Orientadores.
Según su padre era una niña normal. Sacándola de la
pesadilla había conseguido avanzar en conocimientos,
consiguiendo puntuaciones más que aceptables en los
exámenes y a lo largo de los cursos académicos.
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Al fin llegó el día. Luis le había concertado una cita
en el mismo colegio donde Julia seguía realizando sus
estudios, ya sin apoyos y libre de acosos. Su padre
dejara bien claro al servicio de orientación escolar que
a con su hija se mantuvieran al margen, aunque nunca
pusiera interés en ver los informes; según él y Ana
preferían no verlos y lo único que deseaban era que
aquellas personas dejaran de interrumpir a Julia en su
correcto desarrollo escolar.
El director propició para Azucena Álvarez una
entrevista con la orientadora que llevara el caso de la
niña. Luis le había hablado del asunto y él también
estaba interesado en conocer más detalles; se ponía en
el caso de ocurrir irregularidades; sería parte del delito
sin enterarse siquiera. El director se puso como testigo
en el acto. Azucena Álvarez sabía en su interior que
tanta amabilidad se corresponde con el interés por
obtener buenos contactos dentro del mayor hospital de
la ciudad. La buena disposición de la orientadora, otro
tanto de lo mismo. El director usaba todo el tacto del
mundo para conseguir una buena novela para Azucena
Álvarez.
Ante ella, sentada con la orientadora a un lado y el
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director enfrente también en esa posición, brillaba el
informe. Consistía en cinco folios grapados entre sí. La
portada chirriaba: ADAPTACIÓN CURRICULAR
INDIVIDUALIZADA.
-Me dijo el padre de Julia que usted ha cometido un
error al evaluar a esta niña, asegurándole unas
incapacidades que en realidad no presentaba-. Intervino
Azucena Álvarez dirigiéndose a la orientadora, una
mujer con ropajes grises, pelo blanco y visiblemente
envejecida. Le aparento ser una anciana fuera de
contexto, esperando un juicio final.
El director comenzaba a teclear su computadora sin
saberse si tal vez ultimara algún documento inacabado.
-Perdone, pero si la conversación va a ir por ese
camino, salgo de aquí ahora mismo. En su momento ya
se le dieron todas las explicaciones a los padres de Julia
en todo lo referente a la Adaptación que se le hizo a su
hija-. Protestó la orientadora dirigiendo la mirada a una
de las puertas abiertas en el despacho del director. La
máquina golpeaba ya las paredes con su traqueteo.
-Por favor Azucena, vea el documento sin entrar en
análisis, no estamos aquí para eso, usted me dijo que lo
quiere para su novela. En realidad fue anulado por la
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inspección educativa a petición de los padres; es un
tema zanjado hace tiempo ¿para qué entrar en
conjeturas?.
-¿A petición de sus padres?. Él me dijo que el
inspector lo resolvió como un error por parte de los
profesionales que decidieron llevar a cabo la
Adaptación Curricular...
-No tengo porqué aguantar esto; ya le he dicho que si
sigue por ahí me marcho, tengo otras cosas que hacer,
se lo aseguro-. Replicó la orientadora visiblemente
irritada.
La directora del hospital recogió el informe
poniéndose a leerlo e intentando concentrarse.
Las coincidencias con lo que le había contado Juan la
estaban asombrando. Allí se describía a una niña con
muchas dificultades. No consigue hablar de acuerdo a
otros chiquillos de su edad. Tiene serias dificultades en
áreas fundamentales como Conocimiento del Medio, no
se adapta en la clase, consigue aprender las vocales a
duras penas. Para tratar de alcanzar los objetivos
marcados para el ciclo es necesario realizarle una ACI.
Incluso así no se asegura un normal desarrollo en las
tareas propias del ciclo. Varios profesionales firman el
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documento, algunos con especialidad psicopedagógica
reconocida. Es la tutora quien recomienda un estudio
de la alumna Julia. Es la directora del centro quien
encabeza la responsabilidad. Es el inspector de la zona
quien da el visto bueno. Al final, en la última hoja,
pudo ver las firmas de Juan y de Ana permitiendo la
Adaptación Curricular Individualizada, antes del fallo
de la inspección educativa anulando todo el curriculum.
Azucena sabía que Juan y su esposa no tuvieran
información acerca de todo este proceso; los habían
convencido para firmar los documentos, asegurándole
que se trataba de un apoyo dentro de la clase sin
mayores consecuencias. Nunca leyeran el informe real.
-Los padres leyeron el informe antes de firmarlo;
excepto las partes confidenciales que sólo conocen los
especialistas, claro.
-Lo que ustedes me aseguran difiere con mucho la
versión narrada por el padre.
-El padre no entiende el tema; es la madre la que
comprende los documentos. Ella sí estudió para saber
lo que aceptaba. Ahí están sus firmas permitiendo la
ayuda que nosotros ofrecimos para su hija, si
finalmente no nos permitieron llevarla a cabo allá ellos.
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-¿Entonces usted no acepta que pudo haber sido un
error por su parte, como reconoció el propio inspector
de educación?.
-En absoluto. El asunto fue analizado por varios
profesionales y todos llegamos a la conclusión de que
lo mejor para esta niña era realizar un ACI.
-¿Volvería a hacérsela aun conociendo la trayectoria
actual de Julia en los estudios?. Es increíble. Creo que
usted, como profesional debería aceptar sus errores, y
más si varias personas se lo están pidiendo.
-Lo siento, no creo que se haya cometido ningún
error en este caso.
La orientadora se afianzaba en sus convicciones y
Azucena Álvarez dirigió una mirada cómplice al
director, que no la aceptó, al menos en presencia de la
orientadora.
-Creí que se trataba de ver unos informes al azar para
obtener información para su novela, no que fuera a
poner en duda mi profesionalidad. ¿Dígame, qué
pretende conseguir con todo esto? ¿qué piensa hacer
ahora?- preguntó inquieta la orientadora, con evidente
preocupación.
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El director hacía un rato que dejara de teclear con la
máquina, sin embargo volvió a hacerlo a una velocidad
que casi no permitía distinguir los diferentes espacios
entre letras.
-Nada, no se preocupe. Usted siga con su vida que yo
seguiré con la mía-. La tranquilizó la directora del
hospital.
La orientadora salió espabilándose por la puerta
abierta del despacho del director mascullando entre
dientes.
-(Eso mismo, usted siga con su vida que yo seguiré
con la mía).
El director se levantó cerrando la puerta tras ella. A
continuación abría un cajón de su mesa para sacar un
buen paquete de folios a los que añadía otros que
acababa de redactar.
-Ya está Azucena. Espero que tu novela sirva de algo.
Aquí la tienes.
FIN
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