martes, 23 de maio de 2023

HUMÁNS

 Capítulo 1

LA LLAVE

 

Hay miles de millones de galaxias que tienen miles de años luz de ancho cada una. Tendrán mundos que nunca conoceremos como especie humana, pero sabremos que existen llenos de vida e historia. Este es el legado que hay que dejar impreso para los futuros humáns.

 Las estrellas brillaban en el cielo calentando las tardes. Había tantas que conseguían una temperatura ideal, sin sobresaltos. Los días no eran ordenados, unos duraban meses, otros apenas unas horas. La noche era un acontecimiento astronómico que ocurría cada cientos de años, o no...

 Hacía mucho tiempo que no caía la noche; tanto como para que los humáns empezaran a murmurar leyendas acerca de la falta de luz. Mas esa jornada iba a ser diferente: Un mundo se interpuso y los dejó a oscuras sin que supieran predecir hasta cuando. Gerardo empezó a tener miedo.

 En los archivos de la historia rezaban noches muy largas, pero también otras muy cortas, llamadas micronche. 

—Será un micronche, no te preocupes, enseguida volverá el día. 

—Tengo miedo Jose. Y si no vuelve?. Sabes lo que puede pasar si no vuelve?. ¡La guerra empezará en unos momentos!

 Los generadores de luz artificial iluminaron el mundo con una tenue claridad insuficiente. 

—Tantos avances y... 

—No hables, hostias—susurró Jose nervioso— Vamos a salir a luchar, coge el Salfumán. 

—Para risas estoy ahora cabrón. Vamos.

 El sistema siempre creyó en la guerra, por eso estaba preparado para la posible vuelta de la noche de la que hablaban los científicos. Estos estudiaban restos del pasado, y la conclusión era que sin luchar, los extinguirían.Era así, y en realidad todo el mundo estaba seguro de que iban a aparecer. El arma YKT apuntaba al exterior y otros miles permanecían enterradas. Lo que esperaban era enorme: Los Supreps.

 Según los medidores de tiempo pasara gran cantidad de él sin que llegarán aún. El aumento progresivo de la temperatura era rastro de alguna anomalía. Bajo la débil luz artificial la incertidumbre se acrecentaba entre los humáns. Si llegan los Supreps...si  no vuelve a hacerse de día...

 —Mira Gerardo, aquí hay algo. 

—Hostias! Parece un...

 —No creo, eso sólo son leyendas. 

—Nos vamos Jose. 

—No, voy a sacarlo. 

—Estás loco? Si es uno ya sabes lo que significa. Apaga eso. 

—Vaaaale, volvamos al Redil.

 —Uff, no vuelvas a hacer eso, que susto me diste cabrón.

 Gerardo y José se fueron por el túnel y entraron en el Redil. A esa hora todos estaban abajo, recogiendo materia.

 Un objeto con apariencia de llave maestra y de un metro exacto de largo, era lo que José pretendió levantar. José volvió al lugar a espaldas de Gerardo, más la densidad de aquello hizo que desistiera. No era normal, pesaba muchísimo para ese tamaño. 

 Los más de veinte metros de envergadura, con sus catorce toneladas de Jose, no consiguieron moverlo.

Debía continuar, pero no sin antes alimentarse. Se dio cuenta de que el enorme esfuerzo que acababa de realizar le imprimiera un hambre sin fondo así que, sin pensarlo, se abalanzo sobre una manada de apetitosos herbívoros. Devoró con ansia dos de ellos, para luego recoger un racimo de grandes y maduros coullóns maduros del árbol del carallón. Ya harto de almorzar apresuró el paso y comenzó a correr para llegar al Redil antes de que lo echaran en falta. El suelo retumbaba soportando los catorce mil kilos de Jose, que se perdía por el túnel de entrada a gran velocidad. Varias hembras humáns trataron de entretenerlo al cruzar, mas Jose era disciplinado y enseguida se dispuso a recoger la materia  del día. 

La noche continuaba afuera así que el estado general era de guerra. En realidad nadie sabía con certeza quienes eran los Supreps, ni de que manera iban a actuar. Las referencias que rezaban en los escritos religiosos las asumieron desde siempre como profecías ciertas. - Vendrán cuando llegue la oscuridad, y transformaran el mundo a su antojo-. Las esperanzas de detenerlos eran remotas, mas estaban decididos a intentarlo con todas sus fuerzas. 

Mientras trabajaba Jose intentó tomar una decisión acerca de si comunicar el hallazgo. Aquellas llaves eran algo que podría salvarlos de la  extinción.

—¿En qué piensas Jose? Te noto muy abstraído y debemos recoger la materia.— Le dijo Lorena, la encargada de la zona—.

—En la guerra. Quisiera saber cómo parar a los Supresps cuando lleguen. 

—Ni siquiera saben si existen, muchos lo niegan.

— Sí existen, llegarán pronto como no vuelva a hacerse de día.

—¿Quieres contarme algo? Puedes confiar en mí; no te traicionaré, te quiero.

—No, no, sólo estoy asustado. Acabarán con nuestra especie como antaño, no lo dudes. Las escrituras coinciden en eso.

Lorena se fue a recorrer la zona minuciosamente; sin materia los cabalos no funcionaban.

La decisión estaba tomada. Jose se subió a un cabalo para dirigirse a la cúpula. - Introduciré los datos- Una mezcla de emoción y temor hacía que le temblaran los desproporcionados brazos sobre el panel de mandos.

Andrómena

personaje mitólogico griego ( algo que é mentira)

Pepe entró en la cúpula. Desplegó tres de los stays del cabalo para anclarlo. Dos al medio en horizontal y uno atrás para dejar libre el frente informatizado del globo. Introdujo una imagen de la llave y esperó respuestas. Sólo una palabra: ANDRÓMENA. 

Empezó a sentirse mal, mareado, con ganas de vomitar - los coullóns, me sentaron mal - pensaba.

Tuvo que soltar algunos metros cúbicos de gases en el interior de la nave, que aunque grande, habría que evacuar. Entonces se cubrió con la cogulla de máscara y salió a la cúpula. Al cabo de un rato las alarmas del cabalo sonaron, dentro ocurría algo. Al entrar se encontró a Gerardo enrojecido de ira que exclamaba bramidos de insultos y maldiciones nunca escuchadas contra nadie. ¡Estuviera escondido allí vigilando todo el tiempo!

—¡Lo siento, qué haces ahí, ja,ja! ¡Coge la otra cogulla y sal!. Mira que seguirme...

—Andrómena... ¿Qué crees que pueda ser?

— Aparte de la galaxia vecina lo otro no sé; copia el texto que está en otro idioma  y lo vemos. 

(Puidera ser de Andrómeda, personaxe mitolóxico grego; sinónimo de mentira, trola). Mentira,trola. Fábula, faladuría , chisme, lío. Obxecto, cousa inutil. Enredos, trampas. —Apareció escrito en la pantalla de la cúpula —.

—Pepe, la galaxia se llama Andrómeda, no Andrómena. Qué raro.

-—Tal vez estén relacionadas, vamos a ver en qué idioma está.

Galego. Lengua románica que se habló en Europa, América, Asia, África y Oceanía; regiones políticas gobernadas por los Personas hace diez millones de años. 

—¿Los personas? ¿Qué pueden tener que ver con la llave?

—Gerardito, me parece que no te escondiste en el cabalo por nada de esto, sinó por saber si Lorena me acompañaba ¿no?

—¡No me llames Gerardito!—Respondió Gerardo muy enojado a la vez que bramaba exclamaciones impropias de ser relatadas por respeto a ustedes.

—¡Cálmate Gerardo! ¡Sólo era una broma!

Los Personas colonizaron la tierra en la antigüedad, hace unos diez mil años. Eran animales de entre uno y dos metros de estatura. Se encontraron infinidad de restos de aquellas civilizaciones, que tal vez colapsaron por mal utilizar los recursos que se sabe obtenían del subsuelo. En la órbita no es raro tropezar aún con restos de su incipiente tecnología espacial. No sabemos cúal fue la causa de su desaparición, probablemente la caía de un gran asteriode sumió al planeta en una noche letal para ellos.

—Vamos Pepe; desconecta la cúpula, pueden echarnos en falta en el Redil.

Andrómeda es una galaxia que se encuentra a dos con cinco millones de años luz de la tierra. Para llegar a ella tenemos varias opciones

—¡Se apagó¡Qué pena!—la pantalla de la cúpula se cerró—.

—Volveremos otro día; vamos al cabalo, es tarde.

—Pepe, estoy pensando que la llave es anterior a los personas. Ellos no pudieron manejar metales tan densos. La llave lo es mucho, nada conocido.

 —Nadie más que nosotros sabe que está ahí. No se lo digas a Lorena, ella tiene acceso a los Celtos.

Todos los habitantes del mundo pueden acceder libremente a la cúpula, y recoger allí la información que necesiten, tanto a nivel cotidiano como de alta complejidad.

 



Capítulo 2

VIAJEROS DEL TIEMPO


Ramón miraba la vastedad del espacio desde las ventanas de la nave.

— Que viaje tan largo. Odilo ¿Te has preguntado alguna vez por qué nos toca a nosotros siempre las misiones de recolección de oro?.

— Claro Ramón. Creo que Antonio se esconde cada vez que se menciona la palabra Misión. A él le gusta más quedarse en la poltrona celeste y evitar cualquier responsabilidad posterior.—Le respondió sonriendo—.

—¡Es cierto! ¡Y Toribio seguro que estará demasiado ocupado escribiendo sobre las maravillas del cosmos como para ensuciarse las manos!—Apuntó Ramón riendo—. Bueno, a lo que vamos, ¿cuánto oro crees que consigamos que recolectar esta vez?—Dijo ya más serio.

—La nave tiene que volver sellada como sea, ya lo sabes. No sabemos que especies evolucionaron en la tierra en todo este tiempo, ni siquiera si todavía estará en su vieja órbita solar. El oro que se extrajo cerca de los grandes ríos fue mucho, y tendremos que buscar nuevas zonas donde posarnos. Los Supreps no quieren  que se extingan las especies de las minas, la comunidad impone multas por ello, así que iremos con tino. El calor que emitimos la otra vez arrasó con demasiadas formas de vida; especies enteras, recuerda.

—Sí, las naves generan demasiado calor, habremos de encontrar un sistema más moderno y que no dependa tanto del oro, aunque claro, como tiene ese brillo y elegancia, a los Supreps les cuesta aceptar avances en tecnología.—Criticó O Dilo—

—Y sin olvidar que el oro tiene propiedades místicas. Creen que ayuda a mantener a nuestras naves en armonía con las vibraciones cósmicas del universo. Tendrían que venir ellos a por él.—Continuó Ramón—.

—Muy cierto. La elegancia del oro ante todo. Esperemos que haya alguna especie domable como los antiguos humáns y que no tengamos que sobornarlos intercambiando conocimientos, conocemos pocos mundos que tengan el metal, y sin animales que lo extraigan poco podemos hacer. Con que tengan cierta inteligencia como aquellos basta. Y ya sabes Ra Món, no quiero masacres innecesarias, hay que evitar sanciones o nunca nos darán un puesto mejor. 

—Lo de aquellas bestias indomables no se pudo evitar, esperemos que hoy no predomine una especie como aquella, tenían a los humáns relegados a vivir en las cuevas. 

—Sí O Dilo, pero esos nunca llegarían a intentar emular nuestra tecnología.Los humáns quisieron parte del oro que nosotros extrajimos (bueno, ellos lo extrajeron) aunque no sin nuestras llaves.

—Esa fue una situación interesante. Tenían una fascinación inigualable por el oro. Si aún existen podremos ofrecerles algo más de conocimiento a cambio. Desde luego materiales no, digan lo que digan los Supreps.— Dijo O Dilo satisfecho—

—Les contaremos alguna historia de Andrómeda, o una andrómena, como decían ellos en su idioma, el gallego ¿te acuerdas?— Ramón rompió en una sonora carcajada.

—¡Ah, sí, mentiras, andromenas! 

—Gracias a nuestra llegada pudieron salir de las cuevas, se lo recordaremos; si están...y que lo que le contamos era cierto, volvimos.—Ramón se recostó hacia atrás en su trono estirando sus poderosos brazos, abandonando la dirección de la nave por un instante.—

Ambos seres se sirvieron sendas tazas de néctar estelar mientras al fondo se dibujan los primeros brillos de la vía láctea. Estaban llegando.


 

Capítulo 3

LOS PERSONAS

Rosa y Mario se aventuraron una vez más hasta la entrada de la cueva. Tienen que conseguir cazar y pescar animales salvajes cada cierto tiempo; en los interiores de las profundas cuevas cultivan algunos vegetales, mas no les proporcionan energía suficiente para sobrevivir a la tensión que padecen a causa y por culpa de lo que habita afuera: Una especie reptil de grandes dimensiones que vive en la superficie.

—¿Canta auga nos queda. Mario? ¿será suficiente para a volta? Mira ben a que hai non vaiamos quedar sen ela.— Le preguntó Rosa preocupada—.

—Si, temos algunhas botellas máis na segunda cova. Pero temos que atopar unha fonte nova axiña para recargar as outras, ou non chegaremos ó pobo sen morrer de sede.

—¿Oíches algo hoxe? Hai un pouco pareceume escoitar un dos seus drons voando preto, Mario.

—Dis que eles chámanlle cabalos, será polo barullo que fan ó cortar o aire, que parecen rinchos. Sí Rosa, pasou un deles cando estabas alá adentro. Sospeitan que teremos que saír a buscar comida, xa hai tempo que non nos ven.

—A de haber dous meses que non vemos ningún nin eles a nós, supoño, porque non sabemos que clase de tecnoloxía teñen xa. Os drons cada vez que os viamos eran máis sofisticados.— Dijo Rosa enrugando el semblante con evidente preocupación—.

—Grazas que son tan grandes e non poden entrar alá adentro; o pobo está muy profundo, e aínda a de haber sitios máis para adentro da terra que sean habitables.. Dicía meu avó que moito abaixo hai un val cheo de prantas verdes e auga. Que entra o sol por un burato do chan da terra e todo. 

Mario hablaba despacio por no levantar más el volumen. Lo que ellos llamaban "denosauros" eran unos reptiles enormes que, se supo siempre, eran carnívoros.Despedazaban y devoraban sin compasión a otros animales de su misma especie si tenían hambre, así que los personas pensaban que serían un exquisito bocado para ellos si los descubrían fuera de las cuevas. Mientras, Lucía regresaba de una exploración exterior.

—O cabalo que pasou hoxe deu voltas por enriba de onde está o pobo. Se teñen radares de profundidade estamos perdidos. Aínda hai pouco que andan eses cabalos novos. Rinchoume mesmo enriba, pensei de morrer. Neste xa non se ven ós denosauros polas fiestras; non tiña fiestras. Aínda ande ter xa a maneira de ver cos aparellos. Vamonos para o pobo, teño medo—. Le informó Lucia a los demás al llegar de la exploración en el exterior—.

—A ver, dispoñámos, que temos que arrastar os porcos, o cabrito e mailo saco de coullóns que trouxo Lucía ata o Largo da Laxe. Hai que avisar que veñan a axudarnos, que dalí ó pobo queda un bo treito.

—Estou pensando que ó mellor estamos esaxerando e os denosauros tamén comen froita, porque o carallón estaba coma se fora abaneado para tirar os coullóns ó chan e...

—¡Veña Lucia, deíxate de caralladas das túas e agarra o saco| Aínda vai vir un micronche e quedamos as escuras! ¡Corre!. 



Lo que no sabían los Personas era que en apenas unos minutos la noche caería sobre ellos. No se trataba de un micronche, sino de una oscuridad que iba a provocar gran extinción en muchas especies. Al entrar en la atmósfera terreste las naves Supreps generaron tanto calor que cambió el clima mundial en pocos días. Eran cientos de ellas. y en diferentes partes del mundo se asentaron. Tal vez algunos personas se salvaran bajo la tierra, pero desde el ejército de naves espaciales que se aproximaban a la vía láctea, los pilotos encargados ya pulsaban los mandos que activan los generadores de aproximación: pirámides de piedra distribuidas por los planetas a abordar que comenzaron a cargarse de la energía necesaria para recibir a los Supreps y permitir el aterrizaje. Sólo esas construcciones monumentales podían soportar el calor que generaban al posarse sobre ellos. 

Los Humáns estaban preparados para una guerra que nadie en este mundo ganará nunca. Sucumbieron sin necesidad de lucha,, asfixiados por el calor y por las ondas sonoras procedentes de las naves. Cada una de ellas producía un latido de corazón, ampliado hasta hacer daño a los organismos que habitaban la tierra.  Los Supreps dominan  porque su tecnología es infinitamente superior y se desplazan desde Andrómeda cuando necesitan el oro.

 

Capítulo 4

CIVILIZACIÓN

Al cabo de unas semanas....

-O Dilo. Hay grupos de homínidos en las cuevas profundas. Las naves ya están en nivel baja extincion. No podemos dejar que mueran o nos juzgaran. En los registros ya tenemos una masacre total. por todo este mundo hay cadáveres de reptiles, y lo peor es que estaban bastante avanzados. La sanción será grande a menos que podamos justificarnos.

-Diremos que nos atacaron con armas sofisticadas, aunque será difícil de demostrar. Rayar algunas naves con las llaves...cuando partamos lo haremos. La noche se calcula que durará lo suficiente como para cargar todas las bodegas. Ordena sacar a todos los homínidos de las cuevas y que se les enseñe todo lo que puedan aprender de nosotros. El tribunal lo valorará como atenuante de lo que ya cometimos. Vamos Ra Móm, ¿Cuántos discípulos de A Belardo vinieron para la instrucción?- Preguntó O Dilo con evidente nerviosismo.

-Miles, no te preocupes por eso, nos dará tiempo para enseñar a los humanoides, viven más de cuarenta años terrestres y estaremos por aquí varios cientos.- Apuntó Ra Món-.

-A veces en el trabajo temo que se modifique nuestra inmortalidad en estos planetas tan extraños.

--No digas tonterías O Dilo.

-No digo, no; perdona. Lo primero es ver como se pueden alimentar a esos animales, que los vayan sacando, estarán hambrientos.

-Hablan galego, eso ya lo sabemos; Ho Norato cazó a uno esta mañana, valga la expresión porque siempre es denoche- Rio Ra Món.

(continuará)

 


Eche unha Andrómena


                                                                        

-





 



 



 

 

 

 



 



 

La vida de un árbol ( Autor Marcos Perez Lorenzo)

Anochece, la luna se ve por la ventana. Su luz arrancando sombras chinescas a la joven higuera. Mosaico móvil, inquieto, de hojas en negativo. Las ve sin verlas, su pensamientos absortos en la habitación de al lado. Un grito hace más patente, si cabe, su angustia, su preocupación. Se da la vuelta, abandona en dos pasos el salón y entra sin llamar donde su mujer está dando a luz. Ha preferido hacerlo en casa, con una comadrona. Luis no estaba de acuerdo, quería el hospital, pero cedió. Y ahora aquí están, con un parto tremendamente difícil, largo y difícil. La mujer suda y llora de dolor. La comadrona se afana a su alrededor, la auxiliar le coge la mano. Luis la sustituye, se la aprieta él. Las contracciones se suceden rápidas y fuertes. Bienvenida hace un último esfuerzo, el que será el último para ella. La niña ve la luz, Luis la ve a ella. Desencajado, huye al salón. Ahora no contempla las sombras, sino que se fija en las ramas retorcidas que nunca alcanzarán el cielo. Llora.

La luz del amanecer amarillea la ventana. A través de ella, Luis ensombrece lo que contempla. Amanda, atravesada en su cuna, llora. El llanto es la música que la acompañará por siempre, la única que interpretará. Las cortas extremidades de la higuera se mueven impotentes. Bienvenida ha muerto, la comadrona, terminado su infructuoso trabajo se ha ido, solo quedan ellos dos en la casa. ¿Cómo va a vivir con tanta tristeza? Se da la vuelta, pero no tiene a donde ir. Se queda parado. Está atrapado. La escena en sí refleja la emboscada que la vida les ha hecho.

El tiempo avanza inexorable, sin compasión, sin dar una oportunidad a Luis y Amanda. De vez en cuando, el padre, consulta a la neuróloga. Esta se encoje de hombros. Se reitera en que siempre había desaconsejado el embarazo. El sol alto marca el mediodía. En la casa reina la tristeza, reina el silencio. Ni ruido de platos, ni olores a comida. Amanda consume unas horas que no la harán crecer, que no la harán reír, que no la harán jugar. Luis consume cigarro tras cigarro. Se consume. Las ramas de la higuera crecen hacia los lados por defecto. Ya comienzan a tapar la entrada de la vivienda que no se resiste a ser sitiada.

La tarde cae pero aún hay luz, Luis da la vuelta a la casa. Ha salido por la puerta trasera, con un cesto de mimbre en la mano. Nunca lo había usado, tiene moho, pero no se molesta en limpiarlo. Recoge los primeros higos que han salido. Estira el brazo, retuerce el fruto y lo arranca. Así uno tras otro. Están maduros, buenos para comer, los pone en el cesto lleno de moho. Mira a su izquierda y va a por una caña larga. Con su ayuda se propone alcanzar uno que ha crecido en la copa, que no está al alcance de la mano. Le da un toque con el palo y el higo cae aplastándose en el suelo con un golpe húmedo. La corrupción se hace patente a su vista, gusanos blancos se revuelven en su interior. Luis abre la mano, el cesto cae, ingresa en la casa.

El verano ha pasado, las hojas pavimentan la antigua entrada. Las ramas desnudas se encogen en torno al tronco vetusto. Amanda grita en la eterna silla de ruedas. Luis ya no llora, solo fuma. Anochece.

 

venres, 18 de setembro de 2020

O CARREIRO DE SERPES

Capítulo 1
Primeiro día na Illa

O camiño facíase longo, cheo de intrigas a pesar
da sensación de seguridade que me transmitía a
compaña do meu tío Xoquín, e as augas, baixo o lento
avanzar da gamela, suxerían misterio e inquedanza. As
luces dos faros centellaban eiquí e aló, situándote
sempre no teu sendeiro, levándote como voando por
enriba do mundo cara ó faro da Illa do Faro nunha
viaxe inundada de novos sons: o estralar das ondas
contra a proa para irse desfacendo despois co seu siseo
ós lados da barca, o ronroneo constante do motor
foraborda ás nosas costas empurrándonos á busca dos
paraísos...
Meu tío Xoquín viraba catro ou cinco Ducados

10
antes de chegar ós Medios, e aquel feito enchíame de
admiración; pensaba que era forte e poderoso para
poder aguantalo a aquelas horas, aínda de madrugada.
O meu corpo añoraba a quentura das sabas; aquela
situación facíase dura para un rapaz dos meus anos.

-¡ Francisco!; mañá vou ás luras para a illa,
¿Que, queres vir?. Hai que estar na praia ás catro para
ter a mañá, que xa se pode pillar algunha...
Así foi como me embarquei na gamela do meu tío
Xoquín por primera vez, e descubrín o mencer nas Illas
Cíes, que surdiron diante de min, o meu carón, no
medio da noite, dos sons da noite. Todo ía cambiando
ca luz do día despois de estar un bo anaco de tempo
tendo a mañá ás luras en Cabo de Bicos, pegadiños á
Illa do Sur ou San Martiño, ó pé daqueles montes onde
atacaban ás puteiras antes de rompe-lo día en soamente
catro brazas de altura, tirando por elas con forza e
desesperación ó sentirse presas, resistíndose con
violencia a sair das augas do seu paraíso; pero meu tío

11
Xoquín era implacable con elas e arreabas cheo de
ledicia no corredor da gamela, demostrándome o seu
arte no pescar, fixándose ó mesmo tempo no meu xeito
para saber si tamén algún día chegara a herdar o seu
saber.
O día rompeu con forza pintando as cores do
paisaxe pouco a pouco, pero sin pausa; os meus ollos
inundábanse de mundo, da beleza daquel mundo. As
luras morrían nos corredores; nos seus corpiños
bailaban as cores verdes, vermellas, azuis, ata quedares
brillantes como nunca. Bastante antes de sair o sol
desapareceron. Meu tío Xoquín decía que alí non
comerían ata a escabezante do mar, a primeiras horas
do serán.
Nunha maña clara e azul como aquela poderíanse
adiviñar sin velos, os fondos claros, brancos e areosos
que se extendían por diante das illas; os peixes que alí
habería vivindo a súa vida, loitando por ela, pastando
nas algas ou acechando as presas dende os laños.
Agora para nós, xa no Cantil das Vellas, máis
separados de terra e con quince brazas de altura,
presentábase un espléndido día de pesca. As luras alí
viñan en rebates de sete ou oito, entre intervalos de

12
tempo relativamente curtos. Meu tío dicía:
- ¡Hai luras na Illa !.
Viraba nos Ducados un tras doutro e de cando en
vez reventaba nunha arrutada de toses, pero a min non
me daba ningunha queixa.
Cando chegamos á terra, cansados pero satisfeitos,
axudáronnos a vara-la gamela; despois felicitáronnos
pola pesca e a min colgáronme a etiqueta de
"mariñeiro", xa que meu tío Xoquín louvaba a miña
maneira de enfrentarme ás luras.
- As ser un bo mariñeiro . Mañá as catro outra vez
na praia. Vouche ensinar a pillar luras na Illa.
Aquelas verbas foron un reto para min e aprendín
despois de moitos e moitos días en Cabo de Bicos, no
Cantil, na Porta, en Fornos, na Ponte, en Consela ou en
Carnacido...
Cando escomencéi a ir só para alá, pensaba que
habería de certo naquela lenda que falaba da fenda
aberta na Illa do Sur ou San Martiño. Fixera unha gran
serpe que saíra do mar e agabeara polo monte deixando
tras dela "O Carreiro de Serpes", ó pé do cal pillara a
miña primeira lura. As veces imaxinaba a serpe
existindo naqueles fondos; nalgunha daquelas covas

13
que lambían as augas pola cara interior das Illas.

Capítulo 2
O paseo de María Luisa
María Luísa dáballe unha volta máis a aquel disco
dun cantautor galego que lle regalara Xosé. Sabía xa
todas as letras de tanto poñelo, así é que, despois de
baixarlle un pouco o volume, terminou por apaga-lo
aparello.
Sair daquelas azuis paredes axudaríalle a decidir
sobor da súa crecente confusión. Daría un paseo polas
rúas, visitaría os grandes almacéns...Xosé
distanciábase dela; últimamente buscaba un mundo
novo na penumbra daqueles antros, onde os ollos da
xente parecían querer invitalo a voar con eles. Xosé
estaba estraño, distante. Ela as veces que o
acompañaba non atinaba no interese que el atopaba
naqueles amigos, sempre idos da realidade, cales
conversas deprimíana máis que outra cousa. Camiñaba
agora pola rúa, cara abaixo, atravesando as avenidas

14
principais dereita ó casco vello da cidade con estes
pensamentos namentres a xente a ignoraba, máis atenta
ó tráfico e ós escaparates que ofrecían o seu producto
impecable e vistoso. Antes de internarse naqueles
labirintos adoquinados, unha rúa que pasou a súa
dereita deixoulle ve-lo mar, como susurrándolle que
non todo eran encrucilladas neste mundo e fíxolle
cambiar as imaxes da súa mente. Lembraba agora o
vran pasado, cos seus vikinis, os seus peitos peludos e
as ondas que reventaban con forza na praia de Samil
aquel último día bo; cando coñeceu a Xosé nun deses
bares de luxo a beira do mar.
Pensou que sería mellor voltar axiña aquel punto
para aclarar un pouco a súa mente, e así o fixo.
Chovía; o vento zoaba do sur aquela tarde
tratando de purificar a cidade dende o seu privilexiado
posicionamento neste mundo. O vento vai e ven sen
pensar que lle afectan as polucións e todas esas
historias nosas.
María Luísa atopouno de frente cando se encarou
coa longa liña da praia. Propúxose entón desafialo
buscando aquelas rochas do fondo da paixase, ó outro
lado das cales parecía haber un abismo infinito. A brisa

15
bromeaba con ela meténdoselle ata a mesmísima
barriga, a pesar da cazadora. Sorría porque estábase
sentindo ceibe sen Xosé. Víao aló, naqueles labirintos,
voando coa súa xente e o seu barullo. Nembargantes
tamén se sentíu soa dunha virada, notando como si o
vento non a recoñocera; este tornouse frío e violento.
Recolleu ós seus brazos sobor do peito pensando no
pobre Xosé namentra andaba amodo polas areas que
rechinaban nos spais buscando o calor dos pés.
Acababa de sentilas na pel, traspasando o calcetín,
cando un lóstrego amarelo cruzou o ceo. Retumbou o
trono enriba do mar como queréndolle dicir algo. Ela
ergueu a súa mirada escura escudriñando a paixase.
Viu as illas, as tres illas que tan desapercibidas lle
pasaran o vran pasado. Alí estaban, longas e grises,
aguantando os embites dos mares na soidade dos
invernos, cando ninguén repara nelas e viven cos seus
misterios.
E tamén viu a serpe que agabeaba por elas fuxindo
dos lóstregos. María Luísa pensou que toleara dende o
cumio das rochas do fondo da praia.
Aquela serpe verde acababa de desaparecer polo
lado de fora das illas, dunha delas. María Luisa viuna,

16
seguro que a vira. Tería que contarllo a alguén,
buscaría a Xosé, aquilo había ser un monstro ou algo
parecido. Poderá atacar a cidade, pensou.
Atopou a Xosé na noite, nun branco hospital;
cunha sobredose de heroina no seu corpo. Salvaríase.

Capítulo 3
O polbeiro da dorna
-¡Bos días; non hai nada rapaz. Os polbos están máis
raros cós pinos mansos!...
Unha brisa do Nordeste tinguía o mar dunha cor
verde esmeralda. Eu seguía unha beirada da Pedra dos
Travesos, arrastrando as garabetas pouco a pouco
escudriñando os fondos, esperando a que algún polbo
agarrara, cando un homiño cun sombreiro de palla
máis grande cá el mesmo e que pilotaba unha dorna negra 

botou a súa arte de pesca coas mesmas
intencións.
-Eu hoxe vivo en Cangas, aínda que son de
Ribeira.
Cando era un rapaz coma ti, viñamos a vogar

17
dende Ribeira (naquelas dornas eran como a caixa do
morto); viñamos as maragotas e ós pintos á Marosa.
Aquela Marosa moito peixe daba: ¡Maragotas e pintos
grandes!.
Botabamos tres ou catro días en Cabo de Bicos e
viñamos a Vigo á venta sen ir a casa en todo ese
tempo. Comiamos caldo e patacas cocidas. Moito
peixe había pero tamén que pouco valía; o que che
facía catro duros nunha semana xa era a hostia.
Chegábamos a ribeira cargados eh, eh, eh, para ter que
regalalo...agora vívise moito mellor; haiche de todo...
así andan eses rapaces, os chavales... eu non veño ó
mar por necesidade, teño setenta anos e os fillos ben
casados, pero enriba do mar estou traquilo e ata as tres
ou as catro non marcho. Eu eiquí e onde mellor estou...
Despois destas últimas verbas xa non puiden
entender máis; ía alonxándose de min vogando amodo
proa a brisa, nembargantes seguía falando e as súas
verbas resoaban no aire facendo ecos inintelixibles
como si viñeran do pasado, reclamando aquelas rías
cheas de peixe e cheas de traballo, doídas tamén da
vida daqueles homes. O cabo de un par de horas o
home e a dorna soamente eran un puntiño escuro no

18
medio da ría para min; pensei en si quizais el xa pillara
algún polbo pois eu soamente sentira dous pequenos ós
que devolvera ó mar. Pouco despois recollín as liñas e
encarén a costa.
Volvía para casa co foraborda a baixa velocidade
pensando nas verbas daquel home, e en cando eu, facía
algúns anos en días coma hoxe levaba medio tercio
deles daquel Lago de Toralla, do Mulateiro, de San
Verde ou de Cabo Estay, sempre vogando, sen a
comodidade do foraborda. Aquelas mañáns o marciño
trasparentaba neses lugares como un cristal branco e as
gamelas de remos parecían estar pousadas nel, á beira
de terra, unha eiquí outra máis aló. Os mariñeiros delas
ollaban o fondo seguindo as súas garabetas coa vista.
De cando en vez unha sombra cubrías amarrándoas ó
fondo: era o polbo que saíra do laño a comer o
caranguexo. Ó chegar a bordo o animal poñíase de mil
cores e enrrugaba a pel tentando de non morrer, mais ó
cabo dun intre estaba xa derrotado polo home que lle
metía o chuzo pola boca rompéndolle o nervio
principal preto dos ollos. As marcas da loita quedaban
no brazo do mariñeiro si o polbo era bo, en forma de
varios puntos encarnados producidos pola presión das

19
ventosas dos raxos na pel. Outros peixes ían e viñan
polo medio dos carromeiros; as estrelas de mar ou
grades disfrutaban da mañanciña e os ourizos
reuníanse nos petóns do fondo onde houbera mexillón
pequeno para xantar. Meu tío Xoquín tiña o costume
de pillalos tamén deste xeito: cando se atopaban á
mañá moi cedo comendo o mexillón nos petóns máis
altos, moi preto da superficie , entón botáballe o
bicheiro para metelos a bordo un tras doutro, ata que ó
vir a claridade do día baixaban outra vez para os seus
laños, entón xa había que botarlle a garabeta co
caraguexo para pillalos.
Outras mañáns o mar aparecía cuberto pola neboa.
As rochas que sobresaían das augas parecían
pantasmas surxindo eiquí e aló e para recoñecelas
había que pensar por un intre cal das puntas era. Todo
asemellaba novo e desconocido; as gamelas faenaban
internas naquela branca escuridade. Era cando, absorto
nos paraísos do fondo, lembraba aquelas verbas:
-Teu avó unha vez pillou un polbo de trinta quilos en
Monteferro. Pillouno coa seca; enchía unha cesta de
vides-.
Eu maxinaba ó meu avó loitando con aquel monstro

20
tan grande como el e en como faría para metelo a
bordo co bicheiro; de seguro que o mataría no mesmo
fondo cravándolle un gran coitelo entre os ollos que
baixaría amarrado a un pau, xa que, coa seca, daquela,
peixes de gran tamaño que vivían ó pé da costa, a esas
horas de marea baixa quedaban á vista dos pescadores
e con arte recoñecíanos no medio dos carromeiros ou
distinguían algunha parte dos seus corpos sobresaíndo
dos laños.
-Tamén pillaba crongos; sacábaos do laño botándolle
un anzó encarnado con lura ou sardiña. O anzó iba
amarrado a punta de unha vara de vimbio que
empurraba ata o fondo do laño. Si había crongo xa
avisaría. Tiñaos pillado de ata corenta quilos.
Moitas veces viña cargado de corbinas, de róbalos ós
que pillaba coa farpada, ou de morenas enormes que
enchían a popa da súa gamela. Aqueles vrans eran de
moita calor e moi bo tempo. O mar estaba calmo e
transparente durante longos períodos de tempo. As
horas do mediodía os rapaces e raparigas dos arredores
disfrutaban dos xogos namentras esperaban aos
mariñeiros que virían á tarde coas velas das súas
gamelas izadas. As veces a pesca sería boa, outras

21
traerían capote. Moitos deles, coma teu avó, tiñan dez
ou doce fillos que manter e coa súa embarcación de
remos sacábanos adiante. Viñan da illa ou de
Monteferro. Si o día non estaba tan bo ou atoparan
pesca preto do porto quedaríanse por alí. Os invernos
eran moi duros e poucas veces saían ó mar. Durante os
temporales chegaba á porta das casas que estaban na
mesma praia, coma a de teu avó; entón ían vivindo co
peixe que tiñan salgado e curado, ademais dos animais
que criaban, como galiñas e porcos. Nas leiras botaban
patacas e legumes; das mazanceiras, pesegueiros ou
cerdeiras recollían o froito.
Os rapaces xogaban co vento entre as dunas cheas de
feno.
As garzas enchían a Pedra da Cruz cos seus corpos
brancos ou grises.

22
Capítulo 4
A morte de Lois

Aquel paseo pola praia fixera cambiar dalgún xeito.
Agora prefería reunirse coa natureza máis a miúdo.
Xosé salvárase daquela, nembargantes a súa vida non
parecía orientarse doutro xeito, máis ben ó contrario.
Ela foise esquecendo del, dándose de conta que
axudalo parecía pouco menos que imposible. Vivía cos
seus recordos e a nostalxia íase apoderando da súa
ánima. De calquera maneira ela era forte; sabía que
tiña que fuxir da gran cidade. Os monstros que alí
había puideran ser moito máis perigosos cós que
naceran das illas ou habitaran detrás das ondas do mar.
Volveu deixar có vento acariciara e fixera voar o seu
pelo negro e decidíuse a buscar quen lle axudara a
atopar a súa serpe; a serpe que vira ela e de seguro
ninguén máis vira. Aquel animal ben puidera ser un
Deus ou algo superior ós homes, xa que de ser tan

 grande había ter moitos anos, quizais séculos, e si
aínda ninguén a descubrira nin a matara sería porque tiña
que ser moi intelixente. María Luísa coñecía ben ó
home e o mal que pode facer; aquela serpe tamén o
había saber. Pensaba contarlle aquelas cousas que
atormentaban a súa vida, como a noite na que morreu o
seu amigo Lois.
Os grises das fachadas das casas de tres ou catro
pisos parecían bailar entre eles, e a xente, aquela noite,
mostraba a súa mirada desconfiada. Onte mataran o
seu amigo Lois; onte a morte pasara por alí. As rueiras
parecían hoxe máis estreitas e que unha man armada
íate sorprender dende unha esquina. As pisadas dos
xóvenes resoaban faltas de ledicia e decisión. Non se
escoitaba nin unha risa a pesar de ser unha zona de
diversión. Ela paseaba ese día da man de Xosé
intuindo a morte do seu amigo Lois, que se ía producir
despois da puñalada que recibira o día anterior.
Agonizaba; ninguén sabía nada dos seus agresores. Tal
vez a pel escura ou a súa procedencia molestara ós
asesiños. Lois era un rapaz forte que viña loitando por
sobrevivir dende que saíra de Africa cheo de fame. Alí
deixara a súa nai e ós seus irmáns. Mandáballe cartos

24
de vez en cando do que sacaba vendendo na rúa:
reloxos, colgantes, figuras... outras veces tamén saía a
divertirse e reuníase con eles a falar e tomar algunha
cousa. Nunca máis sería así. Lois sempre estaba triste
dende que a súa amiga Andrea o abandonara, inmersa
neses mundos enganosos da noite, onde coñocera a un
señor que a invitou a sair da miseria.
O que agora sabía dela era pouco alentador. Andrea
viñera a cidade nun barco procedente de Sudamérica,
de Chile, e el namorárase dela. Tal vez iso axudou a
que aquela noite deambulara só, borracho, polas
perigosas madrugadas da gran cidade. Os cobardes
asesiños aproveitaron a súa indefensión para matalo.

Capítulo 5
A Serpe

No interior daquela illa existía unha gran cova na
que habitaba unha serpe, unha serpe verde. Aquela cor
verde sempre era igual ó que tiña o mar ese día,
nembargantes si o mar estaba azul, a cor verde era máis
forte ca nunca. O animal era enorme; enroscábase no
interior dunha cova que se prolongaba por debaixo do
fondo do mar. A serpe endexamais saía do seu fogar, de
non ser naquelas noites nas que o mar estaba tan
embravecido que parecía querer remontar por enriba da
mesma illa; entón ela navegaba polos seus fondos chea
de ledicia e incluso daba grandes chimpos saíndo das
augas, confundíndose o estrondo que facía, co barullo
do temporal. Aquelas noites ninguén podería vela. Así
levaba habitando moitos e moitos anos. A serpe
mantíñase do oxíseno do aire e do plancto das augas.
Non era cazadora. Aquel refuxio servíulle para
sobrevivir ás ecatombes terrestres; a especie dela vivía
máis de dez mil anos. Era intelixente e de cando en vez
asomaba os seus ollos grises de pupila alongada por

26
enriba das augas para observar, sempre na noite, no
medio do gran temporal. Entón achegábase ás costas
para ver como evolucionaba o mundo. Ela temía ó
home e sabía que existía na terra; tiña moito medo de
que descubrira a súa cova, nembangantes un día tería
que enfrentarse a el; ademais nos últimos tempos, os
días de temporal, grandes buques viñan a refuxiarse ao
abrigueiro das illas, entón facíaselle moi difícil sair; ela
vía a sombra do barco e o reflexo das luces que tiña
dende a porta da cova, no fondo do mar. Pero tiña que
sair, aínda que fora unha vez ó ano.

27
Capítulo 6
O tío Xoquín
-Aquel home ía a cabalo á Illa de Toralla
aproveitando a marea baixa. Cruzaba o estreito que
está entre a illa e a Praia do vao. Eran os anos da
posguerra. El era un home rico; dáballe algunhas
moedas á xente do lugar. Nós eramos uns nenos e
viámolo pasar moitas veces dese xeito. Aqueles anos
foran de moita fame. O noso pai botaba todo o día no
mar e moitas veces viña de baleiro. Esperabamolo na
praia ansiosos porque os productos da terra escaseaban
moitísimo. Noutras ocasións viña cargado de peixe e
aquilo era unha festa. No verán a praia atopábase
deserta, xa que había a crenza de que tomar baños no
mar era perxudicial para a saúde, ó contrario de hoxe.
Viámolo aparecer por Toralla; o seu vogar era tan
canso que coidabamos de que tal vez non daría
chegado sen esmorecer naqueles últimos metros. Nós
bañabámonos no mar algunhas veces coa calor
aproveitando cós nosos pais atopábanse botando a
siesta e con moita precaución de que non se foran dar
de conta, xa que nolo tiñan expresamente prohibido

28
polo que che dixen antes. Un día, unha rapaza ó sair da
auga, escomenzou a poñerse branca; dalí a un pouco
caeu redonda na area. Nós veña a darlle labazadas na
cara para que viñera en si. Sentimos moito medo.
Parecía que morrera, mais de alí a pouco resucitou.
Falabamos despois do que poidera pasar...tamén do
que sería senón se chegara a poñer ben. Cortaríaselle a
dixestión, pero nós non sabiamos nada disto. O medo
máis grande era que se enteraran os nosos pais de que
andabamos nestes xogos ás horas da siesta.
Unha vez, no inverno, naufragou por fora das illas
un barco cargado de plátanos. Ó día seguinte chegaron
a terra empuxados polas correntes. A xente dos
arredores recollíaos en cestas ou comíanos alí mesmo.
Aquilo era unha festa. Acabamos fartos de plátanos.
Nos días seguintes continuaban chegando, aínda que
menos, e moitos xa estragados.
(Meu tío xoquín falaba namentras me axudaba a
reparar as nasas).
-Iamos vogando as Illas. Zarpabamos da praia moi
cedo para chegar alá antes do mencer; parecía que
teríamos un bo día de pesca, e así foi. Cargamos a
gamela de centolas e bois do mar que pillamos arrente

29
terra, coa seca; nembargantes a sorpresa tivémola ó vir
de camiño para a terra: ó pouco de separarnos da illa
vin nas augas algo que de momento non souben que
puidera ser. Unha mancha escura máis grande cá
propia gamela aboiaba alí ó lado, a poucos metros do
banzo da miña embarcación. De súpeto emerxeu á
superficie ensinándonos o seu caparazón. ¡Tratábase
dunha tartaruga xigante!. As gamelas que viñamos
todas xuntas e á mesma hora (ás veces ata trinta)
acercáronse a vela ante a miña acalorada chamada. O
animal deixouse ver uns intres pero logo foise
acalumando paseniñamente ata que se perdeu nas
profundidades. Endexamais voltamos vela, así e todo
os que a vimos non a esquecemos e aínda lembramos
aquel día na tertulia.
Daquela pillamos os primeiros rubios, para os que
aínda non se inventara a liña axeitada. Moitos había, e
que grandes; de ata tres quilos. Vivían en pequenos
bancos, sempre no limpo. A gamela que atopara unha
boa zona avisáballe ás demais, xa que non estaban en
calquera lado...cando había pouco vento izabamos a
vela e dicían que era moi fermoso vernos chegar a
todos xuntos dende a praia, onde nos esperaban as

30
nosas respectivas familias para axudarnos a varar na
area e levar a pesca para a casa. Despois, ó día
seguinte, ás mulleres irían a lonxa, percorrendo a pé
uns tres quilómetros cargadas con ela na cabeza, en
cestas.

Ás nasas xa estaban listas para ir ó mar; eu pescaría
de noite as nécoras, o camarón, ou algunha que outra
barbada que aínda sobrevivía. Ás primeiras xornadas o
mar de noite tornábase moi de desconfiar. Os petóns
roncaban por veces como queréndome avisar de que
tivera cuidado, que aínda estaban alí, e que a marea
que baixaba decidira deixalos respirar aire de novo e
volver a ver o mundo terrestre. Recollía as nasas pouco
a pouco, unha tras doutra, pendente do que puidera
xurdir daquela negrura do fondo que tan ben coñecía
de día pero que tan distinta se volvera sen a luz do sol.
Dentro das nasas (de algunhas) a nécora corría como
tola dun lado ó outro; esas eran as pequenas; devolvías
ó mar. As grandes érache outra cousa; permanecían
quedas a un lado da nasa, inmóviles polo momento, cás
tenazas listas para a loita. Calquera metía a man alí.
Abría entón a nasa por un lado (xa estaba lista para

31
elo) e botaba a nécora nun tercio. Despois, coa axuda
da linterna, comprobaba si estaba boa; si así era
agarraba como podía para botala no viveiro.

Capítulo 7
María Luísa viaxa ás illas

Embarcou no catamaran a iso das nove da
mañanciña.
María Luísa decidírase a facelo despois de pensar
nelo durante boa parte da noite. Os días, nestes
principios do mes de Xuño, soen amencer cos ceos
limpos e os ventos en calma, así é que moita xente fai
plans para ir a visitar a natureza, como dicen eles.
O barco enfrentou a ría de Vigo decidido. As trinta
ou corenta personas que levaba a bordo observaban
con inquietude o ir e vir dos barquiños que entraban ou
saían do porto. Algún deles parecía ir a embestir co

32
catamarán de tan preto que pasaban. Xa á altura da
farola de Xan Verde escomenzaron a verse as gamelas
e botes que faenaban na ría coa liña. O barco pasaba
entre elas respetando as súas posicións. María Luísa
sentiu por primeira vez esa sensación que da o mar
cando te recoñece; esa confianza e seguridade que che
transmite ó acunarte tan docemente e esa impresión de
estares enriba doutra clase de mundo; un mundo que
parece estar vivo, que se mostra tan colorido e aberto.
A brisa apenas acariciaba os cabelos da xente que ía na
cuberta. O mar preséntase sempre sensible e tímido a
primeira vez que o sentimos. Parece pedirnos que
voltemos, que non quere facernos ningún dano; nin se
imaxina un o duro e cruel que pode ser as veces
connosco. Cando xa polos "Medios" o barco encarou
definitivamente o seu destino, aumentando a
velocidade, os paxaseiros escomenzaron a notar como
o catamarán se balanceaba con máis violencia, e as
ondas, moito máis anchas, invitábano a bailar con elas.
Algúns preferiron agocharse no interior e observar
dende as ollos de boi. María Luísa permaneceu na
cuberta para ver chegar as Illas Cíes, cada vez máis
grandes e verde escuras. As liñas brancas das praias

33
marcábanse eiquí e aló. Ela imaxinaba a paz que alí se
respiraría. O barco dirixíase á Illa do Faro,
nembargantes María Luísa descubriu casi sin querer na
do sur o Carreiro; ¡o Carreiro de Serpes! ¡ alí estaba!
¡xusto por onde ela crera ver agabear a serpe dende a
praia!. Abriu os ollos como pratos e escudriñou dende
aquela lexanía a forma que tiña; si, asemellaba que o
surcara unha serpe e era bastante fondo. Percorría a illa
de arriba abaixo preto de Cabo de Bicos.
O desembarcar no muelle a xente sentíuse inundada
pola sensación da paixase. Escomenzaron a dividirse;
uns a praia, outros intérnábanse nos camiños que se
introducen no monte. María Luísa encarou soa un
deles; correu por el; dirixíase o faro da illa. En trinta
minutos alcanzaba a cima. Chegou o faro. Dende alí
poido ver a inmensidade do Océano Atlántico e os
acantilados baixo a súa mirada deslizándose pola parte
que dá ó mar aberto das tres illas. As ondas
estrelábanse con furia contra eles e rompían enchendo
de escumas as inmediacións dos baixos, facendo un
gran contraste coa outra cara, a do interior das illas.
Por dentro as aguas estaban claras e cristalinas ademais
de calmas; por fora todo o contrario. María Luísa

34
mirou cara ó camiño que a levara alí. Un grupo de
persoas subía lentamente; aínda se atopaban bastante
lonxe. Escudriñou os mares con impaciencia. Viu como
as ondas reventaban con forza baixo os seus pés, ó pé
do faro, moi abaixo. Sintiu vertigo; debruzouse no
muro. Tería que ver á serpe antes de que chegara
aquela xente. Debía de andar por entre aquelas
escumas. Escudriñou ben o fondo, sobor de todo detrás
da Illa do Sur. As ondas ían e viñan revotadas no
acantilado cada vez con máis forza ¡e viuna! ¡claro que
a viu!; unha sombra escura apareceu alá abaixo ó longo
de casi toda a illa e ancha como unha das praias do
outro lado. Ela quedou asombrada cando a viu,
nembargantes de seguido o fondo do mar onde estaba
a súa serpe tornouse igual, igual a como estaba ó
principio, cheo de ondas e de escumas e sen ningunha
gran serpe que o habitara.
O grupo de xente chegou arriba; comentaban a
fermosura do lugar. Ela falou con eles do abruptas que
eran as illas por detrás a diferencia do outro lado.

Sentíase aliviada de que non puideran ver a súa serpe.
Tiña medo do que lle fixeran si alguén máis a chega a
ver.

35
- Matarana-. Pensou

Capítulo 8
A pesca da robaliza
Prometía unha boa xornada de pesca. Facía xa uns
días que andaba á robaliza en Cabo Home e na Costa
da Vela. Ás veces tamén me achegaba a Vixía,
nembargantes hoxe o mar non me permitiría traballar
alí. Eran os primeiros días do mes de xuño e os ceos
estaban limpos, o vento en calma e unha brisa dábame
na cara de camiño a Limens. Alí debería encarnarme de
bolo. O Cristo da Laxe adicábase a pillalo neste tempo;
algúns barcos pequenos e gamelas achegábanse as súas
redes para con este peixiño poder pillar a robaliza.
Debía estar vivo ó metelo no anzó, así é que o
recollíamos directamente da rede do barco antes de que o
botaran a bordo, para despois depositalo nos viveiros
da nosa embarcación, onde permanecería con vida
varios días. Encarneime; acendín o foraborda e
dirixinme a Sobrido para botar o primeiro bolo,
sorteando as bateas do mexillón que están frente a
praia de Barra. O mar alí batería menos que en Cabo

36
Home ou na Costa da Vela e xa se podería pillar
algunha. A lubina achégase as rompentes en busca de
alimento entre as escumas e a resaca das ondas. Ao
disparar o bolo a primeira vez xa vin como unha delas
corría arrastrando a liña que tiña a bordo. Deixena
comer ben, e dalí a un intre refileina. Non era tan
pequena. Tiraba con desesperación e os brillos
prateados da súa pel baixo as augas indicábanme que
estaba ben agarrada; a vez tiña precaución de que a
corrente non me arrimara demasiado ás pedras e tiña
que dar unhas vogadas de vez en cando sin soltar a
liña. Así pillén dez ou doce para despois ir ata Cabo
Home. Dobrén o cabo e arrimeime. Botén o bolo con
moita percaución, alí o mar era gordo, hinchaba por
fora e ía estrelarse con ganas contra o cabo agabeando
por enriba del, como querendo chegar ó faro que o
indica e que se atopa arriba, no monte. As poucas que
puiden pillar eran grandes e salvaxes, pateleaban con
forza e facíase difícil sacarlle o anzó da boca. Logo
tiven que desistir de seguir pescando alí. Unha brisa
escomenzou a peina-lo mar; indicaba a néboa que xa se
adiviñaba por Cabo Silleiro e por fora das Illas Cíes.
Voltén para Sobrido, preparando o compás por si se

37
cerraba dela e seguín faenando algo intranquilo, xa que
de ser así tería que atravesar a ría sen visibilidade e o
tráfico de mercantes ere bastante intenso ese día. Botén
outra ollada cara ás illas e vin partir ó catamarán que
leva á xente a visitalas, voltaba para o porto de Vigo. O
vento arreciou e trouxo con el á néboa facéndose tan
espesa que non permitía ver máis aló de vinte ou trinta
metros. Un mercante que entraba arreou o seu aviso no
medio do mar. A serea encheu a ría de sonido. Pensei
en marchar despois de estar seguro de que ese monstro
non se cruzaría no meu camiño. Ó cabo dun tempo o
barco soltou outro bramido para indicar ós demais a
súa posición. Calculei que xa iría pola Morneira, por
fora de Cangas, lonxe da miña ruta. Máis tarde sabería
que, por desgracia, tratábase doutro barco, outro barco
saíndo do porto cara ó mar.
Deixárame estar tres ou catro horas máis; non pillaba
nada pero pensei que tal vez chegara a levantar a néboa
ó longo da tarde, aínda que a marea enchía con ganas e
a corrente viña para adentro coma si de un río se
tratara. Eran xa as cinco da tarde e decidín afrontar a
travesía nesas condicións. Pusen proa ó sueste co
foraborda a media marcha. Pouco a pouco íame

38
adentrando no mar. O meu redor a néboa facíache ver
toda clase de cousas e pensar disparates, nembargantes
eu sabía que tiña que pasar a lo menos unha hora e
cuarto antes de que calquera visión de terra fora real.
De repente divisei sobresaltado o espardel da popa dun
conxelador.¡Por pouco non me leva por diante!. Nin se
enteraría do grande que era. Levaba o espardel cheo de
redes, -irá para Suráfrica- (penséi).
As ondas que producía abaneáronme de maneira que
me asustei un pouco. Ó cabo duns intres seguía a miña
ruta tranquilamente fumando un Ducados.

Capítulo 9
O accidente do catamarán

O vento escomenzara a zoar húmido e con certa
intensidade nas illas. María Luísa atopábase cansa;
percorrera tódolos camiños da Illa do Faro e parte da
Do Norte ou Do Cabalo con aquel grupo de xente en
poucas horas. O día cambiara de xeito que agora,
dende o muelle, non se vía máis dunha porción de terra
e mar ó redor dun. A xente dirixíase xa a coller o

39
catamarán que zarpaba ás dúas cara a Vigo, non sen
certa inquedanza por mor da néboa. Habería que
confiar no patrón. María Luísa pensaba para os seus
adentros que sería da súa serpe; podería sair agora do
mar ou facer o que lle petara, sin que ninguén puidera
vela. O catamarán por fin zarpou e ó cabo dun intre as
illas desapareceron no medio da néboa. Unha serea
resonou no espacio e tódolos tripulantes a escoitaron
excepto o patrón, ninguén sabe o porqué, nin o saberá
endexamais.
A proa daquel monstro apareceu de súpeto no medio
da néboa. Xurdiu da nada tan alta e tan gris que todos
os que a viron quedaron absolutamente paralizados. A
proa aquela abría o mar para os lados con forza e
arremeteu contra o catamarán como si houbese moito
tempo que desexara afundilo.
María Luísa agarrárase a un flotador vermello e
amarelo dos que levan ese tipo de barcos. Agora
atopábase soa, tiritando de frío e de medo, no medio
daquela escuridade entre branca e gris. Ía á deriva co
seu frotador arrastrada pouco a pouco pola marea que
subía. Ela sempre fora boa nadadora e puidera zafarse

40
daquel intre no que a xente que viaxaba no catamarán
gritaba, loitaba ou choraba despois do impacto. Non
vía nada, só os ruidos da desgracia. A néboa tapaba
calquera visión desta clase para ela dende o primeiro
momento, cando se soubo soa no medio do mar e con
aquel frotador ó alcance da man. Despois a corrente
levouna dalí, separouna do accidente.
Xa había levar nesta situación a lo menos dúas ou
tres horas. Tiña medo. Agora o vento quedárase tanto
que o mar volvérase dunha cor plomiza e misteriosa
como ela nunca o puidera ver. O silencio entón, era
total. Só escoitaba o chapotear do frotador baixo os
seus brazos. Viulle á mente a serpe que creera ver e
sintiu un longo arrepío. Mirou cara ó fondo; soamente
puido apreciar o movemento involuntario das súas
pernas cos pés colgando desnudos, e abaixo, a negrura
do fondo.
María Luísa estaba sufrindo, sufrido moito. Creu que
alí remataba a súa vida, os seus soños. Pensaba en
Xosé, na súa nai, en Lois; quería estar con eles, donde
fose, voltar ó lado de Xosé, axudarlle, non voltar a sair
soa a ningures...ollaba ao céo e este non existía; a
néboa era dun gris escuro nas alturas. Ela vivira dende

41
os tres anos nun piso de unha rúa céntrica da cidade. A
nai tivera cando aínda era moi nova e despois o pai
abandonounas. Viñeran de Barcelona para facer eiquí
unha nova vida, pro agora ela vía a súa nai no seu
propio enterro, chorando. Quedaría soa na vida, non
podía facerlle iso; entón pegou a gritar, a gritar

¡socorro!-. 

Terei que aguantar ata que me rescaten-
pensaba.

Capítulo 10
O rescate da náufraga
Levaba xa media hora boa navegando ó sureste sin
que nada perturbara a marcha da gamela. O vento
quedárase calma chicha e a néboa aínda era máis
espesa que antes. O barullo do foraborda facíase
bastante enxordecedor no medio de tanto silencio; así e
todo distinguino, apreciei unhas voces humans que

proviñan do medio da néboa, ó oeste. Parén o motor
para escoitar mellor. Armén os remos para dirixirme
poco a pouco ao lugar de onde viñan, si era que

42
voltaba a escoitalas...esperén.
Calculei, polo tempo que levaba navegando, que
aínda non estaría no medio da ría. Ó cabo dun intre, de
novo as voces. Aproeinas; como parecía que estaban
bastante lonxe, marquei no compás a ruta e co
foraborda despaciño dirixinme a elas. Pasaron tres ou
catro minutos e ó ver que non atopaba nada volvín a
parar o motor; entón oína, escoiteina alí, o meu carón.
Eran as voces dunha xoven que pedía auxilio, sen
embargo aínda non podía vela, a néboa era moi espesa.
Xa estaba a bordo pero non articulaba palabra. Eu
tamén estaba moi impresionado e feliz de tela
rescatado. A súa palidez contrastaba cos ollos escuros e
o seu corpo fráxil, alí sentada no banco de proa,
arroupado xa cun sueter gordo e o meu chaquetón de
augas , animáronme a dicir unha parvada para ver si se
animaba un pouco:-¡ Mira que robalizas!- (destapei o tercio e levantei
unha delas)- ¡non son tan pequenas , pero ti és a máis
grande que pillei hoxe!.
Sorriu un pouco. O seu sorriso tan doce deixoume
medio abrallado. Quedei mirándoa ós ollos e

43
pregunteille:
- ¿Que pasou?. Supoño que non te estarías dando un
bañiño. As falar algo muller; agora xa estás salvada e
en media hora chegaremos á terra; ademais mira, o sol
xa empeza a querer sair. Logo despexará esta maldita
néboa- (volveu a dirixir a mirada ó costado, cara ao
fondo).
- Teño que chegar axiña á terra. Miña nai ha de estar
moi preocupada. ¿Que hora é?. Xa saberá o do
accidente...
-¿ Que pasou entón?
Entón contoumo todo. Todo o pouco que ela puidera
saber. Seguía mirando ó costado.
- Non teñas medo. A gamela é segura e eu vou atento
ó mar.
Cambiou a mirada e cravouna en min como
asombrada. Díxome:
- ¿Ti andas moito polo mar?.
- Pois si. Case que todolos días.
- ¿ E nunca viches nada estrano?.¿ Un gran animal
ou algo así?.- Pensei que deliraba.
- Estate traquiliña. Cando cheguemos a terra
secaraste ben, tomarás unha boa taza de chocolate e

44
despois chamaremos a túa nai.
O foraborda bramaba con forza empurrando a
gamela; a néboa xa deixaba ver un bo cacho de mar ó
redor.

-Si che conto algo...¿non llo dirás a ninguén nin
pensarás que estou tola?.
- Non muller, conta. Fala, fala-. (A verdade é ca súa
voz era moi agradable).
Levantouse amodo do banco e inclinouse dereita a
min. Deume un par de suaves cachetadas na cara.
- Gracias por recollerme. Pensei que me ía levar a
gran serpe.
- ¿Que serpe. ¡ Hai Dios mío!. Terás que ver a un
doutor; máis ben terate que ver el a ti. Debeches de
sufrir moito na auga.¡ Mira, eiquí teño unha mazá! vai
comendo nela.
-Si, sentarame ben...hai unha serpe enorme naquelas
illas -(sinalou coa man pero aínda non se podían ver)-
xa sabes, nas Cíes; vina por dúas veces, asegúrocho;
unha dende a praia das barcas e outra hoxe, dende o faro

45
da illa -(a seriedade ca que o dicía fíxome tomala máis
en serio).
-A verdade é que existe unha lenda que fala dunha
serpe como a que ti dis, e de que fixo un carreiro na
illa do sur. Contóuma o meu tío Xoquín.
-¡ Si, vino!¡ vin o carreiro hoxe!. ¡Ademais o día da
praia subiu por alí e perdeuse polo outro lado do
monte!.
Tesme que prometer que non llo dirás a ninguén.
Coido que non fará dano e si a descubren matarana
¿non che parece?.
- Si tranquila. Xa sei como é o home; de seguro que
a atacarían para estudiar nela -(decidira levarlle a
corrente)-vexo que te sintes mellor. ¡Mira! ¡xa se ve a
illa de Toralla!¡en quince minutos chegamos !. Que ven
que levanta a néboa, porque o mar é bastante picado...
- Gústame a tua barca; parece sólida e navega moi
ben. Mellor có catamarán. ¿Levarasme un día ás illas e
buscamos xuntos á serpe?.
- ¿Pero xa queres voltar para alá despois do que
acabas de pasar?. ¡Eres fermosa e forte!.
Voltou a sorrir con máis ganas e eu tamén.

46

Pensei que me ía levar moi ben con aquela rapaza.
María Luísa chegou á casa da súa nai e alí estaba
Xosé esperándoa. A nai abrazouse a ela chorando de
ledicia de voltar a vela. El agarimouna un pouco pero
ela separouse de seguido del e púxose a contar aquela
primeira experiencia marítima. Relaxouse por fin
totalmente; logo foise a descansar o seu cuarto. Alí
estaba a súa cama, a torre de música e aqueles libros na
estantería do armario. Acercouse a fiestra. Viu os
edificios. As rúas ían cheas de autos coas luces acesas.
Os semáforos parpadeaban eiquí e aló. Pensou no
rapaz da gamela que a salvara e en que non lle
preguntara o seu nome, nin el a ela tampouco. Sorriu.
Era simpático, non estaba nada mal. De contado
culpouse de pensar esas cousas del, que fora bo con
ela. Logo sentíuse un pouco triste pensando na vida
que levaría enriba dese terrible mar, cheo de serpes e
quen sabe que máis outros monstros. Nembargantes
deuse conta de que ó lembrar á serpe non lle daba
medo, senón que lle parecía pacífica e inofensiva.
Incluso tiña ganas de acercarse a ela.

- Un día irei con el ás illas e coñocéremola- pensaba-
navegaremos na gamela por fora delas; andará por alí. -

47
O imáxinalo sentiu un arrepío por todo o corpo.
- ¿ E si xurde a serpe por debaixo do mar e nos
mata?. Non, el sabería que facer; parece seguro no mar
e saber todo o que hai nel. O mellor sabe máis do que
me contou e ten amizade coa serpe...non, pobre rapaz,
pensaría que estaba tola; ¡a cara que puxo cando llo
dixen! aínda có da lenda que lle contara o seu tío
Xoquín parecía dicilo de verdade.
-Bueno, xa veremos.-
O sono apoderouse dela e foise quedando durmida
envolta na seguridade da cidade. Unha seréa de policía
ouveaba no aire detrás das fiestras e ela escomenzou a
soñar os dulces soños das rapazas da súa idade.
Despois de deixar á rapaza na súa casa, no centro da
cidade, de loitar có tráfico polas rúas, voltén a praia
para asegurarme de que a gamela quedara ben varada
na area e non fora a levarma o mar de noite, xa que se
estaba picando aínda máis...
Efectivamente as ondas rompían con forza nas
rochas e a escuma resaltaba na escuridade da noite.
Deille unha roletada e senteime un pouco no corredor
para fumar un cigarro namentras repasaba os
acontecimentos do día. A rapaza aquela tiña algo

48
especial, non sei, non era como as demais...como diría
que viu unha serpe no mar. Lembrén a lenda; podería
ser certo ¿ por que non? senón ¿como atinou ela co
Carreiro de Serpes cando lle falén del?.
A verdade é que era fermosa e que mirada tiña. Non
pensarei noutra cousa quen sabe ata cando; e que
físico... Dios mío, como son, pensei. Dende logo o que
ela debeu de pasar, tanto tempo no mar...e era a
primeira vez que o pisaba. Que recibimento mar; como
podes ser así con unha rapaza tan, tan...e aínda para
máis esináchelle a serpe. Mañá vouche pillar unha chea
de peixes, xa o verás. Unha onda reventou con forza na
praia. A corrida perecía querer chegar a min. Voulle dar
outra roletada por si acaso.
Aquela noite soñén con serpes e rapazas fermosas;
eu era o heroe que as salvaba de toda clase de
aventuras perigosas.

49
Capítulo 11
A Serpe non pode vivir
Aquel animal que habitaba as illas dende había
tantos anos, era un saurio. Alimentábase do plancto tan
abundante e rico destas augas. Non tiña o aspecto
maligno da maioría dos reptiles, senón que a súa
redondeada cachola e os grandes ollos grises, tamén
circulares, indicaban o seu caracter pacífico, parecido ó
dunha balea de hoxe. Nerbangantes nos últimos
tempos a serpe andaba inqueda. Cando se atopaba no
seu refuxio os sonidos que lle transmitían as augas do
mar facíana revolverse na cova, incluso algunhas veces
tiña que sáir a fora, aínda que o día non fora o axeitado
para facelo; entón navegaba polos fondos amodiño,
chea de medo daqueles ruidos, sen sair a superficie ;
excepto aquel día, o día que quiso marchar, enfrentar
de novo o océano por onde viñera, onde nacera.
Agabeou polo Carreiro de Serpes baixando polo lado
de fora da illa. Tivo sorte, ese día non se atopaba

 ningún barco faenando por alí, xa que sopraba bastante

50
vento ó sur. Despois navegou polo fondo do mar
dereita o gran Océano Atlántico alonxándose das illas
durante dous días coas súas noites; pero ao cabo de
tanto tempo escomenzou a sentirse soa. Tiña medo de
novo. Non eran aqueles tempos nos que outras serpes
coma ela xogaban nesas latitudes que agora alcanzara
ó cabo de tanto nadar e nadar. Botaba de menos ós da
súa especie; facía moitos séculos que non vía ningún.
Entón detivo a viaxe e pousouse no fondo. Sentiu que
non ía a ningures, que endexamais atoparía outra
compaña que non fora a da súa illa. Escomenzou a
desandar o camiño e botou seis días en chegar de novo
a cova. Viña esmorecida, cansa. Aquela mesma noite
os estoupidos na auga...aqueles sonidos que a poñían
tan tensa e nerviosa. O chegar o día seguinte, durante a
mañanciña o mesmo, outra clase de barullo, como si
rabuñaran o fondo das súas illas. Non podía descansar;
tería que salir de novo aínda que facer iso era terrible
para ela cando o día non era o axeitado. Sabía que o
home existía na terra e temíao. Nos últimos tempos
decatárase de que avanzaba moito nas súas
contruccións ó pé daqueles montes que subían polas
ribeiras e que tantos e tantos anos permaneceran

51
desertos desa especie.
Recordaba aqueles tempos nos que podía achegarse
ás praias e serpentear polas costas sen ningún temor,
cando chegara eiquí o día que aquela luz estralou no
ceo, o mesmo cando atopara a súa cova. A serpe agora
tiña medo; case que tanto como aquela vez e non vía a
posibilidade de atopar un novo refuxio.

Capítulo 12
O accidente do helicóptero

O comandante do helicóptero e mailo seu copiloto
falaban de mulleres namentras facían o seu traballo
rutinario; consistía en patrullar o espacio que cubría as
rías de Vigo e maila de Pontevedra. Raramente
atopaban máis faena cá de comunicar polo aparello que
divisaran algunha embarcación con xeito de non ter os
papeis en regla. Entón saía a patrulleira a súa captura.
Hoxe nin tan siquera iso, así é que decidiron divertirse
un pouco sobrevoando temerariamente as illas,
arrimándose moito ó monte e pasando a ras das

52
praíñas. Facía moito vento do norte. As augas claras e
azuis permitían ve-lo fondo ata ben afora da costa das
illas. Arrimábanse ás paredes dos acántilados para ver
romper as poderosas ondas que os batían ese día. Non
se atopaba ningún barco preto da costa, así é que
colleron rumbo a fora por si puideran avisar de algún
contrabando, ou algo. Ó cabo duns minutos da viaxe o
comandante berrou o seu copiloto:
- ¡Mira, mira, aló no fondo!...
-¿ Que? eu non vexo nada ¿onde?.
- ¡Aló, aló, a estribor! ¡unha sombra alongada
enorme!¡móvese rápidamente!...agora xa non a vexo...
- Baixa un pouco, a ver si foi o reflexo dalgunha
nube.
- Non, non; vou baixar ata a superficie por si volve a
sair.
- Vai con coidado, faime o favor.

O copiloto mirou con desconfianza ó comandante e
ó botar unha ollada ós arredores do mar, sentiu un
arrepío por tódalas costas.
O helicóptero parouse preto da superficie, por fora
das illas, entón foi cando emerxéu de novo aquela

53
sombra alongada saíndo das aguas, e do chimpo que
deu por enriba delas golpeou o aparello de maneira que
o fixo cair sobre as ondas. Pouco despois estoupaba
levantando unha bola de lume no mar.
O copiloto nadaba co seu salvavidas automático a
varios metros de alí.

-¡Comandante! ¡comandante!- gritaba aterrorizado-
Pero o comandante xa non podía escoitalo.

Capítulo 13
A pesca do crongo

Moitos seráns, cara á noitiña, os mariñeiros
adoitaban de se reunir a falar arredor dalgunha gamela
dás que tiñan na praia da Fontaiña. Comentaban as
anteriores xornadas de pesca ou de cousas da vida que
nada tiñan que ver co mar. Tamén analizaban o estado
de saude das súas embarcacións; outras moitas veces,
acompañaban a algún deles que estivera facendo
reparacións na súa barca. Aquel día atopei a meu tío
Xoquín arranxando unha remadoura da "Eloisa".
Escomenzou a falar:

54

-¡Quen me dera ir ós crongos para a illa de noite!.
Con este marciño manso e as noites que están,
poderíase pillar algún. ¿Queres vir?; habería que sair
da praia ás seis do serán para ter o axeso ás fanecas e
para fondearse no cabezo. Despois, xa ó meterse o sol,
botar a espinela e a bolsa de sardiña para engadalos.
Agora cos forabordas é unha maravilla. Cando eu
tiña os teus anos moitas veces fun par alá a eles...na
viaxe sempre atopaba algunha motora que me daba un
cabo. Iban á illa co palangre e á sardiña coa rede de
cerco, de tódalas maneiras moito tiña que vogar para ir
de un cabezo ao outro, e ó virme, alá ás tres da mañán,
para chegar ó mencer á praia. Unha desas noites saín
vogando pola porta pequena para probar nun sitio que
está ben afora da illa. Entrou unha nortada que para
chegar outra vez a dentro mireime negro ¡ moito
voguén naquela noite escura! pero ó fin puiden
meterme na praia de San Martiño para descansar. Alá
afora, naquel cabezo, os crongos que daba eran moi
grandes, o que si, tiña que estar moi boa noite para
estar alí fondeados; así e todo aínda me lembro dunha
vez que fun para alá co teu avó. Xa tiñamos a popa da
gamela chea de crongos, cando un transatlántico

55
daqueles que viñan das Américas, parecía ter a súa ruta
mesmo por onde nós estabamos. Teu avó deixouse
estar fondeado esperando có buque pasara algo
desviado, pero claro, aqueles radares de entón non
marcaban a madeira, e o capitán non chegou a
decatarse da nosa presencia. Cando quisemos levantar
a áncora do fondo ao ver có barco botábasenos enriba,
mirámonos moi mal. ¡A áncora estaba agarrada abaixo e
era imposible quitala!, pero claro, se non a
levantabamos non poderiamos voltar a fondear esa
noite, e aínda era cedo. Teu avó queimaba as mans
tirando desesperadamente polo cabo, pero nada, non
había maneira. O barco xa estaba demasiado preto,
entón houbo que picar. ¡Teu avó armou rapidamente os
remos e tivo que vogar como un tolo para que aquela
xigantesca proa non nos comera!.
Outro día cerrouse de néboa alá, pouco antes da hora
de virme; non parecía moi espesa e púsenme a vogar
guiándome pola lúa e a estrela do norte que aínda se
podían ver, nembargantes ó chegar ós medios o ceo
tapouse definitivamente. Non levera o compas porque
estivera arranxándolle a rosa dos ventos e non o tiña
rematado para ese día. Ó cabo da hora e media

56
vogando non tiña nin idea de onde me atopaba. Sabía
que polo tempo que pasara (levaba reloxo) tiña que
estar preto da costa; e así era, porque botén a sonda ó
fondo para saber a altura de auga e, efectivamente só
daba dúas brazas pero ¿onde estaba? ¡non vía terra a
meu arredor!. Como o mar era moi mansiño fondeei e
boteime a durmir. Cando espertei xa levantara a néboa
e rompera o día. ¡Estaba no Lago de Toralla ó pé da
Illa de Toralla, claro!.
Meu tío parecía vivir aqueles días cando contaba as
historias; facíao ollando ao mar e ás illas como si llo
estivera dicindo a eles. A mesma vez seguía
arranxando a "Eloisa" cun cariño de amante.
-Bueno rapaz, a remadoura xa está lista para vogar,
así é que, si queres, mañá ás cinco do serán hai que
estar la praia preparados para botar alá toda a noite.
Trae roupa de abrigo que eiquí non é o mesmo que
despois, no mar; de noite no mar vai frío, e máis alá, na
illa, xa me dirás...ah, Francisco, e levaremos tamen
algo de comer. A carnada, os anzós e as liñas son cousa
miña.
Así escomenzou a miña primeira viaxe para botar a
noite na illa. Cando saímos da praia, ben apetrechados,

57
o sol de Xuño quería xa esvarar polo horizonte, pero
faltáballe aínda un bo treito para conseguilo. Poñía ás
nubes e o ceo de mil tonos e cores no seu esforzo por
cair, namentras nós perseguiámolo cara ás illas.
Tiñamos que chegar antes cá el, xa que neste tempo,
métese xusto por detrás delas. A gamela brincaba leda
empurrada polo pequeno foraborda. Unha brisiña da
terra dicíanos cá noite non se había escarallar.
Meu tío Xoquín no banco de proa ía ultimando as liñas
e picando sardiña, para ó chegar alá ter todo preparado
e non perder tempo; namentras viraba nos Ducados un
tras doutro.
O fin chegamos; marcou o sitio polas señas que
collía de terra. Despois de explicarmas unha e mil
veces, fondeamos.
-Aquel montiño polo Fillo do Faro e A Meda por
aquelas casas de Bayona. Non te olvides destas señas,
fíxate ben ¿entendéchelo?.
E repetíamo.
-Este é moi bo cabezo, sobre todo para as fanecas; só
teu avó e poucos máis o coñecían, así é que non te
esquezas.
Botamos as liñas e dalí a un pouco as fanecas

58
escomenzaron a comer os anzós. Sentíanse nos dedos
que suxeitaban o fío como si pasara por eles unha
descarga eléctrica; inmediatamente había que refilalas
para que se lle cravara o anzó na boca, senón íase.
A primeira que chegou arriba era gorda e tiña cara de
boa. A expresión de sufrimento dos seus ollos facíache
sentir unha cousa entre lástima e ledicia de imaxinala
fritíndose nunha sartén.
-Esta é unha tamba. Destas sempre houbo poucas, xa
antes había poucas, aínda que máis cás que hai agora.
Había un home en Canido ó que lle chamaban "O
Tambero" porque sempre pillaba tambas.
-¡Eu coido que traio outra, ou dúas a maneira que
tiran!- a miña man bailaba cos tiróns.
-¡Tira amodo, tira amodo!.
O sol xa se metía canso e encarnado por fora das
illas. Nós, na gamela, arrombábamos o par de ducias
de fanecas que pilláramos e xa recolliamos as liñas
para dispoñernos a botar ó crongo, que xa era hora de
ir engadándoos. A gamela balanceábase silenciosa
naquelas vinte brazas de auga. Os barcos da ardora
escomenzaban a chegar dende os seus portos para
traballar a sardiña, ao xurelo ou ó chincho. Dalí a unha

59
hora e media era denoite pechada. Os faros da illa e da
Agoeira alumeaban con ganas. Era unha noite clara,
sen fumaso, sen lúa. O aire estaba limpo de néboas. Os
barcos da ardora ían e viñan dando voltas de un lado a
outro buscando os cardumes de peixe coas sondas ou a
ollo. Nos esperabamos en silencio ó crongo, que si o
había estaría por chegar a comer; e habíao, vaia si o
había. O primeiro agarroume a min, que tiña a liña
suxeita coa man dereita (xa me doía e estaba moi fría)
dende facía unha hora e media. Deu dous ou tres
azoques para abaixo xordos e profundos. Avisei a meu
tío. Botoulle a man á liña para tantealo.
-Déixalle ir un pouco...cando vaia cedendo vas
recollendo liña pouco a pouco, amodo.
Así o fixen; fun virando liña ata que faltaban tres ou
catro brazas dela.
O fin mirámolo; volveu a dar uns tiróns fortes para o
fondo pero logo deixouse vir e quedou como frotando
a par da gamela. Case que era tan longo coma ela e
negro como a mesma noite. Meu tío cravoulle
rapidamente o bicheiro que tiña na man atado a un
cabo; escomenzou a recoller del.
-¡ Vou metelo, prepara o coitelo e aparta os pés que

60
si che traba fúrache a bota!.
Metéuno no medio dun estrépito de auga e golpes e
alí quedou, no medio da gamela, inmóvil. Era enorme e
intrigante. Meu tío Xoquín, de repente, espetoulle o
coitelo na cabeza e oíuse un chasquido que perturbou a
noite.
-Hai que partirlle a espiña, senón non morre en toda
a noite. Bueno...ha de pesar uns trinta quilos... -dixo
satisfeito namentras acendía un cigarro.
Os barcos da ardora escomenzaron a largar a súas
redes; víanse as luces espalladas polo mar. Un fío de
media lúa amarela aparecía por enriba de Monteferro.
A brisa de terra aumentaba un pouco á vez que se facía
máis fría. Recollinme sobre min mesmo como si
presentira aquilo. No plan da gamela sentíanse uns
estoupidos como si algo estralara no fondo do mar, e
así era. Meu tío Xoquín escomenzou a decir:
-Son bombas; algúns destes barcos usan explosivos
para pillalo peixe. Non saben o que fan. E total que só
recollen o vinte por cento do que matan...pero claro,
fáiselle máis doado. Bueno Francisco, é mellor que nos
vaiamos para casa, eiquí xa non facemos nada. O peixe
válase e non comerá en toda a noite.

61

Levantamos o rizón e namentras o faciamos
escoitábase un retumbar apenas perceptible pero
patente que proviña das illas. Meu tío dixo que había
de ser o mar; estaría picándose un pouco....

Capítulo 14
Andrea

Andrea pulsaba o quinto A no portal do edificio de
María Luísa.
-Son Andrea, ábreme por favor.
-¡Andrea! ¡que sorpresa! ¡sube, sube!.
Subía as escaleiras pouco a pouco, pensando no que
contarlle a súa amiga. A vida nos últimos tempos non a
tratara nada ben, e a vergoña íase apoderando dela
conforme se acercaba o momento do encontro.
-Pasa por favor, non te cortes.
-Non te asustes do meu aspecto. Estou ben. Agora
che conto.
-Vale; tomamos un café -(Dios mío, de onde virá
esta) pensou María Luísa.
Andrea contoulle máis ou menos a historia da súa
vida dende que atopara aquel home moito maior cá ela,

62
e era unha desgracia. O final tivera que fuxir do antro
onde a tiña prostituíndoa e chea de drogas. María Luísa
suxeriulle que o denunciase á policía, pois ela aínda
era menor de idade, tiña dezasete anos e debía de
metelo no cárcere antes de que fixera o mesmo con
outras rapazas; pero Andrea tiña medo, moito medo.
-Está ben, agora tranquilízate. Dúchaste, comemos
algo e déixoche roupa. Quedaraste con nós a vivir por
un tempo. Despois xa miraremos. Iremos a
Castrelos,ós concertos, así que alegrate muller, veña.

Capítulo 15
A escama

O copiloto levaba un aparello acoplado ao
salvavidas automático, o que lle permitiu pedir socorro
axiña.
Despois dunha hora a zona do accidente atopábase
xa chea de barcos e un helicóptero de rescate;
buscaban ó comandante, que se perdera nos fondos
mariños. O copiloto ía sempre ben preparado por si

63
ocorría un accidente; o seu compañeiro tiña fama de
temerario.
-Haber Dominguez ¿qué pudo pasar, que ocurrió?.
-Non o sei. Levantouse algo enorme do fondo do
mar vindo a chocar contra o aparello...o comandante xa
o vira un pouco antes, baixamos para ver que sería e...-
(dicía case que chorando).
-Pero hombre por Dios. Está usted muy
impresionado. Verá al psicólogo y después, cuando el
diga, hablamos con más calma. Ande, tómese el
caldito.
-Pero señor, é certo,é certo- insistía o copiloto.
O capitán e mailo copiloto compartían mesa no
comedor do "Castilla", fragata esta que chegara a toda
máquina desde Marín para axudar no siniestro.
O contramaestre irrumpiu no comedor.
-¡Capitán, chámano pola radio!. ¡Os mergulladores
xa atoparon ó comandante!. Estaba preto dos restos do
helicóptero, nembergantes requíreno a vostede na
lancha de salvamento xa que, según me adiantaron,
van a vir uns científicos para analizar unhas probas e
queren que vostede estea presente.
Xa na ponte do barco o capitán púxose a falar polo

64
aparello:
-¿De qué se trata? cambio.
-É algo moi estraño, veña axiña a velo. Os
científicos han tardar a lo menos dúas horas en chegar.
Veñen a analizar o que atopamos eiquí, xa que as
autoridades dixéronnos que isto, de momento, debía de
permanecer no máis absoluto secreto. Cambio e corto.
A zodiac xa estaba lista ó costado do "Castilla" para
levar ao capitán á lancha de salvamento, que se
atopaba a un cuarto de milla de alí. A intriga
apoderárase da súa mente e non atinaba co que podería
ser aquilo tan misterioso.
Subiu pola escala da lancha no medio dunha forte
nortada; o barco balanceábase bastante e tívose que
agarrar ben para non cair ás erosionadas augas. Eran as
catro da tarde. A maré escomenzara a baixar facendo
arreciar aínda máis ao vento. As illas, por fora, estaban
sendo azotadas polo mar de fondo e a brisa traía o
murmurio das ondas. Por fin franqueou a porta da
entreponte onde, enriba dunha mesa e rodeada pola
tripulación, atopábase aquilo:
-¡Dios mío! ¿pero qué puede ser esto?...

parece la escama de un gran pez, o algo así.

65
Enriba daquela mesa relucía unha cousa
verdadeiramente rara. Era dun material que recordaba
ó cristal e de dous centímetros de groso, a superficie
un pouco ovalada e as esquinas redondeadas, onde se
curvaba un pouco máis na mesma dirección. Había
ter uns dous metros cadrados de área e tan transparente
que deixaba ver as vetas da madeira por debaixo dela.
Recubría un brillo acuoso; daba a sensación de estar
diante dalgún grande animal mariño. O capitán
acariciouna coa punta dos dedos sentindo como
esvaraban suavemente por enriba dela.
-Atopámolo bastante lonxe do comandante, e si o
chegamos a ver foi porque daba un reflexos brancos
coa luz do sol, senón non nos decataríamos; ademais a
auga estaba tinguida dunha cor vermella moi tenue,
pero notábase -dixo un dos mergulladores.
-Si, recolleron mostras de auga para ver de que
poidera ser que estivese así. Os científicos han de
aclarar algunha cousa...
O patrón da lancha de salvamento atopábase moi
impresionado ante aquela maravilla da natureza;
sentouse nunha cadeira sen apartar a vista dela. O
capitán reiterou:

66

-Yo creo que se trata de la escama de un gran pez, o
quién sabe que especie de animal marino. De cualquier
manera debe de ser de enormes dimensiones. Ahora
que lo pienso...tal vez Dominguez diga la verdad y no
esté delirando cuando me aseguró que fueron atacados
por algo que se levantó de la mar...
-¿Pode explicarnos iso capitán? -dixo o patrón.
-Sí, el dice que el comandante había visto una
sombra alargada en el fondo, cerca de la superficie, y
al bajar para tratar de volver a verlo fue cuando
saltó...y derribó el helicóptero; es increible.
Os tres mergulladores sentiron un longo arreguizo
polas costas ó pensar que alí abaixo había un monstro
marino.

67
Capítulo 16
A Serpe está ferida

Aquela serpe estaba ferida. Navegaba polo fondo do
mar buscando a entrada da súa cova. Tras dela ía
deixando unha liña moi tenue de cor vermella; era o
sangue que manaba da ferida que tiña no lombo, preto
da cabeza.
A serpe estaba moi alterada; o seu sistema nervioso
afectado por aqueles ruidos que a transtornaban. Ela
tiña un aparello auditivo moi complexo e perfecto que
lle permitía sentir toda clase de sonidos que se
producían no fondo do mar ou na superficie, incluso
por enriba das augas; nembargantes os que percibía
naqueles tempos e durante varios anos, estaban
perturbando o seu caracter natural, pacífico e
inofensivo para as demais especies mariñas e terrestres,
xa que tiña capacidade para reptar polas costas durante
un tempo corto. Enseguida debía de voltar ás augas.
Agora saía da súa cova e navegaba sen rumbo calquera
día, perdera a capacidade de saber que tiña que facelo

68
só cando houbese temporal, e na noite. O seu instinto
de supervivencia perdíase na súa mente; estaba a
piques de poñerse frente ó home.
Aquel día sentiu ao helicóptero arredor das illas e
tamén o viu por enriba das augas. A serpe posuía unha
gran percepción visual cun sistema parecido ó dun
aguia, sen embargo a embergadura dos seus ollos facía
que vira na distancia coma nós cun gran telescopio;
podía ver un home a varios quilómetros de distancia
ou un peixe pequeno a dous centímetros. Foi a
primeira vez que decidiu enfrentarse a aqueles ruidos e
disparouse buscando a fonte de onde proviñan. Así é
que chocou co helicóptero, facendo cair. Despois
pousouse no fondo sentindo a dor da ferida a súa
maneira e ó frotarse contra as rochas, perdeu unha
escama. Cando viu chegar ao home morto ó fondo
quedou abraiada; tíñalle medo, moito medo ó home.
No interior da súa complexa cabeza soubo que este a
descubrira, que atoparía a súa cova. Pero xa non sabía
fuxir. O seu sistema nervioso facía que atacara a fonte
de onde proviñeran os ruidos e así sería de alí en
diante. Agora estaba no interior do fogar. Arroscouse e
quedou durmida.

69
Capítulo 17

Encontro no concerto

Na viaxe de volta de aquela noite de crongos, meu
tío Xoquín non emitiu nin palabra. Eu dirixía o
foraborda e el nin siquera fumaba nos Ducados. Viña
triste e pensativo; aqueles barcos profanaran as súas
noites na illa e el non podía facer nada en contra deles
nin da destrucción que provocaban.
Varamo-la gamela na praia e levamos o crongo para
casa; ao día seguinte iríamos a lonxa a vendelo,
despois repartiríamo-los cartos. Eu tamén estaba triste,
máis por el que por min. Tiña unha grande ilusión nas
súas noites na illa e agora xa non sería o mesmo. Nin
siquera falou de voltar outro día para alá. Co que saque
do cronco irén os concertos de Catrelos cos meus
colegas, pensei.

70

O día seguinte así o fixemos. Colocámonos na cola
de xente que estaba na porta do teatro e esperamos a
que chegara o noso turno para mercar as entradas.
Fomos cedo, pois sabiamos que aquilo estaría a rebosar
de xente e non queriamos quedar fora. Ó cabo dunha
hora faltaban dúas personas para que nos tocara a nós e
só quedaban cinco entradas. A cola de detrás foise
desfacendo; a xente escomenzaba a ir para o anfiteatro,
onde non hai que pagar. A banda tocaba xa a primeira
melodía no interior. Entón unha rapaza achegouse
acaloradamente preguntando:
-¿Xa non hai entradas?. -Mireina e o corazón deume
un chimpo dentro do peito. ¡Era ela; a rapaza que
atopara no medio da néboa!.
-¿Estás soa? -pregunteille coa boca aberta.
-¡Ei! ¡es ti! ¡o meu salvador!.
-Si, e voute salvar outra vez ¿cantas sodes?.
-Esta é a miña amiga Andrea- Dixo María Luísa
agarrándoa polos ombreiros e acercándoa a min.
Andrea era de pel de café e tiña uns grandes e
fermosos ollos verdes. Facían unha bonita parella de
rapazas así agarradas.
-Entón sacarei as cinco que quedan -díxenlle ao

71
taquilleiro. (Os de atrás protestaron lanzando os brazos
ó aire).
-Vale, gracias. De non seres por ti non poderiamos
entrar -falou Andrea cun suave acento sudamericano.
Xa de camiño ao interior presentámonos ela e máis
eu:
- É un pouco estraño, pero non sei o teu nome.
-Luísa, chámome Luísa, perdoa.
-Perdoa ti muller, eu son Francisco.
-¿Salvástesvos e non sabiades como vos
chamabades?.
-Non Andrea non.- Aclarén eu algo avergoñado.
Cando traspasamos o umbral do anfiteatro a música
enchíao todo. Aquilo estaba ata a bandeira de xente.
Sentámonos no chan, detrás da cabezas; Luísa e máis
eu caemos hombreiro con hombreiro e Andrea púxose
polo lado de alá. Aquel contacto físico con ela
encheume de emoción; parecía que si ladeaba a cara
iámonos fundir nun apaixonado beso, e por incrible
que me parecera, así foi. Aquela música tan natural e
ese momento sorprenderon tanto a miña mente que non
o esquecerei endexamais. Despois voltamos á
normalidade disfrutando daquelas dúas horas de son. A

72
A xente e máis nós aplaudimos e gritamos. O fin o
concerto rematou, e despois de tomar algo xuntos no
"Iguana", separámonos.
Deixenas no portal do seu edificio; Andrea deume
dous biquiños de despedida para escomenzar a subir
antes ca ela. Os ollos escuros e húmidos de María
Luísa dixéronme que querían voltar a verme.
-Chamareite para ir ás illas, a buscar a túa Serpe-.
Díxenlle.
Sorriu moi docemente e despois de darme dúas
cachetadas suaves na cara, escomenzou a escalar en
pos de Andrea.

73
Capítulo 18
O accidente do Rieiras

O "Rieiras" recollía rede virando co maquinillo na
beirada da pedra morta, ao leste de Cabo de Bicos, na
Illa do Sur ou San Martiño. Aquela mañá do mes de
Xullo amencera limpa e clara, cun sol amarelo cheo de
ganas de cruzar o ceo. O barco era de cor branca; os
seus quince metros de eslora abaneábanse mansamente
naquel mar tan tranquilo. As betas traían peixiños
diversos, a maioría de pouco tamaño, que se desfacían
en curva-los seus corpiños para zafarse da rede. Outros
viñan xa medio roídos polos caramuxos do fondo e
trabados da lura ou o crongo, que non mallaban tan
doadamente.
Eran as once da mañanciña ; os mariñeiros do barco
traballaban en camiseta, facía algo de calor e a beleza
daquela mañá e das illas relaxábaos. O patrón dirixía o
timón para que non fora a meterse a rede no hélice e
nin tan siquera berraba unha verba ós seus
empregados. Unha lancha de paseo cortaba as augas
deixando unha longa estela na súa viaxe de pracer, a

74
babor do barco. Dirixíase ó porto da Illa do Faro
parecendo que non lle chegaba ós seus tripulantes o
momento de estumballarse naquela area branca. Ó
pouco tempo irrumpiu unha moto de augas co seu piloto en
traxe de buzo; daba que pensar no tolo que estaría por
chegar tan lexos con aquel aparello.
A maré baixaba e unha liña escura aparecía por toda
a illa un pouco por enriba das augas; era a liña da
marea alta. As gaivotas armaban unha grande algarabía
no monte, voaban e pousábanse sen descanso, unha e
outra vez. Dez ou doce cormoráns negros observaban ó
barco dende o cabo, tomando o sol.
O mariñeiro que agarraba a rede que ía virando o
maquinillo sentiu como, despois de apretarse esta
fortemente contra el, cedía rapidamente rechinando e
fincándolle os brazos no aparello. O berro que deu
sentiuse en toda a illa e alí quedou aprisionado contra
aquilo por uns intres. Despois marchou ó mar enliado
na rede que saía do barco a toda velocidade. Os outros
dous mariñeiros que quitaban o peixe na popa
retiráronse axiña ao lado de babor para non correr a
mesma sorte. O patrón non sabía que facer, non se
atrevía a sair da ponte. A rede nun dos saltos que daba

75
fixo firme na base do maquinillo, entón o barco
escomenzou a seres arrastrado polo mar, xa que as
trallas aguantaban aquela forza. O patrón saíu da
ponte.
-¡Hay qué picar as trallas!. ¡Vainos a botar ó fondo!.
Os mariñeiros non se atrevían a moverse de onde
estaban. O patrón colleu un coitelo tentando cortar os
cabos da rede, pero o barco xa se acalumaba de
costado; non aguantaba aquela forza nesa posición,
escomenzando a entrar e entrar auga, ata que só se
miraba o pau da antena. Os homes marcharon con el
aquela mañá de vran.
A xente que disfrutaba do sol nas illas, non se
decataba do que lle estaba ocurrindo ao "Rieiras".
Ocorreu todo tan a présa e silencioso que nin as
gaivotas alteraron os seus rituais. O barco desapareceu
baixo as augas, e do naufraxio só quedaron aboiadas
dúas balizas de reposto que levaba para as redes, os
salvavidas, que neste tempo non acostumaban a usar,
pero que saíron ó cabo duns intres do interior da ponte,
e os restos de corchos e argazos das redes que non ían
ao fondo.
Ó cabo dunha hora o home da moto de augas

76
decidira voltar para o porto de Baiona, e cando pasou
polo lugar do siniestro viu os salvavidas, extrañándolle
bastante. Pensou que ocurrira aquilo; el vira ó barco e
aínda o recordaba. Parou o trebello e deixouno aceso
ao ralentí. Unha fría soidade interior apoderouse da súa
mente; a embarcación máis cercana que podía ver
atopábase a un par de millas e ía en ruta cara a fora,
rumbo ó suroeste; moi dificil avisarlle. Virou a cara
para as illas, pero dende aquela posición non se podía
ver máis que parte dos montes da illa do sur. Alá, ó
fondo, por dentro, a xente dunha das praiñas da Illa do
Faro soamentes eran uns puntiños escuros nas areas;
demasiado lonxe tamén, nembargantes pensou que o
mellor sería voltar para dar o aviso.
Apretou o acelerador da moto de augas encarando
esa dirección. De súpeto apareceu ante el un obstáculo
que o deixou abraiado:
Unha masa de cor verde escuro emerxeu daquela
mar azul clara que imitaba o tono do ceo. Parou o
trebello en vez de cambiar de dirección. Apagouno.
Pensou que tal vez así pasara desapercibido para aquilo
que parecía ter vida propia. E así foi. O animal mariño
emerxeu a todo longo do seu corpo ata quedares a súa

77
pel, cuberta como de un cristal transparente, a ras das
tranquilas augas. O home viuna enteira a uns vinte
metros de distancia, alí parado, enriba do seu trebello.
Esperaba ver a cabeza, nembargantes non chegou a
conseguilo. Aquel monstruo había ter uns corenta
metros de largo, e a parte onde se supoñía que iría a
cabeza, xa que lle parecía máis ancha có resto,
curvábase dereita Cabo de Bicos. A imaxe dunha serpe
dibuxouse na mente do home; entón foi cando viu
unhas enormes aletas emerxendo do mar preto daquela
zona e poido apreciar que estaban rodeadas por redes
como as que tiña visto no porto. O animal axitaba os
seus enormes brazos que ondulaban os bordes igual cás
raias cando voan polos fondos mariños. Eran dunha
cor amarela moi clara e a liña que as sostiña ao medio,
verde escura como o corpo do animal. O home
relacionou os restos que atopara aboiados con aquilo;
sentiu o frío da morte percorréndolle os osos.
Permanecía inmóvil; o medo inmovilizouno como nos
soños dun neno pequeno. A serpe escomenzou a
moverse levantando ondas para os lados, ondulándose
cada vez máis violentamente.
Sumerxiuse por fin enfilando as illas. O home

78
acendeu a moto de augas e fuxiu de alí cara a
Monteferro para entrar no porto de Panxón e avisar de
todo aquilo que vira.
Ó cabo dunhas horas, preto de Cabo de Bicos,
podíase ver a silueta dunha fragata de guerra. Varios
barquiños axudaban no rescate do "Rieiras"; o home da
moto de augas estaba a bordo. Era o capitán do
"Castilla".
-Señores, eso es lo que pude llegar a ver. Moverme
con la moto alrededor del animal me pareció muy
peligroso y acercarme más, ni se me ocurriría.
-O mellor que poido facer foi o que fixo. Escapar de
alí con vida é o máis positivo do encontro. Imaxínese
que lle atacara e vostede morrera...seguiríamos sen
saber nada. Alomenos agora podemos esperar a unha
determinada forma de vida para poder atallar os seus
ataques....
O científico deulle un sorbo o seu café, namentras o
colega que tiña enfrente, na mesa, dicíalle:
-Polo tamaño poderíamos estar ante un saurio
mariño. Existiron na terra vai moitos millóns de anos,
pero o que non sabemos é si no mar viviron, ou viven,
en tempos máis recentes. O mar é moi ancho e moi

79
difícil de estudiar completamente. Quen sabe de onde
viu este ser, e porqué agora vive eiquí.
-Tamén pode ser que sempre habitara estas
costas...que teña algún refuxio submarino. O raro é que
ata oxe non dera fe da súa presencia-. Engadiu o outro
doutor.
-Yo opino que lo mejor es esperar; esperar a que
vuelva a salir a la supeficie. Prepararemos dos o tres
barcos de pesca bien armados. Las autoridades civiles
no quieren que la población sepa nada de esto, así que
nuestros efectivos deben de pasar desapercibidos en la
medida de lo posible.- Apuntou o capitán.
-Sempre e cando non se dea o caso que alguén a
vexa antes ca nós, claro.
-La mataremos, la mataremos lo antes posible;
después ustedes podrán estudiarla a conciencia y
exponerla en el museo correspondiente.
-É vostede moi optimista capitán. Tal vez sexa máis
intelixente do que nós supoñemos, xa que, alomenos
hoxe, non parece que teña intención de voltar a sair á
superficie.
Os tres homes achegáronse á cuberta para
inspeccionar o mar. O sol xa quería cair por detras das

80
illas namentras algúns barquiños ían e viñan nas súas
faenas de pesca. Esa noite ningún deles o faría na zona
do accidente; víanse ao lonxe, en Monteferro, Silleiro e
por fora da Agoeira. Os cadáveres do "Rieiras" xa
estaban de camiño á terra, e o barco, no fondo, non tiña
ningún desperfecto. Ninguén se explicaba o que
poidera ocorrirlle.

 Capítulo 19
A lectura de María Luísa

María Luísa disfrutaba da lectura dun libro que
falaba do fondo dos mares. Estaba sentada a carón da
fiestra do seu cuarto e de cando en vez detíase un intre
para analizar e asimilar o feito que lle preocupaba tanto
naqueles días. Xosé aparecera unha tarde pola casa e
atopárase con Andrea. Propuséralle sair con el e ela
aceptara. Víase cada vez máis afectado polas drogas e
a vida que levaba. Ela facía pouco que se enterara de
que estivera uns días no carcere por mor dun roubo
que cometera nunha tenda, nembargantes non llo

81
quisera dicir á súa amiga. María Luísa supoñía a
Andrea en perigo e a tristura íase apoderando da súa
anima.
Aquel relato falaba do mar e dos misterios que se
esconden baixo a superficie dos océanos. Facíalle
recordar o día do naufraxio, na sorte que tivo de que un
mariñeiro pasara por alí nunha gamela. Imaxinou a
serpe que vira ou creera ver; agora xa non estaba tan
segura; pensou en Francisco, en por qué non a iría a buscar
para ir á illa. Tal vez o tempo non estivera bo de
abondo e esperara o día axeitado para chamala...
O mes de Xullo avanzaba no calendario; ás semanas
transcurrían lentas e pesadas para ela. Andrea chegaba
tarde á casa polas noites; a súa nai escomenzaba a
referirse a ela como si estivese esperando a que se fora.
María Luísa non se sentía capaz de votala nin quería
facelo. Agora era a única amiga que tiña e sentía medo
por lo que puidera ocorrerlle. Xosé non era boa
compaña; cambiara moito e andaría metido en líos. Un
día Andrea chegou a casa moi de madrugada e a nai de
María Luísa berroulle. A mañá seguinte foise, colleu as
súas cousas e foise. Ela tentou que non o fixera, pero
díxolle que se ía vivir con Xosé, que alugara un piso

82
bastante ben de precio. María Luísa chorou esa noite
por ela pero non podía facer nada máis que iso. Cando
colleu a maleta deuse de conta dunhas marquiñas
vermellas que tiña nun brazo, onde che fan as análisis
no hospital, e o mundo caíulle enriba con todo o seu
peso.
Retomou entón a lectura para sumerxirse no relato. A
traves da porta do cuarto escoitabase o timbrar do
teléfono. A nai colleuno, e ó cabo dun intre chamaba á
porta:
-É para ti. ¿Quereste poñer?.
-Si mamá, xa vou.
-É un rapaz, non sabía que tiñas noivo- bromeou.

83
Capítulo 20
Van ás illas en busca da Serpe

A mañanciña viña cun sol grande e sorrinte que
acababa de remontar as cordilleiras galegas,
aparecendo agora tinguindo de ouro as areas da praia
da Fontaiña. As rochas de Punta Elena xa se quentaban
con aqueles primeiros raios, e a vida que ía xurdindo
delas ó baixa-la marea, estralaba de ledicia. As cores
das gamelas pousadas na area seca reflexaban ós seus
tonos máis verdadeiros. Un suxerinte aroma a brea
corría polo aire. Ela e máis eu acabábamos de marcar
no chan as primeiras pisadas humáns do día, e o levar
ata a ribeira os fatos, deixamos un camiño de catro pés
pola area mollada que logo o mar había borrar cando
enchera, entremezclados xa cos da morea de xente que
máis tarde invadiría a praia.
O feito de coloca-lo rolete coa taboa debaixo para
que rodara mellor, unha e outra vez, era como un ritual
para nós. Íalle ensinando a María Luísa o xeito
correcto de facelo á vez cá gamela avanzaba cara
abaixo, roletada tras roletada. Era o dezaseis de Xullo,

84
a vila celebraba a Festa do Carmen, así é que os
altavoces colocados polas rúas escomenzaron a emitir
os sons que avisan da verbena, e chegaron a nós polo
aire namentras acendíamos o foraborda para iniciar a
viaxe ás illas. Os primeiros bañistas aparecían polos
camiños que baixan das estradas cargados cos seus
cachibaches. Un monomotor deses que parece un á
delta voaba a pouca altura facendo un barullo que non
se sabía como aquel homiño alí colgado podería
aturalo. O fin, sorteando as boias das gamelas
fondeadas na enseada, escomenzamo-la travesía. Os
ollos escuros de María Luísa tintilaban e tiñan a
expresión que lle obrigaba a luz reflexada na auga e na
area da costa. Miroume sorrindo un pouco; adiviñen
certo temor á viaxe na súa cara.
O mar, enfrente da praia, parecía unha bandexa de
prata de tan calmo que era. Nin unha brisa de vento se
podía descubrir en toda a ría. Pensei que
probablemente, pola tarde, o xeito había cambiar
bastante, pois por enriba do Monte Mauso aparecían
unhas nubes que coa maré tirarían do vento do
noroeste, pero estabamos no vran e non había mar de
fondo. Ó sair polo petón pusen o motor a media

85
marcha. María Luísa agarrouse ao banco de proa, onde
ía sentada; eu díxenlle que se acomodara no plan,
enriba do engaretado, xa que aparte de ir cómoda,
sentiríase máis segura; e así o fixo.
Prendín un Ducados á altura da Illa de Toralla
aproando o faro da Illa do Faro; en hora e media
habíamos chegar alá. Co barullo do foraborda facíase
difícil falar; ningún dos dous dicía nada.
"Os Medios" é o punto no que estamos na metade
xusta da viaxe; sabémolo porque o Monumento de
Monteferro chega a alinearse cun montículo do Monte
da Groba; sempre na ruta dende Toralla, claro. Nesta
altura notén na ollada de María Luísa o medo. O mar
por eiquí sempre se move máis e síntese a impresión da
profundidade . A gamela parece moito máis pequena,
balánceandose de costado coas ondas que veñen do
mar aberto. Baixenlle ao motor á mínima velocidade
para falarlle:
-Vai tranquila, son un experto muller. Vas máis
segura que na vitrasa.
-É que me acordo do día do accidente...-dixo
engurrando a expresión, como cando parece que vai a
chorar un neno.

86

-Bueno muller, eu salvente de aquela, non te vou
afundir agora ¿non che parece?.
-Tes razón. Ala, dalle marcha á máquina. Xa teño
ganas de chegar alá.
Levantouse do chan voltándose a sentar no banco, a
vez que xiraba a cabeza para ver ás illas e calcular o
que faltaba de viaxe. O seu pelo largo e negro, algo
rizado, acariciaba os ombreiros co movemento da
gamela e a liña da espalda ata a cintura, ancheándose
nas cadeiras, namoráronme definitivamente. Cando
volveu a cara de novo tiven que sorrirlle sin malicia,
entón ladeou a cabeza dándome ó seu perfil namentras
estudiaba a liña da costa do Val Miñor. A súa expresión
era xa de simple preocupación. Apartou o pelo da parte
da cara que me correspondía, nun xesto de coquetería
feminina, pois eu sempre tiña que mirar a proa e ela ir
sentada ó reves; así é o xeito de navegar dous nunha
gamela, por suposto.
Un remolcador vermello apareceu entre Monteferro
e a Agoeira navegando para o porto de Vigo; sen
dubida cruzaríase con nós. Era o Alonso de Chaves que
fai ós lados uns mares polo menos dun par de metros;
menos mal que só foron dous ou tres, senón a miña

87
tripulante morría alí mesmo do susto que levou, aínda
que eu previra de que non era nada perigoso e
aproandoas aminorando un pouco a marcha non pasaba
absolutamente nada. Ó fin todo voltou a normalidade.
Sin darse un conta, as illas parece que se achegan de
súpeto, vense alí, ao alcance da man, grandes e longas,
pero aínda falta un bo treito para chegar a elas.

-¡Ei Francisco! ¡mira alá! ¡son golfiños!.
-¡Ata qué dixeche-lo de golfiños, menudo sobresalto
me deches!. Non son tal, son arroaces, da familia dos
golfiños, iso si.
A unha certa distancia os mamíferos aparecían e
sumerxíanse unha e outra vez para respirar, á vez que
seguían unha ruta cara ao interior da ría.
Aquel día, no mar, non se atopaba faenando
ningunha embarcación das que se adican a pesca por
seres o día do Carmen, patrona dos mariñeiros;
soamentes se podía ver algunha de recreo que aparecía
eiquí ou aló dibuxando estelas. Dúas gaivotas
patimarelas acompañáronnos desde aquela altura, tal
vez esperando que saira da gamela algo que puidera
servirlle de alimento, nembargantes parecía máis ben

88
un recibimento para nós; sentiamolas tan preto que se
poderían tocar coa man.
María Luísa ollaba ó seu voar cun sorriso nos beizos.
Así, pouco a pouco, a superficie das augas foi
cambiando a súa cor plateada para irse tornando dun
verde claro cheo de branco que facía adiviñar xa, os
fondos claros e areosos do interior das illas.
-¿ A que illa imos primeiro? -pregunteille a ela, que
escrutaba a do sur un pouco ladeada no banco.
-Gustaríame que nos achegáramos á do sur, onde vin
á serpe -dixo á vez que a súa expresión se voltaba seria
e a ollada intrigante fixa na miña, dubidosa de cal sería
a resposta.
-Vale, vamos ó Carreiro de Serpes, así convenceraste
de que hay moitos anos que por el non agabea
ningunha culebra.
-Non lle chames culebra á miña serpe. Ela é moito
máis que iso e será intelixente...xa o verás cando a
coñezamos -as súas verbas estaban cheas de
convicción...
-Si ti dis que hay unha serpe, é que hai unha serpe.
Non vamos a discutir por iso. Ala, vamos ata alí-.
Falabamos moi alto para poder entendernos co barullo

89
do foraborda, e as verbas parecían resonar en tódalas
illas.
Aquelas covas que lambía o mar ó pé dos montes da
illa San Martiño facían traballar o maxín e calquer lenda
sobor de animais mariños, ou mesmo extraterrestres
non parecía fora de lugar. As rochas revestían as
portas, colgadas entre a terra e as plantas, e no fondo,
non se sabía si tal vez dentro daqueles buratos que
parecían pechados se agocharía algún misterio.
Chegamos ao pé do Carreiro de Serpes e despois de
apaga-lo foraborda e levantalo sobre o seu asento,
armén os remos. Cambiamo-las nosas posicións; María
Luísa pasou ao banco de popa e eu ó de proa para
poder vogar mellor, con máis comodidade. Un pato
mariño facía as súas inmersións preto de nós; botaba
unha chea de tempo baixo as augas que deixaban
adiviñar o fondo, para ó cabo, surxir de novo máis alá,
cheo de orgullo da súa capacidade. Sempre aparecía
onde menos o esperabamos; algunhas veces bastante
lonxe....As gaivotas salpicaban o monte cos seus corpos
brancos. Unha bandada de corvos mariños tomaba o
sol en Cabo de Bicos.
O Carreiro de Serpes estendíase pola illa dende o

90
mar ata o cume do monte. Facía curvas como si en
realidade o surcara algunha gran serpe facía moitos e
moitos anos, pois hoxe aparecía cuberto de vexetación
e rochas pequenas colgadas no aire que parecían ir a
cair dun momento ó outro.
María Luísa analizábao atentamente a todo o longo
da súa superficie. Non dicía nada, así que expusen o
primeiro análise:
-¿Convenceste agora de qué non puido pasar por ahí
nada tan enorme sen aplastar as plantas nin mover
ningunha pedra?.
- Tes razón ¿entón como faría para deixar todo tal e
como estaba ?. Porque eu vina, seguro que a vin.
-Bueno muller, ás veces un ve cousas que en
realidade non son tal. Os problemas da vida poden
afectarnos deste xeito e a nosa vía de escape é
imaxinar historias para non ter que pensar en todo
isto...- entón ela dirixiuse a min irritándose
visiblemente:
-¡Mira Francisco! ¡eu non coñecía esa lenda para
nada!.
¡Endexamais escoitén a ninguén falar de cousa
parecida!, ou sexa, que é moita casualidade que eu

91
atinara en ver unha serpe agabeando por un carreiro
qué xa teus avós dicían que o fixera unha serpe!.
O seu brazo esquerdo estendíase sinalando ao
monte; pensei que me ía estrelar a branca e delicada
man na cara; entón repliquei:
-¡Ó mellor a forma do carreiro cando o viches dende
a praia suxeríuche unha serpe e o resto imaxináchelo
ti!.
Quedóuseme mirando fixamente como sen saber que
facer conmigo; entón as nosas miradas fundíronse e
logo achegámonos un ó outro apoiando as mans no
banco do medio. Despois os nosos beizos quentes
fixéronnos voltar á realidade e só a repentina presencia
dun barco de pesca conseguiu separarnos.
-¿Que fará este por eiquí? hoxe non traballan. É o
día do Carmen. De seguro có cadrar en semana veñen
igual...-dixen un pouco estrañado. Ademais
interrumpiran algo importante...
-Baixamos naquela praia se queres; alí podemos
bañarnos e comer algo ¿que che parece? -sinalaba á de
San Martiño ignorando ó barco que pasaba ao noso
carón, a babor. Sorprendeume un pouco que supusera
tan ben a situación da praia, pois dende alí non se

92
podía ver; tiven a impresión de que coñecía máis das
illas do que parecía, pero logo acordeime de que xa
estivera aquel día do naufraxio, e tamén a vira ó
írennos achegando á elas.
- Moi ben, estaremos de maravilla, meu amor.
Namentras dábamos conta dos bocatas que
leváramos, alí sentados, nun daqueles muriños que
alguén fixera para delimitar as parcelas onde
construiran unhas casiñas pegadas á praia ( agora
abandonadas e medio derruidas), eu trataba de
convencerme a min mesmo de que o que acababa de
descubrir no Carreiro de Serpes, ó pé do cal, tantas e
tantas mañáns traballara ás luras, non o fixera ningún
animal mariño como o que aseguraba ter visto a miña
acompañante. Dende logo, dérame de conta cás
herbas, fentos e mesmo pinos pequenos que trataban de
se desenrolar entre as rochas tiñan unha cor máis
pálida có resto das que vivían nos arredores da brecha.
Tamén me decatei de que algunhas das pedras
desapareceran de onde estaban, como si algo as fixera
rodar monte abaixo e foran parar ao mar; quizais un
pequeno movemento sísmico, unha riada de auga... eu
que sei, calquera cousa menos o que dicía ela. Sempre

93
fun unha persoa que trato de darlle explicacións
lóxicas ás cousas e nunca me conformo co primeiro
que me aseguran. Cando atopara a resposta falaría con
María Luísa dos cambios que notei no carreiro, si se
daba o caso ou seguía coa súa historia.
A maré baixaba, polo que non tivemos que vara-la
gamela na area, e despois de nadar naquelas augas
transparentes decidimos ir ata o faro de Cabo de Bicos
polo camiño de pés que leva ata el dende a praia. Na
illa non había ninguén de momento. A xente xa estaba
chegando á do Faro no catamarán dende a mañá cedo,
nembargantes nesta non se fixo peirao como para que
poida atracar e ó estar illada da outra pola Porta
Pequena, soamente dende o mar e en embarcacións
privadas se pode arribar. O sendeiro estaba cuberto por
unha alfombra de herba; moi poucos pés o pisaran nos
últimos anos e a vexetación trataba de ocultalo. Había
que apartar algúns toxos enormes, as mouteiras de
carrascos que viñan polo medio pedíannos por Deus
que non as esmagáramos. O traxecto non era moi
longo, nembargantes facíase tan intenso que chegando
ó cumio e ver aparecer o mar polo outro lado, xa
parecía que andivéramos vinte quilómetros.

94
Descubrimos ó fin unha última recta que descendía ao
faro pintado de vermello. Chegamos a el e sentamos
para disfruta-la beleza da vista, coa Agoeira, que
parecía dibuxada no medio do mar. O Petón Ballenato
escomenzaba a surxir alá abaixo coa baixamar. Pola
liña do horizonte adiviñábase unha franxa azul moi
escura que se achegaba pouco a pouco; era o vento do
noroeste que lle viña pintando as primeiras roncadeiras
do día ó mar. María Luísa e máis eu falabamos de nós,
das nosas vidas. Alí mesmo me contou a mala sorte de
Andrea e a pena que tiña por Xosé; tamén da morte
inxusta de Lois. A soidade da súa nai, que decidira non
confiar en ningún outro home e o mal que lle quería ir
a ela nos seus estudios para mestra. Eu falaba tamén da
desgracia que cubría aos mares, con tanta rede e tantos
residuos abrasándoos; do que contaba meu tío Xoquín
doutros tempos, nos que as especies eran as donas
destas costas. Aquelas morenas grandes e longas como
serpes xigantes coas que loitaba meu avó para darlle de
comer ós seus fillos. Neste intre entrou o vento na
conversa facendo baillar ós toxos que se agarraban uns os outros
para que non os tumbara . O noroeste meteuse na ría
pintandoa dunha intensa cor azul chea do branco das

95
escumas das roncadeiras. Un barco de madeira, dos
que se adican á pesca, patrullaba o mar por fora das
illas. Buscaría cardumes de peixe, pensei eu un tanto
estrañado. María Luísa tamén se decatou da súa
presencia. É o mesmo que pasou por nós en Cabo de
Bicos, dixemos. Ía rumbo ao norte e de alí a un pouco
perdémolo de vista por detrás das illas. O sol, xa ben
alto, facía ferve-la liña da costa de Baiona ata Cabo
Silleiro, e o interior da ría, alá o fondo, diluíase entre
os fumes da cidade.
Desanduvimos o sendeiro para voltar á gamela. Era
unha mancha verde no medio daquela area branca. As
suaves liñas que lle dera o carpinteiro chamábamnos
dende alí e apuramos un pouco o paso sin darnos conta
para chegar axiña. Empurrámola de novo ao mar con
moito esforzo e algunha risa, xa que víamos de que
case non a podíamos mover...ademais, a maré estaba
"seca" e como era lúa nova baixara moitísimo. Ó fin
conseguímolo. Acendín o foraborda; acomodámonos
para ir a visitar as outras illas. Polo interior o vento
desfacíase en reboques que viñan dun lado e doutro;
navegábase a pracer. Chegamos ata a Punta Cabalo da
illa do norte bordeando a liña da costa pouco a pouco.

96
Despois voltamos polo mesmo camiño. Ó serán
botamos unhas puteiras que sempre levaba na gamela
para ver si agarraba algunha lura, outra vez en Cabo de
Bicos, ao pé do Carreiro de Serpes, pero aínda era moi
cedo para elas. Tal vez no mes de outubro sería mellor.
Entretanto daban xa as sete e había que ir pensando
en voltar para terra. O vento na ría era bastante; pensei
na travesía, sería ben movidiña con tanta roncadeira.
-¿ Que che parece si vamos marchando?. Coido que
non imos a pillar ningunha.
-¿E vámonos a ir sen esperar a ver si vemos á miña
serpe?. Quédame moita pena, de verdade -.¡Dicíao en
serio! ¡a súa cara era de dicilo en serio!.
-Pero Luisa, por favor, deixa ese tema; é moi
fermoso e todo o que ti queiras; eu estou xa un pouco
canso e penso que o mellor é irnos indo. Chegaremos
ás nove á praia que aínda é día.
-Bueno, tes razón. Voltaremos outra vez; ala prende
a máquina. Eu voume sentar no plan, se non che
importa -mirábame fixamente, con eses olliños que me
estaban volvendo tolo.
Recollín as liñas e cambiamo-las nosas posicións; eu
a popa no motor, ela a proa. Acomodouse no plan; só

97
lle saía a cachola por enriba dos bancos.
Namentras tentaba acender o foraborda, escomenzou
a dicir:
-Francisco ¿decatáchete cás herbas do Carreiro están
máis mustias có resto?.
Nin tan siquera me den a volta para discutir sobor
delo. Nese intre o motor arrancou co seu barullo
característico. Namentras o deixaba quentar un pouco
apuntei:
-Será pola riada do outro día. Choveu moito fai uns
días... -nin eu mesmo creía aquela hipótese -ou sería a
túa serpe... ¿eu que sei?.
- Está ben, está ben, ímonos para a casiña meu amor.
Dixo sorrindo docemente.

98

A serpe levaba xa varios días sen sair da súa cova.
Tiña as aletas feridas de cando se enganchou nas redes
do "Rieiras". Os cabos metéranselle na carne
provocándolle unhas ronchas moi dolorosas para ela.
Chegou a reventar as trallas cando se enliaron nas
rochas do fondo, nembargantes parte da rede seguía
arredor do seu corpo. Molestábanlle moito e nadaba
con dificultade. Volvera hoxe a sair da cova aínda que
non era o día axeitado para facelo, pero a súa mente
estaba transtornada e agora navegaba paseniño cara á
superficie do mar, preto da porta do refuxio, a media
milla por dentro da Illa do Sur. Chegou arriba sacando
a cachola da auga o xusto para ver por enriba da
superficie. Aqueles ollos grises de pupila alongada
escudriñaban o mar e as costas. Mantiña o corpo
sumerxido. As ondas da marexada esvaraban polas
escamas da cabeza que brillaba con aquel sol enorme;
foi dando a volta para quedar cara ás illas.
Observounas decatándose cá do faro estaba chea de
xente. Sintiu un medo moi grande. As feridas
queimábanlle cando se deu de conta que viña dereita a
ela unha gamela; vira gamelas unha vez na illa había
moitos anos, cando apareceron na costa os primeiros

99
homes. E tamén a viran a ela, pero sumerxírase e xa
non voltara a sair ata que chegou o primeiro temporal
do inverno. Deixou frotar as súas aletas e quedou alí
esperándoa, quixera cá viran, quizais esperando si a
zafaran da rede. Ó mesmo tempo sentía que alí
remataba a súa vida: o home ía dereita ela e non tña
valor para escaparlle, dábase por vencida, entregábase.
Tentou entón sumerxirse nun acto desesperado pero as
punzadas de dor voltaron deixala na mesma posición.
O seu corpo aboiou a todo o longo mostrando unha cor
verde escura e un brillo das escamas moi fermoso.
Estendeu ben as aletas e esperou.

Facía xa uns quince minutos que navegábamos
rumbo este. Escomenzábase a notar o aumento do
tamaño das ondas que producía o vento, pois
estabamos deixando a zona do interior das illas onde o
abrigueiro mantiña a mar chá. De calquera maneira,
aquelas horas, a brisa do noroeste ía baixando en
intensidade e a noitiña de seguro quedaría calma
chicha como á mañá. Eu levaba a ollada fixa no noso
destino. A illa de Toralla apenas se distinguía aló, ó

100
fondo; procuraba non perdela de vista para levar
sempre a gamela dereita. A vez inspeccionaba a
superficie por diante da proa, non fora a ser que
toparamos con algún obstáculo que rompera a hélice,
como táboas ou bolsas de plástico. O sol, enriba de
nós, aínda quentaba un pouco, pero a súa enerxía xa
non daba para facer queimar as cousas como ao
mediodía. Agora recollera ós seus raios amarelos e
limitábase a esvarar polo ceo, deixándose cair. María
Luísa mantiña a ollada perdida nalgún punto do plan
da gamela parecendo ir a quedar durmida co ronroneo
do foraborda. Recollérase sobre si mesma e
acomodárase ben enriba do engarertado. Eu sabía que
estaba cansa.

-¿Que ocorre, por que parache lo motor?.
O rapaz permanecía inmóvil na popa da gamela
cunha expresión entre o medo e enfrentar algunha
situación límite sen darse por vencido dende os
primeiros intres. O foraborda estaba ao ralentí, o xusto
para aguantar-la corrente permanecendo nun punto
máis ou menos exacto, namentras estudiaba que
solución tomar diante daquela visión.

 -Pero Francisco,¿que pasou? ¡di algo!.
-Non te asustes nin te poñas nerviosa, pero mira, aló.
Deus, parece que estou soñando...
Estendeu o seu brazo por enriba da rapaza a vez que
se poñía de pé na barca sinalando un punto no mar, por
diante da proa. Os dous metéronse sin darse conta na
ollada daquel animal marino, que frotaba coas aletas
estendidas cara a eles, a uns douscentos metros. A
expresión daqueles ollos redondos e aterrorizados
fíxolle sentir no seu interior que tamén aquilo tiña
medo, como cando te encontras no monte con algún ser
vivo inesperado que o único que quer de ti é que pases
de largo sin facerlle dano.
Así estiveron uns bos intres sen saber que facer, nin
unha, nin os outros, analizando aquela presencia
perigosa.
O rapaz escudriñou o mar para ver si houbera algún
barco que os puidese axudar en caso de sinistro.
Soamentes dous ou tres veleiros na praia da Illa do
Faro e un barquiño por fora do Cabalo, na Illa do
Norte, que non era máis que un puntiño escuro na
lexanía.
A rapaza dirixiuse a el, que mantiña o equilibrio a

102
duras penas:
-É a miña Serpe...non teñas medo, vamos a
acercanos a ela con moito coidadiño para non asustala.
-¡Ti estás tola ou qué!...esa cousa pode ser moi
perigosa, aínda que parece non ter intención de
atacarnos...
-Non é ningunha cousa. Apaga o motor e vamos
onda ela. Eu voulle ir falando para que non teña medo.
A rapaza aparentaba tan tranquila como quen lle vai
a dar de comer ós animais.
-Está ben, está ben; vai armando os remos namentras
eu levanto o motor. Que sexa o que Deus queira-.
Aquela decisión tomara para non parecer menos
valente cá ela, doutro xeito fuxiría dalí sen pensalo
dúas veces.
Xa estaba el aos remos escomenzando a vogar
amodo, procurando non facer moito escándalo coas
palas, sorteando a marexada que diminuía rapidamente
ó ires baixando o sol.
A rapaza púxose de pé na popa parecendo o Capitán
Garfio dirixindo a manobra; escomenzou a berrar:
-¡Tranquila serpe, tranquila! ¡non queremos facerche
dano! ¡non teñas medo! ¡só queremos verte de preto!

103
¡non te vaias serpe, non te vaias!.
A Serpe endexamais escoitara voces humáns e
aquela tan fermosa fixo que se lle fora cáseque todo o
medo. Entón escomenzou a mover un pouco as aletas
para apurar o encontro. Eles déronse de conta e o rapaz
parou de vogar.
-Non pares Francisco, sigue achegándote, ven moi
amodiño, parece pacífica e inofensiva...
-Non sei, non sei. Esperemos que isto non acabe
mal; por si acaso: adeus Luísa gustoume moito
coñecerte.
Contestoulle ela dende a súa sorprendente posición
de patrona:
-Pero que acojonadiño eres meu amor.
-Bah!
Contestou el indiferente.
Xa estaban agora a uns vinte metros, a unha dos
outros. Os rapaces déronlle o costado para observala
mellor namentras ela non paraba de falarlle. Viron
entón claramente aquelas aletas longas e fermosas,
daquel amarelo tan brillante e vistoso, sostido polo
medio dunha liña verde escura. A cabeza surxía do mar
limpa e resplandecente con aqueles ollos de pupila

104
alongada, dun gris como o que ten o ceo neses días
escuros do inverno, nos que parece que non chegou a
facerse de día ó cair a noite.
-¡Mira! ¡ten as aletas enliadas nunha rede! ¿déchete
de conta? (Meu Deus, paréceme que xa sei o que lle
pasou ao "Rieiras"...)
Isto último dixo o rapaz para os seus adentros.
Ela extendía a man dereita ó animal dicíndolle a
mesma vez que se acercara máis. Varias gaivotas
sobrevoaban a escena. A brisa retirábase rapidamente e
xa non era máis cunha sombra escura mar afora.
Tan preto como estaban agora podían ver os beizos;
eran gordos e enormes dunha cor castaño escuro sen
brillo ningún. Daban a sensación de estar diante dunha
maragota xigante. Non se lle vían dentes e do seu
interior proviñan uns sons, como uns xemidos humáns
de dor.
O rapaz decatouse cás trallas da rede metéranselle na
carne das aletas e nun arrebato de valentía decidiu que
había de zafar ao animal daquel sufrimento a pesar de
que naquela boca caberían vinte gamelas, polo menos.
-Ten coidado Luísa. Voume arrimar a ela para
cortarlle eses cabos.

105

Abarloaron a gamela; entón a rapaza puido acariciar
o lombo da súa Serpe, namentras el picaba as cordas e
sacáballas moi pouco a pouco. Dous buratos perdíanse
no interior da cabeza do animal. A rapaza faláballe á
serpe por un deles suavemente para que non se
movera. Aqueles xemidos non deixaban de sair da boca
do ser.
Un barco viña a toda máquina dende O Cabalo. Era
de madeira, dos que se adican á pesca.
-Francisco, mira aló, ven un barco dereita eiquí. É
mellor que acabemos enseguida.
A rapaza puxo un xesto de profunda preocupación.
-É certo, vamos á outra aleta; parece que ten menos
rede ca nesta.
O barco acercábase rapidamente axudado pola
vaciante do mar, unida ós restos da marexada do
noroeste. Os rapaces terían que bulir moito se non
querían cós tripulantes chegaran antes cá serpe se
sumerxira. A bordo, estes preparaban o armamento que
levaban oculto e montábano na cuberta. Un deles
ollaba a través dos primáticos; a pesar da lexanía podía
distinguir o corpo do animal.
-¡Na embarcación parece que van dúas persoas!.¡ Se

106
non chegamos a tempo iso vai destrozalos!.
O home dos primáticos berráballe ao patrón.
-¡Non podemos ir máis rápido, oxalá teñan sorte!.
Contestoulle namentras agarraba o mando do
acelerador cunha man para mantelo a tope; coa outra
dirixía o timón de madeira.
- O canón ametralladora xa está listo. Só se non é de
abondo dispararemos a bomba ¿dacordo?. Que non se
lle vaia a ir a man ¿entendeume cabo?. Os científicos
quérena enteira e ese artefacto partiríalle as entrañas...
A vaciante fora poñendo á serpe cara á Porta Grande,
entón puido ver ao barco que se achegaba.
O rapaz retiraba xa o último resto de rede cando o
animal escomenzou a ondularse para ir ó fondo.
-¡Hai que separarse axiña; si fai remuíño vamos ó
fondo co ela!.
Vogaba con todas as súas forzas namentras falaba.
A serpe foise metendo nas augas paseniñamente,
como si se decatase do que dicía o rapaz.
-¡Adeus miña Serpe, adeus. Voltaremos a buscarte
outro día!.
Gritáballe ela axitando a man.
Unhas ráfagas do canón ametralladora saltaron

107
enriba daquel ser, pero tiña un sistema biolóxico que
lle permitía sumerxirse en poucos segundos e as balas
perdéronse no mar sen alcanzala.
O rapaz acendeu o foraborda tentando alonxarse; o
barco deulles alcance e mandouno parar.
-Agora ídevos para terra, pero mañá á primeira hora
presentádevos na comandancia de mariña ¿dacordo?.
¡Ah! ¡ non lle comentedes a ninguén o que vistes!.
Dende o barco un home falaba en tono amenazante
por un megáfono. Outro anotaba nun block o folio da
gamela.
-¡Facede exactamente o que vos dixen! -.Engadiu.
Voltén a acender o foraborda para continuar a viaxe.
O sol xa se poñía pola Porta Grande encarnado como
a grana. Quedaba un fermoso asexo do mes de Xullo.
No-los dous tiñamos esa sensación como cando acabas
de espertar dun soño moi pracenteiro. Mirabámonos un
ó outro e escachabamos a rir como tolos. Xa polos
Medios as luces da praia de Samil marcábanme a ruta.
Acendíanse as primeiras estrelas do ceo. O foraborda
bramaba con forza naquela calma chicha.
Cando atracamos na praia da Fontaíña era de noite
fechada. Fondeei a gamela e na auxiliar fómonos para

108
terra. Unha brisiña quente dicía có día seguinte aínda
había facer máis calor. Nas dunas o feno abaneábase
suavemente e a silueta das mouteiras del marcábanse
contra o ceo. Nós, varábamo-la gamela ó xeito do
corpo, disfrutando da noite.
-¿Quedamos para ir á festa, despois de cear?-
pregunteille.
-Dacordo, recólleme ás doce entón.
Entramos no recinto; as músicas entremezclábanse
facendo un escándalo impresionante: a orquesta coas
voadoras, a tómbola cos coches de choque e a
orquesta, a xente...fomos a bater á Churrería Montes
para sentarnos nunha mesiña verde da que non nos
levantamos ata que decidimos ir a dar un paseo pola
Praia do Bao.
Alí, envoltos nas areas e protexidos polas pequenas
dunas, fixémolo amor.
-¿Vémonos mañá?.
-Pois claro, paso a buscarte ás cinco.
-¿Non vamos á comandancia?.
-Vai ti, si queres. Eu non penso ir a ningures.
-Eu tampouco, meu amor.
Deixena no portal do edificio e voltén para casa.

109
Eran xa as catro da madrugada, así é que logo me
metín na cama para repasar aquel día coa miña nova
noiva.
Eses días e noites eu andaba como enriba dunha
nube da que me baixou unha tarde, cando acababa de
chegar do mar, un coche da policía que parou enfrente
da miña casa.
-¿Non es ti o dono dunha gamela que se chama
Fontaíña?.
O poli falaba dende o outro lado da cancela
namentras eu tentaba calar o meu can, que se desfacía
en ladridos para protexerme. Escomenzou a axitar un
papel que traía na man.
-Eiquí pon que te tiñas que presentar na
Comandancia de Marina e non o fixeches, é dicir, que
nos tes que acompañar agora mesmo a comisaría; uns
homes queren falar contigo.
-Está ben. Espera un pouco que me vou a cambiar de
roupa.
Díxenlle sen mirar para as gafas de sol que lucía.
-Non te equivoques, que non son de eiquí...
Iso foi o que respostou. Debéralle de parecer mal
que non o tratara de vostede. Non fixen caso e

110
metinme na casa. O cabo dun intre volvín en roupa dos domingos. 

Xa na viaxe voltou a dirixirse a min que ía
só detrás, protexido por unhas rexas.
-Eu non sei que coño fixeches, pero as ser un bo
"pájaro".
Mirou para atrás buscando resposta, pero non a tivo.
O outro que ía ó volante parecía máis refinado, sen
embargo, dixo con sorna:
-Deixa ao rapaz home, deixa ao rapaz; xa miraremos
o que facemos con el ó chegar alá.
A súa parella respostou:
-¡ Ja ja jaja!
Non conseguiron acojonarme de ningún xeito, xa
que eu supoñía polo que me detiveran, e parecíame que
alá esperábame xente máis educada cá eles.
Ó fin chegamos ben. Deixáronme nunha saliña cun
rapaz moi largo e esquelético.
-Espera eiquí. Vamos a avisar de que xa te
enganchamos.
Aquel poli de tan desagradable que era, ata se facía
simpático; non sabías si rir ou chorar, das maneiras tan
ridículas que tiña.
O rapaz dirixiuse a min cando xa non podían

111
escoitalo os axentes:
-Non lle fagas caso a ese que é imbécil. Colléronme
cun par de papelinas nunha redada que acaban de facer
ahí, no Nós. Ti tranqui que non se atreverán a poñernos
a man enriba; hoxe as cousas cambiaron bastante; e
menos mal, porque hai uns anos, por menos mallábante
a ostias.
Falaba mirando ó chan naquela postura encollida
sentado no banco, un deses bancos que parecen
sacados dunha alameda.
Despois falou o silencio ata que volveu a rachalo o
rapaz.
-¿E ti, que che pasou?. Si se pode saber, claro.
Miroume á cara xirando a cabeza sen cambiar de
posición.
-Pois...
Eu non sabía que respostarlle; non lle ía a zapatear a
hitoria verdadeira, pensaría que só era un pobre tolo.
-Se queres que che diga a verdade, aínda non o sei;
supoño que mo dirán agora, cando me chamen...
-Si, enténdote. A min xa me ten pasado; igual fas
algunha bobada e véñente a buscar cando xa nin te
acordas.

112

Volvinme para concentrarme un pouco naquela
conversa e estudiar o aspecto do rapaz. Decateime de
que algunha grave enfermidade escomenzaba a facer
mella no seu corpo. A miña mente nun segundo
diagnosticou a Sida; xa tiña certa experiencia de velo
nos rapaces do meu pobo que morreran así.
Tratei de facer que non llo notara e pregunteille:
-¿E ti, como te chamas?.
-Chámome Xosé.
Estendeume a man. Démonos un pequeno apretón e
respostei:
-Eu Francisco.
Nisto apareceu pola porta a figura do simpático.
Parouse no medio, e despois de botarme unha ollada
idiota, dixo mirándome os ollos:
-¡Ti chavaliño, vamos!.
Levanteime. Saíu diante de min e atopámonos nun
largo cheo de portas ós lados. Cando o fin nos colamos
por unha delas ao final do corredor vin ós cinco homes
que estaban dentro. O policía dixo:
-¡Eiquí o teñen!
-Está ben, vaiase, vaiase.
Contestoulle un deles con uniforme de Superior á

113
vez que facía voar a man diante do seu careto.
De súpeto atopeime só no interior daquela sala
iluminada nada máis que por unha lámpada colgada do
teito. O Superior pechaba a porta tras de min cáseque
sen facer ningún ruído, namentras na miña mente
resoaban as últimas palabras de Xosé:
-¡Sorte, Francisco!.
Os meus ollos habían de estar abertos como pratos
escrutando os traxes daqueles homes. Un lucía
uniforme gris do cal pendían unha chea de medallas
douradas, prateadas ou con cintas de cores. Na súa
gorra de liñas curvas e perfectas sobresaltaba unha
áncora negra que facía destelos coa luz da lámpada.
Dende logo aquela roupa parecía ter o seu propio brillo
de tan nova que debía de ser. O home fixo correr a
cadeira que lle correspondía e foise a sentar nela
despois de botarme unha ollada falta de interese.
O outro, uniformado en negro, parecía ó seu hirmán
xemelgo, nada máis que dos puños do traxe destacaban
cada en súa banda dourada; a ausencia de medallas no
seu peito nin galóns nos hombreiros marcaba a
diferencia. Este pousou a gorra negra, tamén
impecable, enriba da mesa e foise sentar frente ó outro.

114
Pasou a man polo pelo negro, teso, peinado para atrás,
dicindo:
-A ver si acabáis pronto, esto no tiene ningún
sentido.
Y tú chaval, contesta a lo que te pregunten estos dos
hombres.
Sinalaba ós que permaneceran sentados todo o
tempo. Ían vestidos en traxe De Paisano.
O Superior apareceu o meu carón abrochando un
botón da súa chaqueta de policía dicindo:
-Senta ahí, acóugate, isto non é máis ca unha
formalidade; estes homes só queren capturar ó bicho
ese para que non cause máis desgracias.
-¿De que fala? esa serpe mariña é inofensiva. A miña
compañeira chegou a acariciarlle a cabeza. É tan
tranquila ou sociable como unha balea, non vexo por
que queren matala...eu ceibena das redes que tiña
enliadas nas aletas. Despois non nos atacou, senón que
se foi ó fondo tan feliz como cando lle arreglas as ás a
unha gaivota e ó fin pode voltar a voar.
Un dos De Paisano tomou a palabra:
-Dacordo, dacordo. Non sei si sabes que derribou un
helicóptero de vixilancia matando a un home. Tamén

115
parece que o accidente do Rieiras provocouno o
animal.
- O primeiro non o sabía, pero o outro de seguro non
foi culpa dela; engancharíase na rede e ó tratar de
zafarse dela arrastrou o barco botándoo ó fondo.
- Si o rapaz puido facer o que di tan preto dela, estou
dacordo que terá o carácter de calquer mamífero
mariño como os golfiños ou as baleas, nembargantes
da que pensar de que estea alterada dalgunha maneira,
doutro xeito non se explica porqué saltou sobor das
augas para atacar ao helicóptero...
O outro De Paisano miraba ó seu compañeiro
namentras falaba.
- Puido ser o barullo que fan estes aparellos o que a
volvera agresiva...
Dixo este acariciando a súa barbela.
O do Uniforme Gris escomenzou a falar:
- Eu, como comandante de mariña deste porto non
teño máis que dicir ca miña obriga é velar pola
seguridade da navegación dos barcos que surcan a
nosa ría e de todos aqueles homes que os tripulan, así é
que, xunto con tódolos mandos militares da zona,
representados polo capitán da fragata Castilla, eiquí

116
presente, non queda outra opción cá de dar caza a ese
animal o antes posible, e a única maneira é matándoo.
O de Uniforme Negro puntualizou:
- Ya lo oíste chaval; si te hemos traído aquí es para
que colabores con nosotros en la captura de esa bestia
marina. Te vamos a proporcionar un aparato de radio
para , en el momento en que la vuelvas a ver en el mar,
avises inmediatamente a nuestros barcos. Tú ya sabes
de su presencia y no queremos que se lo digas nadie;
ni en tu casa. Si se corriera la voz el pánico se
apoderaría de la gente ¿de acuerdo?.
- Si, está ben, non llo diremos a ninguén. A miña
compañeira de seguro estará dacordo conmigo. O que
eu quixera é que non a mataran, sobor de todo por ela;
tenlle un apego especial a ese animal...
Acaben de falar buscando a comprensión dos De
Paisano. Un deles respostou:
- No-los dous somos científicos e compartimos esa
idea. Nembargantes tamén haberá moitos intereses que
leven a este especimen o seu fin. De calquera maneira
poremos tódolos nosos coñecementos na laboura de
salva-la vida da serpe, buscando a forma de capturala
sen facerlle dano, buscándo outras solucións, como por

117
exemplo transportándoa a mar aberto. Nembargantes
todo isto vai a ser moi complicado de levar a cabo
rapaz, ou pouco menos que imposible.
O Superior, que permaneceu de pé todo o tempo,
escomenzou a andar para achegarse á estantería de
ferro que se mantiña colgada naquela parede nalgún
tempo branca, pero hoxe chea de marcas escuras da
humidade. Do medio daquela morea de papeis
amontoados e cubertos de po, extraeu o aparello de
radio. Non parecía máis grande cunha man. Os botóns
para ó seu manexo destacaban cheos de símbolos de
cores ó fondo da funda negra e roida polas esquinas.
Voltou amodo, como pensando ben o que ía a dicirme:
- Vouche entregar este aparello. Pensa en si aceptas o
que che dixemos; ó recollelo inquires na
responsabilidade de non darlle outro uso có que che
ordenamos nós, do contrario poderías ter serios
problemas ¿entendéchelo?. Agora ben, senón o aceptas
tamén che teño que dicir que por decisión unánime,
non poderás sair destas dependencias ata que este
asunto sexa zanxado dalgunha maneira ¿estamos?.
Ademais todo isto vale para a túa compañeira.
Comunicarasllo ti ¿non si?.

118

Aqueles cinco homes esperaban en silencio a miña
resposta. Eu observaba a situación cos ollos moi
abertos. Escrutaba a imaxe de cada un deles
aproveitando que soamentes ollaban a superficie da
mesa, arredor da cal se dispoñían.
O Superior permanecía de pé, ao meu carón.
Pensei que podería cortarme o paso si eu decidira
sair correndo, actitude pouco aconsellable por outra
parte, e innecesaria, pois se recollía o aparello de radio,
según eles podería continuar coa miña vida normal,
pescando na ría.
Un dos científicos levantou a vista para mirarme ós
ollos. Comprendín que xa debería respostar.
- ¡Está ben, está ben! deme iso, farén exactamente o
que vostedes dicen. Non me queda outra opción; se
queren matar á Serpe ¿que podo facer eu para detelos?.
Outros moitos animais están sendo extinguidos en
tódalas partes e ninguén parece ter capacidade para
evitalo. Sen embargo direille que non estou dacordo en
que acaben cun ser tan fermoso, tan cheo de misterios
e que forma parte da historia nosas rías.
Un dos De Paisano dixo con cara de non saber:
- ¿De que falas rapaz?.

119
Respostei cheo de razón:
- Direillo o día que saiba cá Serpe salvou a súa vida.
- Xa che dixen que por nós mellor que así sexa.
- Pois de vostedes depende...
- Non estés tan seguro rapaz.
Engadiu o outro cheo de preocupación. O cabo a súa
expresión cambiou visiblemente; pensei que se dera
conta de porqué lle dixera aquilo e miroume de
maneira que adiviñei complicidade na súa actitude. Os
outros habían ter a mente nos seus seguintes asuntos
porque falaban entre eles facendo un barullo
inintelixible.
O Superior fíxo un xesto dicíndome:
- Ala vaite; si hai novedades xa sabes...
- Ata logo rapaz.
Saudáronme os De Paisano.
- Ata logo señores.
Respostei.

120
Capítulo 21
Os amigos da Serpe

Aquel primeiro contacto co ser humano estaba
facéndolle cambiar aquel medo ancestral que lle tiña
dende a primeira vez que o viu nas súas costas, enriba
das augas, naquelas embarcacións pequenas de
madeira que tan ben navegan, parecendo cás ondas do
mar foran feitas a propósito para elas. Agora non tería
que agocharse por tanto tempo na cova. Podería sair
calquer día sen ter que esperar ao primeiro temporal do
inverno. Voltaría a dar chimpos nas augas sentindo a
liberdade de entón, cando xogaba a colle-lo sol e darlle
coletadas co seu rabo. Arroscábase no interior da illa
dándose de conta que os seguintes miles de anos da súa
vida habían ser moi felices. Dicíallo ós caramuxos, ós
mexillóns enormes que se habrían tomando o mesmo
rico plancto ca ela na cova.
A metade superior do seu fogar non estaba cheo de
auga; as especies de litoral enchían os límites da marea
entre unha parte e outra. A luz do día colábase polo
medio das rochas que revestían as pequenas covas do



exterior, permitindo crecer nas paredes e no teito ós
fillos das prantas de fora. No fondo, dunha area branca
moi fina, descansaba ela arroupada polos xigantescos
carromeiros e rapoceiras que se tumbaban por enriba
do seu corpo ó son do vaivén dos mares, acariciándoa,
facendo brillar aínda máis aquelas escamas como de
cristal que protexían a súa pel verde, da cor verde
verde máis pura que se poida imaxinar. Agora voltaría
ás praias a encherse de area seca, andaría por elas 

cando lle petara, iso si, tería moito coidado de non
facerlle dano ó home nin destruir as súas construccións
co seu enorme corpo. Ondularíase amodiño vixilando
de non pisar a ninguén como facía antes co resto dos
animais terrestres. Dicíalle todo isto ós seus
compañeiros namentras esperaba có tempo curara as
feridas cás redes fixeran nas súas aletas amarelas. Xa
faltaba pouco. A pel íase voltando da mesma cor e xa
non lle doían apenas ao movelas. A pobre serpe
agardaba ansiosa o día de atoparse co seu novo amigo:
o home.

122
Capítulo 22
Os barcos do can

A maioría das gamelas da praia da Fontaíña
atopábanse xa, neste tempo, ben varadas enriba dos
seus cabaletes recibindo o sol do mes de Xullo. Os
mariñeiros deixábannas secar durante uns quince días,
despois de baldealas, para que estiveran limpiñas
esperando cá madeira se atopara en perfectas
condicións para darlle a carena. Soamentes dúas ou
tres permanecían agardando na liña da maré; o resto
atopábanse arriba, no canaval, recollidas da acción dos
bañistas ou do vento que podían enchelas de area e po.
Todos axudaban na tarefa de levalas ata aló.
Despois asentábanse ben para que non se moveran.
Eu tamén decidín ca miña había levar unha boa carena
este ano, así é que, coa axuda dos demais, troúxena
para terra. Namentras varaba, meu tío Xoquín insistía
no mellor xeito de facelo:
- O alquitrán é o mellor que se lle pode dar ás
gamelas. Ha de estar ben quente para que se meta na

123
madeira. Unha gamela ben carenada con alquitrán
¡dura sempre! ¡nunca apodrece!. A pintura é unha
porquería; por debaixo dela está a humidade
corrompendo a madeira polo interior dos corredores,
dos bancos e da estampa. O alquitrán é o mellor para as
gamelas; teu avó sempre carenaba con el e a súa
gamela tiña máis de trinta anos ¡estaba nova! Benita,
chamábase. As de madeira non as deixedes moito
tempo ó sol porque abren; a madeira abre polos banzos
ou polo plan e despois fai auga e tes que estar a achicar
a cada pouco cando te atopas no mar. O palafón co que
as fan agora tamén dura pouco por moito alquitrán que
lle deas. A madeira de pino é a mellor para o mar;
coidándoas duran sempre.
Cando chegamos con ela ó canaval, arrombámola ao
lado da Eloisa, que xa estaba lista para recibir a
primeira man del. Meu tío Xoquín deixara enriba dun
dos bancos da súa embarcación o cacharro do alquitrán
para, namentras me axudaba a vara-la Fontaíña, fórase
quentando con aquel sol ardente do mediodía. O
barullo da xente escomenzaba a enche-lo aire tibio das
praias. As ringleiras de automóviles ían avanzando
amodiño dende a cidade polas estradas que levan a

124
elas.
El, concentrado na súa laboura, alleo ó traxín da
xente, dobrouse sobor da Eloisa para escomenzar a
darlle a carena, cun esmero e delicadeza propia dun
amante. Eu tamén me dispuxen a quitar a pintura que
se desprendera da Fontaíña. Este ano por dentro había
levar alquitrán. Por fora daríalle unha boa pintura
verde escura, pero para iso aínda tiña que estar a secar
alo menos unha semana. Esperemos que despois non
veña a chover...

Algunhas xornadas María Luisa facíame compaña
no meu traballo. Pouco a pouco a gamela íase vestindo
de novo sen que o mal tempo interrumpira o vran.
Cada día chegaba máis muchedumbre. Falabamos do
perigo que corría o feno das dunas, do que quedaba
delas...
No-los dous vivíamos o noso amor de día e de noite.
Aqueles concertos no parque de Castrelos cheos de
calor humán, xuntaban á xente arredor da música. Os
sons contemporáneos saían do escenario sen poder
chegar máis aló dos oídos dos da última fila de arriba,
espallados polo medio das árbores xigantes, onde

125
sempre estabamos sentados na herba. Ninguén quería
irse despois cá derradeira nota se perdía entre as súas
follas.
Os meses de vran caíron ó fin do calendario. Nos
primeiros de Setembro estaban xa todas as gamelas na
ribeira coas súas proas ollando ás ondas, reflexando
como espellos as escenas dos rapaces que aínda non
empezaban a escola. Os frentes atlánticos petaban nas
portas das nosas costas e logo enviarían os seus frentes
cálidos e ábregos. Do medio daquelas brisas surxían as
verbas dos homes anunciando a chegada das luras.
- ¡Pillén tres quilos delas ahí, na Seba!.
- Eu tamén a sentín nos Travesos...
- Quen sabe na illa senón se pillará tamén algunha...
Un fío de tristura vivía nos ollos daqueles homes.
Votaban de menos outros tempos nos que as súas luras
chegaban ós sitios en grandes bancos.
- Moitas se pillaban antes en días como hoxe, con
este xeitiño.
Rememoraban entón aquel día en Cabo de Mar, na
Punta de Toralla, no Buraseiro ou na Marosa. Trinta,
corenta, ata cento vinte quilos...ollaban para o mar
preguntándolle o porqué iso nunca voltaría a ser así.

126

Pasaron aqueles ventos do sur e volveu o bo tempo.
Meu tío Xoquín quixo que fora con el á Illa. Aceptei
no momento. Eu tamén tiña ganas de ter a mañá a
carón daqueles montes, onde atacaban as puteiras antes
de rompe-lo día en tan só catro brazas de altura,
tirando por elas con forza e desesperación ó sentírense
presas, resistíndose con violencia a sair das augas dos
seus paraísos.
Ó rompe-lo día apareceu meu tío agarrando os
remos, movendo aínda as mans dun lado ó outro por si
viña algunha lura máis, non perde-lo refile. Aquela
boina negra co seu rabiño txertena no cumio, a
chaqueta de pana marrón envellecido e os pantalóns
grises coas súas botas de augas abaixo, fixéronme
lembrar ao meu avó, que chegaba tan lonxe vogando
dende alá. Miraba para as luras que pilláramos co seu
Ducados sempre aceso na boca. O fume agabeáballe
ata os ollos facéndollos lagrimear; a pesar de todo
nunca o collía nas mans, sempre atentas ás liñas. Si se
ía unha lura arrearía o borro no fondo e as demais
valaríanse. Sempre insistía nisto:
- Tira amodo e con xeito; si valamos unha...¡adeus!.
Os animais aínda sopraban no corredor da gamela de

127
vivos que estaban, tentando sair correndo a velocidade
que o fan cando están no fondo do mar. Non podían
moverse do sitio e meu tío mirábaos cheo de ledicia.
- Nestes principios do mes de Outubro xa fai frío no
mar. Xa hai que traer a petaca cun pouco de augardente
para quentar o corpo...
Sacou do bolsillo da chaquea unha botelliña en
miniatura sen etiqueta ningunha, cun líquido amarelo
dentro. Mollou os beizos cun xesto rápido, cheo de
pracer. A min non me ofreceu nin tampouco llo pedín.
Pensei que aquilo habíalle queimar a gorxa do forte
que parecía tomalo aquelas horas, nembargantes voltou
a gardala sen inmutarse.
Nisto agarroume a min unha lura moi grande na
puteira da man dereita. Sería a derradeira que
pillaríamos hoxe.
As proas de varios barcos de pesca apareceron polo
medio do fumaso dende o onterior da ría rumbo ás
illas. Viñan a toda máquina e o estrondo que facían os
seus motores xa se sentía na cabeza. Meu tío Xoquín
voltou o corpo no banco para ver que ocorría. Os dous
sabiamos cá nosa xornada de pesca acababa cando
escomenzaran a traballar arrastrando cos seus cans

128
polo interior das tres illas. En quince minutos
chegaron. Rapidamente arreaban a súa arte de pesca.
Consistía en catro pesados ferros en forma rectangular.
Un dos lados estaba cheo de afiados dentes, tamén
dese material. Craváronse no fondo do interior
daquelas illas e escomenzaron a rastrear. Os motores
facían un barullo infernal destruíndo a paz que alí se
respiraba. Os barcos ían dándolle tiróns aqueles
aparellos para arrincar ás vieiras que vivían no fondo,
baixo as augas, escondidas nos brancos areais. Tamén
traían dentro da rede que cerraba o ferro pedras, algas,
peixiños, fango, cunchas...a auga escomenzaba a
voltarse turbia. Meu tío non dicía nada namentras
recollía as luras do corredor para estendelas no tercio.
Sacou a boina e cun pano branco secou as bágoas que
caían dos seus ollos, como se fora por culpa do cigarro
que non tiña nos beizos. Aquel caos que se formara en
tan pouco tempo víase aumentado agora por un estrano
rumor que proviña da Illa do Sur, ó pé da cal aínda nos
atopábamos coas puteiras colgando da gamela, que ía á
deriva namentras meu tío ordenaba os fatos.
Eu observaba ós barcos dándome conta do escalabro
que estaban provocando naqueles paradisíacos fondos;

129
sen contar co valo que levarían as especies fuxindo
daquel inferno. Outro barco de madeira apareceu ó
norte. Parouse sen largar ningún aparello de pesca. Foi
entón cando me decatei daquilo:
O leste, a bastante distancia dalí, as augas reflexaban
outra cor. Notábanse máis escuras perturbando o azul
claro da superficie, acariciada por unha apenas
perceptible brisa do sureste.

130
Capítulo 23
O destino da Serpe

Aínda lle doían as aletas ó movelas, nembargantes
aqueles sons que proviñan das illas, como si rabuñaran
os seus fondos, fíxoa sair da cova. A súa mente, cun
sistema auditivo tan complexo e perfecto,
transtornábase e voltaba á serpe diferente. O seu
caracter pacífico e inofensivo cambiaba con aqueles
sons. Saíu da cova aquela mañá para buscar a fonte de
onde proviñan, e logo de sacar ós seus ollos grises de
pupila alongada por enriba da superficie, viu os barcos,
e que era deles de onde viña o mal. Nembargantes
tamén viu ós homes que os tripulaban; entón facendo
un grande esforzo por non ter que ataca-los sons
aqueles, deixouse estar frotando sobor das augas a
unha certa distancia, loitando por controlar a súa
loucura.
A bordo daquel barco de madeira, dos que se adican
á pesca, os homes montaban as armas sen que ninguén
das outras embarcacións que faenaban co can se
decatase.

131

-¡Aínda está alí, aínda está alí! ¡hai que achegarse un
pouco máis para dispararlle co canón ametralladora!.
¡Esta vez morre, vaia si morre!. Cambio.
O patrón do barco falaba pola radio co capitán da
fragata Castilla que xa zarpaba do porto de Marín.
- Procure que nadie se de cuenta de lo que ocurre
hasta asegurarse de que ha muerto esa bestia marina.
Mucha precaución; nosotros vamos ya hacia ahí a toda
máquina. Cambio.
- ¡Está ben capitán, alá vamos!. ¡Logo estará a tiro.
Oxalá non se somerxa agora!. Cambio e corto.
Ó cabo dun intre escomenzaon a soar as potentes
armas montadas na cuberta chegando a alcanzar á
Serpe no lombo. As escamas, dun material pouco
menos duro có diamante, partían en anacos pero
protexían ó animal de cáseque tódalas balas, excepto as
que, máis baixas, ían penetrar no seu corpo, por onde
eran moito máis fráxiles.
A pel da Serpe escomenzou a sacar un tono grisáceo
mezcolado con aquel verde tan fermoso. A dor interior
que lle producían as balas non a podía comprender.
Non se decataba de quen a atacaba; o home axudara e
non podía ser el. ¿Que lle ocorría entón?. Sería a súa

132
mente transtornada o que lle facía sentir aquela dor,
aquel sufrimento; entón foise acalumando
paseniñamente ata chegar ó fondo para pousarse nel.
Alí deixouse estar moi queda. Polos buratos das balas
manaba a súa sangue dunha cor vermella moi clara que
ía tinguindo o mar. Ó mover a cabeza para un lado
puido ve-la entrada da cova, mais non tivo forzas para
arrastrarse ata ela, ata o seu fogar. O sistema biolóxico
que pusuía para navegar mellor perdendo peso fora
moi seriamente danado; nunca máis podería voltar á
superficie das augas como facía antes, nin dar chimpos
por enriba delas. Lembraba o ben que lle fixera o home
cando tiña as aletas feridas, que agora voltábanlle a
doer intensamente; tentaría atopalo como fora, sacaría
forzas para elo; se non se movía morrería alí mesmo,
así é que púxose mans á obra.
Ós poucos, coa axuda da corrente da maré que subía,
foise dando a volta para encarar o interior da ría. O seu
instinto dicíalle co mellor sería chegar aquelas praias
por onde antigamente reptaba ceibe. Había de atopar
alí moreas dos humans habitantes daquelas
construcións a carón da ribeira. Sabía cás feridas eran
moi graves, pero si só dous fixeran todo aquilo por ela

133
¿que non conseguirían moitos xuntos, todos
empeñados na mesma laboura de curala?. Reuniu
tódalas forzas que lle quedaban conseguindo andar un
bo treito naquela dirección; despois tivo que pararse.
Namentras, caía a noite.
Arriba, na superficie, un barco de guerra rastrexaba
os fondos co seu potente sonar.

Cando escoitamos os disparos tódolos barcos do can
pararon de rastrear para atender ao que poidera estar
pasando alá, a unha media milla, onde se atopaba o
outro de madeira. Ó cabo dun pouco de tempo voltaron
a súa destructiva actividade. Pensei que xa falarían co
patrón e este tranquilizaríaos pola radio. Tiven a
certeira impresión de que os enganaran; eu sabía o que
ocorrera. Xa tentaran acabar coa Serpe cando a vimos
no mar María Luisa e máis eu o día da viaxe ás illas.
Falén disto co meu tío Xoquín que voltaba a tentar

134
pillar as luras. Agora estabamos na Porta Pequena , na
Illa do Faro. Eiquí os barcos aínda non escomenzaran a
rastrear. As augas mantíñanse claras, transparentes,
pero non por moito tempo.
- Entón a lenda da que tanto falaba teu avó era
certa...é incrible...
Meu tío Xoquín poñía unha expresión de profundo
pensamento no pasado, engurrando as faccións, tirando
polo Ducados máis forte que nunca.
-Sempre que falaba do Carreiro de Serpes por
calquera circunstancia, engadía:
-Ese carreiro fixo unha serpe xigante que agabeou
polo monte.
Nembargantes nunca lle escoitén falar sobor de que
alguén a vira, nin no seu tempo, nin antes tampouco;
pero claro, quen sabe si fai moitos e moitos anos os
nosos antergos souberan algo máis disto...e contame
rapaz ¿como é entón?.
- Ancha...máis ou menos como o mesmo carreiro.
Longa...de uns corenta metros. O día que a vimos a súa
cor verde tiña un tono incomparable, moi fermoso, non
sei...como as follas das árbores nos principios da
primavera. Tamén ten unhas aletas amarelas; dese

135
amarelo claro que tingue a paixase nos días de inverno
ó sair o sol despois dunha longa xornada de chuvia, e
ondúlanse cando as move como fan as raias ó voar
polos fondos mariños. Ten o corpo cuberto de escamas
máis transparentes cós vidros das fiestras...e brillan co
sol igual cás pedras preciosas. Os ollos son grises, do
gris da néboa cando se espesa nas alturas chegando a
tapa-lo ceo. A pupila deles é alongada percorrendos
dun lado o outro. E os beizos, os beizos son grandes e
grosos igual cós dos pintos ou os das maragotas. A súa
cor aquel día era castaño escura, sen brillo, bueno, moi
parecida a deses peixes.
-¿Ten dentes e lingua como as outras serpes de
terra?.
Preguntoume cheo de intriga.
- ¡Que va! non se lle vía ningún dente nin tampouco
lingua. Abría e cerraba a boca todo o tempo tomando
moita auga; para min que se alimenta do plancto, igual
cás baleas.
- Pode ser, pode ser. Entón ese animal ha ser
inofensivo ¿non che parece?.
A vez que preguntaba acendía outro Ducados.
- Por suposto. Eu penso que levará vivindo eiquí

136
moitísimos anos, dende que se descubriu a lenda ou
quen sabe si moitos máis...
- Bueno Francisco, non sei si decirche có tempo de
morrer estalle chegando a Serpe. Xa ves o que está a
pasar coas especies das rías, non chegan a ser máis
grandes os peixes que este dedo meñique meu. Han
matala...e aínda han sacar proveito dela. Senón xa o
verás.
- Si, por desgracia é así.
Na Porta Pequena tampouco se sentía lura, así que
aínda fomos probar a Agoeira; nembargantes ó pouco
tempo de estar alí escomenzou a chegar unha mareta
do suroeste.
- Mar afora ten que haber moito vento ¿ves esta
mareta? non tardará en chegar, recolle as liñas, parecía
que eiquí había algunha...pero...hai que marchar rapaz.
O mar cambiou de xeito en cousa duns minutos,
estaba calma chicha, non había vento, pero as ondas
viñan crecendo moi seguidas unha detrás da outra.
Algunhas facían xa perder de vista a costa ó pasar pola
gamela.
Acendín o foraborda. Escomenzamo-la travesía.
Aqueles mares axudábannos a ir máis rápido,

137
nembargantes algúns, de tanta forza que facían, tiña
que baixarlle a marcha ó motor para que non nos
acalumara pola proa.
Ao sair das illas, antes de chegar ós Medios,
anunciou a súa entrada na costa. O vento fora había ser
moi forte xa que, por diante, viñan brisas dando
golpes; unhas do leste, outras do norte, do noroeste, de
calquera punto.
- Moito vento Francisco. Imos ver si non nos colle
antes de chegar alá. ¡Mira, mar afora levántanse nubes,
parece que ven un temporal de mil demos!.
Voltén a cabeza para descubrir aquela franxa escura
que asomaba polo Atlántico. Escomenzou por fixarse
nunha soa dirección; era suroeste, igual a mareta. Foi
aumentando, aumentando, ata que por fin cando
chegamos preto da praia, despois dunha dura travesía,
levoulle a boina ao meu tío Xoquín de maneira que
non puidemos ir en busca dela. Saíu disparada da súa
cabeza para perderse nas augas.
- ¡Dalle para terra, xa mercarei outra!
Namentras varávamo-las gamelas decateime de que
aquela fragata de guerra retirábase da ría saíndo pola
Verxa. Despois puxo proa a Marín, supuxemos...

138

- Si, esa vaiche para Marín. É moito vento home, é
moito vento. Esta noite leva ata o campanario, xa o
verás.
Retiramos tamén a Fontaíña, que estaba fondeada na
ensenada da praia. Alí corría perigo. Cargamo-los
forabordas despois de repartir as luras.
Nada máis entrar pola porta da casa telefoneén a
María Luísa para contarlle. Ela tamén tiña novas, e
nada boas.
- Esta noite o temporal axudará á Serpe. Non
poderán buscala, cun pouco de sorte, ata pasado mañá.
Si está ferida refuxiarase nalgures. Tódolos animais do
mar enláñanse instintivamente antes de que empecen
as tempestades.
Encerrárame na sala de estar para falar con ela. Fora
bramaba o vento facendo un barullo que metía medo.
As polas das árbores escachaban. O tellado da casa
ameazaba con levantarse para marchar con el. O meu
can chiaba lastimeiro co medo que tiña. Cerrárase a
chover e ninguén pensaba en sair a fora.
- Dis meu tío Xoquín que antes, cando ía a illa co
seu pai á seca, algunhas veces as centolas andaban
apuradas polo fondo; corrían por entre os carromeiros

139
buscando refuxio, entón quería dicir que viña unha
tempestade de mar, chuvia e vento. Xa non esperaban
máis; poñíanse a vogar para chegar á praia o antes
posible, aínda que estivera un día moi bo.
Tiña que falar alto senón co ruido de fora non me
entendería nada; a vez estaba atento, non foran meus
pais estar escoitando aquela conversa tan estrana entre
dous rapaces tan novos.
- Francisco, a miña Serpe ha saber que facer, é moi
intelixente. Si lle pasa algo non ha ser por culpa do
temporal, pero o de Xosé, o de Xosé si que é grave.
Andrea está desfeita. Sempre tivo fe en que os dous
chegaran a casar, ser unhas persoas normales con fillos
e todo iso. A pobre sempre se lle truncan as cousas,
dende que viu para eiquí non ten sorte, primeiro Lois,
agora el...eu tampouco che sei que clase de mundo é
este. Ela está pensando en voltar para o seu país, pero
tampouco quer deixar só a Xosé con esa grave
enfermidade, tirado nos hospitales. Dis que vai sufrir
con el ata o fin.
Eu, a este lado do teléfono, non sabía que dicirlle.
Imaxinaba no seu cuarto ollando pasar a chuvia por
diante da fiestra, polo medio dos edíficios, co cordón

140
do aparello estirado a tope para non ter que falar dende
o corredor.
- Mañá vamos a visitalo ao Hospital Xeral ¿por que
non ves ti tamén a ver si se anima un pouco?. As
visitas son de cinco a sete ¿que che parece?.
- Si Luísa. Mañá ás catro e media voute a buscar.
A liña cortouse, unha póla partira o cable do
teléfono.
De madrugada meu pai e máis eu tivemos que subir
ó faiado para xuxeitar ás tellas que marchaban unha
tras doutra atrás do vento, como si este fora algures
onde a festa fora rachada.
Ó fin parou de repente. Entón pegou a chover dunha
maneira que parecía o diluvio universal. O meu can
estaba de pé dentro da caseta coas orellas gachas, non
se podía deitar, entráralle auga.

141
Capítulo 24
Xosé e a Serpe

Voltén atopa-lo rapaz longo e esquelético só, deitado
nunha cama, entre as paredes brancas da súa habitación
individual. Unha botella de suero pingaba os
medicamentos a traverso dunha goma que ía a parar ao
seu brazo esquerdo. A expresión, moi demacrada,
aínda se tornou sorriso ó vernos chear. Quedouse
mirando sorprendido namentras se incorporaba un
pouco na cama.
-¿Francisco, non é?.
- Si, acertache, e ti es Xosé, aquel Xosé que atopei

esperando o Vitrasa.
- ¡Ja, ja, ja! cala, cala; ninguén ten porque enterarse
das nosas desgracias...
Por un intre pensei que me tomara por quen eu non
era.
As rapazas mirábanse sen entender nada.
-¿ E que, foi moi grave aquilo? como saiches pola
outra porta non te voltara a ver. ¿Acordaste do idiota
aquel? quería que me curraran, o cabrón. Ó fin puiden

142
marchar sen problema.
Cansábase visiblemente ó falar.
- Eu tamén o mesmo, máis ou menos. Era por unha
bobada sen importancia.
Dixen rezando para que non me pedira máis
explicacións.
- Pois alégrome home, alégrome. Eu xa ves, desta
non hai quen me saque, o meu só ten un final.
- Quen sabe Xosé, as ganas de vivir fan milagres.
Ademais ti seguro que xa saíches doutras peores.
- Algo de razón tes, téñoa visto moi preto. Todo por
culpa desa merda.
- Veña alégrate home, mira que rapazas máis
fermosas.
- Iso é verdade ¡que bonitas son!.
-Eh, eh, vós tampouco estades nada mal...-
Entraron elas na conversa.
Despois quedamos todos un pouco serios e calados
acompañando a desgracia do noso amigo Xosé.
Verdadeiramente atopábase moi mal. Logo daquel
arranque que tivo para recibirnos quedou moi canso.
Unha neumonía apretáballe os pulmóns, facéndoselle
difícil respirar normalmente. Chegou unha enfermeira

143
para darlle unhas pastillas. Foise quedando durmido e
ó fin María Luísa e máis eu saímos do hospital coa
ánima nos pés. Andrea aínda quedaría con el ata que
chegara a súa nai para a noite.
Facía frío e chovía. O vento do noroeste ampurraba
as masas de nubes que descargaban sarabia no medio
de fortes treboadas. Achegámonos ata a praia para ver
á gamela. Estaba ben arriba, nembargantes aínda lle
demos un par de roletadas máis, porque o mar era
montañosa. Víase rompe-lo Buraseiro e as Traves (as
veces pasan anos sen que o fagan). Ollando para o mar
pensabamos calados que sería da Serpe.
Decidimos írnos para a casa. Ela tiña moito que
estudiar e eu tamén debía ir arranxando as liñas para
cando viñera o bo tempo.
O día seguinte amanceu sen apenas vento, co sol
abríndose paso polo medio das nubes ata que, cara ó
mediodía, conseguiu facerse o dono do ceo. Aínda
quentaba nestes primeiros de Outubro. Era Sábado e a
xente da cidade estaba desexando sair dos seus fogares
para pasear recreando a vista nas paisaxes que sabían
un pouco máis alá daqueles labirintos de cemento.
Moitos viran no televeso agabear ao mar de noite polos

144
peiraos botando a perde-los barcos e dispoñíanse a ir
comprobalo na realidade, aproveitando o día tan bo
que se presentaba.
Andrea e María Luísa tamén se puxeron en contacto
para ir dar unha volta pola praia de Samil. Tiñan
cadansúa Montain-Bike.
Cando baixaban a gran velocidade pola Avenida de
Europa, treito final da viaxe a praia, puideron ver como
toda aquela morea de xente que debía de estar máis aló
dos aparcamentos, polo paseo, retirábanse
atropeladamente dereita estrada. Cando chegaron a ela
pararon a carón dunha familia que se dispoñía a montar
no seu automóvil para preguntarlle que estaba a pasar.
- ¿que ocorre, por que fuxe a xente da praia?.
- ¡Non vaiades máis alá rapazas, hai un monstruo
enorme na praia. Saíu do mar empurrado polas
correntes e móvese dereita arriba, onde está a xente!
¡é moi grande e longo, moi estrano, xa avisaron ás
autoridades e logo han chegar!.
Falaba o home, que se metía no coche axiña, logo de
comprobar cá súa familia atopábase dentro xa ben
seguros.
- ¡Deus!- exclamou María Luisa -¡é a miña Serpe!

145
¡ha de estar ferida e o temporal botouna a praia!.
Pegou a correr polo medio da xente en dirección
contraria, dereita á ribeira, e cando por fin chegou
víuna. A súa Serpe atopábase alí, soa, sin que ninguén
acudira para axudarlle a curar aquelas feridas. O home
fuxía dela, e ela, esmorecida xa que lle costara
moitísimo sacar a súa cabeza redondeada e os seus
ollos de pupila alongada por enriba das augas para
despois, nun último esforzo sair do mar, aínda
enbravecido, para que o home puidera achegarse a ela
e curala, como o fixera a outra vez. Pero agora non era
así e ela dábase conta de que senón viraban as
circunstancias morrería alí mesmo. Estaba moi abatida
por mor do temporal, e se ninguén a empurraba non
tería forzas para voltar ao mar.
Entón unha esperanza asaltou a súa mente. Unha
persoa corría polas areas desesperadamente. Era unha
rapaza nova que lle enviaba sons en linguaxe humano.
Aquel sistema visual que posuía permitiulle recoñecela
enseguida. ¡Era a mesma da outra vez, salvaríase!.
A cor da súa Serpe ese día era dun gris que se estaba
apoderando daquel verde tan fermoso.
María Luísa ó chegar a ela quedouse inmóvil, parada

146
nas areas, recoñecendo as feridas das balas que se lle
meteran no corpo pola parte inferior, preto da cabeza.
Tiña moitas escamas con buratos como os que se ven
nos cristais dos coches cando lle disparan nas
películas. As do lombo tamén saltaran en cachos
deixándolle a pel ó aire nalgunhas zonas. Cando ela
escomenzou a falarlle a Serpe, acariciando a cabeza
por enriba do oído, o ser non emitía ningún son que
saíra da súa boca. A cor gris apoderouse
definitivamente dela, e morreu.
Morreu nunha daquelas praias polas que antes
andaba ceibemente sen facer ningún dano ós demais
animais terrestres.
Morreu cando, despois de moitos e moitos anos
pensou que podería voltar a facelo sen terlle aquel
medo ó home, xa que el axudara e non parecía tan
terrible como ela coidaba.
As ondas reventaban agora con forza contra a costa,
chegando a ela, cubríndoa como si o mar quisera
revivila e levala ó seu seno; nembargantes o enorme
peso que tiña facía que nin siquera a movera un pouco.
María Luisa deixaba caer as súas bágoas polas
meixelas en silencio, arrodillada a carón do animal,

147
cando unha voz humana amplificada por un megáfono
escachou a mañá:
- ¡Saia de ahí, saia de ahí! ¡é moi perigoso, vamos a
disparar!.
Pero ela non se movía do lado da súa Serpe.
Arriba, no paseo, os policías mandados polo
Superior apostábanse montando as armas para
acribillala.
Unha fragata de guerra dirixíase a toda máquina
aquela praia. O Superior baixou correndo polas areas,
chegou ata María Luísa e colleuna por debaixo dos
brazos arrastrándoa cara arriba sin que ela dixera nin
fixera movemento algún. Cando os dous estiveron fora
do alcance da traxectoria dos proxectíls o Superior
berroulle ós seus homes:
- ¡Agora, disparen!
As armas estralaron en ráfagas contra aquela Serpe,
que xa morrera, que xa a matara o home cando aínda
lle quedaban moitos miles de anos para dar chimpos
por enriba daquel mar, daquela ría, como fixo con
tantas outras especies ó longo e ancho de todo o
mundo.
Pola noite a tempestade voltou facer agabea-lo mar

148
ás costas atlánticas. O vento da travesía bramaba e
oubeaba como un lobo xigante, enfurecéndose máis
nas longas horas da madrugada.
Naceu o día seguinte no medio daquel caos que
parecía non querer deixar sair a xente das súas casas
que tremían baixo os tronos e o furacan. As masas de
nubes ían baixas e os lóstregos facían estralar as liñas
da corrente electrica, queimando os transformadores e
as árbores.
As agullas do reloxo da nosa cociña daban xa as
doce da mañanciña detrás daquel cristal empañado
polos vapores do cocido que estaba a preparar a miña
nai, cando decidín sair afora e enfrentar á natureza para
ir á casa de María Luísa. Un forte presentimento
dicíame que debía atoparme con ela canto antes, así é
que, despois de loitar coa miña nai, que se opoñía,
saquén o coche do garaxe e funme por aquelas estradas
solitarias cheas de pico e pólas dos pinos, cachos de
pedras, moita auga, carteis que arrincara o vento e ata
un pau da luz que case non me deixa pasar. O fin, xa
no medio da cidade, por entre os edificios, conducía
máis tranquilo. Outros coches cruzábanse conmigo,
aínda que poucos. Chamén ao telefonillo do portal de

149
María Luísa, contestou a nai, díxome que subira.
Atopeina moi nerviosa. Falaba de que María Luísa
fórase facía un par de horas, que collera a bicicleta
desaparecendo no medio daquel día infernal. Pedíame
por Deus que a buscara, se eu sabería onde podería
andar. Saín correndo por aquelas escaleiras baixando
os cinco pisos nun lustre. Collín o coche. O sair da
cidade o vento notábase no interior de maneira que
parecía querer botalo da estrada. Cheguén a zona da
praia de Samil. Deixen o automóbil para, como puiden,
achegarme ó paseo e botar unha ollada. Deume un
salto o corazón cando descubrín a bicicleta tirada nun
dos aparcamentos; unha impresión de tranquilidade
inundoume os sentidos de súpeto ó ve-la agochada ao
abrigueiro dunha parede do Balneario.
Corrín dereita ela que se puxo de pé abrazándome.
Bicámonos no medio da chuvia que caía agora a
caldeiros. O vento amainaba como dicindo que xa se
cansara de soprar tanto e agora era todo auga.
Aguantamos todo así, abrazados, mollados como
pitos.
Ó fin cortouse o chaparrón. Un ventiño do norte
deunos na cara invitándonos a sair do noso refuxio.

150
- Francisco, mira ven.
María Luísa mirábame con aqueles ollos escuros moi
abertos. Tiraba de min dereita á praia por enriba daquel
paseo medio derruído polo mar que o reventara de
noite. A maré baixara xa un bo treito. A praia estaba
chea de pedras, cachos de formigón, algún tronco que
trouxera o mar e ata unha lavadora vella relucía alá, na
area mollada.
- ¡Non está a Serpe, levouna o mar!
Dixen sinalando a zona onde o día anterior estivera
varada.
- ¡Levouna o mar! polo menos aínda que estea morta
non poderán desfacela en cachos para estudiar nela -.
As grandes ondas do Océano Atlántico achegáranse
aquela noite á costa para arrincar a súa Serpe das mans
do home, e despois de abaneala polos fondos daquela
ría durante as horas da madrugada reviviuna, voltou á
vida aquel grande animal mariño, pacífico e
inofensivo, dunha cor verde tan fermosa como ninguén
máis que aqueles dous rapaces puideron imaxinar.
Agora a Serpe abandonaba as illas, o seu Carreiro de
Serpes, a súa cova, dando chimpos por enriba das
augas. Íase pola Verja dereita ao mar aberto. Ninguén a

151
viu; só dous rapaces ollaban para o mar esa mañá de
inverno dende unha praia daquel lugar tan fermoso.
Dous rapaces que se bicaban docemente cando
chegaron de novo as autoridades para escomenzar co
seu traballo de transporta-lo animal a un lugar máis

axeitado para poder estudiar nel.

Un birulico bailón ía a saltiños por entre as dunas
cheas de feno.

FIN

 

Rexistro Safe Creative 0910094663329

 




 



HUMÁNS

 Capítulo 1 LA LLAVE   Hay miles de millones de galaxias que tienen miles de años luz de ancho cada una. Tendrán mundos que nunca conoceremo...